Santos semana del 19 al 24 de julio

20 DE JULIO: SAN JERONIMO EMILIANO

Jerónimo, natural de Venecia, de la familia patricia de los Emiliano, inició desde su juventud la carrera de las armas y se encargó, en tiempos críticos para la república, de la defensa de Castelnuovo, cerca de Quero, en los montes de Treviso. Sus enemigos tomaron la ciudadela y le arrojaron, con los pies y manos encadenados, a una horrible prisión. Viéndose privado de todo auxilio, acudió a la Santísima Virgen, la cual oyó sus oraciones, se le apareció, rompió sus cadenas y le condujo salvo hasta la vista de Treviso, pasando entre los enemigos. Una vez en la población, colgó del altar de la Madre de Dios, a la cual se había consagrado, las esposas y las cadenas que había traído. De vuelta a Venecia, se dedicó al servicio de Dios, y trabajó con celo admirable para los pobres, principalmente con los niños huérfanos que andaban errantes, y faltos de todo lo necesario. Alquilando locales para recogerlos, los alimentaba con sus propios recursos y los formaba en las costumbres cristianas.

Desembarcaron a la sazón en Venecia el bienaventurado Cayetano y Pedro Carafa, -más tarde el Papa Paulo IV-. Aprobaron el espíritu que animaba a San Jerónimo, y su obra encaminada a recoger a los huérfanos; y le condujeron al hospital de incurables de la ciudad, donde su caridad se ejercitaría educando y sirviendo a los huérfanos. No tardó, aconsejado por ellos, en dirigirse al continente donde erigió orfelinatos; primero en Brescia, y después en Bérgamo, y Como; Bérgamo fue donde más desplegó su celo, pues, además de dos orfelinatos, uno para niños y otro para niñas, abrió (cosa nueva en aquellos lares) una casa para albergar a las mujeres de vida airada que se convirtieran. En Somasca, aldea de Bérgamo, en los confines de los dominios de Venecia, fundó una residencia para sí y para lo suyos, y en ella organizó una congregación que ha tomado del lugar el nombre de Somasca. A medida que fue extendiéndose, para mayor provecho de la sociedad cristiana, se dedicó también a iniciar a los jóvenes en el estudio de las letras y a formarles en las buenos costumbres, en colegios, academias y seminarios. El Pontífice San Pío V admitió esta congregación entre las Órdenes religiosas, y otros Pontífices la enriquecieron además con privilegios.

Sólo pensando en los huérfanos que se proponía recoger, se dirigió a Milán y a Pavía; en estas ciudades, merced a favores, procuró a una multitud de niños, albergue, provisiones, vestidos y maestros. De vuelta a Somasca, consagrándose a todos, no retrocedía ante trabajos que pudieran ser de provecho para el prójimo. Se mezclaba con los campesinos durante la cosecha, y mientras les ayudaba en sus trabajos, les explicaba los misterios de la fe. Cuidaba a los niños con una paciencia que llegaba hasta limpiarles la cabeza cubierta de tiña; curaba las más repugnantes llagas de los campesinos, y parecía estar dotado de la gracia de curaciones. Se retiró a una cueva del monte Somasca, y castigando su cuerpo con disciplinas, permaneciendo en ayunas durante días enteros, pasando en oración la mayor parte de la noche y permitiéndose sólo un breve sueño sobre la dura piedra, lloraba sus pecados y los ajenos. Al fondo de aquella cueva, brotó una fuente de la peña viva. Una constante tradición atribuye su aparición a las oraciones del Santo; hasta nuestros días ha manado sin interrupción, y el agua que allí nace, llevada a diversos países, cura a muchos enfermos. Habiéndose, por último, propagado una epidemia en aquel valle, Jerónimo la contrajo mientras se entregaba al cuidado de los apestados y cargaba los cadáveres sobre sus espaldas para conducirlos al lugar de la sepultura. Su preciosa muerte, que él había anunciado con alguna anticipación, ocurrió en el año 1537; así en la vida como en la muerte, fue célebre por sus muchos milagros. Benito XIV le beatificó, y Clemente XIII le inscribió entre los Santos.

Apolinar se trasladó a Roma desde Antioquía, junto con San Pedro, el cual le ordenó Obispo y le envió a Ravena para predicar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Como convirtiera en esta ciudad a muchas almas a la fe cristiana, fue detenido por los sacerdotes de los ídolos y golpeado cruelmente. Merced a sus oraciones, un noble personaje, Bonifacio, mudo desde largo tiempo, recobró el habla, y una hija suya fue librada de un espíritu inmundo: estos milagros promovieron una nueva sedición contra el Santo. Le azotaron con varas y le obligaron a andar descalzo sobre carbones encendidos; mas viendo que el fuego de estos carbones no le quemaba, le expulsaron de la ciudad.

Permaneció oculto algún tiempo entre algunos cristianos, y luego se marchó a Emilia, donde resucitó a la hija del patricio Rufino; este milagro movió a toda la familia del mismo a creer en Jesucristo. Muy enojado el prefecto al saberlo, llamó a Apolinar y le intimó a que dejara de propagar la fe de Jesucristo en la ciudad. Mas no habiendo Apolinar hecho caso de tales órdenes, fue atormentado en el potro, le echaron agua hirviendo en las heridas y le golpearon la boca con una piedra; luego, le arrojaron encadenado a la cárcel. Cuatro días después, le embarcaron con destino al destierro; mas, tras un naufragio, llegó a Misia; de allí pasó a orillas del Danubio, y luego a Tracia.

Durante la permanencia en aquel país, el demonio se negó a dar respuestas en el templo de Serapis. Buscaron entonces a Apolinar, y habiéndolo encontrado, obligáronle de nuevo a embarcarse. Regresó a Ravena, en donde los mismos sacerdotes de los ídolos le volvieron a acusar, y le pusieron bajo la custodia de un centurión. Mas éste, que adoraba en secreto a Jesucristo, facilitó de noche su evasión. Al enterarse los satélites, salieron en busca suya, le hirieron y lo dejaron por muerto en el camino. Recogido por los cristianos, les exhortó a perseverar en la fe, muriendo siete días después, coronado con la gloria del martirio. Su cuerpo fue sepultado cerca de las murallas de la ciudad.

Del Breviario Romano

Santos Cirilo y Metodio

De la Carta Encíclica del papa León XIII.


Cirilo y Metodio eran hermanos. Nacidos en Tesalónica, de padres muy nobles, trasladáronse muy pronto a Constantinopla para estudiar las artes liberales en la capital del Oriente. Ambos hicieron grandes progresos en poco tiempo, distinguiéndose sobre todo Cirilo, el cual adquirió tal reputación, que por una especial distinción le daban el nombre de filósofo. Metodio abrazó la vida monástica; Cirilo llegó a hacerse digno de que la emperatriz Teodora, por consejo del Patriarca Ignacio, le confiara la misión de instruir en la fe cristiana a los Cázaros, que habitaban más allá del Quersoneso. Instruidos estos pueblos por sus predicaciones y movidos por la gracia de Dios, después de renunciar a muchas supersticiones, abrazaron la fe de Jesucristo. Una vez constituida la nueva comunidad de cristianos, Cirilo se apresuró a volver a Constantinopla para retirarse al monasterio de Polícrono, en donde residía Metodio. Pero entre tanto llegó a Ratislao, príncipe de Moravia, la fama de los éxitos alcanzados más allá del Quersoneso, y pidió algunos operarios evangélicos a Miguel III, emperador de Constantinopla. Cirilo y Metodio fueron destinados a esta misión y acogidos con gran alegría a su llegada a Moravia. Emprendieron con tanta energía y actividad la obra de impulsar las enseñanzas cristianas en los espíritus, que pronto la nación entera se convirtió de corazón a Jesucristo. Sirvió mucho a Cirilo, para conseguir este resultado, el conocimiento de la lengua eslava, que antes había aprendido, y la traducción que había hecho a la lengua propia de aquel pueblo, de los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento. Cirilo y Metodio fueron los inventores del alfabeto de la lengua eslava, por lo que son considerados los padres de esta lengua.

Hechos tan notables llegaron a los oídos de Roma, y el Papa Nicolás I llamó a los ilustres hermanos. Encamináronse a Roma, llevando con ellos las reliquias del Papa San Clemente I, descubiertas por Cirilo en Quersoneso. Al saberlo Adriano II, que había sucedido a Nicolás, quien acababa de morir, salió a recibirles con solemnidad, acompañado del clero y del pueblo. Cirilo y Metodio informaron al Papa del desempeño de la misión apostólica que habían llevado a cabo tan santamente y con muchos trabajos. Acusados por algunos envidiosos de haber empleado la lengua eslava en los santos Misterios, adujeron en su defensa tantos y tan luminosos argumentos, que merecieron la aprobación del Papa y de los allí presentes. Habiendo ambos jurado perseverar en la fe de San Pedro y de los romanos Pontífices, fueron consagrados Obispos por Adriano. Mas estaba decretado por la Providencia que Cirilo, más avanzado en la virtud que en los años, terminaría sus días en Roma. La conducción de su cadáver se efectuó en medio de una manifestación popular de duelo; fue depositado en la tumba que había construido para sí Adriano II; trasladado después a la basilica de S. Clemente, fue sepultado junto a las reliquias de este santo Papa. Durante su paso por las calles, al canto solemne de los Salmos, con una pompa más semejante a una apoteosis triunfal que a un acto fúnebre, pareció que el pueblo romano le otorgaba los honores celestiales. Metodio volvió a Moravia con el propósito de constituirse en modelo de su rebaño, y se puso, cada día con más celo, al servicio de los intereses católicos. Confirmó en la fe cristiana a los Pannonios, los Búlgaros y los Dálmatas, y trabajó para convertir al culto del único Dios verdadero a los Carintios.

Acusado ante Juan VIII, sucesor de Adriano, como suspecto en la fe y de haber cambiado las costumbres, fue llamado a Roma para defenderse ante el Papa, los Obispos y algunos miembros del clero romano. No le costó poner de manifiesto su fidelidad en conservar la fe católica y su celo en enseñar a los demás; y en cuanto al empleo de la lengua eslava en los sagrados ritos, les convenció de que había obrado legítimamente, obedeciendo a sólidos motivos y con anuencia del Papa Adriano, y de que, por otra parte, nada hay en las Sagradas Escrituras que se oponga a esta práctica. Ante tales razones, el romano Pontífice se puso de parte de Metodio, y mandó reconocer su potestad arzobispal y la legitimidad de su misión en los países eslavos, a cuyo efecto publicó él mismo una carta. De vuelta a Moravia, continuó Metodio cumpliendo el cargo que se le confiara, sufriendo de buen grado, hasta el destierro. Condujo a la fe al príncipe de los Bohemios y a su esposa, y extendió por todo el país el nombre de cristiano. Habiendo llevado la luz del Evangelio a Polonia, instituyó una sede episcopal; penetró, según algunos historiadores, en la Moscovia y fundó el obispado de Kiev; volvió por último a Moravia entre los suyos, sintiendo cerca el fin de su carrera, designó él mismo su sucesor, y tras dirigir al clero y al pueblo sus postreras recomendaciones, terminó esta vida, que había sido para él el camino del cielo. Sus funerales tuvieron lugar en Moravia, con los mismos honores tributados a Cirilo en Roma. El Papa León XIII dispuso que la fiesta de ambos, celebrada ya de antiguo entre los eslavos, lo fuera también por toda Iglesia con Oficio y Misa propios.

                                                                                              Del Breviario Romano

Vida de Guido de Fontgalland Parte 3ª

Un secreto,…. un secreto

En el verano de 1.924 la familia Fontgalland fue en peregrinaje a Lourdes, permanecieron muchos días y Guido comenzó a hacer “locuras de amor”. Recorre muchas veces el Vía Crucis y veía que cada momento era bueno para escaparse del hotel para ir a la Gruta de la Virgen, quien en 1.858 se apareció a Bernardita.

La Virgen se hace sentir: “Mi querido Guido, vendré rápido a llevarte. Será en día sábado. Te tomaré de los brazos de tu mamá y te llevaré al Cielo”. Guido no percibía nada de lo que le estaba sucediendo a su alrededor.

Llega al hotel absorto, como fuera de sí. La madre le preguntaba qué le pasaba: “La Virgen me ha rebelado un secreto”!. Ese mismo día, la familia regresa a Paris.

En su cuarto, Guido coloca un cuadro de la Virgen de Lourdes para recordar su promesa.  El 30 de noviembre de 1.924 se hace una gran fiesta por sus 11 añitos. Guido sabía que el momento se aproximaba, que estaba por iniciar la verdadera vida.

El domingo 7 de diciembre de ese mismo año, cuando fue a dormir estaba bien; pero a media noche su madre lo encuentra en una crisis de sofocamiento.. Guido, (…!qué niño tan admirable y valiente!…) recobraba las fuerzas y dice a su madre: “Mamá debo decirte un secreto que te hará llorar” “ Yo debo morir. La Virgen vendrá a buscarme. Cuando tenía 7 años, el día de mi Primera Comunión, Jesús me dijo: “Tú no serás sacerdote. Quiero hacer de ti un Ángel y yo le respondí te acuerdas mamá en  Lourdes, la Virgen me confió un secreto….ahora te lo debo decir: “…Vendré  en sábado….te llevaré al Cielo”. Eso es lo que me dijo.

El médico había llegado rápido y comentan que debe ser vacunado contra la difteria…pero tal vez, sea demasiado tarde… Comenzaron las curaciones y Guido ofrecía sus sufrimientos. Para Navidad parecía estar mejor, no había señal de difteria, pero Guido, insiste: “La Virgen no ha cambiado de idea” ¡!

Ya por la tarde, la situación de precipitaba: “Quiero mi confesor”. El padre llama al médico y, curiosamente, llegan sacerdote y médico, al mismo tiempo, pero Guido insiste que primero quiere ver al confesor y luego, se deja hacer las curaciones.

Una sola añoranza tenia Guido: “Había tanto deseado de hacer conocer a Jesús a todo el mundo. Quería hacerlo amar. De grande hubiera construido un avión para ir a predicar a Jesús a todo el mundo“. Pero también tenia una gran alegría: “Iré directo al Paraíso”

Jesús y el Cielo

En los últimos días, se intercambian entre padre, madre e hijo,  diálogos maravillosos. El 1º de enero de 1.925 pregunta: “porqué suenan las campanas”.?, “Es el comienzo del año nuevo, buen año,  hijito mío” “Yo no puedo augurarte un año de alegría”  -agrega Guido- Pero es el año Santo, un buen año para ir al Cielo”

Al día siguiente, pide la Comunión como Viático para la eternidad: “mamá, ponme el vestido más bello. Hoy viene Jesús, Yo lo amo, sabes!, díselo también tú”. Recibida la Comunión agrega: “No moriré hoy, será en sábado” “no tengo miedo, ni siquiera de la muerte, porque ella es la puerta del Paraíso. Jesús y yo nos queremos mucho”

La madre le dijo que esperaba que Jesús lo curara. “No lo hará. Es mejor así, tengo solo 11 años y soy puro como un ángel. La Virgen vendrá ella misma a llevarme al Cielo”.

Sábado 24 de enero, 1.925, “Hoy es el día” Vendrá la Virgen, No lloren!.”  Guido recibe el óleo de los enfermos, besa muchas veces el Crucifijo, se sienta sobre su cama y dice. “Jesús te Amo” Ahora sí Jesús se hacía su verdadero Cielo. Jesús Eucarístico sobre la tierra, Jesús glorioso en la eternidad.

Guido De Fontgalland,  el niño que SIEMPRE había DICHO : “SI” a Jesús, comenzaba su misión: Ser un ángel de Jesús..  Es decir, el mensajero de Cristo para animar a otros niños, otros hermanos, grandes y pequeños,  a hacerlo amar.

Querido Guido, Ruega por nosotros……

Vida de Guido de Fontgalland Parte 2ª

Fiesta Grande

Guido – le decía su mamá-  Jesús ha sufrido mucho en la cruz, para expiar nuestros pecados, también los tuyos”.  Continuaba con el rostro serio: “Para los buenos serán el Paraíso, para los malos, que hacen pecados y no quieren el perdón de Dios, les será el infierno”.

Guido escuchaba y respondía: “mamá, háblame  de Jesús  y de la Virgen dime porque han sufrido por nosotros “

Llega el día de su primera Comunión: fue a arrodillarse delante al Crucifijo, se queda allí, a pensar, a examinarse,  a decir su amor por Él. Luego, se acercó al sacerdote y confesó sus pecados.: salió del confesionario con una gran paz y alegría en su corazón y le dijo a su madre: “ Quisiera que todo el mundo fuese feliz como yo! Puedo dar un poco de mi dinero, a los pobres?” “Claro!, – le responde su mamama.-

Y aquella tarde, para la fiesta, Guido dio su dulce a su hermanito, Marcos.

Participó a los ejercicios espirituales: seguía atento las meditaciones de Don Andre Callonn, y por la tarde, apuntaba todo en un cuaderno, agregando sus reflexiones, sus deseos: ”Ser bueno, cansarme y sacrificarme por Jesús, quiero trabajar y hacer pequeñas renuncias por Él, que me ama tanto. Jesús es el amigo más querido que está siempre en el Tabernáculo para no dejarme más”

“Jesús te ofrezco tres propósitos: rezar todos los días las oraciones; no dejar pasar un día, sin sacrificarme por Ti; estudiar con empeño, para hacerme, mañana sacerdote”

La tardeprecedente a la Primera comunión, fue a dormir; pero no  lograba hacerlo debido a su alegría.

A las cinco de la mañana, se precipitó al cuarto de sus pares: “mamá, mamá, hoy es mi gran día”  “Levántate mamá” “Pero…es todavía temprano!” “Oh mamá – continuó Guido–  hoy Jesús viene a mi! “ ni miró ni el vestido ni los regalos, esperó solo su hora.

En la Iglesia de Saint-Honorè d´Eylau, participó  a la Misa y, al momento, tanto esperado,  Guido recibía la Hostia Santa..Vuelto  a su lugar, se recogió en oración…En aquel momento sintió, en su interior, una Voz que le decía: “Mi pequeño Guido. Yo vendré pronto a llevarte. Tú morirás, no te harás sacerdote. Yo haré de ti, mi Ángel”

Inmediatamente,  permanece consternado:….pensó, que debería dejar a sus seres queridos; no seria sacerdote como el lo deseaba….Pero comprendió que Jesús esperaba una respuesta y él se la da: “Si, Jesús”.

Desde aquél momento, la pequeña palabra:“Si” sería su respuesta a cada deber, a cada llamada de Dios. Será el jovencito del ”Si”, pleno, total,  así como en Jesús no fue nunca el “si” o “el no”, sino solamente, a la voluntad de Dios.

Aquella noche, antes de su descanso, la madre le pregunta: “Eres feliz hoy”? “si lo soy” responde Guido. “Y qué cosa le has pedido a Jesús” “Nada, Jesús me ha hablado y yo le he dicho: “si”.

Niño más bueno, no hay.

El 4 de octubre de 1.921, a los 8 años, Guido entró en la Escuela L. Luis de Rue Franklin en Paris. Se encontró con ciento de niños, en un ambiente nuevo para el, distinto de la intimidad de su casa, en la cual había crecido hasta ese momento.

Antes era feliz de jugar con los otros; ahora en cambio, no tenia más que un pensamiento fijo: “Yo vendré pronto a llevarte” – le había dicho Jesús. No vivía más que para aquel momento.

Regalaba sus juguetes a Marcos y a sus compañeros y para él se quedaba con alguno. No aceptaba las invitaciones de sus compañeritos a jugar y aquellos pensaban que actuaba así, porque era un noble.

Alguno que otro, le hacia algún desprecio o le escondía el lápiz.  En otra circunstancia, habría respondido con dureza; pero ahora no reaccionaba. Comenzó a atender a los más pobres, de aquellos menos cuidados, de los enfermos. Entretanto, buscaba de estudiar con empeño. Inteligentísimo, sobretodo, contento en las horas de religión.

Pero se preguntaba -respecto a las otras materias- “para qué estudiar tanto”, “luego en el Cielo, a qué sirven estas cosas?”. (Bravo Guido!!!)

Lo hacia para hacerles estar contentos a sus padres, para dar buen ejemplo, para contentar a sus maestros, que le decían, “aprende, te servirá para la vida! Te hará camino por el mundo “, el pensaba solo a Jesús, del cual, se habría hecho su ángel.

Por la calle, recitaba el rosario,  teniéndolo en su mano y siempre en su bolsillo. Evitaba los compañeros más groseros.

Sufría el frío en el invierno y su madre le colocaba una botella de agua caliente en el fondo de su cama. El la sacaba diciendo “Jesús no tenia la botella sobre el lecho en Nazaret”.

Los viernes, día de la Pasión de Nuestro Señor, algunas veces, llego a meterse piedritas dentro de los zapatos: “quiero sufrir un poco con Jesús”. Una tarde, su madre, lo sintió hablar solo en su recamara: “con quién hablas?” le pregunto. “con Jesús: tengo tantas cosas que decirle, rezo, como ves”.

Sufría el no poder confiar su secreto a su mamá; no le quedaba sino Jesús como amigo.

Cada mañana, antes de la escuela,  se dirigía a Misa y a la Comunión. Parecía que era la única realidad para hacerlo feliz:  participar con atención, con amor, al Sacrificio de Jesús, unirse a Él en el mismo ofrecimiento al Padre, para todos los hombres. Sus padres, le preguntaron que hacía durante la Misa: Explicó que a la elevación de la Hostia y del Cáliz, el hablaba con Jesús. A la comunión, Era Él  quien  hababa con Guido.

El director espiritual de la escuela, el padre Rosseau, llega a decir: “Guido es el muchacho más bueno y mas virtuoso de todos sus compañeros

Le gustaban los dulces, pero se los regalaba a aquellos niños que no lo tenían. Le sucedió de enfermarse  y el médico le prescribió una medicina amarga. La madre le explicó que se la bebiera de un solo sorbo, que así no se notaria tanto. Guido la bebe despacito, despacito, para poder sentir todo ese gusto feo. “lo hago por Jesús”, le costada obedecer en la escuela, él que en su casa, era muy libre, pero se imponía de obedecer siempre

Al haberse acercado todos los días a la comunión, con su fe y su pureza excepcional, se hizo intimo amigo de Cristo y a veces, tenia de Él, revelaciones, profecias, que cuando se  cumplían, sorprendían a todos. Ya habían pasado 3 años de aquella vez que Jesús le había dicho que de él, haría Su Ángel. No se lo había nunca olvidado y no dudaba de aquella promesa. Al contrario, se preparaba a morir.  En el desván, encontró una vieja calavera y se la colocó sobre su escritorio “eres loco” le dijo la doméstica: “nos haremos todos así”  le contesta….

Continuará en la tercera parte

Vida de Guido de Fontgalland Parte 1ª

En la historia que aquí contamos, nos une en forma muy estrecha, a aquel “Fiat”   de la Santísima Virgen Maria; aquel “Si”, expresado en ese lugar tan lejano de Nazareth.  Y Guido de Fontgalland ha hecho suyas las palabras de la Madre del Cielo: ese “Si”, que pronuncia a Jesús…..veamos el porqué de esta bella historia….

Guido de Fontgalland

Era un conde, un pequeño conde, con gran ganas de vivir y de hacerse camino en la vida….pero Jesús, el día de su Primera Comunión, le dijo: “ yo haré de ti, mi Ángel”

Apenas fuera de su cuna, estaba por todas partes. Su mamá no sabía más que hacer para tenerlo quieto: tocaba todo, gritaba, movía los floreros y las flores de su lugar, creaba un gran alboroto.

Entonces su madre, lo sostenía, lo colocaba sobre sus rodillas y le hablaba largo rato de Jesús.

Ha venido del cielo sobre la tierra, ha dado la vida por ti, te quiere mucho, un amor así de grande” y  abría los brazos de par en par y para hacerle ver al pequeño Guido, cuánto lo quería Jesús, y luego se lo estrechaba en su pecho, para terminar su explicación gráfica. (le hablaba como niño, con demostraciones para un niño; típica actitud de las madres…)

Guido, nació en París, en la calle Rue Vital número 37, el día 30 de noviembre de 1.913, de la noble familia de los Condes De Fontgalland.

Al bautismo lo llamaron Guy (Guido), será Guido de Fontgalland…. el nombre ilustre con el cual será conocido en el mundo entero.

Cuando Guido tenía tres años, nació su hermanito: Marcos. Corre hacia la cuna, todo alegre; pero apenas lo vio, comentó desilusionado. “muy pequeño! mamá, cómo podré jugar con el en el jardín”? “Papa, ve a cambiarlo por otro más grande”; pero le quiere inmediatamente, al asegurarle que crecería pronto.

Pero todos los días, iba a espiar a su hermanito, para verificar si de verdad crecía: “Ah…., está siempre chiquito”, “no se hará nunca más grande, este niño”!, …moviendo la cabeza…

Finalmente, el tiempo pasa y Marco, vistiendo los pantaloncitos cortos,  podía ir al jardín a jugar con Guido.

Jesús, en la casita pequeña”

Un día –Guido tenía solo 3 años- hacia un gran  ruido en el cuarto de la abuela con su pequeña trompeta. La abuela le dice: “Si continuas molestándome así,  Jesús se irá de tu corazón”!  El niño permanece con mucha pena y por la tarde le preguntó a su mamá: “Es verdad eso que dice la abuela?”, la madre no le responde.  Guido persiste en su pregunta: “Es verdad que Jesús vive en la casita pequeña del altar? Y desde allí viene al corazón de las personas buenas que lo reciben?” Había ya descubierto el misterio divino de la Eucaristía. La madre le responde son firmeza: “Sí, Guido”

“¿Y también en los corazones de los niños buenos, verdad?”

 “Si, esto es verdad”, responde su madre.

“¿Y  entonces vive también en mi?”

 “Si, si eres bueno y no lo ofendes con el pecado!”

“¿Desde cuando mamá, Jesús vive en mi?”
“Desde el día de tu bautismo”

“entonce también vive en Marcos?”

“Si, por supuesto, también en él”

Entonces, Guido no se contiene en su alegría  comienza a cantar por toda la casa. “Qué bello, Qué bello” Jesús está en mi, Jesús y yo, nos queremos mucho. Quiero ser como el pequeño Jesús”.

Dios le había ya rebelado todo y él ya sabía las tres “direcciones” de Jesús dónde encontrarlo vivo y verdadero: en el Cielo, en el Tabernáculo, en su almita.

Desde aquel momento, tiene un grandísimo deseo: Andar a menudo, cada día a visitara su gran Amigo, en la Iglesia, delante del Tabernáculo, para decirle muchas cositas: de él, de sus padres, de Marcos, de los amigos que tenía,….para escucharlo…Solo en decir el nombre de Jesús, era ya un dulce llamado a hacerse bueno, paciente, generoso, fuerte y con deseos de corregirse de los defectos.

Se hace impaciente por recibir a Jesús, en su primea comunión. Cuando sus padres, los domingos lo llevan a Mesa y él veía a muchos acercarse a la Eucaristía,  pataleaba: “Porqué todavía a mi no?”.

Le explicaban que debía estudiar el catecismo, conocer a fondo a Jesús, empeñarse a vivir como El, que ninguno recibía la primera comunión hasta tener los 9 años.

Era un conde y por ello, muy pronto tuvo una maestra en su casa, toda par él. Aprendió pronto a leer a escribir y a hacer operaciones de aritmética.

Su mamá y su maestra, le enseñaban catecismo. Era encantado cuando le hablaban de Jesús, cuando le leían la historia sacra, el Evangelio. Le explicaron los mandamientos de Dios, uno por uno.

Entendía con una extraordinaria precocidad, se deba cuenta de que  para observar las leyes de Dios, era necesario tener mucha fuerza.

Comenzó a rezar a la Virgen, con el rosario, a llevar en su cuelo la medalla milagrosa y confiase a Ella.

Y así, “el gran día” de acercaba..!!

Continuará en la segunda parte…

Algunos santos del mes de junio

SAN ONOFRE (c. 400 p.c.)

Entre los muchos ermitaños que vivieron en los desiertos de Egipto durante los siglos cuarto y quinto, había un santo varón llamado Onofre. Lo poco que sabemos sobre él procede de un relato, atribuido a cierto abad Pafnucio, sobre las visitas que hizo a los ermitaños de la Tebaida. Al parecer, varios de los ascetas que conocieron a Pafnucio le pidieron que escribiera esa relación de la que circularon varias versiones, sin que por ello se desvirtuara la esencia de la historia.

Pafnucio emprendió la peregrinación con el fin de estudiar la vida ermítica y descubrir si él mismo sentía verdadera inclinación a ella. Con este propósito dejó su monasterio y, durante dieciséis días, recorrió el desierto y tuvo algunos encuentros edificantes y algunas aventuras extrañas; pero en el día décimo séptimo quedó asombrado a la vista de un ser al que se habría tomado por animal, pero era un hombre: ¡Era un hombre anciano, con la cabellera y las barbas tan largas, que le llegaban al suelo! ¡Tenía el cuerpo cubierto por un vello espeso como la piel de una fiera y de sus hombros colgaba un manto de hojas! . . . La aparición de semejante criatura fue tan espantable, que Pafnucio emprendió la huida. Sin embargo, el extraño ser le llamó para detenerle y le aseguró que también él era un hombre y un siervo de Dios. Con cierto recelo al principio, Pafnucio se acercó al desconocido, pero muy pronto ambos entablaron conversación y se enteró de que aquel extraño ser se llamaba Onofre, que había sido monje en un monasterio donde vivían con él muchos otros hermanos y que, al seguir su inclinación hacia la vida de soledad, se retiró al desierto, donde había pasado setenta años. En respuesta a las preguntas de Pafnucio, el ermitaño admitió que en innumerables ocasiones había sufrido de hambre y de sed, de los rigores del clima y de la violencia de las tentaciones; sin embargo, Dios le había dado también consuelos innumerables y le había alimentado con los dátiles de una palmera que crecía cerca de su celda.

Más adelante, Onofre condujo al peregrino hasta la cueva donde moraba y ahí pasaron el resto del día en amable plática sobre cosas santas. De repente, al caer la tarde, aparecieron ante ellos una torta de pan y un cántaro de agua y, tras de compartir la comida, ambos se sintieron extraordinariamente reconfortados. Durante toda aquella noche Onofre y Pafnucio oraron juntos. Al despuntar el sol del día siguiente, Pafnucio advirtió alarmado que se había operado un cambio en el ermitaño, quien evidentemente se hallaba a punto de morir. En cuanto se acercó a él para ayudarle, Onofre comenzó a hablar: «Nada temas, hermano Pafnucio, dijo; el Señor, en su infinita misericordia, te envió aquí para que me sepultaras». El viajero sugirió al agonizante ermitaño que él mismo ocuparía la celda del desierto cuando la abandonase, pero Onofre repuso que no era esa la voluntad de Dios. Instantes después suplicó que le encomendasen el alma a las oraciones de los fieles, por quienes prometía interceder y, tras de haber dado la bendición a Pafnucio, se dejó caer en el suelo y entregó el espíritu. El visitante le hizo una mortaja con la mitad de su túnica, depositó el cadáver en el hueco de una roca y lo sepultó con piedras. Tan pronto como terminó su faena, vio cómo se derrumbaba la cueva donde había vivido el santo y cómo desaparecía la palmera que le había alimentado. Con esto comprendió Pafnucio que no debía permanecer por más tiempo en aquel lugar y se alejó al punto.

Nota: Este Santo pertenece a la Iglesia Católica por la fecha en que murió.

SAN PEDRO DEL MONTE ATHOS (¿Siglo VIII?)

Muchos años antes de que se comenzara a construir el primero de los varios famosos monasterios del Monte Athos, en Macedonia, ya vivía en sus faldas un santo anacoreta llamado Pedro. Se dice que él fue el primer ermitaño cristiano que se instaló en aquella región, pero nada se sabe sobre su verdadera historia.

Después de su muerte, sus reliquias fueron llevadas al monasterio de San Clemente y, en el siglo décimo, se trasladaron a Tracia, donde se propagó mucho su culto. La leyenda de San Pedro, tal como la cuenta Gregorio de Palamás, arzobispo de Tesalónica, se asemeja a muchas otras de las historias relatadas en las Menaia griegas, y se la puede considerar como una fábula edificante. En su juventud, Pedro tomó las armas contra los sarracenos y, tras no pocas batallas, fue capturado y encarcelado. Pero San Nicolás y San Simeón, a quienes apeló en su infortunio, acudieron en persona a ayudarle: Simeón le abrió las rejas de la prisión y Nicolás le condujo fuera de ella hasta dejarle a salvo. Una vez libre, Pedro se fue a Roma, donde volvió a encontrarse con San Nicolás, quien le presentó al Papa. El Pontífice, impresionado sin duda por tan alta recomendación, le impuso a Pedro el hábito de monje. Este se embarcó inmediatamente en una nave que tenía como destino la costa de Asia Menor. Apenas había comenzado la navegación, cuando Nuestra Señora se apareció a Pedro para manifestarle su deseo de que pasase el resto de su vida como ermitaño en el Monte Athos.

Por consiguiente, cuando dejaron atrás las costas de Creta, el capitán desembarcó al fraile lo más cerca posible de su objetivo, y desde entonces se entregó a la vida de penitencia en las faldas del monte. Además de soportar innumerables penurias, tuvo que hacer frente a los ataques del diablo. Primero fue atacado por legiones de demonios que se burlaban de él, le disparaban flechas y le arrojaban piedras. El ermitaño consiguió vencer a la horda maligna con el poder de la oración. Más adelante, los espíritus infernales tomaron la forma de serpientes que perseguían a Pedro y le llenaban de horror; pero él insistió en sus oraciones, todavía más fervorosas y los reptiles desaparecieron. Después, Satanás se apareció en la figura de uno de los antiguos criados de Pedro que sólo había acudido para rogarle, con una insistencia irritante, que volviese al mundo donde todos sus amigos lo extrañaban y donde podía hacer más bien por el prójimo que en la soledad de su retiro. Acosado por aquellas súplicas y profundamente perturbado, Pedro imploró el auxilio de la Virgen María, quien se hizo presente y obligó al tentador a mostrarse con su verdadera forma ante el ermitaño y luego lo hizo desaparecer. Pero no para siempre, porque el «maligno» volvió transformado en un ángel de luz. En aquella ocasión, a Pedro le bastó su humildad para vencer al espíritu del mal. El supuesto ángel le aconsejaba que retornase al mundo, pero el ermitaño insistía en que él no era digno de acercarse a los demás hombres y mucho menos podía esperar que le visitase un espíritu celestial. En consecuencia, se negó rotundamente a escuchar los consejos de su sobrenatural visitante.

Ya había vivido durante cincuenta años en el Monte Athos, sin ver criatura humana alguna, cuando un cazador le descubrió por casualidad. El ermitaño relató su historia con lujo de detalles y, a pesar de que el cazador, edificado, rogaba que le dejase permanecer ahí, Pedro insistió en que volviese a su país y que, un año más tarde, le visitara de nuevo. Doce meses después, el cazador, acompañado por un amigo, acudió a la cita, pero sólo encontró el cadáver de Pedro.

BEATO ESTEBAN BANDELLI (1450 p.c.)

Uno de los predicadores más distinguidos de la orden dominicana durante la primera mitad del siglo quince, fue Fray Esteban Bandelli. Nació en 1369, en la región norte de Italia, y recibió el hábito de Santo Domingo en Piacenza. Desde el principio, su piedad y su obediencia fueron un ejemplo y una inspiración para los monjes; sus ciencias le proporcionaron el grado de doctor en leyes canónicas y una cátedra en la Universidad de Pavía. Pero sus mayores triunfos los obtuvo desde el pulpito y en el confesionario. Ya fuera que predicase en Liguria o en otra región cualquiera de Italia, verdaderas multitudes acudían a escucharle y eran innumerables los pecadores que, arrepentidos, emprendían con firmeza el camino del bien. A la edad de ochenta y un años murió en Saluzzo, en la diócesis de Turín, e inmediatamente fue honrado como santo y realizador de milagros. Treinta y siete años después de su muerte, cuando Saluzzo quedó cercada por fuerzas enemigas, se vieron aparecer figuras extrañas sobre el cielo, y la población afirmó que eran las sombras de la Santísima Virgen y del Beato Esteban que habían acudido a protegerles. El enemigo se retiró sin haber puesto el sitio, y todos los agradecidos habitantes de Saluzzo instituyeron desde entonces una procesión anual en honor del beato. El Papa, Pío IX confirmó su antiguo culto en 1856.

Santos primera semana de mayo

SAN CIRÍACO o JUDAS CIRÍACO, OBISPO (¿133? p.c.)

San Judas Ciriaco, el principal patrono de Ancona, era, probablemente, un obispo de dicha ciudad, que fue asesinado durante una peregrinación a Jerusalén. Por otra parte, algunos autores han lanzado la hipótesis de que se identifica con el obispo de Jerusalén, llamado Judas, que murió en un levantamiento popular, el año 133. Pero la tradición local de Ancona relaciona a su patrono con la figura legendaria del judío Judas Ciriaco que reveló a la emperatriz Elena el sitio en que se hallaba enterrada la Cruz y, después de haber recibido el bautismo y la consagración episcopal, sufrió el martirio en la persecución de Juliano el Apóstata. Las actas de su martirio relatan su conversación imaginaria con el emperador Juliano y los tormentos a que sometido, junto con su madre, Ana. Se dice que la emperatriz Gala Placidia regaló a la ciudad de Ancona las reliquias del santo, excepto la cabeza; ésta fue trasladada, desde Jerusalén, por el conde Enrique de Champagne, quien construyó una iglesia para esa reliquia en Provins.

SANTA PELAGIA DE TARSO, VIRGEN Y MÁRTIR (¿304? p.c.)

La leyenda de Santa Pelagia de Tarso es una de esas novelas griegas destinadas a edificar a los fieles de la época. Según dicha leyenda, Santa Pelagia era muy hermosa. Sus padres, que eran paganos, intentaron casarla con el hijo del emperador Diocleciano; pero la joven no quería casarse y, para dar largas al asunto, pidió permiso para ir a visitar a su antigua nodriza. Aprovechó la ocasión para recibir instrucción cristiana de un obispo llamado Clino, quien la bautizó y le dio la primera comunión. Cuando se supo en su casa que era cristiana, su pretendiente se suicidó y su madre la denunció al emperador. Pero Pelagia era tan hermosa, que Diocleciano, en vez de castigarla, le propuso matrimonio. Pelagia se negó a ello y a abjurar de la fe. Entonces, el emperador ordenó que muriese atada a un becerro de bronce calentado al rojo vivo. Las reliquias de la santa fueron arrojadas a los cuatro vientos, pero los leones se encargaron de guardarlas hasta que las recogió el obispo, quien les dio honrosa sepultura en una montaña de los alrededores de la ciudad.

Existen muchas santas del mismo nombre, San Juan Crisóstomo nos dejó un panegírico sobre Pelagia de Antioquía. Todas las otras son legendarias y sus leyendas se han mezclado unas con otras. En el caso de Pelagia de Tarso, no hay ningún fundamento para sospechar que haya existido realmente; pero de ahí no se sigue que deban considerarse estas fábulas hagiográficas como un reflorecimiento del culto de Afrodita, como lo hacen algunos.

SAN FLORIAN, MÁRTIR (304 p.c.)

San Florian, a quien el Martirologio Romano conmemora en este día, era un oficial del ejército romano. Tras de desempeñar un alto puesto administrativo, en Nórico de Austria, fue martirizado por la fe, en tiempos de Diocleciano. Sus «actas», que son legendarias, cuentan que él mismo se entregó en Lorch a los soldados del gobernador Aquilino que perseguían a los cristianos. Por su valiente confesión de la fe, se le azotó dos veces, fue despellejado en vida y, finalmente, se le arrojó al río Enns con una piedra al cuello. Una piadosa mujer recuperó su cuerpo, que fue más tarde depositado en la abadía agustiniana de San Florián, cerca de Linz. Las reliquias del santo fueron después trasladadas a Roma; el Papa Lucio III, en 1138, regaló una parte de ellas al rey Casimiro de Polonia y al obispo de Cracovia. Desde entonces, se considera a San Florián como patrono de Linz, de Polonia y de Austria superior. Es muy probable que en tantas traslaciones se hayan confundido las reliquias de San Floriano con las de otros santos del mismo nombre. Lo cierto es que en muchas regiones de Europa central, el pueblo le profesa gran devoción. La tradición que afirma que su martirio tuvo lugar en la confluencia de Enns con el Danubio es antigua y digna de crédito. A la intercesión del santo se atribuyen numerosas curaciones. El pueblo cristiano le invoca como protector contra el fuego y el agua.

SAN VENERO, OBISPO DE MILÁN (409 p.c.)

El tercer obispo de Milán, después de San Ambrosio, fue San Venero. Había sido diácono de San Ambrosio y sucedió en la sede a San Simpliciano el año 400. Sabemos muy poco sobre él. Su culto se popularizó mucho en 1579, cuando San Carlos Borromeo desenterró sus restos y los trasladó a la catedral. El santo era muy amigo de San Paulino de Nola, San Delfino de Burdeos y San Cromacio de Aquileya. También tuvo ocasión de manifestar a San Juan Crisóstomo la pena con que veía sus sufrimientos. Cuando los obispos de África, reunidos en Cartago el año 401, apelaron al Papa Anastasio, pidieron también socorro a San Venero. El poeta cristiano Ennodio cantó loas al santo y a su singular elocuencia.

SAN GOTARDO, OBISPO DE HILDESHEIM (1038 p.c.)

San Gotardo nació en el pueblecito bávaro de Reichesdorf. Su padre estaba al servicio de los canónigos que vivían en la antigua abadía benedictina de Nieder-Altaich. Los canónigos se encargaron de la educación del niño. Gotardo dio muestras de un ingenio tan precoz, que llamó la atención de los obispos de Passau y Regensburg y se ganó el favor del arzobispo Federico de Salzburgo. Este último le llevó consigo a Roma y le nombró superior de los canónigos, a los diecinueve años. Gracias a los esfuerzos de los tres prelados, se restableció la regla benedictina en Nieder-Altaich, en 990. Gotardo, que ya entonces era sacerdote, tomó el hábito monacal junto con otros canónigos. Cuando fue elegido abad, San Enrique, que era entonces duque de Baviera y tenía en gran estima a Gotardo, acudió a su consagración. La emperatriz Cunegunda tejió para el santo un cíngulo que se conservó mucho tiempo como reliquia. El éxito con que Gotardo gobernó su abadía, hizo que San Enrique le mandase a reformar los monasterios de Tegernsee, en el Freising, Herfeld, en Turingia y Kremsmünster, en Passau. El santo desempeñó con gran acierto el cargo, sin abandonar la dirección de Nieder-Altaich, en donde dejaba a un vicesuperior cuando estaba ausente. En veinticinco años, San Gotardo formó nueve abades de diversos monasterios.

Dios le llamó entonces a una vida muy diferente. San Bernwaldo, obispo de Hildesheim, murió el año 1022. Al punto decidió San Enrique nombrar a Gotardo para sucederle. En vano alegó el abad su avanzada edad y su falta de cualidades; al fin tuvo que plegarse a los deseos del monarca, a quien apoyaba todo el clero de la región. Aunque tenía ya sesenta años, emprendió las labores episcopales con el empuje y la energía de un joven. Construyó y restauró varias iglesias; fomentó mucho la educación, particularmente en la escuela catedralicia; estableció tal disciplina en su capítulo, que parecía un monasterio; finalmente, en un terreno pantanoso que obtuvo de las autoridades, en las afueras de Hildesheim, construyó un hospital para los pobres y enfermos. San Gotardo tenía particular predilección por los pobres; en cambio veía con muy malos ojos a los vagabundos profesionales, a los que llamaba «los peripatéticos» y no les permitía hospedarse por más de dos o tres días, en el hospital. El santo obispo murió en 1038 y fue canonizado en 1131. Los autores están generalmente de acuerdo en que el célebre Paso de San Gotardo tomó su nombre de una capilla que los duques de Baviera construyeron en la cumbre, en honor del gran prelado de Hildesheim.

BEATA CATALINA DE PARC-AUX-DAMES, VIRGEN (Principios del siglo XIII)

La Beata Catalina de Parc-Aux-Dames era hija de padres judíos, que residían en Lovaina. Maese Rainero, el capellán del duque de Brabante, visitaba frecuentemente a la familia de Catalina y mantenía con ella largas conversaciones sobre problemas religiosos. Desde que tenía cinco años, la pequeña Raquel —como se llamaba entonces Catalina— escuchaba atentamente a Maese Rainero. Viendo éste, un día, la atención con que le escuchaba, le dijo: «Raquel ¿te gustaría ser cristiana?» «Sí, respondió al punto la chiquilla, pero quisiera saber cómo.» Desde entonces, el buen sacerdote aprovechó todas las ocasiones para instruirla en la fe. Pero los padres no veían con buenos ojos el cambio que se estaba obrando en su hija y, al cumplir los siete años de edad, decidieron enviarla al otro lado del Rin para alejarla de toda influencia católica. Raquel se afligió mucho al saberlo; pero la Virgen se le apareció una noche, le dio un bordón de peregrino y le mandó que huyese. La niña se levantó al punto y fue a buscar a Maese Rainero, quien la condujo a la abadía de las religiosas cistercienses de Parc-aux-Dames, a tres kilómetros de Lovaina. Ahí recibió Raquel el bautismo, el hábito y el nombre de Catalina. Sus padres apelaron al obispo de Lovaina, al duque de Brabante y aun al Papa Honorio, para conseguir que Catalina volviera a su casa, por lo menos hasta que cumpliese doce años. El obispo y el duque favorecían a los padres de Catalina; pero Engelberto, arzobispo de Colonia y Guillermo, abad de Claraval, decidieron en favor de Catalina. La beata permaneció en Parc-aux-Dames hasta su muerte y fue muy famosa por sus visiones y milagros.

San León Magno

PAPA Y DOCTOR DE LA IGLESIA

(461 d.c.)

Festividad: 11 de abril.

La sagacidad de León I, el éxito con que defendió la fe contra las herejías y su intervención ante Atila y Genserico, realzaron el prestigio de la Santa Sede y al Papa le valieron el título de «Magno». La posteridad sólo ha concedido ese título a otros dos Pontífices: San Gregorio I y San Nicolás I. La Iglesia honra a San León entre sus doctores, por sus incomparables obras teológicas, de las que hay muchos extractos en las lecciones del Breviario.

Probablemente la familia de San León era toscana, pero él llamó a Roma su «patria», lo cual nos inclina a pensar que nació en dicha ciudad. No sabemos nada acerca de sus primeros años y desconocemos la fecha de su ordenación. Sus escritos prueban que había recibido una educación excelente, aunque ésta no comprendía el estudio del griego. Fue diácono de los Papas San Celestino I y Sixto III; ese puesto era tan importante, que San Cirilo le escribía directamente a él, y Casiano le dedicó su tratado contra Nestorio. El año 440, cuando las disputas de los dos generales imperiales, Aecio y Albino, amenazaban con dejar a la Galia a merced de los bárbaros, León fue enviado a mediar entre ellos. Cuando murió Sixto III, San León estaba todavía en Galia; una embajada fue allá a anunciarle que había sido elegido Sumo Pontífice.

La consagración tuvo lugar el 29 de septiembre de 440. Desde el primer momento, San León dio pruebas de sus excepcionales cualidades de pastor y jefe. La predicación era entonces privilegio casi exclusivo de los obispos; San León se dedicó a instruir sistemáticamente al pueblo de Roma para convertirle en ejemplo de las otras Iglesias. Los noventa y seis sermones auténticos de San León que han llegado hasta nosotros, muestran que insistía en la limosna y otros aspectos sociales de la vida cristiana y que explicaba al pueblo la doctrina, particularmente lo relativo a la Encarnación. Afortunadamente, se conservan 143 cartas de San León y otras treinta que le fueron escritas. Por ellas, podemos darnos una idea de la extraordinaria vigilancia con que el santo Pontífice seguía la vida de la Iglesia en todo el Imperio. Al mismo tiempo que combatía a los maniqueos en Roma, escribía al obispo de Aquileya dándole instrucciones sobre la manera de enfrentarse al pelagianismo, que había reaparecido en dicha diócesis.

Santo Toribio, obispo de Astorga, España, envió a San León una copia de su carta circular sobre el priscilianismo, una secta que había progresado mucho en España, gracias a la connivencia de una parte del clero. Dicha secta era una mezcla de astrología, de fatalismo y de la doctrina maniquea sobre la maldad de la materia. En su respuesta el Papa, refutó ampliamente a los priscilianistas, refirió las medidas que había tomado contra los maniqueos y mandó que se reuniese un sínodo para combatir la herejía. Varias veces tuvo que intervenir también en los asuntos de la Galia; en dos ocasiones reprendió a San Hilario, obispo de Arles, quien se había excedido en el uso de sus poderes de metropolitano.

Escribió algunas cartas a Anastasio, obispo de Tesalónica, para confirmarle su oficio de Vicario de los obispos de Iliria; en una ocasión le recomendó mayor tacto y en otra, le recordó que los obispos tenían derecho de apelar a Roma, «según la antigua tradición». El año 446, San León escribió a la Iglesia africana de Mauritania, prohibiendo la elección de laicos para las sedes episcopales, así como las de los casados en segundas nupcias y de los casados con una viuda; en la misma carta tocó el delicado problema de la manera de tratar a las vírgenes consagradas a Dios que habían sido violadas por los bárbaros.

Respondiendo a ciertas quejas del clero de Palermo y Taormina, San León escribió a los obispos de Sicilia, ordenándoles que no vendiesen las propiedades de la Iglesia sin el consentimiento del clero. En las decisiones de San León, escritas en forma autoritaria y casi dura, no hay la menor nota personal ni la menor incertidumbre; no es el hombre el que habla, sino el sucesor de San Pedro. Ese es el secreto de la grandeza y de la unidad del carácter de San León. Sin embargo, hay que mencionar también un rasgo muy humano, que conocemos nada más por tradición, pero que ilustra la importancia, que el santo daba a la elección de los candidatos a las ordenes sagradas. En el «Prado Espiritual», Juan Mosco cita estas palabras de Amos, patriarca de Jerusalén: «Por mis lecturas estoy enterado de que el bienaventurado Papa León, hombre de costumbres angélicas, veló y oró durante cuarenta días en la tumba de San Pedro, pidiendo a Dios, por la intercesión del Apóstol, el perdón de sus pecados. Al fin de esos cuarenta días, se le apareció San Pedro y le dijo: ‘Dios te ha perdonado todos tus pecados, excepto los que cometiste al conferir las sagradas órdenes, pues de esos tendrás que dar cuenta muy estricta’.» San León prohibió que se confiriesen las órdenes a los esclavos y a todos los que habían practicado oficios ilegales o indecorosos e introdujo una ley, por la que se restringía la ordenación al sacerdocio sólo a los candidatos de edad madura que habían sido probados a fondo y se habían distinguido en el servicio de la Iglesia por su sumisión a las reglas y su amor a la disciplina.

El santo Pontífice, en su calidad de pastor universal, tuvo que enfrentarse en el oriente con dificultades más grandes que las de cualquiera de sus predecesores. El año 448, recibió una carta de un abad de Constantinopla, llamado Eutiques, quien se quejaba del recrudecimiento de la herejía nestoriana. San León respondió discretamente que iba a investigar el asunto. Al año siguiente, Eutiques escribió otra carta al Papa y mandó copia de ella a los patriarcas de Alejandría y de Jerusalén. En dicha carta protestaba contra la excomunión que había fulminado contra él San Flaviano, patriarca de Constantinopla, a instancias de Eusebio de Dorileo y pedía ser restituido a su cargo. Con su carta iba otra del emperador Teodosio II en defensa suya. Como en Roma no se había recibido la noticia oficial de la excomunión, San León escribió a San Flaviano, quien le envió amplias informaciones sobre el sínodo que había excomulgado a Eutiques. En ella ponía en claro que Eutiques había caído en el error de negar la existencia de dos naturalezas en Cristo, cosa que constituía una herejía opuesta al nestorianismo. Por entonces, el emperador Teodosio convocó a un concilio en Efeso, so pretexto de estudiar a fondo el asunto, pero el concilio estaba lleno de amigos de Eutiques y lo presidía uno de sus principales partidarios, Dióscoro, patriarca de Alejandría. El conciliábulo absolvió a Eutiques y condenó a San Flaviano, quien murió poco después, a resultas de los golpes que había recibido. Como los legados del Papa se negaron a aceptar la sentencia del conciliábulo, se les prohibió leer la carta de San León ante la asamblea.

En cuanto San León se enteró del asunto, anuló las decisiones de la asamblea y escribió al emperador con estos consejos: «Deja a los obispos defender libremente la fe, pues ningún poder humano ni amenaza alguna son capaces de destruirla. Proteje a la Iglesia y consérvala en paz para que Cristo proteja, a su vez, tu Imperio». Dos años después, en el reinado del emperador Marciano, se reunió en Calcedonia un Concilio ecuménico. Seiscientos obispos, entre los que se contaban los legados de San León, acudieron a él. El Concilio reivindicó la memoria de San Flaviano y excomulgó y depuso a Dióscoro. El 13 de junio de 449, San León había escrito a San Flaviano una carta doctrinal, en la que exponía claramente la fe de la Iglesia en las dos naturalezas de Cristo y refutaba los errores de los eutiquianos y nestorianos. Dióscoro había ignorado esa famosa carta, conocida con el nombre de «Carta Dogmática» o «Tomo de San León»; en esa ocasión se leyó en el Concilio. «¡Pedro ha hablado por la boca de León!», exclamaron los obispos, después de oír esa lúcida exposición sobre la doble naturaleza de Cristo, que se convirtió desde entonces en doctrina oficial de la Iglesia.

Entre tanto, habían tenido lugar en occidente varios acontecimientos. Atila invadió Italia al frente de los hunos, el año 452; quemó la ciudad de Aquileya, sembró el terror y la muerte a su paso, saqueó Milán y Pavía y se dirigió hacia la capital. Ante la ineficacia del general Aecio, el pueblo se llenó de pánico; todas las miradas se volvieron hacia San León, y el emperador Valente III y el Senado le autorizaron para negociar con el enemigo. Poseído de su carácter sagrado y sin vacilar un solo instante, el Papa partió de Roma, acompañado por el cónsul Avieno, por Trigecio, gobernador de la ciudad y unos cuantos sacerdotes. Entró en contacto con el enemigo en la actual ciudad de Peschiera. San León y su clero se entrevistaron con Atila y le persuadieron para que aceptase un tributo anual, en vez de saquear la ciudad. Esto salvó a Roma de la catástrofe por algún tiempo. Pero tres años más tarde, Genserico se presentó a la cabeza de los vándalos ante las puertas de la ciudad, totalmente indefensa. En esta ocasión, San León tuvo menos éxito, pero obtuvo que los vándalos se contentasen con saquear la ciudad, sin matar ni incendiar.

Quince días después, los bárbaros se retiraron al África con numerosos cautivos y un inmenso botín. San León emprendió inmediatamente la reconstrucción de la ciudad y la reparación de los daños causados por los bárbaros. Envió a muchos sacerdotes a asistir y rescatar a los prisioneros en África y restituyó, en cuanto le fue posible, los vasos sagrados de las iglesias. Gracias a su ilimitada confianza en Dios, no se desalentó jamás y conservó gran serenidad, aun en los momentos más difíciles. En los veintiún años de su pontificado se había ganado el cariño y la veneración de los ricos y de los pobres, de los emperadores y de los bárbaros, de los clérigos y de los laicos. Murió el 10 de noviembre de 461. Sus reliquias se conservan en la basílica de San Pedro. Su fiesta, que se celebra el día de hoy, conmemora la fecha de la traslación de sus reliquias. El historiador Jalland, anglicano, resume el carácter de San León con cuatro rasgos: «su energía indomable, su magnanimidad, su firmeza y su humilde devoción al deber». La exposición que hizo San León de la doctrina cristiana de la Encarnación, fue uno de los «momentos» más importantes de la historia del cristianismo. «La más grande de sus realizaciones personales fue el éxito con que reivindicó la primacía de la Sede Romana en las cuestiones doctrinales.» San León fue declarado doctor de la Iglesia mucho tiempo después, en 1754. Entre los sermones que se conservan del santo, hay uno que predicó en la fiesta de San Pedro y San Pablo, poco después de la retirada de Atila. Empieza por comparar el fervor de los romanos en el momento en que se salvaron de la catástrofe con su actual tibieza y les recuerda la ingratitud de los nueve leprosos que sanó Cristo. A continuación les dijo: «Así pues, mis amados hermanos, debéis volveros al Señor, si no queréis que os reproche lo mismo que a los nueve leprosos ingratos. Recordad las maravillas que El ha obrado con vosotros. Guardaos de atribuir vuestra liberación a los astros, como lo hacen algunos impíos; atribuidla únicamente a la infinita misericordia de Dios, que ablandó el corazón de los bárbaros. Sólo podéis obtener el perdón de vuestra negligencia, haciendo una penitencia que supere a la culpa. Aprovechemos el tiempo de paz que nos concede el Señor para enmendar nuestras vidas. Que San Pedro y todos los santos, que nos han socorrido en nuestras innumerables aflicciones, secunden las fervientes súplicas que elevamos por vosotros a la misericordia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.»

                                                                                  (De la vida de los Santos de Butler)

Perlitas sobre San Simonino

1) El culto que se le atribuye a San Simonino, no se trata tan solo del honor a un niño que sufrió por parte de los judíos, todos los ultrajes que sufriera Jesucristo; sino un verdadero y santísimo acto de reparación al Divino Redentor Jesucristo y a su Divina Madre, tan ultrajados en el purísimo cadáver del beato Simonino.

2) Quienes hemos recorrido  las calles de la hermosa ciudad de Trento y buscamos alguna seña, alguna huella o esbozo de nuestro Simonino, no lo hallamos. Lo único que ha quedado,  es un relieve de aproximadamente, 30 x 40 cm. en forma ovalada, que se encuentra sobre la acera del Palacio Bortolazzi y dos medallones en el portal del Palacio Salvadori (en gloria y durante el martirio).

3) En 1955 fue la última procesión, y luego de esto el cuerpo fue escondido  en un sitio desconocido. Se encontraba en una urna de cristal, con  la imagen del sacro cuerpito que reposa en un artístico cofre en plata y cristal, una obra de finísimo cincelado de artistas milaneses. El cuerpo del Beato es largo en 75 centímetros y fue momificado con verdadero arte por el medico Trentino Ippolito del noble Guarinoni, en 1.737. La cabeza está ornamentada con una preciosa corona y del cuello, cuelga un fino collar de oro con medallones también de oro. Cuenta un histórico Trentino, que esto seria una donación de una reina de España.

Como que también hicieron desaparecer los instrumentos del tormento del martirio: el cuchillo, una jofaina  y tenaza. En su época, estaban expuestos en el Museo Diocesano.

4)  En 1965 la Iglesia pidió perdón por aquello, exoneró a los judíos que habían sido condenados, y suprimió oficialmente el culto a San Simón de Trento, con condenas explícitas a quien lo promoviese. En 2001, la Iglesia de Trento promovió nuevas investigaciones y volvió a pedir perdón por aquello. (…ratas traidoras…)

5) Loable es la creación del “Comité San Simonino” creado en Italia, en el año 2.007, que se propone el restablecimiento del culto público y privado de San Simonino; la restitución de las reliquias que permanecen ocultas desde el año l.965, por parte de la curia trentina y la difusión a la devoción a San Simonino.

Vida de San Simonino de Trento. Parte 2.

El martirio : Viernes 23 de marzo:

La novedad del rapto de un niño, hizo que se agruparan los judíos de las tres casas, en la de Samuele. Dieron, incluso miel al niño que, ya casi ronco, no dejan de llamar a su mamá.

Entra Tobia, el viejo Mosé. Bien pronto, comparecieron el hijo y el  nieto de Mosé,  Mohar y Bonaventura, Vitale y Samuele con Israel y el último, el cocinero Bonaventura.

El pobrecito niño que yacía allí, adormecido, se sacude y estaba por gritar, cuando Samuele lo toma brutalmente y le aprieta el cuello con un largo pañuelo, que se lo anudó como un lazo y le sostenía la cabeza, mientras el viejo Mosé, sentado en un banco y con la derecha, tiraba de la otra punta del pañuelo y apretaba las rodillas de Simonino que lo sofocaba.

La cara se había hinchado y estaba roja y de la boquita, salía su lengua y baba, sus ojitos velados de lágrimas, parecían saltarse. Cuando Mosé, el desalmado viejo, con una tenaza, le arranca un  mordisco de carne de la mejilla derecha, en tanto que Tobia, tenía firme el lazo.

Después de Mosé, viene Samuele a  arrancarle con la misma tenaza, otro pedazo y luego continuaron Tobia y Mohar que, para colmo, con una  hoja de hierro, golpea la cabecita al niño rompiéndole la corteza y  empapa de sangre, todos sus cabellos.

El cuerpo del niño era aferrado de espantosos temblores y de su estrecha boquita salían sus últimos gemidos.

Para que no muriese enseguida, de tanto en tanto, -siempre es Samuele el que habla- le disminuían el lazo, mientras Samuele con los otros judíos, recogían la sangre que corría por la cinturita, en un tazón o palangana. Para continuar el martirio, no saciados aún, cada uno toma un alfiler y comienzan a pincharle la cara, el cuello, el pecho y la espalda. En brevísimos momentos, aquel pequeño mártir, era todo sangre.

Mosé, luego le gira hacia arriba su testículo para poner al desnudo las piernitas y con la misma tenaza, le arrancó una pizca de carne de la tibia derecha y así hicieron los otros verdugos, recogiendo la sangre que caía de sus carnecitas en el tazón de estaño. Después Samuele tomó al moribundo  por el brazo derecho y Mosé por el izquierdo y lo levantaron sobre sus piecitos ensangrentados, tenidos firmes sobre el banco de Mohar y lo estiraron como Jesús sobre la cruz.

A aquella vista,  las otras fieras, volvieron a tomar las alfileres y volvieron a traspasarlo gruñendo  a regañadientes: “Muere como tu Jesús, falso Dios de todos los Goim! (1) sean ellos todos los tormentos y la destrucción”.

El último acto de tanto ultraje, fue aquel de morderle las orejitas gruñendo como perros hambrientos, siempre maldiciendo al Hijo de Dios y a los cristianos.

(Toda esta orgía canibalesca se obtiene de la confesión de los reos y de las mujeres allí presentes)

Nuestro pequeño Simonino crucificado era el último anhelo…Un temblor mortal invade el ensangrentado cuerpito, abrió la boquita en un angustioso espasmo…….mira hacia arriba….expira…..

(toda esta horrenda carnicería es tomada del interrogatorio de Samuele delante a los jueces el día 7 de junio de 1475)

Y así, la sinagoga comenzaba su “sacra Pesáh” en odio al Hijo de Dios, que mandaba al paraíso, multitud de Ángeles con los inocentes de Belén a recibir el alma de Simonino, en el rojo púrpura de su martirio.

Encuentran el cuerpito de Simonino

Los judíos no podían perder el tiempo; el cuerpito que se encontraba aún en casa de Samuele, debía de cualquier manera  desaparecer. La única forma era tirarlo a la acequia y hacer creer que se había ahogado.

No se explicaba cómo fuese desaparecido un niño, en pleno día,  por lo que los comentarios y las suposiciones comenzaron y se hicieron comunes en casi todos, sobre la sospecha de los judíos que vivían en la calle del Mercado y, con esta sospecha, entró en escena un vigilante; un cierto Antoniolo, que a una hora de la noche, pasaba por el callejón del Adige, donde era la casa del judío Samuele y la sinagoga. De allí, fue que oyó fuertemente llorar a un niño y llamar: “..mamá, mamá..” sintiendo “sbab pob (en dialecto, “cállate niño”). El vigilante se paró por un buen tiempo y  no escuchando nada más, partió para  su casa.  En este acontecimiento, la sospecha tomaba cuerpo.

Luego de muchísimas contradicciones entre los judíos interrogados por el Podestá, Giovanni de Salis; el capitán del castillo Giacomo Sporo, el doctor en derecho Odorico da Brescia, el  Señor Ermanno, secretario del obispo, Martino Rompilanza y otros esbirros, confirmaron el arresto de los ocho.

La mañana del 27 de marzo se esparce la noticia del hallazgo del cadáver del mártir Simonino y del arresto de la banda de judíos. Se ordena la pericia del cadáver realizada por los doctores Arcangelo de Balduini y Giovanni Mattia Tiberino con los cirujanos Cristóforo de Fatis y el señor Balsano, concluyendo que el cuerpo del niño no era muerto por  ahogamiento  y que las heridas no eran accidentales ni producidas por animales del agua, SINO por obra de mano humana.

El podestá ordena la detención inmediata de los otros judíos que no habían sido aún arrestados: el viejo Mosé; Mohar su hijo; Salomone, Lázaro; el tercer Mosé; Isacco; Brunetta –mujer de Samuele- y Vitale.

El Proceso Criminal:

Los interrogatorios abierto por el gran Podestá, el 28 de marzo, fueron realizaron con 46 interrogatorios,  teniendo cada imputado su proceso personal, que comprendía 3 partes: el examen del acusado que generalmente ocupaba más interrogatorios; la requisitoria en base a los estatutos criminales del principado, y la sentencia emanada sobre los fundamentos  a la confesión del crimen o a cuanto requiere la ley.

En el caso de marras, todos confesaron el delito, ninguno fue condenado como reo persuadido.

El 21 de junio se cierra el proceso con  la sentencia capital para todos, motivada por asesinato de Simone, hijo de Andrés Unferdorben, ultrajado su cadáver  a  mofas y blasfemias contra a Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su Divina Madre.

En fúnebre procesión, partieron para el lugar de la ejecución, llamado “Malvasia” (llamado así aquel lugar, probabilmente porque le deban a los verdugos este vino fuerte, para poner cierta insensibilidad en su feror oficio.

Ese mismo día, 21 de junio, Samuele, Tobías y Ángelo, fueron muertos y luego quemados en hoguera.

El día 22 de junio, Mohar, Israel y Vitale, corrieron igual suerte: muertos y quemados.

Mosé fue encontrado muerto en la cárcel; lo llevaron a la “Malvasia” y lo quemaron.

Bonaventura, el cocinero y el otro Bonaventura, pidieron morir cristianos, pidiendo perdón al padre y a la madre del beato Simonino y arrodillados sobre la orilla del canal fueron bautizados por el sacerdote que les asistía recibiendo el nombre de Acazio el uno y Sisto, el otro. Apenas recibido el bautismo, fueron decapitados y, con certeza, volaron al paraíso donde los esperaba el dulce Simonino, siendo éstos,  sus dos primeras conquistas.

Isacco y Lázaro fueron ahorcados.

Volfango, otro judío, fue  atado y muerto en la rueda.

Iof y Mosé, bautizados –por pedido de ellos- con los nombre de Antonio y Marcelo e inmediatamente decapitados. Simonino, presentaba al Divino Redentor, dos nuevas conquistas!.

El porqué de esa condena.

Vemos que las sentencia, eran enormes y crueles. Hay que tener en cuenta que, los códigos criminales de entonces, tenían en la mira, de hacer probar al delincuente toda la enormidad de su delito. En una palabra, se ponía en práctica, la ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente…

Madres Convertidas; hijos desaparecidos.

Después de los procesos y las ejecuciones, el deseo del Sumo Pontífice, Sisto IV de unir a la justicia la misericordia, se decide en pleno acuerdo con el Obispo y Príncipe, Giovanni IV y el podestá, de que las cuatro mujeres judías, que aunque participantes del delito; debían ser restituidas a sus hijos. La noticia de sus liberaciones, las colmó de tanta consolación, que pidieron hacerse cristianas.

Brunetta, mujer del ajusticiado Samuele, luego de manifestar todo lo que habían hecho sus correligionarios; junto con Anna, Sara y Bella y el  13 de enero de l.477 en la Parroquia de San Pedro, el obispo de Trento bautizaba a las cuatro: A Brunetta, le impuso el nombre de Catalina; a Bella el de Elisabeth; a Sara el de Clara y a Anna aquel de Susana. Al finalizar, postradas delante de la urna de Simonino, y de Andrés y Maria, padres del mártir, pidieron público perdón de la maldad cometida.

Indecible la alegría de los ciudadanos, pero amarga luego resultó la novedad de que los hijos de las madres convertidas, -no se sabe con qué pretexto-fueron alejados de Trento por los jefes de las sinagogas vecinas y colocados  en otros institutos judíos lejanos,  para que las madres bautizadas cristianas, no les instruyesen en la fe de Jesucristo y les hiciesen bautizar.

Dolido el obispo por la acción tan inicua de la sinagoga, que habían raptado a los hijos de sus madres, viéndose así imposibilitadas de hacerlos educar en nuestra Fe, prohibió  a todas las familias judías su permanencia en la ciudad.

¿ Puede la Iglesia aprobar un culto falso que necesite de ser primido?

Hay cosas que nos siguen dejando atónitos….

El Sumo Pontífice Gregorio XIII en vista de los numerosos y extraordinarios prodigios operado por intersección del querido Simonino, lo inscribe en el Martirólogo romano, con el título de santo.

En 1.588 (113 años después), EL Papa Sixto V reunió una comisión de seis cardenales y repitió el juicio. El tribunal también encontró culpables a todos los judíos.

Ya con la bula del 8 de junio de ese mismo año,  establece la Fiesta con Misa y  Oficio propio, fiesta que viene celebrada cada año, en el cuarto domingo después de Pascua, en la Iglesia parroquial de los Apóstoles  San Pedro y San  Pablo Arquidiócesis de Trento. (hasta un cierto tiempo…..)

(Dal Martirologio Romano (Typis Polyglottis Vaticanis, 1956):
Nono Kalendas Aprilis (23/III). Tridenti passio sancti Simeonis pueri, a Judæis sævissime trucidati, qui multis postea miraculis coruscavit.)

La Bula Beatus Andreas del 22 febrero de 1.755, del Papa Benedicto XIV reconoce nuevamente el culto prestado a San Simonino, afirmado que “fue cruelmente muerto en odio  al fe”.

Vemos hasta aquí, qué gloriosa se mostraba la Iglesia Católica!; con qué valor y valía decretaban actos de Fe….

Pero llegamos al año l.966 y en el marco del nefasto Concilio Vaticano II, Pablo VI ordena que se reexamine el caso de Simón de Trento.

Monseñor Iginio Rogger, en 1.965 fue el principal instigador de la abolición del culto de Simonino en complicidad con el arzobispo Alessandro Maria Gottardi, (quien también había puesto en discusión histórica, el martirio de  San Vigilio co-patrono de Trento) y determina por decreto, (¡Por Decreto !) la inocencia de los judíos asesinados.

Rogger muere el 12 de febrero de 2.014 y Gotardi el  24 de marzo del 2.001…..otros dos traidores de San Simonino…

Por ello y después de ello, los restos de San Simonino, fueron escondidos para evitar la presencia de los peregrinos.

Un defensor (Judio) del martirio de Simonino?…En contraposición  con la de dos obispos católicos??

Pacientes lectores, siempre hemos de decir la verdad y también mostrar el respeto a quien la expresa, por ello, hacemos “nuestras”, las palabras de un sacerdote, el Padre Don Franceso Ricossa,  un gran defensor de nuestro querido San Simonino, cuando en el Epílogo del Libro “La vera storia del Beato Simonio da Trento innocente e Martire y del suo culto”, (Comiato San Simonino. Torino, 2.013 página 103/104),  nos hace ver que, un solo autor es el decisivo y verdaderamente innovativo en el orden del contributo historiográfico: el Profesor Ariel Toaff, por aquél entonces, docente de Historia del medio Evo y del Renacimiento, en la Bar-Ilan University en Israel.

El libro de Toaff “Pasque di Sangue, Ebrei d´Europa e omicidi rituali”, Edizione Il Mulino, Bologna, 2.007 (“Pascua de Sangre, Judíos de Europa y homicidios rituales”) suscitó violentas reacciones: acusaciones, amenazas, intimidaciones, que forzaron a su autor y al editor, a retirar de los comercios el volumen. Sigue comentado el exponente que una segunda edición, vista y corregida fue publicada en el mismo año, pero manteniendo la sustancia de la anterior conclusión. Que esta vez, viene acogida del silencio total, dado que el nombre y la obra de Toaff es casi totalmente cancelada de la discusión sobre el llamado  “homicidio ritual” o “acusación de la sangre” y sobre el caso del Beato Simonino.

Tanta hostilidad ha tenido el autor (que muchos acusadores admitieron no haber leído “Pasque di Sangue ”), dado que era inadmisible la conclusión del estudioso israelita, -hijo del ex-Rabino, jefe de Roma, Elio Toaff- cuando decía que “en particular para el judaísmo askhenazita, la acusación de la sangre, no era siempre una invensión”.

Toaff demuestra la falsedad de los dos principales argumentos de los “negacionistas” del martirio de San Simonino (……nos estamos recordando de Rogger y Gotardi…). Los principales argumentos de siempre, son la poca fiabilidad de las confesiones rendidas en el juicio por los acusados, confesiones arrebatadas, extorsionadas con la tortura y la imposibilidad del crimen mismo que contemplaría la asunción de la sangre humana, cuando en cambio, ninguno-continua explicando claramente el exponente- ignora que la ley mosaica prohibe estrictamente cualquier asunción de sangre.

Toaff, en cambio mete a la luz la causa de su peculiar conocimiento de los textos hebraicos, “los significados rituales y terapéuticos que la sangre tenía en la cultura hebraica”, no obstante, la prohibición bíblica; y además esclarece Toaff que la narración del ritual, llevó a la muerte a Simonino. De los culpables en sus confesiones, se  introduce perfectamente y de manera plausible, en el horrible trastorno de las normas de la Cena pascual y que las palabras rituales hebraicas utilizadas por ellos, tenían un significado que escapaban a los jueces y a los notables episcopales; pero que no escapan a quienes, como Toaff tiene un profundo conocimiento de los textos hebraicos.

Concluyendo: (sigue comentado el honorable sacerdote), no es verosímil que los jueces hayan metido en boca a los acusados palabras y ritos de los cuales ellos mismos no comprendían  completamente su alcance.

Pasque di Sangue” de Ariel Toaff es la palabra definitiva, desde el punto de vista  historiográfico, en lo que respecta al homicidio del pequeño Simonino, ocurrido en Trento en 1.475.

Por último, es paradójico que el artículo de un sacerdote  dominicano modernista sea utilizado de pretexto para suprimir el culto del beato Simonino y que, del trabajo científico de un estudioso israelita sin perjuicios, haya  puesto las bases que debería haber llevado –si fuese en Trento igualmente honesto como en la Universidad Ber-Ilan- a la renovación  del culto. Y tal vez, quizás que el último de los tantos milagros del beato Simonino,  haya sido justo este: suscitar a defensores –más allá de  las propias intenciones- de su causa, al hijo del Rabino Toaff, para confundir a tantos católicos infieles a su bautismo.

San Simonino, viviente imagen de Cristo crucificado, cordero inmaculado, “degollado y erguido en pie”, llamado de la Divina Providencia gratuitamente a la gloria del martirio, Ruega por Nosotros, por tus devotos, por la Iglesia, por tu Ciudad de Trento y, sobre el ejemplo de Cristo, también por tus perseguidores, de Ayer y de Hoy.

Palabras del Profesor Ariel Toaff:

 “Tu estás crucificado y punzado como Jesús colgado, en ignominia y vergüenza como Jesús. Para los participantes al rito, parece que el infante cristiano hubiese perdido su identidad (si nunca la había poseído a los ojos de ellos) y haya sido transformado en Jesús crucificado y colgado”

 (Ariel Toaff, Pasque di sangue, ed. il Mulino, 2007, p. 196)

1) GOIN: era el nombre dado dada por los judíos a los cristianos. Palabra que se usará en todo el interrogatorio por parte de los acusados.