INTRODUCCIÓN A LA REGLA DE SAN BENITO.

Iniciamos una nueva categoría de entradas del presente blog que van a tratar de la Regla de San Benito. En los tiempos que estamos viviendo, no teniendo reglas seguras de vida, dada la confusión actual en la Iglesia Católica, la regla de San Benito es camino seguro de vida. Vamos a comenzar con una introducción a la Vida de San Benito. San Benito vivió en una época muy similar a la nuestra. La Iglesia estaba postrada por la herejía arriana, la corrupción de costumbres, la inmoralidad y la caída del Imperio Romano. Todo parecía destruído. Pero un hombre sólo, Benito, decide, tomar la única decisión sensata que se podía tomar: Decidirse por una vida de total santidad, rompiendo con todo lo humano. Y con esa decisión cambió la faz del mundo y salvó el Catolicismo en toda Europa.

SAN B E N I TO

ABAD Y FUNDADOR (480 – 543)

Santa Brígida, en sus Revelaciones, habla del patriarca de los monjes de Occidente, en estos términos: ≪San Benito hubiera podido santificarse en el mundo; pero el Señor lo llamo a la cima del monte, para que con su ejemplo se animaran otros a abrazar la perfección. La Providencia adjunto a San Benito numerosos compañeros para que formasen un hogar; el Santo les trazo tal Regla de vida que pudiera guiar adecuadamente a cada uno por el camino de la santidad según la propia disposición: ora fuese confesor, ora ermitaño, ora doctor y aun mártir; de suerte que al observarla con fidelidad, numerosos monjes alcanzaron la perfección de su Padre Fundador≫.

Benito, cuyo nombre significa ≪Bendecido o bendito≫, nació hacia el año 480 en la ciudad de Nursia, situada en el centro de Italia. Las únicas referencias ciertas que de su infancia poseemos, nos las dan los Dialogos de San Gregorio Magno, quien al referirse en ellos a los padres del Santo, solo dice que descendía de la antigua nobleza sabina. Pero su santidad precoz, y casi innata en el, y en su esclarecida hermana Santa Escolástica, nos dan a entender, bien a las claras, que uno y otra respiraron en el hogar familiar densa atmosfera de virtudes cristianas.

Hacia el año 497, Benito, gallardo y bien apuesto joven de 17 años, fue a terminar los estudios a Roma. El libertinaje y la inmoralidad de sus compañeros, produjeron en el verdadero espanto, y, en lugar de abandonarse a las nacientes pasiones de la edad, resolvió poner a cubierto la virtud huyendo de la gran urbe con el ama que le había criado. Pusieron en practica su proyecto y, a instancias de algunos habitantes, ambos se detuvieron en Enfide, hacia las colinas de Tibur, y allí habrían fijado definitivamente su morada, si la reputación de santidad de Benito, que le ganara el milagro que hizo con una criba rota e instantáneamente reparada en virtud de una fervorosa plegaria, no hubiera determinado al estudiante a adentrarse solo en la espesura de un monte.

VIDA EREMITICA

Al llegar al desierto de Subiaco, a cincuenta millas al sureste de Roma, el joven encontró un cenobita llamado Román, cuyo monasterio estaba situado en la cúspide del monte Taleo. El aspirante a la vida eremítica, manifestó, bajo secreto, a aquel religioso varón sus deseos de perfección. El monje juro guardárselo y le indico en las abruptas laderas de la roca una gruta inaccesible, en la que penetro con animo resuelto.

Desde el fondo de esta solo se veía el cielo. En determinados días, desde lo alto del peñasco, le bajaba su maestro un pan colgado de una cuerda: al toque de campanilla advertía Román a Benito que era llegado el momento de dejar la oración y de tomar el frugal alimento.

Tres años permaneció el joven recluido en aquel retiro, hasta que unos pastores lo descubrieron, tomándolo al pronto por bestia montaraz; pero, oyéndole hablar, reconocieron en el a un gran siervo de Dios y escucharon dócilmente sus instrucciones.

Satanás quiso aniquilar desde los comienzos la acción sobrenatural de aquel a quien miraba ya como temible adversario. Tomando, pues, la apariencia de un mirlo se puso a revolotear tan cerca de el, que para lanzar al importuno volátil el solitario tuvo que acudir a la señal de la cruz. Vencido ya por este medio, se le representó con toda viveza la imagen de una joven a quien había tratado en Roma, y surgió en el acto la sugestión diabólica:

≪Estoy bien cierto de que debo continuar llevando un genero de vida que tan por encima de las fuerzas de la naturaleza esta?≫ Pero en esta lucha que le redujo a terrible congoja, la gracia divina intervino oportunamente, y a su impulso el Santo se lanzo a unas zarzas de espinas que había ,en las cercanías de la gruta y se revolcó en ellas, desgarrando su cuerpo lastimosamente, hasta que el dolor ahogo en el la rebeldía de los sentidos. Desde aquel momento nunca mas Tos ardores de la concupiscencia hicieron mella en el.

Murió el abad de Vicovaro, cuyos solitarios fueron a suplicar al ermitaño de Subiaco que tomara el cargo que quedaba vacante; aunque resistió al principio, consintió al fin y se fue con ellos.

Empero, el gobierno del Santo les pareció pronto demasiado austero y llego a tal punto su descontento que, para librarse de el, envenenaron el vino. Pero Dios velaba por su Siervo: antes de beberlo, el piadoso ermitaño lo bendijo según costumbre, y al instante el vaso se hizo pedazos en sus manos.

—Dios os perdone, Hermanos —dijo el abad levantándose de la mesa—, por lo que habéis querido hacer. .No os había dicho de antemano, cuando a toda fuerza quisisteis hacerme vuestro Superior, que entre mi vida y la vuestra no habría armonía? Buscad a otro Padre que os convenga, porque yo no viviré mas con vosotros. Y se volvió a su amada soledad de Subiaco.

SUBIACO, ESCUELA DE VIDA

La reputación de santidad de Benito se había extendido por toda la comarca. Las familias de la alta aristocracia acudían a el para consultarle.

El noble Equicio le confió su hijo Mauro para que lo educara y dirigiera, y el patricio Tértulo hizo otro tanto con su pequeñuelo Placido, niño de corta edad. Pronto concurrieron discípulos de todas partes.

Así fue iniciándose y desenvolviéndose la llamada ≪Escuela de Vida≫ de Subiaco, que comprendía los doce monasterios esparcidos en las fragosidades de aquellas rocas, integrados por doce monjes cada uno con un abad al frente. Benito desempeñaba el cargo de Abad general, ya que por sus manos había pasado la formación religiosa de cada uno de los monjes. Reservose, además, el derecho de continuarla con los nuevos aspirantes que ingresaban en sus monasterios.

Entre esos conventos había tres instalados en las partes mas altas de aquellas rocas áridas. Los monjes que los habitaban veíanse obligados a bajar por agua al lago que habia en el fondo del barranco, teniendo que seguir una bajada muy peligrosa a causa de lo resbaladizo de la pendiente.

Al cabo de algún tiempo se cansaron de los esfuerzos que esa labor suponía.

≪Padre —dijeron a Benito—, .no podriamos construir nuestra vivienda en un lugar mas cómodo? Es muy penoso subir el agua cada día.≫

Benito los consoló paternalmente y les dijo que pensaría en ello. A la noche siguiente tomo consigo a Placido y escalo silenciosamente la montaña, detúvose al llegar cerca de los monasterios de aquella cima, arrodillose sobre la dura roca y oro largo rato. Luego, señalo con tres piedras el lugar preciso en que había estado orando y bajo a su monasterio.

Al otro día acudieron los Hermanos a saber su decisión. ≪Volved —les dijo— a vuestros monasterios, hasta un sitio en que veréis tres piedras puestas sobre otras y cavad alli un poco; el Dios poderosísimo a quien servimos podría escucharos haciendo brotar el agua que tanto necesitáis.≫

Con absoluta y pronta obediencia los monjes tomaron el sendero que conducía al lugar indicado, y que se hallaba a las puertas mismas de sus monasterios; !cual no seria su sorpresa cuando al llegar vieron que la roca, árida y seca hasta entonces, destilaba hilitos de agua que, en pocos momentos, formaran un riachuelo que llego hasta el lago del valle!

Aconteció que por aquel entonces, Italia se hallaba en poder de los godos. Uno de aquellos bárbaros, hombre de extraordinaria talla y robustez, pero sin letras, se había convertido y fuese a solicitar el honor de servir a Dios entre los monjes. Benito lo recibió con gran bondad y lo destino a ocupaciones en armonía con sus aptitudes. Un día le entrego un hacha y le encargo que limpiase de matorrales y arbustos las orillas del lago, para transformarlo en huerto; se puso al instante a la obra con ardor, y tan recios hachazos daba que acabo por saltar el hacha, que saliéndose del mango fue a parar al lago, precisamente a uno de los lugares mas profundos, por lo que era imposible sacarla.

Grandemente apenado, el pobre novicio fue a contar su desventura a Mauro, que era el discípulo predilecto y brazo derecho de Benito, pidiéndole que le impusiera una penitencia. Mauro contó el caso a su santo maestro.

Este al oírlo dirigiose al lugar del accidente, tomo el mango del hacha, sumergió la punta en las aguas y al instante viose que el hierro subía y que por si mismo se metía en el mango. El godo, que contemplaba estupefacto lo que pasaba, recibió el instrumento de manos de Benito, quien le dijo paternalmente: ≪Sigue trabajando, hijo, y cesa ya de estar triste≫.

Otro milagro conmovedor tuvo lugar por aquellos días en Subiaco. Una vez que había ido Placido a llenar un cántaro al lago, perdió el equilibrio y cayose al agua. Benito, que se hallaba en su celda, sintió una voz interior que le advertía de lo que sucedía.

—Hermano Mauro —exclamo dando fuertes voces—, corre al lago; el niño ha caído al agua y se lo lleva la corriente.

El Hermano al oírse llamar acude presuroso, recibe la bendición de. Su Padre y se dirige a todo correr a la orilla, desde donde ve al joven Placido hundido en el agua y arrastrado por la corriente. Sin reparar en el peligro, llegase hasta el, lo coge por su larga cabellera y lo saca sano y salvo a la orilla. Solamente entonces se dio cuenta del milagro; el abad recibió al niño, cuyos vestidos chorreaban agua, mientras que Mauro no se había mojado lo mas mínimo.

—Tu obediencia, Hermano Mauro, te ha merecido este prodigio —dijo Benito—; yo no tengo parte alguna en el.

—Menos la tengo yo —replico el discípulo— , lo he hecho todo en estado de inconsciencia, sin darme cuenta de lo que hacia.

—Pues yo —exclamo Placido— veía sobre mi cabeza el habito de mi Padre abad y sentía que era el quien me sacaba del agua.

Para apagar el fulgor de aquella verdadera ≪escuela de vida≫ de Subiaco, Satanás suscito el odio de un acolito suyo, llamado Florencio, que habitaba en el valle. El desventurado envió un pan emponzoñado a Benito, quien al recibirlo, aunque entendió lo que había en el, sin mas alteración ordeno con naturalidad a un cuervo que fuera a arrojar aquel presente homicida a un lugar inaccesible. Viendo Florencio que no podía matar los cuerpos, trato de perder las almas; envió junto al jardín donde jugaban los jóvenes monjes, a siete muchachas de vida licenciosa para que a vista de ellos ejecutaran bailes lascivos.

Benito comprendió en el acto el peligro que corría la inocencia de sus discípulos. Y como el que se había declarado enemigo suyo mortal solo odiaba a su persona, determino ausentarse para siempre y asegurar a los suyos los bienes de la paz. Así que, despidiéndose de sus doce queridos monasterios, se puso en marcha con algunos Hermanos, en busca de otra soledad.

Florencio contemplaba el caso desde el terrado de su casa, gozándose en su triunfo al ver partir a Benito; pero de repente la casa se estremeció, se derrumbo y le sepulto entre sus escombros. El joven Mauro, que había salido mas tarde y fue testigo del hecho, corrió jubiloso a llevar la noticia a Benito. El hombre de Dios afligiose profundamente, tanto por la muerte desventurada de su enemigo, como por la alegría de su discípulo, a quien castigo y dio grave penitencia; y sin mas, continuo su viaje. Benito había pasado en Subiaco, según la tradición, cerca de treinta años.

MONTE CASINO. — LUCHAS CONTRA SATANÁS

Siguiendo hacia el sur la ruta que le señalaban los montes, Benito llego al Monte Casino, en el que encontró las ruinas de la antiquísima ciudad romana Cassinum. Se conservan aun los restos de un anfiteatro y el templo de Apolo.

Fue su primer cuidado levantar la cruz del Salvador sobre los escombros del ídolo; consagro el templo pagano para el culto del verdadero Dios y lo transformo en basílica del Monasterio, bajo el patrocinio de San Juan Bautista y de San Martín.

Corría el ano 529 cuando el Patriarca de los monjes de Occidente llegaba al Monte Casino. Catorce años había de vivir en aquella altura destinada a ser, en expresión del papa Víctor III, ≪el Sinai de las Ordenes Monasticas≫.

Benito levanto el .monasterio con sus mismos discípulos, no sin la oposición del demonio. Cuéntase que un día, los monjes no podían mover una piedra que parecía estar fuertemente sujeta al suelo por invisibles raíces; pero la bendijo el Santo y se pudo entonces remover con la mayor facilidad.

El demonio rabiaba de coraje contra el santo patriarca que se instalaba, a pesar suyo, en un monte en que había reinado como soberana la mas grotesca idolatría. A veces se le aparecía en pleno día en figura horribilísima, lanzando torbellinos de llamas por ojos, boca y narices, y le llamaba por su nombre; ≪!Benito!, !Benito! (en latin: Benedicte! Benedicte! ). Este nombre, como es sabido, significa Bendecido o Bendito; por lo cual el demonio, como si quisiera retractarse de su palabra, repetía: ≪No, no Bendito; !Maldito!, !Maldito! .Que has venido a hacer aquí? .Que tienes tu que ver conmigo? ¿Por qué te gozas persiguiéndome?≫ Benito le dejaba gritar sin hacerle el menor caso y se entregaba con todo sosiego a sus ocupaciones.

Uno de los religiosos que, cediendo a ocultas sugestiones del tentador, se había disgustado de su vocación, se presento al abad pidiéndole licencia para retirarse al siglo. Trato Benito de hacerle ver lai locura de su proyecto, le recordó los días de su primitivo fervor y cuan razonable era la resolución tomada en tiempos anteriores de abrazar la vida religiosa. En su paternal amonestación le hablo de la decisiva importancia de la salvación del alma y de la excelencia sin igual de la vida dedicada al amor y servicio de Dios. Le aconsejó finalmente que orara y esperara con paciencia el fin de aquella tentación. Pero el religioso nada quería oír ni saber de razones, pues ya su imaginación se hallaba en el mundo y no en el claustro. Como el abad difiriera concederle el permiso que el desventurado solicitaba, turbaba el orden general con escándalo de los Hermanos, hasta el punto que Benito se vio obligado a despacharle.

El pobre iluso salio contentísimo; pero estaba aun a corta distancia del convento, cuando vio que se le venia enfrente un furioso dragón con la boca abierta para devorarle. Horrorizado el fugitivo, principio a dar grandes voces, a cuyo eco acudieron presurosos los monjes. Estos le hallaron temblando de pies a cabeza y, compadecidos de el, le volvieron al monasterio. El pobre apostata, que se daba perfecta cuenta del peligro que había corrido, prometió ser fiel a su vocación y mantuvo integra su palabra, profesando toda su vida vivísima gratitud al santo abad, a cuyas oraciones se reconocía deudor de la gracia que le había obtenido de ver al dragón infernal que quería devorarle.

RESURRECCIÓN OBRADA POR SAN BENITO

Un día, Benito había salido al campo a trabajar con sus Hermanos. Entretanto, cierto campesino embargado por el dolor, llego al monasterio con el cadáver de su hijo en los brazos, preguntando .por el Padre Benito. Al decirle que el abad estaba trabajando en el campo, el infortunado padre dejo el cuerpo del hijo tendido delante de la puerta y se fue precipitadamente en busca del Santo. Dio con el en los precisos momentos en que volvía del trabajo y, sin mas preámbulo, exclamo:

—!Padre, devuélvame a mi hijo!

—Pero, ¿soy yo quien te lo he quitado?

—Ha muerto; venga en seguida a resucitarlo — insistió con viveza el pobre padre.

—!Vamos, hombre! Eso no es asunto nuestro; lo que tu pides es cosa de los santos Apóstoles —le respondió Benito con aparente brusquedad— ¿Cómo quieres tu imponernos lo que esta sobre nuestras fuerzas?

El campesino, entretanto, reiteraba, embargado por el dolor, que no se iría mientras el Santo no le resucitase al hijo.

—¿Dónde esta ese muerto? — pregunto el abad.

—Ahi tiene usted su cuerpo a la entrada del monasterio —le contesto el padre entre suspiros.

Llegado a el Benito con todos los religiosos, se puso en oración y luego se extendió sobre el cadáver, como en otro tiempo San Pablo cuando resucito a Eutiquio. Poniéndose después en pie y elevando al cielo los brazos, exclamo: ≪Señor, no mires mis pecados, sino la fe de este hombre, y devuelve a este cuerpo el alma que le has quitado. Apenas hubo terminado esta oración, un fuerte temblor se apodero del cadáver. Benito tomo al niño por la mano y lo devolvió a su padre rebosante de vida y salud.

TOTILA Y SAN BENITO

EL rey godo Totila se había apoderado de casi toda Italia, desde el norte hasta Nápoles. Como oyera hablar del abad de Monte Casino en tonos ponderativos y particularmente de su espíritu profético, quiso probar la verdad de lo que se decía, y, al efecto, hizo que su escudero Riggo se vistiera de las insignias reales, y así disfrazado le envío, con brillante sequito de oficiales, al Monte Casino.

—Hijo mío —exclamo Benito apenas lo diviso—, quítate esos vestidos e insignias, que no son tuyos.

Sobrecogido Riggo por lo inesperado del caso y espantado por haber pretendido engañar a tal hombre, se postro a sus pies. Sin tardanza se presento Totila en persona y, sintiéndose acometido por un terror súbito, cayo humildemente a las plantas del Santo. El siervo de Dios, dirigiéndose a el, clamo por tres veces: ≪!Levantate!≫, y a la tercera tuvo que levantarlo el mismo.

—Muchas malas obras haces —le dijo Benito—, muchas malas obras has hecho; cesa ya en la maldad. Tornaras a Roma, pasaras el mar, vivirás nueve años y al décimo morirás.

El rey, con muestras de visible espanto, se encomendó a sus oraciones y desde aquel instante se mostró menos cruel. Sucumbió efectivamente en 552, a consecuencia de una herida recibida en la batalla de Jagina, con lo que se cumplió exactamente la profecía del Santo.

MUERTE DE SAN BENITO. — SU CULTO

Cuando Benito pasaba ya de los sesenta anos, tuvo el dolor de perder a su hermana Santa Escolástica, a la que enterró en el Monte Casino, en el mismo sepulcro que tenia preparado para si. Pocas semanas después cayo enfermo con fiebre muy elevada y ordeno se abriera nuevamente su sepulcro. El sexto día hízose conducir a la iglesia de San Martín para recibir el Sagrado Viático. Luego, puesto en pie y apoyado en los monjes que sostenían sus miembros debilitados, entregado el espíritu a una oración suprema, exhalo el ultimo suspiro en aquella reverente actitud.

Se cree que fue el 21 de marzo del año 543. En el momento mismo de su muerte, dos monjes que habitaban respectivamente en Monte Casino y en Subiaco, vieron por el lado de Oriente una deslumbradora ruta triunfal que, partiendo de la celda del siervo de Dios, se perdía en lo alto de los cielos, a la vez que lucían en ellos con esplendor inenarrable, multitud de brillantes lámparas. Mientras contemplaban embelesados aquel portento, un ángel, irradiando a su vez fulgurantes resplandores de luz, les dijo: ≪Esa es la via por la cual Benito, el amadísimo del Señor, acaba de subir al cielo≫.

La Regla promulgada por Benito hacia el año 540, es aun hoy un monumento admirable que, a diferencia de la primitiva casa de Monte Casino donde nació, ha resistido a todos los embates y vicisitudes de los tiempos.

San Benito cuenta entre sus innumerables hijos espirituales con una multitud de santos, muchos papas y un inmenso número de obispos, celosísimos todos de la conservación del espíritu de su Fundador en el mundo. León XIII elevó la fiesta de San Benito al rito de doble mayor el 5 de abril de 1883.


DOMINGO IN ALBIS O DE QUASIMODO

Vimos ayer a los neófitos clausurar su Octava de la Resurrección. Antes que nosotros habían participado del admirable misterio del Dios resucitado, y antes que nosotros debían acabar su solemnidad. Este día es, pues, el octavo para nosotros, que celebramos la Pascua el Domingo y no la anticipamos a la tarde del Sábado. Nos recuerda las alegrías y grandezas del único y solemne Domingo que reunió a toda la cristiandad en un mismo sentimiento de triunfo. Es el día de la luz que oscurece al antiguo Sábado; en adelante el primer día de la semana es el día sagrado; le señaló dos veces con el sello de su poder el Hijo de Dios. La Pascua está, pues, para siempre fijada en Domingo y como dejamos dicho en la «mística del Tiempo Pascual», todo domingo en adelante será una Pascua.

Nuestro divino resucitado ha querido que su Iglesia comprendiese así el misterio; pues, teniendo la intención de mostrarse por segunda vez a sus discípulos reunidos, esperó, para hacerlo, la vuelta del Domingo. Durante todos los días precedentes dejó a Tomás presa de sus dudas; no quiso hasta hoy venir en su socorro, manifestándose a este Apóstol, en presencia de los otros, y obligándole a renunciar a su incredulidad ante la evidencia más palpable. Hoy, pues, el Domingo recibe de parte de Cristo su último título de gloria, esperando que el Espíritu Santo descienda del cielo para venir a iluminarle con sus luces y hacer de este día, ya tan favorecido, la era de la fundación de la Iglesia cristiana.

LA APARICIÓN A SANTO TOMÁS. —

La aparición del Salvador al pequeño grupo de los once, y la victoria que logró sobre la infidelidad de un discípulo, es hoy el objeto especial del culto de la Santa Iglesia. Esta aparición que se une a la precedente, es la séptima; por ella Jesús entra en posesión completa de la fe de sus discípulos. Su dignidad, su prudencia, su caridad, en esta escena, son verdaderamente de un Dios.

Aquí también, nuestros pensamientos humanos quedan confundidos a la vista de esa tregua que Jesús otorga al incrédulo, a quien parecía debía haberle curado sin tardanza de su infeliz ceguera o castigarle por su insolencia temeraria. Pero Jesús es la bondad y sabiduría infinita; en su sabiduría, proporciona, por esta lenta comprobación del hecho de su Resurrección, un nuevo argumento en favor de la realidad de este hecho; en su bondad, procura al corazón del discípulo incrédulo la ocasión de retractarse por sí mismo de su duda con una protesta sublime de dolor, de humildad y de amor. No describiremos aquí esta escena tan admirablemente relatada en el trozo del Evangelio que la Santa Iglesia va en seguida a presentarnos. Limitaremos nuestra instrucción de este día a hacer comprender al lector la lección que Jesús da hoy a todos en la persona de santo Tomás. Es la gran enseñanza del Domingo de la Octava de Pascua; importa no olvidarla, por que nos revela, más que ninguna otra, el verdadero sentido del cristianismo; nos ilustra sobre la causa de nuestras impotencias, sobre el remedio de nuestras debilidades.

LA LECCIÓN DEL SEÑOR. —

Jesús dice a Tomás: «Has creído porque has visto; dichosos los que no vieron pero creyeron». Palabras llenas de divina autoridad, consejo saludable dado no solamente a Tomás, sino a todos los hombres que quieren entrar en relaciones con Dios y salvar sus almas. ¿Qué quería, pues, Jesús de su discípulo? ¿No acababa de oírle confesar la fe de 1a cual estaba ya penetrado? Tomás, por otra parte, ¿era tan culpable por haber deseado la experiencia personal, antes de dar su adhesión al más asombroso de los prodigios? ¿Estaba obligado a creer las afirmaciones de Pedro y de los otros, hasta el punto de tener que, por no darlas asentimiento, faltaba a su Maestro? ¿No daba prueba de prudencia absteniéndose de asentir hasta que otros argumentos le hubiesen revelado a él mismo la realidad del hecho? Sí, Tomás era hombre prudente, que no se fiaba demasiado; podía servir de modelo a muchos cristianos que juzgan y razonan como él en las cosas de la fe. Y con todo eso, ¡cuán abrumadora, aunque llena de dulzura, es la reprensión de Jesús! Se dignó prestarse, con condescendencia inexplicable, a que se verificase lo que Tomás había osado pedir: ahora que el discípulo se encuentra ante el maestro resucitado, y que grita con la emoción más sincera: «¡Oh, tú eres mi Señor y mi Dios!» Jesús no le perdona la lección que había merecido. Era preciso castigar aquella osadía, aquella incredulidad; y el castigo consistirá en decirle: «Creíste, Tomás, porque viste.»

LA HUMILDAD Y LA FE. —

Pero ¿estaba obligado Tomás a creer antes de haber visto? Y ¿quién puede dudarlo? No solamente Tomás, sino todos los Apóstoles estaban obligados a creer en la resurrección de su maestro, aun antes de que se hubiera mostrado a ellos. ¿No habían vivido ellos tres años en su compañía? ¿No le habían visto confirmar con numerosos prodigios su título de Mesías y de Hijo de Dios? ¿No les había anunciado su resurrección para el tercer día después de su muerte? Y en cuanto a las humillaciones y a los dolores de su Pasión, ¿no les había dicho, poco tiempo antes, en el camino de Jerusalén, que iba a ser prendido por los judíos, que le entregarían a los gentiles; que sería flagelado, cubierto de salivas y matado? (San Luc., XVIII, 32, 33.)

Los corazones rectos y dispuestos a la fe no hubieran tenido ninguna duda en rendirse, desde el primer rumor de la desaparición del cuerpo. Juan, nada más entrar en el sepulcro y ver los lienzos, lo comprendió todo y comenzó a creer. Pero el hombre pocas veces es sincero; se detiene en el camino como si quisiera obligar a Dios a dar nuevos pasos hacia adelante. Jesús se dignó darlos. Se mostró a la Magdalena y a sus compañeras que no eran incrédulas, sino distraídas por la exaltación de un amor demasiado natural. Según el modo de pensar de los Apóstoles, su testimonio no era más que el lenguaje de mujeres con imaginación calenturienta. Fue preciso que Jesús viniese en persona a mostrarse a estos hombres rebeldes, a quienes su orgullo hacía perder la memoria de todo un pasado que hubiese bastado por sí solo para iluminarles el presente. Decimos su orgullo; pues la fe no tiene otro obstáculo que ese vicio. Si el hombre fuese humilde, se elevaría hasta la fe que transporta las montañas.

Ahora bien, Tomás ha oído a la Magdalena y ha despreciado su testimonio; ha oído a Pedro y no ha hecho caso de su autoridad; ha oído a sus otros hermanos y a los discípulos de Emaús y nada de todo eso le ha apartado de su parecer personal. La palabra de otro, grave y desinteresada, produce la certeza en un espíritu sensato, mas no tiene esta eficacia ante muchos, desde que tiene por objeto atestiguar lo sobrenatural. Es una profunda llaga de nuestra naturaleza herida por el pecado. Muy frecuentemente quisiéramos, como Tomás, tener la experiencia nosotros mismos; y eso basta para privarnos de la plenitud de la luz. Nos consolamos como Tomás porque somos siempre del número de los discípulos; pues este Apóstol no había roto con sus hermanos; sólo que no gozaba de la misma felicidad que ellos. Esta felicidad, de la que era testigo, no despertaba en él más que la idea de debilidad; y gustaba en cierto grado de no compartirla.

LA FE TIBIA. —

Tal es aún en nuestros días el cristiano infectado de racionalismo. Cree, porque su razón le pone como en la necesidad de creer; con la inteligencia y no con el corazón es como cree. Su fe es una conclusión científica y no una aspiración hacia Dios y hacia la verdad sobrenatural. Por eso esta fe, ¡cuán fría e impotente es! ¡cuán limitada e inquieta!, ¡cómo teme avanzar creyendo demasiado! Al verla contentarse tan fácilmente con verdades disminuidas (Ps., XI) pesadas en la balanza de la razón, en vez de navegar a velas desplegadas como la fe de los santos, se diría que se avergüenza de sí misma. Habla bajo, teme comprometerse; cuando se muestra, lo hace cubierta de ideas humanas que la sirven de etiqueta. No se expondrá a una afrenta por los milagros que juzga inútiles, y que jamás habría aconsejado a Dios que obrase. En el pasado como en el presente, lo maravilloso la espanta; ¿no ha tenido que hacer ya bastante esfuerzo para admitir a aquel cuya aceptación la es estrictamente necesaria? La vida de los santos, sus virtudes heroicas, sus sacrificios sublimes, todo eso la inquieta. La acción del cristianismo en la sociedad, en la legislación, la parece herir los derechos de los que no creen; piensa que debe respetarse la libertad del error y la libertad del mal; y aun no se da cuenta de que la marcha del mundo está entorpecida desde que Jesucristo no es Rey sobre la tierra.

VIDA DE FE. —

Para aquellos cuya fe es tan débil y tan cercana al racionalismo, Jesús añade a las palabras severas que dirigió a Tomás, esta sentencia, que no sólo se dirigía a él sino a todos los hombres de todos los siglos: «Dichosos los que no vieron y creyeron.» Tomás pecó por no haber tenido la disposición de creer. Nosotros nos exponemos a pecar como él si no alimentamos en nuestra fe esa expansión que la impulsa a mezclarse en todo, y a hacer el progreso, que Dios recompensa con rayos de luz y de alegría en el corazón. Una vez entrados en la Iglesia nuestro deber es considerar en adelante todas las cosas a las luces de lo sobrenatural; y no temamos que esta situación regulada por las enseñanzas de la autoridad sagrada, nos lleve demasiado lejos. «El justo vive de la fe» (Rom., I, 17); es su alimento continuo. La vida natural se transforma en él para siempre, si permanece fiel a su bautismo. ¿Acaso creemos que la Iglesia tomó tantos cuidados en la instrucción de sus neófitos, que les inició con tantos ritos que no respiran sino ideas y sentimientos de la vida sobrenatural, para dejarlos sin ningún pesar al día siguiente a la acción de ese peligroso sistema que coloca la fe en un rincón de la inteligencia, del corazón y de la conducta, a fin de dejar obrar más libremente al hombre natural? No, no es así. Reconozcamos, pues, nuestro error con Tomás; confesemos con él que hasta ahora no hemos creído aún con fe bastante perfecta. Como él digamos a Jesús: «Tú eres mi Señor y mi Dios; y he pensado y obrado frecuentemente como si no fueses en todo mi Señor y mi Dios. En adelante creeré sin haber visto; pues quiero ser del número de los que tú has llamado dichosos

Este Domingo, llamado ordinariamente Domingo de «Quasimodo», lleva en la Liturgia el nombre de Domingo «in albis», y más explícitamente «in albis depositis», porque en este día los neófitos se presentaban en la Iglesia con los hábitos ordinarios.

En la Edad Media, se le llamaba «Pascua acabada»; para expresar, sin duda, que en este día terminaba la Octava de Pascua. La solemnidad de este Domingo es tan grande en la Iglesia, que no solamente es de rito «Doble mayor», sino que no cede nunca su puesto a ninguna fiesta, de cualquier grado elevado que sea.

En Roma, la Estación es en la Basílica de San Pancracio, en la Vía Aurelia. Los antiguos no nos dicen nada sobre los motivos que han hecho designar esta iglesia para la reunión de los fieles en este día. Puede ser que la edad del joven mártir de catorce años al cual está dedicada, haya sido causa de escogerla con preferencia por una especie de relación con la juventud de los neófitos que son aún hoy el objeto de la preocupación maternal de la Iglesia.

M I S A

El Introito recuerda las cariñosas palabras que San Pedro dirigía en la Epístola de ayer a los nuevos bautizados. Son tiernos niños llenos de sencillez, y anhelan de los pechos de la Santa Iglesia la leche espiritual de la fe, que los hará fuertes y sinceros.

INTROITO

Como niños recién nacidos, aleluya: ansiad la leche espiritual, sin engaño. Aleluya, aleluya, aleluya. — Salmo: Aclamad a Dios, nuestro ayudador: cantad al Dios de Jacob. V. Gloria al Padre. En este último día de una Octava tan grande, la Iglesia da, en la Colecta, su adiós a las solemnidades que acaban de desarrollarse, y pide a Dios que su divino objeto quede impreso en la vida y en la conducta de sus hijos.

COLECTA

Te suplicamos, oh Dios omnipotente, hagas que, los que hemos celebrado las fiestas pascuales, las conservemos, con tu gracia, en nuestra vida y costumbres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Juan (I Jn., V, 4-10).

Carísimos: Todo lo que ha nacido de Dios, vence al mundo: y ésta es la victoria, que vence al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesucristo es el Hijo de Dios? Este, Jesucristo, es el que vino por el agua y la sangre: no sólo por el agua, sino por el agua y por la sangre. Y el Espíritu es el que atestigua que Cristo es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio de ello en el cielo: el Padre, el Verbo, y el Espíritu Santo: y estos tres son una sola cosa. Y tres son los que dan testimonio de ello en la tierra: el Espíritu, y el agua, y la sangre: y estos tres son una sola cosa. Si aceptamos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios es mayor. Ahora bien, este testimonio de Dios, que es mayor, es el que dio de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios, tiene en sí mismo el testimonio de Dios.

MÉRITO DE LA FE. —

El Apóstol San Juan celebra en este pasaje el mérito y las ventajas de la fe; nos la muestra como una victoria que pone a nuestros pies al mundo, al mundo que nos rodea, y al mundo que está dentro de nosotros. La razón que ha movido a la Iglesia a elegir para hoy este texto de San Juan, se echa de ver fácilmente, cuando se ve al mismo Cristo recomendar la fe en el Evangelio de este Domingo. «Creer en Jesucristo, nos dice el Apóstol, es vencer al mundo»; no tiene verdadera fe, aquel que somete su fe al yugo del mundo. Creamos con corazón sincero, dichosos de sentirnos hijos en presencia de la verdad divina, siempre dispuestos a dar pronta acogida al testimonio de Dios. Este divino testimonio resonará en nosotros, en la medida que nos encuentre deseosos de escucharlo siempre en adelante. Juan, a la vista de los lienzos que habían envuelto el cuerpo de su maestro, pensó y creyó; Tomás tenía más que Juan el testimonio de los Apóstoles que habían visto a Jesús resucitado, y no creyó. No había sometido el mundo a su razón, porque no tenía fe.

Los dos versículos aleluyáticos están formados por trozos del santo Evangelio que se relacionan con la Resurrección. El segundo describe la escena que tuvo lugar tal día como hoy en el Cenáculo.

ALELUYA

Aleluya, aleluya. El día de mi resurrección, dice el Señor, os precederé en Galilea. Aleluya, y. Después de ocho días, cerradas las puertas, se presentó Jesús en medio de sus discípulos, y dijo: ¡Paz a vosotros! Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan (XX, 19-31).

En aquel tiempo, siendo ya tarde aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas de donde estaban reunidos los discípulos por miedo de los judíos, llegó Jesús y se presentó en medio, y díjoles: ¡Paz a vosotros! Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor. Entonces les dijo otra vez: ¡Paz a vosotros! Como me envió a mí el Padre, así os envío yo a vosotros. Y, habiendo dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid del Espíritu Santo: a quienes les perdonareis los pecados, perdonados les serán: y, a los que se los retuviereis, retenidos les serán. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Pero él les dijo: Si no viere en sus manos el agujero de los clavos y metiere mi dedo en el sitio de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Y, después de ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos: y Tomás con ellos. Vino Jesús, las puertas cerradas, y se presentó en medio, y dijo: ¡Paz a vosotros! Después dijo a Tomás: Mete tu dedo aquí, y ve mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado: y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y díjole: ¡Señor mío, y Dios mío! Díjole Jesús: Porque me has visto. Tomás, has creído: bienaventurados los que no han visto, y han creído. E hizo Jesús, ante sus discípulos, otros muchos milagros más, que no se han escrito en este libro. Mas esto ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyéndolo, tengáis vida en su nombre.

EL TESTIMONIO DE SANTO TOMÁS. —

Hemos insistido lo suficiente sobre la incredulidad de santo Tomás; y es hora ya de glorificar la fe de este Apóstol. Su infidelidad nos ha ayudado a sondear nuestra poca fe; su retorno ilumínenos sobre lo que tenemos que hacer para llegar a ser verdaderos creyentes. Tomás ha obligado al Salvador, que cuenta con él para hacerle una de las columnas de su Iglesia, a bajarse a él hasta la familiaridad; pero apenas está en presencia de su maestro, cuando de repente se siente subyugado. Siente la necesidad de retractar, con un acto solemne de fe, la imprudencia que ha cometido creyéndose sabio y prudente, y lanza un grito, grito que es la protesta de fe más ardiente que un hombre puede pronunciar: ¡»Señor mío y Dios mío»! Considerad que no dice sólo que Jesús es su Señor, su Maestro; que es el mismo Jesús de quien ha sido discípulo; en eso no consistiría aún la fe. No hay fe ya cuando se palpa el objeto. Tomás habría creído en la Resurrección, si hubiese creído en el testimonio de sus hermanos; ahora, no cree, sencillamente ve, tiene la experiencia. ¿Cuál es, pues, el testimonio de su fe? La afirmación categórica de que su Maestro es Dios. Sólo ve la humanidad de Jesús, pero proclama la divinidad del Maestro. De un salto, su alma leal y arrepentida, se ha lanzado hasta el conocimiento de las grandezas de Jesús: ¡»Eres mi Dios»!, le dice.

PLEGARIA. —

Oh Tomás, primero incrédulo, la santa Iglesia reverencia tu fe y la propone por modelo a sus hijos en el día de tu fiesta. La confesión que has hecho hoy, se parece a la que hizo Pedro cuando dijo a Jesús: «¡Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo!» Por esta profesión que ni la carne ni la sangre habían inspirado, Pedro mereció ser escogido para fundamento de la Iglesia; la tuya ha hecho más que reparar tu falta: te hizo, por un momento, superior a tus hermanos, gozosos de ver a su Maestro, pero sobre los que la gloria visible de su humanidad había hecho hasta entonces más impresión que el carácter invisible de su divinidad.

El Ofertorio está formado por un trozo histórico del Evangelio sobre la resurrección del Salvador.

OFERTORIO

El Angel del Señor bajó del cielo, y dijo a las mujeres: El que buscáis ha resucitado, según lo dijo. Aleluya.

En la Secreta, la santa Iglesia expresa el júbilo que la produce el misterio de la Pascua; y pide que esta alegría se transforme en la de la Pascua eterna.

SECRETA

Te suplicamos, Señor, aceptes los dones de la Iglesia que se alegra: y, ya que la has dado motivo para tanto gozo, concédela el fruto de la perpetua alegría. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Al distribuir a los neófitos y al resto del pueblo fiel el alimento divino, la Iglesia recuerda, en la Antífona de la Comunión, las palabras del Señor a Tomás. Jesús, en la santa Eucaristía, se revela a nosotros de una manera más íntima aún que a su apóstol; mas para aprovecharnos de la condescendencia de un maestro tan bueno, necesitamos tener la fe viva y valerosa que él recomendó.

COMUNION

Mete tu mano, y reconoce el lugar de los clavos, aleluya; y no seas más incrédulo, sino fiel. Aleluya, aleluya.

La Iglesia concluye las plegarias del Sacrificio pidiendo que el divino misterio, instituido para sostener nuestra debilidad sea, en el presente y en el futuro, el medio eficaz de nuestra perseverancia.

POSCOMUNION

Te suplicamos, Señor, Dios nuestro, hagas que estos sacrosantos Misterios, que nos has dado para alcanzar nuestra reparación, sean nuestro remedio en el presente y en el futuro. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Extraído del Año Liturgico de Dom. Gueranger)