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II Domingo de Cuaresma

DE PRIMERA CLASE

TEXTOS DE LA MISA EN ESPAÑOL

Introito. Salm. 24,6,3,22,1-2.-

Acuérdate, Señor, de tus bondades, y de tus eternas misericordias. Nunca nos dominen nuestros enemigos. Dios de Israel, líbranos de todas nuestras angustias. Salmo.- A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti busco refugio, no me sienta avergonzado. V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Colecta.- 

Oh Dios!, que nos ves privados de toda virtud, guárdanos interior y exteriormente, para que seamos fortalecidos contra toda ad­versidad en el cuerpo, y limpios de malos pensamientos en el alma. Por nuestro Señor.

Epístola. 1 Tes. 4.1-7.- 

Hermanos: Os rogamos y exhortamos en nuestro Señor Jesucristo, que, así como habéis aprendido de nosotros de qué manera debéis portaros y agradar a Dios, así también sigáis adelantando. Ya sabéis qué preceptos os he dado en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación, y que sepa cada uno de vosotros poseer su propio cuerpo en santificación y honor, sin dejarse llevar por la pasión de la concupiscencia, como los gentiles, que no conocen a Dios. Que nadie, en este punto, engañe o perjudique a su hermano; porque el Señor castiga todo ello, como ya os lo hemos dicho y protestado. Porque no nos llamó Dios a la inmundicia, sino a la santidad, en Jesucristo Señor nuestro.

Gradual. Salm.24.17-18.- 

Alíviame las angustias de mi corazón; líbrame, Señor, de mis calamidades. Mira mi miseria y mi dolor y perdona todos mis pecados.

Tracto. Salm.105,1-4.-

Alabad Señor, porque es bueno y eterna su misericordia. ¿Quién   pregonará   las maravillas del, Señor y hará oír todas sus alabanzas? Bienaventu­rados los que observan la Ley y practican la justicia en todo tiempo. Acuérdate de nosotros, Señor, por el amor que tienes a tu pueblo; ven en nuestro auxilio.

Evangelio. Mat.17.1-9.-.

En aquel tiempo: Tomó Jesús consigo a Pedro y a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto. Y se transfiguró en su presencia; su rostro resplandecía como el sol, sus vestidos se hicieron blancos como la nieve. Y en esto se aparecieron Moisés y Elías y hablaban con él. Tomó entonces Pedro la palabra y dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí; si quieres, hagamos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaba Pedro aún hablando cuando vino una nube resplandeciente y los cubrió y una voz dijo desde la nube: Éste es mi Hijo muy amado, en quien me agradé; escuchadle. Y al oír esta voz cayeron los discípulos en tierra sobre su rostro, y tuvieron gran miedo. Mas Jesús se acercó y los tocó, y les dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos, no vieron a nadie, sino sólo a Jesús. Y al bajar del monte, les mandó Jesús diciendo: No digáis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Ofertorio. Salm. 118,47-48.- 

Yo pongo mis delicias en tus mandatos, que mucho amo. Alzo mis manos hacia ellos; los amo.

Secreta.-  

Te rogamos. Señor, atiendas propicio al sacrificio presente, a fin de que nos aproveche para nuestra devoción y salvación. Por nuestro Señor.

Prefacio de Cuaresma.- 

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que, por el ayuno corporal, domas nuestras pasiones, elevas la mente, nos das la virtud y el premio, por Jesucristo nuestro Señor, por quien alaban los Ángeles a tu majestad, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades y la celebran con igual júbilo los Cielos, las Virtudes de los cielos y los bienaventurados Serafines. Te rogamos que con sus voces admitas también las de los que te decimos, con humilde confesión. Santo….

Comunión. Salm. 5.2-4.- 

Escucha mi clamor, presta oídos a la voz de mi oración, Rey mío y Dios mío, porque a ti, Señor, te invoco.

Poscomunión.-

Te rogamos humildemente, Dios, que, nos alimentas con tus sacramentos, nos concedas servirte dignamente con una vida de tu agrado, Por nuestro Señor.

TEXTOS DE LA MISA EN LATIN

Dominica Secunda in Quadragesima

I Classis

Introitus: Ps. xxiv: 6, 3, 22

Reminíscere miseratiónum tuárum, Dómine, et misericórdiæ tuæ, quæ a sæculo sunt: ne umquam dominéntur nobis inimíci nostri: líbera nos, Deus Israël, ex ómnibus angústiis nostris. [Ps. ibid. 1-2] Ad te, Dómine levávi ánimam meam: Deus meus, in te confído, non erubéscam. Glória Patri.  Reminíscere.

 Oratio:

Deus, qui cónspicis omni nos virtúte destítui: intérius exteriúsque custódi; ut ab ómnibus adversitátibus muniámur in córpore, et a pravis cogitatiónibus mundémur in mente. Per Dóminum.

1 Thess. iv: 1-7

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Thessalonicénses.


Fratres: Rogámus vos et obsecrámus in Dómino Jesu, ut quemádmodum accepístis a nobis, quómodo opórteat vos ambuláre et placére Deo, sic et ambulétis, ut abundétis magis.  Scitis enim quæ præcépta déderim vobis per Dóminum Jesum.  Hæc est enim volúntas Dei, sanctificátio vestra, ut abstineátis vos a fornicatióne, ut sciat unusquísque vestrum vas suum possidére in sanctificatióne et honóre: non in passióne desidérii, sicut et Gentes, quæ ignórant Deum: et ne quis supergrediátur, neque circumvéniat in negótio fratrem suum: quóniam vindex est Dóminus de his ómnibus, sicut prædíximus vobis et testificáti sumus.  Non enim vocávit nos Deus in immundítiam, sed in sanctificatiónem: in Christo Jesu Dómino nostro.

Graduale: Ps. xxiv: 17-18

Tribulatiónes cordis mei dilatátæ sunt: de necessitátibus meis éripe me, Dómine. v. Vide humilitátem meam et labórem meum: et dimítte ómnia peccáta mea.

 Tractus: Ps. cv: 1-4

Confitémini Dómino, quóniam bonus: quóniam in sæculum misericórdia ejus. v. Quis loquétur poténtias Dómini: audítas fáciet omnes laudes ejus? v. Beáti qui custódiunt judícium, et fáciunt justítiam in omni témpore. v. Meménto nostri Dómine in beneplácito pópuli tui: vísita nos in salutári tuo.

 Matth. xvii 1-9 

+Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthæum.

In illo témpore: Assúmpsit Jesus Petrum, et Jacóbum, et Joánnem fratrem ejus, et duxit illos in montem excélsum seórsum: et transfigurátus est ante eos.  Et resplénduit fácies ejus sicut sol: vestiménta autem ejus facta sunt alba sicut nix.  Et ecce apparuérunt illis Móyses, et Elías cum eo loquéntes.  Respóndens autem Petrus, dixit ad Jesum: «Dómine, bonum est nos hic esse: si vis, faciámus hic tria tabernácula, tibi unum, Móysi unum, et Elíæ unum. Adhuc eo loquénte, ecce nubes lúcida obumbrávit eos.»  Et ecce vox de nube, dicens: «Hic est Fílius meus diléctus, in quo mihi bene complácui: ipsum audíte.»  Et audiéntes discípuli, cecidérunt in fáciem suam, et timuérunt valde.  Et accéssit Jesus, et tétigit eos: dixítque eis: «Súrgite, et nolíte timére.»  Levántes autem óculos suos, néminem vidérunt, nisi solum Jesum. Et descendéntibus illis de monte, præcépit eis Jesus, dicens: «Némini dixéritis visiónem, donec Fílius hóminis a mórtuis resúrgat.»

 Offertorium: Ps. cxviii: 47, 48

Meditábor in mandátis tuis, quæ diléxi valde: et levábo manus meas ad mandáta tua, quæ diléxi.

 Secreta:

Sacrifíciis præséntibus, Dómine, quæsumus, inténde placátus: ut et devotióni nostræ profíciant et salúti. Per Dóminum.

Præfátio de Quadragesima

Vere dignum et iustum est, æquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus: Qui corporáli jejúnio vítia cómprimis, mentem élevas, virtútem largíris, et præmia: per Christum Dóminum nostrum. Per quem majestátem tuam laudant Angeli, adórant Dominatiónes, tremunt Potestátes. Cæli cælorúmque Virtútes, ac beáta Séraphim, sócia exsultatióne concélebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admítti júbeas deprecámur, súpplici confessióne dicéntes:  Sanctus,…

Communio: Ps. v: 2-4

Intéllige clamórem meum: inténde voci oratiónis meæ, Rex meus, et Deus meus: quóniam ad te orábo, Dómine.

 Postcommunio:

Súpplices te rogámus, omnípotens Deus: ut, quos tuis réficis sacraméntis, tibi étiam plácitis móribus dignánter deservíre concédas. Per Dóminum.

Ordenes mayores

Estos cuatro ministros inferiores del culto: el portero, el lector, el exorcista y el acólito, si bien son ya verdaderos ordenados y miembros oficiales de la Jerarquía Eclesiástica, todavía no han contraído con la Iglesia ningún compromiso definitivo. Ellos y ella pueden romper legítimamente los lazos sagrados que los unen, aunque con el consiguiente dolor por ambas partes. Lo definitivo y lo indisoluble comienza en el Subdiaconado, que es, como hemos dicho, la primera de las Órdenes mayores. Por lo mismo la reciben los jóvenes clérigos ya en su mayoría de edad, para que más deliberadamente piensen a lo que de por vida se obligan. Ni las órdenes menores ni el Subdiaconado son verdaderas Órdenes, en el sentido estricto de la palabra.

El Subdiaconado.

Antes de proceder a la ordenación, el obispo les avisa a los candidatos que todavía son libres de retirarse y de optar por la vida secular, pero que no lo serán ya después de haber recibido esta Orden, la que les obliga al voto perpetuo de castidad y a estar siempre al servicio de la Iglesia. Un compromiso tan grave no se cumple sin especiales gracias del Cielo, las cuales piden para ellos el prelado y el pueblo con las Letanías de los Santos. A continuación les dice que consideren el alto ministerio que se les confía, “pues de la incumbencia del subdiácono es preparar el agua para el servicio del altar, ayudar al diácono, lavar los manteles del altar y los corporales, y presentar al mismo el cáliz y la patena para el Sacrificio”. Como instrumentos de su oficio reciben el cáliz vacío con la patena, unas vinajeras provistas de vino y agua, y el platillo con el manutergio. Luego el obispo les impone el amito, el manípulo y la tunicela (o dalmática), y les entrega el Epistolario con el poder de leer las epístolas en la Iglesia.

8. El Diaconado.

El Diaconado es la última etapa antes del sacerdocio. Es una verdadera Orden sagrada. Para que no entre en él ningún sujeto dudoso, pregunta el obispo al clero y al pueblo allí presentes, si tienen algún cargo contra el candidato. Luego, dirigiéndose a él, le dice que piense en su gran dignidad, “pues le toca al diácono servir directamente al altar, bautizar y predicar”. Después le impone las manos, comunicándole el  Espíritu Santo, para que “lo fortalezca y le dé resistencia contra el diablo y sus tentaciones”. Por fin, le re-viste la estola y la dalmática y le entrega el Evangeliario, con el poder de leer el Evangelio en la Iglesia.

Antiguamente los diáconos intervenían mucho más que ahora en la liturgia, como auxiliares ordinarios de los sacerdotes y de los obispos, y muchos se quedaban diáconos para siempre. Ahora, aunque en casos especiales pueden los diáconos bautizar y predicar, su ministerio, está casi concretado al altar, donde es el servidor inmediato del celebrante. Por otra parte, el diaconado ya no es, más que por excepción, una orden terminal, sino el último paso para el sacerdocio.

Para la ordenación del diaconado la materia es la imposición de las manos del obispo, única prevista en este rito, y la forma está contenida en el Prefacio, siendo estas palabras las esenciales: “Emitte in eum, qusesumus, Domine, Spiritum Sanctum, quo in opus ministerii tui fideliter exequendi septiformis gratiae tuae munere roboretur”.

Hasta aquí no hemos hecho más que seguir al joven clérigo en su gradual ascensión hacia el altar. De lo puramente material: abrir y cerrar las puertas del templo, tocar las campanas, suministrar agua, etcétera, ha ido pasando a lo espiritual: arrojar los demonios, bendecir los frutos, leer, cantar, predicar, bautizar, etcétera. Ordenado de diácono, es ya un verdadero ministro del culto, con poderes bien determinados sobre el Cuerpo real de Jesucristo y sobre el Cuerpo místico; pero todo eso se endereza a una meta sublime, que es el sacerdocio, el cual alcanza su plenitud en la Consagración Episcopal.

La Ordenación Sacerdotal.

Conducidos los candidatos por el arcediano ante su obispo y a la presencia del pueblo, para que testifiquen uno y otro si aquéllos son o no dignos del sacerdocio, amonéstales el prelado sobre su alta dignidad y sobre los poderes que se les van a conferir, como a sucesores de los setenta y dos discípulos de Cristo y de los Ancianos.

La flor de la liturgia, Azcarate.

Ordenes Menores

A medida que los nuevos clérigos van adelantando en edad, en ciencia sagrada y en virtud, el obispo diocesano va invitándolos, de parte de la Iglesia, a ascender paso a paso las gradas del altar, presentándose a las Órdenes menores. Ordénanse primero de porteros, luego de lectores, después de exorcistas y por fin de acólitos, que son los ínfimos grados de la Jerarquía Eclesiástica.

Cada una de estas cuatro Ordenaciones comprende como tres fases: una advertencia o explicación de las obligaciones de cada Orden, la entrega de poderes y una oración ara implorar sobre los ordenados las gracias necesarias para su cargo.

El Portero u Ostiario.

El Portero —dice el Pontifical— “debe tañer las campanas, abrir la iglesia y la sacristía y sostener el libro abierto delante del que predica”. Recibe las llaves como símbolo de su oficio.

Los porteros eclesiásticos traen su origen de los porteros de las casas patricias romanas, ya que las primitivas asambleas religiosas tenían lugar en ellas. Era un puesto de confianza. Ellos impedían la entrada a los no iniciados, de los excomulgados y, en general, de los importunos, y cuidaban de que el ruido exterior no turbara la paz y el silencio del templo. A este cuidado de la puerta agrega el portero el de convocar al pueblo a los divinos oficios, mediante el tañido de las campanas, y el de preparar los libros litúrgicos para las lecturas públicas.

La Iglesia, en el deseo de que el orden y el decoro más exquisitos reinen en todo lo que al culto se refiere, prevé todos los pormenores y designa para todo personas responsables.

El Lector.

“Es oficio del Lector —dice el Pontifical—: leer las cosas que se han de predicar, cantar las lecciones y bendecir el pan y todos los nuevos frutos”. Recibe el Leccionario como manual de su oficio.

El lector viene a ser, en su origen, como el primer catequista oficial, con poder y gracia para enseñar al pueblo en nombre de la jerarquía, de la que es ya miembro. Su enseñanza es exclusivamente bíblica, que a veces’ toma la solemnidad del canto para mayor expresión. Además de servir a las almas este manjar espiritual de la buena doctrina, bendecía el pan y todos los demás alimentos corporales que los fieles le presentaban, para que se acordaran que era Dios quien se lo suministraba cada día y que debían comerlos en su nombre y con nacimientos de gracias.

El Exorcista.

“El Exorcista —dice el Pontifical— debe arrojar a los demonios, avisar al pueblo que el que no ha de comulgar ceda el lugar a los demás, y proporcionar el agua para el ministerio”. Recibe el Libro de los Exorcismos y el poder para imponer las manos sobre los energúmenos y para arrojar a los demonios de los cuerpos de los posesos.

El oficio del exorcista era de suma importancia y de aplicación casi diaria en los primitivos tiempos del cristianismo, en que el poder de los demonios sobre las almas y sobre los cuerpos, era entonces más manifiesto. El exorcista no ejercía todavía poder sino solamente sobre los cuerpos de los endemoniados, a los que imponía sus manos, los bendecía y los rociaba con agua bendita. Papel suyo era también impedir que se acercasen a la comunión los indignos, que a veces se entrometían en el templo.

El Acólito.

Finalmente —dice el Pontifical— “al Acólito compétele llevar el cirial, encender las luces de la Iglesia y suministrar el vino y el agua necesarios para el Sacrificio”. Recibe, como instrumento de su cargo, el cirial con una vela apagada y un cantarillo vacío.

El acólito, pues, sirve ya más de cerca al altar y se preocupa más directamente de todo lo concerniente al Santo Sacrificio. Cuida él de que haya luz, agua y vino, y presencia por sí mismo la gran Acción, pero todavía no le es permitido subir las gradas del altar.

De «La flor de la liturgia» Dom Andrés Azcarate.

¿QUÉ PODEMOS PEDIR EN LA ORACIÓN?

Que podemos pedir.—

Algunos dijeron que a Dios no se le debía pedir nada en concreto, sino en general, que se haga su voluntad. Pero esto es contrario a la fe y uso cristiano de toda la Iglesia y al ejemplo de Jesucristo. En efecto, Jesucristo pidió determinadamente por la fe de Pedro, para que pasase su propio cáliz; por el perdón de los que le crucificaban. Y la Iglesia, desde el principio, pide muchas cosas muy determinadas, y la oración de la Iglesia es, sin duda, nuestro modelo. Pero son de advertir algunas cosas. Porque hay varias clases de bienes: unos son espirituales y otros temporales; y entre los espirituales algunos son de la providencia ordinaria y otros de la extraordinaria; y entre los temporales algunos pueden hacer daño a los espirituales y otros tal vez no: y unos son de la providencia ordinaria y otros son milagrosos.

Podemos pedir bienes temporales.—

Aunque no pocos censuran el que se pida a Dios cosas temporales, sin embargo, es licito y aun laudable el pedirlas, con tal que se haga en las debidas condiciones. Mal pediría bienes temporales quien los pidiese como si este fuese su ultimo fin: contentándose con que aquí le den buena fortuna, aunque después no le den nada: esto seria una grave injuria a Dios y desorden moral. Pero podemos, sin duda alguna, pedir estos bienes temporales, no como fin ultimo, sino para estar bien en esta vida y con la condición presupuesta de que no nos priven de la gracia y de la gloria; y esto, aunque lo pidamos por gusto y comodidad de la vida, como la salud, la riqueza, el honor, la buena amistad, y otros bienes, con tal que los pidamos con moderación; porque pedirlos con exceso no parece racional, antes es un peligro, y el mismo desearlos con demasía es ya, por lo menos, un desorden. Pero, fuera de este desorden y exceso, podemos decir, y, por cierto, aun por medio de Nuestro Señor Jesucristo, como quiera que todos estos bienes moderadamente pedidos, recibidos y usados, siempre, como todos los bienes de esta vida, sirven de alguna manera y aun son necesarios para el ultimo fin; y para esto nos los concede el Señor, como toda la vida temporal.

Podemos pedir bienes espirituales.—

Esto, en general, esta claro. Y de estos bienes, sin duda, trataba especial y definidamente Jesucristo al recomendarnos la oración y prometernos su eficacia. Porque en la intención de Dios todo esta ordenado a que nosotros consigamos nuestro ultimo fin, la salvación; y en la intención de Jesucristo toda su vida y su redención a esto se dirigía finalmente: a que nosotros nos santificásemos y nos salvásemos.

Todo aquello, pues, que pertenezca a nuestra santificación, todo entra directamente en la administración y economía de la vida cristiana. Y, por tanto, aunque no niega los bienes temporales, como hemos dicho, por ser estos también, en cierto grado, necesarios o convenientes para el progreso espiritual, pero plenamente y determinadamente Jesucristo nos vino a traer la vida espiritual y sobrenatural; y sus méritos son para esta directamente. Por donde nuestras oraciones pueden y deben pedir santidad y gracia, salvación y gloria, y, por tanto, todo aquello que sirva para mayor santidad y mayor gloria.

Diversos bienes espirituales.—

Mas hemos de tener presente que hay diversos bienes espirituales. Porque: 1.° Los hay que son necesarios para nuestra salvación, como lo es, por ejemplo, la remisión de los pecados mortales, la perseverancia final o la muerte en gracia, y, en fin, todos aquellos auxilios necesarios y eficaces para evitar el pecado; y 2.° Los hay, en cambio, que no son necesarios para salvarse, por ejemplo, un alto grado de santidad, una eminente virtud o perfección, etc. Asimismo: 1.° Hay bienes espirituales sustanciales, en los cuales consiste la santidad o la perfección, como, por ejemplo, la caridad, las virtudes y dones que la acompañan; y 2.° Bienes, en cambio, que aunque son espirituales, no consiste en ellos la santidad, sino que son accidentales, sirven, si, para ella, pero no son la santidad; como, por ejemplo, la vocación religiosa, un alto grado de contemplación, visiones y revelaciones, dulzuras y sentimientos espirituales, de los que decía San Buenaventura que pueden ser comunes a buenos y malos, y que en otros dones espirituales hay mayor fuerza, mas cierta verdad, mas fructuoso provecho y mas pura perfección. De estos bienes, los primeros, tanto los necesarios para la salvación y santificación, como los sustanciales a la misma santidad, los podemos pedir sin temor y absolutamente. Los segundos, es decir, aquellos que son accidentales, pero no necesarios, y en los que no consiste propiamente la santidad y salvación, los debemos pedir con cautela, prudencia y humildad, y siempre, como hemos dicho, conforme al orden establecido por Dios en esta providencia. Y así seria temerario y necio pedir que nos conceda Dios el mismo grado de santidad que tuvo la Virgen. Se puede, si, y lo han hecho los Santos, desear con simple afecto de devoción tener un amor de Dios tan grande o una pureza tan limpia como la Virgen, para así manifestar a Dios nuestro amor; pero no se pide eso con animo de obtenerlo, porque seria temerario, pretencioso, y sobre el orden establecido por Dios.

El gran bien de la oración: la perseverancia final.—

Aunque ya varias veces hemos indicado este punto, pero por la suma importancia que tiene, queremos que quede bien explicado, y que se advierta a todos los fieles que la oración, esta arma omnipotente que Dios nos ha concedido para conseguir todos los bienes que nos son necesarios y convenientes, es sobre todo omnipotente para alcanzarnos un bien sumo, que es la perseverancia final. Se entiende por perseverancia final, el don de perseverar en gracia hasta morir. Esta perseverancia puede ser mas o menos extensa de la parte anterior a la muerte; porque algunos perseveran desde el bautismo hasta morir en gracia; otros, poco antes de morir se ponen en gracia, pero mueren en ella; otros duran mas o menos tiempo en gracia, y caen y recaen mas o menos veces; pero siempre el gran don sin el cual todos los demás no sirven por fin nada, es la ultima perseverancia, muriendo en gracia de Dios. “El que persevere hasta el fin se salvará” (Mt., 10, 22), dice Jesucristo. !Oh!, dichoso el que consigue esta gracia. Pero .como encontrar un medio para alcanzarla? Los Santos nos amonestan con mucho cuidado que estemos alerta. Ahora tal vez soy bueno. Pero .perseverare sin caer? Y si caigo, .me levantare? Y si me levanto, volveré caer? ¿Y .moriré caído?, ¿o .moriré levantado? “El que piensa que esta levantado, mire no caiga” (1 Cor., 10, 12), decía San Pablo a los Corintios. “Con temor y temblor obrad vuestra salvación”, decía a los Filipenses. (Phil., 2, 12). “Reten lo que tienes para que nadie reciba tu corona” (Apoc., 3, 11), decía Jesucristo al Obispo de Filadelfia. Es, en verdad, para temblar. Pero tenemos un medio cierto, de obtener la perseverancia, no por méritos nuestros propiamente, pero si por medio de la oración. Este es el sentir de todos los Padres y Doctores de la Iglesia que de esto tratan. No consta, dice San Agustín, que Dios ha dispuesto dar algunos dones aun a quien no se los pide, como el principio de la fe, y algunos solo a quienes se los piden, como la perseverancia final. Y bien se puede esperar con toda certeza que por medio de la oración obtendremos la perseverancia y que por lo menos a esta se refieren aquellas palabras: Todo lo que pidiereis en oración con fe, lo recibiréis.

Y, pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abrirá (Mt., 7, 7). Y si pidiendo la gracia y la gloria, y llamando a la puerta del cielo no se nos da y se nos abre, .para que queremos lo demás? .Y de que trataba Nuestro Señor sino especialmente de la gracia y de la gloria, y de lo que a ellas conduce?

Que oración vale para alcanzar la perseverancia.—

Siendo este punto tan importante, nos conviene saber que oración es necesaria para obtener la perseverancia. Porque no basta cualquiera, de manera que si uno pide una vez se la concedan. Sino que todos los Doctores nos advierten que es preciso orar con frecuencia y perseverancia. “Es necesario, dice Jesucristo, orar y no desfallecer” (Le., 18, 1), y en otra parte: “Vigilad en todo tiempo orando” (Mt., 16, 41). Y San Pablo nos dice (1 Thes., 5, 17): “Orad sin intermisión”.

No que materialmente hayamos de estar siempre orando, lo cual seria imposible. Sino que todos los días y siempre en nuestra vida tengamos alguna oración instante y frecuente a Dios, para que nos salve, y nos de un fin bueno, y la gloria eterna. Habituémonos, pues, a ser frecuentes en orar y pedir a Dios nuestra perseverancia con toda confianza, y que de tal modo disponga las cosas en su providencia que tengamos buena vida, y sobre todo, buena muerte, y creamos que nos lo concederá. Para mas seguramente conseguir esto, hay algunas practicas y oraciones, a las cuales se atribuyen con razón especiales prerrogativas para la perseverancia, como la practica de las tres Avemarías diarias, y otras; pero de ellas hablaremos en otra ocasión.

Puntos de Catecismo, Vilariño S.J.

Grados de la perfección cristiana

De los diversos grados de la perfección.

La perfección tiene sus grados y sus límites aquí en la tierra. De esto nacen dos cuestiones: ¿Cuáles son los principales grados de la perfección? ¿Cuáles sus límites aquí en la tierra?

I. De los diversos grados de la perfección.

Muchos son los grados por los que se sube a la perfección. No intentamos enumerarlos todos, sino solamente señalar los principales tramos. Según la sentencia común, expuesta por Santo Tomas, tres son los principales tramos que se distinguen, o tres vias , como generalmente se las llama: la de los principiantes, la de los proficientes, y la de los perfectos, según el fin que cada cual pretenda.

a) En la primera vía, los que comienzan han de poner todo su cuidado en no perder jamásla caridad que poseen : han de hacer cuanto puedanpara evitar el pecado, sobre todo el mortal, y paravencer las malas inclinaciones, las pasiones y cuantopudiera ser causa de que perdieran el amor de Dios.

Llamase purgativa  esta vía, porque el fin suyo es purificar al alma de sus pecados.

b) En la segunda vía, los que por ella andan, quieren adelantar en el ejercicio positivo de las virtudes, y fortalecer su voluntad. Purificado el corazón, ábrese a la luz y amor divinos; desease seguir a Jesús e imitarle en sus virtudes, y, porque, siguiéndole, caminamos hacia la luz, llamase iluminativa esta vía. Pone todo su empeño el proficiente en evitar no solamente el pecado mortal, sino también el venial.

c) En la tercera, no tienen otro afán los perfectos sino el de unirse con Dios y poner en él todo su contento. Porque buscan de continuo la unión con Dios, dícese de ellos que están en la vía unitiva .

Causales horror el pecado, porque temen mucho desagradar a Dios y el ofenderle; robanles el corazón las virtudes, en especial las teologales, por ser medios para unirse con Dios. Tienen el mundo por un destierro, y, como San Pablo, ansían morir para unirse con Cristo.

II. De los límites de la perfección en la tierra.

Cuando leemos las vidas de los Santos, especialmente las de los grandes contemplativos, quedamos sorprendidos al ver las sublimes alturas a que puede levantarse un alma generosa que no sabe negar a Dios cosa alguna. Mas, con todo, tiene ciertos limites nuestra perfección en la tierra, los cuales nadie podrá traspasar, si no quiere venir mas abajo y aun caer en el pecado.

1º Es muy cierto que jamás podremos amar a Dios cuanto él puede ser amado: es en verdad infinitamente digno de ser amado, y, porque nuestro corazón no es infinito, jamás podrá amarle, ni aun en el cielo, con un amor sin limites. Por esta razón debemos trabajar siempre por amarle cada vez mas, y, como dice San Bernardo, la medida del amor de Dios es amarle sin medida. Mas no perdamos de vista que el verdadero amor no esta en el amoroso sentir cuanto en los actos de la voluntad, y que, la mejor manera de amar a Dios, será conformar nuestra voluntad con la suya, como mas adelante diremos, al tratar de la conformidad con la voluntad divina.

Mientras vivamos sobre la tierra, no podremos amar a Dios sin interrupción y sin descanso. Cierto que podemos, por una gracia especial, que jamás se niega a las almas de buena voluntad, evitar todos los pecados veniales deliberados, pero no todos los de fragilidad; jamás llegaremos a ser enteramente impecables, según ha declarado la Iglesia en muchas ocasiones.

Del libro de Tanqueray, Perfección de la vida cristiana.

Misa de la Vigilia de Navidad

MISA EN ESPAÑOL

INTROITO Exodo 16, 6-7. Salmo  23,1

HOY SABRÉIS que viene el Señor a salvarnos; mañana veréis su gloria. V/. Del Señor es la tierra y cuanto la llena; el mundo y todos sus habitantes. V/.  Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre,  por los siglos de los siglos. Amén. 

COLECTA

OH DIOS que nos alegras con la expectación anual de nuestra redención; haz que así como recibimos gozosos a tu Unigénito como Redentor, así también lo veamos seguros venir como Juez a nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo: El que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

EPÍSTOLA Romanos 1, 1-6 

Lección de la carta del Apóstol san Pablo a los Corintios.

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para el Evangelio de Dios, que fue prometido por sus profetas en las Escrituras Santas y se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor. Por él hemos recibido la gracia del apostolado, para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles, para gloria de su nombre. Entre ellos os encontráis también vosotros, llamados de Jesucristo.

GRADUAL Éxodo 16, 6-7. Salmo 79, 2-3.

HOY SABRÉIS que viene el Señor a salvarnos; y mañana veréis su gloria. V/. Tú, que gobiernas a Israel, atiende; tú, que guías a José como a una ovejuela; tú que estás sentado sobre Querubines, manifestate a Efraím, Bejamín y Manasés. 

Se dice aleluya, si cae en domingo:

ALELUYA Esdras 4, 16. 53

ALELUYA. Aleluya. Mañana será borrada la iniquidad de la tierra, y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo. Aleluya.

EVANGELIO Mateo 1, 18-21

Continuación del Santo Evangelio según San Mateo

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

Si cae en domingo, se dice Credo

OFERTORIO Salmo 23. 7

ALZAD, príncipes, vuestras puertas; levantaos, puertas antiguas,  que va a entrar el Rey de la gloria.

SECRETA

CONCÉDENOS, te rogamos, oh Dios Omnipotente, que así como anticipamos el adorable nacimiento de tu Hijo, así también gozosos recibamos sus eternos dones. El que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios,

COMUNIÓN Isaías 40,5

SE REVELARÁ la gloria del Señor, y verá toda carne la salvación de nuestro Dios.

POSCOMUNIÓN

CONCÉDENOS, Señor, te rogamos, que nos reanimemos con el recuerdo de la natividad de tu unigénito hijo, cuyo misterio celestial es nuestro alimento y nuestra bebida. Por el mismo Señor  nuestro Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

MISA EN LATIN

INTROITO Exodo 16, 6-7. Salmo  23,1

HÓDIE SCIÉTIS, quia véniet Dóminus, et salvábit nos: et mane vidébitis glóriam ejus. V/. Dómini est terra, et plenitúdo ejus; orbis terrárum, et univérsi qui hábitant in eo. V/. Glória Patri et Filio et Spiritui Sancto. Sicut erat in principio et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amén 

COLECTA

DEUS, qui nos redemptiónis nostræ ánnua exspectatióne lætíficas: præsta; ut Unigénitum tuum, quem Redemptórem læti suscípimus, veniéntem quoque Júdicem secúri videámus, Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum: – Qui tecum vivit et regnat in unitate Spritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. Amén.

EPÍSTOLA Romanos 1, 1-6 

LÉCTIO EPÍSTOLÆ BEÁTI PAULI APÓSTOLI AD ROMÁNOS

Paulus, servus Jesu Christi, vocátus Apóstolus, segregátus in Evangélium Dei, quod ante promíserat per Prophétas suos in Scriptúris sanctis de Fílio suo, qui factus est ei ex sémine David secúndum carnem, qui prædestinátus est Fílius Dei in virtúte secúndum spíritum sanctificatiónis ex resurrectióne mortuórum Jesu Christi Dómini nostri: per quem accépimus grátiam, et apostolátum ad obediéndum fídei in ómnibus géntibus pro nómine ejus, in quibus estis et vos vocáti Jesu Christi Dómini nostri.

GRADUAL Éxodo 16, 6-7. Salmo 79, 2-3.

HÓDIE SCIÉTIS, quia véniet Dóminus, et salvábit nos: et mane vidébitis glóriam ejus. V/. Qui regis Israël, inténde: qui dedúcis velut ovem Joseph: qui sedes super Chérubim, appáre coram Ephraim, Bénjamin et Manásse.

Se dice aleluya, si cae en domingo:

ALELUYA Esdras 4, 16. 53

ALLELÚJA. Allelúja. Crástina die delébitur iníquitas terræ: et regnábit super nos Salvátor mundi. Allelúja.

EVANGELIO Mateo 1, 18-21

SEQUÉNTIA SANCTI EVANGÉLII SECÚNDUM MATTHǼUM.

Cum esset desponsáta mater Jesu María Joseph, ántequam convenírent, invénta est in útero habens de Spíritu Sancto. Joseph autem vir ejus, cum esset justus, et nollet eam tradúcere, vóluit occúlte dimíttere eam. Hæc autem eo cogitánte, ecce Angelus Dómini appáruit in somnis ei, dicens: «Joseph, fili David, noli timére accípere Maríam cónjugem tuam: quod enim in ea natum est, de Spíritu Sancto est. Páriet autem fílium: et vocábis nomen ejus Jesum: ipse enim salvum fáciet pópulum suum a peccátis eórum.

Si cae en domingo, se dice Credo

OFERTORIO Salmo 23. 7

TÓLLITE portas, príncipes, vestras et elevámini portæ æternáles: et introíbit Rex glóriæ.

SECRETA

DA NOBIS quǽsumus omnípotens Deus: ut, sicut adoránda Fílii tui natalítia prævenímus; sic ejus múnera capiámus sempitérna gaudéntes. Qui tecum vivit et regnat in unitate Spritus Sancti Deus,

COMUNIÓN Isaías 40.5

REVELÁBITUR glória Dómini; et vidébit omnis caro salutáre Dei nostri.

POSCOMUNIÓN

DA NOBIS quǽsumus, Dómine unigéniti Fílii tui recensíta nativitáte respiráre: cujus cœlésti mystério páscimur, et potámur. Per eúmdem Dóminum nostrum Jesum Christum, Filium Tuum, qui Tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. Amen.

Mística del tiempo de Navidad

Todo es misterioso en los días que nos ocupan. El Verbo divino, cuya generación es anterior a la, aurora, nace en el tiempo; un Niño es Dios; una Virgen es Madre quedando Virgen; se entremezcla lo divino con lo humano y la sublime e inefable antítesis expresada por el discípulo amado en aquella frase de su Evangelio: EL VERBO SE HIZO CARNE, se repite en todas las formas y tonos en las oraciones de la Iglesia; resumiendo admirablemente el gran prodigio que acaba de verificarse en la unión de la naturaleza divina con la humana. Misterio desconcertador para la inteligencia, pero dulce al corazón de los fieles; es la consumación de los designios divinos en el tiempo, motivo de admiración y pasmo para los Angeles y Santos en la eternidad, y al mismo tiempo principio y motivo de su felicidad. Veamos cómo se lo propone la Iglesia a sus hijos en la Liturgia.

EL DÍA DE NAVIDAD. —

Hénos ya llegados, como a un. término deseado, al día veinticinco de diciembre, después de cuatro semanas de preparación, símbolo de los miles de años del antiguo mundo; lo primero que sentimos es un movimiento natural de extrañeza al ver que este día es el único que posee la inmutable prerrogativa de celebrar el Nacimiento del Salvador; todo el ciclo litúrgico parece fatigarse en cambio, todos los años al tratar de dar a luz ese otro día variable, al que está ligada la memoria del misterio de la Resurrección.

Ya en el siglo cuarto, San Agustín se creyó obligado a explicar esta diferencia en su famosa epístola ad Ianuarium; en ella dice que, únicamente celebramos el dia del Nacimiento del Salvador para conmemorar el Nacimiento efectuado por nuestra salvación, sin que el día mismo en que ocurrió tenga en si significado misterioso alguno; en tanto que el dia de la semana en que se realizó la Resurrección, fue escogido en los decretos eternos, para expresar un misterio del que se debía hacer expresa conmemoración hasta el fin de los siglos. San Isidoro de Sevilla y el antiguo comentador de los ritos sagrados que durante mucho tiempo se creyó sería Alcuino, se adhieren en esta materia al parecer del Obispo de Hipona; Durando, en su Rationale, no hace más que explicar sus palabras,

Estos autores hacen notar que, conforme a la tradición eclesiástica, habiendo ocurrida, la creación del .hombre en viernes y muerto el Salvador en ese mismo día para expiar el pecado de los hombres; y habiéndose por otra parte, realizado la Resurrección de Jesucristo al tercer día, es decir el Domingo, día en que señala el Génesis la creación de la luz, «las solemnidades de la Pasión y Resurrección, como dice San Agustín, no tienen por objeto solamente el conmemorar los hechos, sino que además tienen un sentido sagrado y misterioso»

Pero no creamos que, por no estar ligada a ningún día de la semana en particular la celebración de la fiesta de Navidad el 25 de diciembre, haya quedado completamente exenta de un significado místico. En primer lugar, podríamos afirmar con los antiguos liturgistas, que la fiesta de Navidad recorre sucesivamente todos los días de la semana, para santificarlos y absolverlos de la maldición que el pecado de Adán había hecho recaer sobre cada uno de ellos. Pero existe otro mucho más sublime misterio que declarar en la elección de este día; misterio que, si no se refiere a la división del tiempo que Dios mismo trazó y que llamamos Semana, se relaciona del modo más significativo con el curso del gran astro por cuyo medio renacen y se conservan sobre la tierra el calor y la luz, es decir, la vida.

Jesucristo, nuestro Salvador, la luz del mundo nació en el momento en que la noche de la Idolatría y del pecado tenía sumergido al mundo en las más espesas tinieblas. Y he aquí que el día de ese nacimiento, el 25 de diciembre, es precisamente cuando este sol material, en lucha con las tinieblas y ya próximo a extinguirse, se reanima de repente y se dispone al triunfo.

En el Adviento, hemos advertido ya con los Santos Padres, la disminución de la luz física como un triste símbolo de estos días de universal espera; con la Iglesia hemos suspirado por el divino Oriente, por el Sol de Justicia el único que nos podrá librar de los horrores de la muerte del cuerpo y del alma. Dios nos ha oído, y en el mismo día del solsticio de invierno, célebre en el mundo antiguo por sus terrores y regocijos, nos concede juntamente la luz material y la antorcha de las inteligencias.

San Gregorio Niseno, San Ambrosio, San Máximo de Turín, San León, San Bernardo y los más celebrados liturgistas se complacen én señalar el profundo misterio impreso en su obra, a la vez natural y sobrenatural, por el Creador del universo; veremos que también hacen alusión a él las oraciones de la Iglesia en el Tiempo de Navidad, como lo hicieron en el Adviento.

«En este día que hizo el Señor, dice San Gregorio de Nisa en su Homilía sobre Navidad, las tinieblas comienzan a disminuir y crece la luz, siendo arrojada la noche más allá de sus fronteras. En verdad, hermanos míos, esto no sucede al azar, ni al capricho de una extraña voluntad, el día en que resplandece El que es la vida divina de los hombres. Es la naturaleza quien bajo este símbolo revela un secreto a los que tienen la mirada penetrante, y son capaces de comprender esta circunstancia de la venida del Señor. Paréceme oír decir: ¡Oh hombre! piensa que, bajo las cosas que contemplas, te son revelados escondidos misterios. La noche, ya lo sabes, había llegado a su más larga duración y de repente se detiene. Considera la funesta noche del pecado, que había llegado a su colmo reuniendo en sí toda clase de culpables artificios; en el día de hoy ha sido detenida su carrera. Desde hoy será más pequeña y pronto quedará reducida a la nada. Contempla ahora los rayos del sol más vivos, el astro mismo más elevado en el cielo, y al mismo tiempo considera la verdadera luz del Evangelio que aparece ante todo el mundo.»

Alegrémonos, hermanos míos, exclama a su vez San Agustín, porque este día es sagrado, no por razón del sol visible, sino por el nacimiento del invisible Creador del sol. El Hijo de Dios eligió este día para nacer, como eligió también una Madre, El, creador al mismo tiempo del día y de la Madre. Este día, efectivamente, en el que la luz comienza a crecer, era a propósito para simbolizar la obra de Cristo, quien, por medio de su gracia, renueva continuamente nuestro hombre interior. Habiendo resuelto el Creador eterno nacer en el tiempo, convenía que el día de su nacimiento estuviese de acuerdo con la creación temporal.

En otro Sermón sobre la misma fiesta, el obispo de Hipona nos da la clave de una misteriosa frase de San Juan Bautista, que confirma maravillosamente el pensamiento tradicional de la Iglesia. Este admirable Precursor había dicho hablando de Cristo: Es necesario que El crezca, y que yo disminuya. Profética frase, que, en su sentido literal, significaba que la misión de San Juan Bautista iba a concluir, mientras que la del Salvador estaba comenzando; pero, podemos ver también en ella, con San Agustín, un segundo misterio: «Juan vino al mundo cuando los días empiezan a disminuir, Cristo nació en el momento en que comienzan a crecer.» De este modo, todo es misterioso: la salida del Astro Precursor en el solsticio del verano, y la aparición del Sol celestial en el tiempo de las tinieblas.

La ciencia miope y ya anticuada de los Dupuis y de los Volney creía haber derrumbado los fundamentos de la superstición religiosa, por haber descubierto, entre los pueblos antiguos, la existencia de una fiesta del sol en el solsticio de invierno; les parecía que una religión no podía considerarse como divina, desde el momento en que su culto ofrecía analogías con fenómenos de un mundo, que si hemos de creer a la Revelación, no fue creado por Dios sino en vista de Cristo y de su Iglesia. Nosotros, en cambio, los católicos, hallamos la confirmación de nuestra fe donde estos hombres creyeron momentáneamente hallar su ruina.

Ya hemos, pues, explicado el misterio fundamental de esta festiva cuarentena, al descorrer el velo que ocultaba en la predestinación eterna, el misterio de ese día veinticinco de diciembre, que iba a ser el día del Nacimiento de Dios sobre la tierra. Tratemos de descubrir ahora con todo respeto un segundo misterio, el del lugar donde se realizó el Nacimiento.

Dom Prosper Gueranger, el año litúrgico.

Sermón Primer Domingo de Adviento

SERMON DE ADVIENTO

Sermón de San León, Papa.

Sermón 8 del ayuno del 10º mes y de las limosnas.

Cuando el Salvador instruía a sus discípulos, y a toda la Iglesia en sus Apóstoles, acerca del advenimiento del reino de Dios, y del fin del mundo y de los tiempos, les dijo: “Guardaos de no agravar vuestros corazones con la crápula y la embriaguez y los cuidados del siglo”. Cuyo precepto especialmente se refiere a nosotros, ya que el día anunciado, si bien nos es desconocido, no dudamos de que esté cercano.

Para cuyo advenimiento deben prepararse todos los hombres, no sea que halle a alguno dedicado al cuidado de su carne o a los negocios del siglo. La experiencia nos enseña que los excesos en la bebida ofuscan la mente, y la saciedad de manjares disminuye el vigor del corazón. Los deleites de la comida son contrarios a la salud si no se moderan por la templanza y no se sustrae al placer lo que podría convertirse en perjudicial.

Es propio del alma privar de algunas cosas al cuerpo que le está sujeto, y apartarle de las cosas exteriores que le son nocivas, para que, libre habitualmente de las carnales concupiscencias, pueda ella dedicarse en su interior a la meditación de la divina sabiduría, y, acallado el tumulto de los cuidados externos, gozarse en la contemplación de las cosas santas y en la posesión de aquellos bienes que han de durar eternamente.

SERMON DEL EVANGELIO

Homilía de San Gregorio, Papa.

Homilía 1 sobre los Evangelios.

Deseando nuestro Señor y Redentor hallarnos preparados, nos anuncia los males que acompañarán al mundo en su vejez, para que de esta suerte no nos apartemos de su amor. Nos muestra las calamidades a fin de que, si no queremos temer a Dios mientras gozamos de tranquilidad, por lo menos nos espanten sus castigos y nos atemorice su juicio cercano.

Un poco antes de este Evangelio, había dicho el Señor: “Se levantará un pueblo contra otro pueblo, y un reino contra otro reino, y acontecerán grandes terremotos por los lugares, peste y hambres”. Y, tras algunas palabras, añade: “Se verán fenómenos prodigiosos en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra estarán consternadas y atónitas las gentes por el estruendo del mar y de las olas”. De estas cosas, algunas vemos que se han ya cumplido, y otras tememos que presto sucederán.

Levantarse unos pueblos contra otros, y demás calamidades, vemos en nuestros tiempos mucho más de lo que leemos en los libros. Ya sabéis cuántas ciudades han destruido los terremotos. En cuanto a las pestes, las sufrimos sin cesar. Las señales en el sol, la luna y las estrellas, aún no las vemos tan manifiestas, mas según las mudanzas que del aire experimentamos, creer podemos que no están muy lejanas.

Breviario Romano

El culto a la Virgen María

1. Después de Jesús, María.

Después de Dios y de la sagrada Humanidad de Jesucristo, nada hay en el cielo ni en la tierra tan grande y tan digno de veneración y de amor como la Santísima Virgen. Toda la grandeza y todas las perfecciones le vienen a María de su divina Maternidad. “Dios —dice San Buenaventura— puede hacer un mundo mucho mayor que el que existe, pero una Madre mayor que la Madre de Dios no puede hacerla”. Lo cual explica Santo Tomás de esta manera: “La Bienaventurada Virgen María, por el hecho de ser la Madre Dios, posee una cierta infinidad del bien infinito que es Dios, y por esta razón no puede crearse una cosa mejor, que ella, como tampoco puede hacerse nada mejor que Dios”.

El Papa Pío XII, en su tan citada encíclica, se expresa así: “Entre los Santos del cielo se venera de un modo preeminente a la Virgen María, Madre de Dios; pues su vida, por la misión recibida del Señor, se une íntimamente con los misterios de Jesucristo; y nadie, en verdad, siguió más de cerca y más eficazmente las huellas del Verbo encarnado, nadie goza de mayor gracia y de poder cerca del Corazón Sacratísimo del Hijo de Dios, y, por su medio, cerca del Padre celestial. Ella es más santa que los querubines y los serafines, y goza de una gloria mucho mayor que los demás moradores del cielo, como quiera es la llena de gracia, y Madre de Dios, y la que con su parto feliz nos ha dado al Redentor…”.

2. El culto de “hiperdulía”.

Segurísimos los cristianos de que esto es así, al culto litúrgico del Hijo unieron muy pronto el culto de la Madre, reservando para Dios el culto de latría o de suprema adoración y tributándole a María el culto de hyperdulía.

Dicho culto de hyperdulía comprende tres actos principales:

a) la invocación y reverencia a la Santísima Virgen, a causa de su dignidad de Madre de Dios, y de su eximia santidad;

b) la invocación y confianza, por ser poderosa y a la vez misericordiosa Mediadora ante Cristo; y

c) el amor filial y la imitación, por cuanto es nuestra Madre espiritual, y Madre adornada de todas las virtudes280.

Este culto de hyperdulía tributado a la Virgen por la Iglesia Católica, lejos de ser —como pretenden los protestantes— supersticioso e idolátrico, es razonable y legítimo.

Pruébase:

a) Por el ejemplo del mismo Dios, quien, por el Arcángel San Gabriel, manifestó la veneración que la Virgen le merecía, llamándola “llena de gracia”, y por Santa Isabel la proclamó “Bendita entre todas las mujeres”.

b) Por el ejemplo de Jesucristo, que quiso inculcarnos un gran amor y una confianza suma en la Sma. Virgen, obrando por Ella su primer milagro en las bodas de Caná, y entregándonosla por Madre nuestra en el momento de expirar.

c) Por la tradición eclesiástica, contenida en todas las liturgias, en los monumentos arqueológicos y pictóricos, y en los escritos de los Santos Padres.

Todo esto nos persuade de que un culto insinuado, como se ve, en el Evangelio, confirmado por una venerable tradición y practicado desde la más remota antigüedad, no puede ser sino muy legítimo y reportar a los hombres bienes incalculables.

3. Origen del culto de la Virgen.

Aunque la devoción a la Santísima Virgen nació entre los cristianos con el mismo cristianismo y se manifestó desde el principio de diversas maneras y principalmente mediante imágenes, altares y templos dedicados a su memoria, es difícil probar con documentos la existencia de un culto litúrgico mariano anterior a la paz de la Iglesia. Quizá fué el primer paso, al menos en Occidente, el inscribir su nombre en el Canon de la Misa, entre el siglo IV y el V. En este mismo siglo V, en Oriente se celebra ya una fiesta global, en los alrededores de Navidad, en honor de la Virgen, y en el siglo VI es un hecho real, en Occidente, la celebración litúrgica de la Dormitio o Asunción, primera fiesta del calendario mariano, a la cual siguieron luego la Anunciación, la Natividad y todas las demás.

El culto de la Virgen, lo mismo que otras prácticas legítimas de la religión, tardó tanto en oficializar-se por miedo a la superstición, entonces tan arraigada en el pueblo. Temía la Iglesia que fueran a confundir a la Madre de Dios con la diosa Cibeles, que era adorada como la Madre de los dioses, y por eso prefirió que el culto se fuese imponiendo por sí mismo, paulatinamente. Así sucedió que, a mediados del siglo IV, tenía ya la Virgen en Roma dos hermosos templos (Santa María la Antigua y Santa María in Transtevere) y pinturas y mosaicos en abundancia, y no tenía todavía un culto reconocido. En cambio, del siglo VI en adelante, la fiesta de la Asunción abre la serie de las fiestas marianas, las que en lo sucesivo se multiplican prodigiosamente. Con estas fiestas se van creando otras formas populares de devoción, tales como la del Oficio Parvo, cuyo rezo, hasta la propagación del Rosario, en el siglo XIII, constituyó las delicias del clero y del pueblo cristiano.

La flor de la Liturgia de Dom. Andrés Azcarate.

El combate espiritual. Parte trece

Algo que aumenta mucho el valor. La intención de hacerlo todo por amor de Dios y para su mayor gloria aumenta tanto el valor de nuestras obras que aunque ellas sean de poquísimo valor en sí mismas, si se hacen puramente por Dios, se vuelven de mayor precio y premio, que otras obras aunque ellas sean de mayor valor en sí mismas, si se hacen por otros fines. Así por ejemplo, una pequeña limosna dada a un pobre (pequeña, pero que nos cueste a nosotros. Porque lo que no cuesta es basura y no tiene premio) si esa pequeña limosna se da por amor a Dios, porque el prójimo representa a Jesucristo, puede ser de mayor precio y obtener un premio más grande, que unos enormes gastos que se hacen en obras brillantes, pero por aparecer y por ganarse la admiración de los demás.

Algo que no es fácil. No nos engañemos ni nos ilusionemos. Esto de hacerlo todo siempre por puro amor a Dios no será fácil al principio, sino que más bien nos parecerá bien difícil. Pero con el tiempo se nos irá haciendo no solamente fácil sino hasta agradable, e iremos adquiriendo la costumbre de hacerlo todo por amor al buen Dios de quien todo lo bueno que tenemos lo hemos recibido.

Como la piedra filosofal. Los antiguos creían en la leyenda de que existía una piedra que todo lo que tocaba lo convertía en oro. La llamaban «la piedra filosofal», y la buscaban por todas partes, y como bien puede suponerse nunca la encontraron porque la tal piedra no existe. Pero en lo espiritual sí la hay, y consiste en esto que hemos venido recomendando: en ofrecer todo lo que hacemos únicamente por amor a Dios y por agradarlo a Él. Acción que ofrecemos por Dios, automáticamente queda convertida en oro para la vida eterna. En algo de altísimo precio para la eternidad. Por eso convienen que desde hoy mismo comencemos a tratar de adquirir la buenísima costumbre de dirigir todas las anteriores a un solo fin: el amor y la gloria de Dios.

ALGO QUE SE CONSIGUE PIDIÉNDOLO

Es necesario recordar que esta formidable costumbre de hacerlo todo por Dios y sólo por Él, no es algo que la creatura humana va a lograr conseguir únicamente por sus esfuerzos y propósitos. Esto es algo importado del cielo, y si Nuestro Señor no nos los concede por una gracia especial suya, no lo vamos a obtener. Por eso hay que pedirlo mucho en nuestras oraciones. Y para animarnos a cumplirlo debemos meditar frecuentemente en los innumerables beneficios y favores que Dios nos ha hecho y nos sigue haciendo continuamente, considerar que todo ello lo hace por puro amor y sin ningún interés de parte tuya.

«NO PODRAN CREER SI LO QUE BUSCAN ES LA GLORIA Y LA ALABANZA QUE VIENEN DE LOS OTROS, Y NO LA GLORIA QUE VIENE DEL ÚNICO DIOS». (Jn 5, 44)

El combate espiritual del Padre Scúpoli.

El combate espiritual. Parte doce.

CÓMO EJERCITAR LA VOLUNTAD. Y EL FIN POR EL CUAL DEBEMOS HACER TODAS LAS COSAS

Ya hemos visto cómo evitar los defectos que pueden perjudicar el entendimiento, y ahora vamos a estudiar cómo evitar aquello que pueda hacer daño a la voluntad, para que así logremos llegar a tal grado de perfección que renunciando a las propias inclinaciones, lo que busquemos sea cumplir siempre la santa Voluntad de Dios.

Una condición. Hay que advertir que no basta con querer y buscar hacer siempre lo que Dios manda y desea, sino que también es necesario querer y hacer estas obras con el fin de agradar a Nuestro Señor.

Una trampa. Es necesario dominar las propias inclinaciones. Porque la naturaleza desde el pecado original es tan inclinada a darse gusto, que en todas las cosas, aún en las más espirituales y santas lo primero que busca es su propia satisfacción y deleite. Y de ahí un peligro, y es que cuando se nos presenta la ocasión de hacer alguna buena obra, puede ser que nos dediquemos a hacerla y la amemos pero no porque es voluntad de Dios ni por agradarle a Él, sino por darle gusto a nuestras inclinaciones y por conseguir las satisfacciones que se encuentran al hacer lo que Dios manda.

Y hasta en lo más santo, por ejemplo en el deseo de vivir en continúa comunicación con Dios, puede ser que busquemos más nuestro propio interés que conseguir su gloria y cumplir su santa Voluntad, y esto último debería ser el único objeto que se deben proponer quienes lo aman, lo buscan y quieren cumplir su divina Ley.

Remedio. Para evitar este peligro que es muy dañoso para quienes desean conseguir la perfección y santidad, hay que proponerse, con la ayuda del Espíritu Santo, no querer ni emprender acción alguna sino con el único fin de agradar a Dios y de cumplir con su santísima Voluntad, de manera que Él sea el principio y el fin de todas nuestra acciones. Hay qué imitar lo que hacía el Papa san Gregorio Magno el cual mientras estaba escribiendo sus obras admirables, de vez en cuando suspendía su trabajo y decía: «Señor, es por Ti, es por tu gloria. Es para la salvación de las almas. Que nada de lo que yo hago sea para darles gusto a mis inclinaciones y afectos, sino para que se cumpla siempre en mi tu santa Voluntad».

Técnica. Conviene mucho que cuando se nos presente la ocasión de hacer alguna buena obra, primero elevemos una oración a Dios para pedirle que nos ilumine si es voluntad suya que hagamos esto, y que luego nos examinemos para ver si lo que vamos a hacer lo hacemos para agradar a Nuestro Señor. De esta manera la voluntad se va acostumbrando a querer lo que Dios quiere, y a obrar con el único motivo de agradarle a Él y de conseguir su mayor gloria. De la misma manera conviene proceder cuando queremos rechazar y dejar de hacer algo. Elevar primero el espíritu a Dios para pedirle que los ilumine si en realidad Él quiere que no hagamos esto, y si al dejar de hacerlo, le estamos agradando a Él. Conviene decir de vez en cuando: «Señor: ilumínanos lo que debemos decir, hacer, evitar y haz que lo hagamos, digamos y evitemos».

Engaños encubiertos. Es importante recordar que son grandes y muy poco conocido los engaños que nos hace la naturaleza corrompida, la cual con hipócritas pretextos nos hace creer que lo que estamos buscando con nuestras obras no es otro fin que el de agradar a Dios. Y de aquí proviene que nos entusiasmamos por unas cosas y sentimos repulsión por otras sólo por contentarnos y satisfacernos a nosotros mismos, pero mientras tanto seguimos convencidos de que ese entusiasmo o esa repulsión se debe solamente a nuestro deseo de agradar a Dios o al temor de ofenderle. Para esto hay un remedio; rectificar continuamente la intención y proponernos seriamente dominar nuestra antigua condición inclinada al pecado y reemplazarla por una nueva condición dedicada solamente a agradar a Dios; o como dijo san Pablo: «Renunciar al hombre viejo con sus vicios y concupiscencias y revestirnos del hombre nuevo conforme en todo a Jesucristo» (cf. Col 3, 9).

Un método. San Bernardo decía de vez en cuando a su orgullo, a su sensualidad, vanidad y amor propio: «No fue por vosotros que empecé esta obra ni es por vosotros que la voy a seguir haciendo». Y otro santo repetía: «En el día del premio eterno solamente me van a servir para recibir felicitaciones de Dios las obras que haya hecho por Él y por el bien de los demás. Lo que haya por darle gusto a mi vanidad o a mi sensualidad, lo habré perdido para siempre. Sería muy triste mi final si el Señor tuviera que decirme como a los fariseos: «Todo lo hizo para ser felicitado y estimado por la gente, ¿o por dar gusto a sus gustos? Pues ya recibió su premio en la tierra. Que no espere nada para el cielo».

El timón. Quien dirige un barco necesita estar continuamente enrumbándolo hacia la dirección a donde se ha propuesto llegar, porque el primer descuido que tenga, las olas y el viento echarán el barco hacia otra dirección totalmente distinta. Así sucede con nuestras acciones. Necesitamos reavivar y reafirmar continuamente la intención de hacerlo todo por Dios y sólo por Él, porque el amor propio es tan traicionero, que al menor descuido nos hace cambiar de intención, y lo que empezamos haciendo por Dios lo podemos fácilmente terminar haciéndolo sólo por darnos gusto a nosotros mismos. Y sería una gran pérdida.

Un síntoma o señal de alarma. Sucede frecuentemente que cuando la persona se dedica a hacer una buena obra no por tener contento a Dios únicamente, sino sobre todo por satisfacer sus gustos e inclinaciones, cuando Dios le impide el progreso de su obra con alguna enfermedad, accidente o falta económica, por la oposición de superiores o vecinos, se enoja, se irrita, se inquieta, empieza a murmurar, a quejarse y hasta dice que Nuestro Señor debería mostrarse, más compasivo y generoso con su obra. Y de aquí se deduce que lo que le movía no era solamente agradar al Creador, sino satisfacer sus propios gustos. Pues si fuera sólo por Dios dejaría tranquilamente que Él cuando mejor le parezca lleve a feliz término su obra si es para su mayor gloria, y si no lo es, que la deje desaparecer, porque entonces no merece seguir existiendo.

Examen. Por eso cada uno debe preguntarse de vez en cuando: ¿Me inquieto demasiado si las obras que emprendo no obtienen éxito prontamente o no me resultan según mis planes? Me disgusto si el Señor, con los hechos que permite que me sucedan, me está diciendo: «Todavía no es tiempo… ¿hay que esperar un poco más?». Tengo que recordar que lo importante no es que mis obras tengan mucho éxito terrenal, sino que Dios quede contento de lo que yo hago. Que no es la acción la que tiene valor, sino la intención con la cual se hace.

El Combate espiritual del Padre Scupoli