Fin del hombre

El hombre tiene doble fin.—

Un fin es inmediato y de esta vida, pero pasajero. Y el otro fin es mediato de la otra vida, y es eterno. Tiene un fin en este mundo y otro fin en el otro. Porque, como veremos, el hombre es inmortal en cuanto al alma. Por eso dice el Catecismo que fue criado para servir a Dios en esta vida y después gozarle en la eterna. Luego tiene dos fines distintos aquí y allí. Sin embargo este fin es en lo principal uno mismo; porque siempre el hombre es para servir a Dios. Para eso son, es cierto, todas las criaturas, pero singularmente el hombre por ser racional. Es, como dicen los teólogos, propiedad esencialísima de toda criatura el ser sierva. Esencialmente, el hombre es siervo de Dios. Y por eso la Virgen decia de si misma: ecce ancilla Domini, “he aquí la sierva del Señor” (Le. 1, 38). Pero la manera de servir y de estar aquí, en esta vida, es diferente de la otra vida. Y también el fin inmediato es diferente del ultimo.

Fin del hombre en esta vida.—

En esta vida el hombre tiene por fin servir a Dios, sin gozar aun de Dios. Es, a saber: conocer, alabar, glorificar y servir a Dios. Conocer la voluntad de Dios y hacerla y, como dice muy bien San Ignacio en su libro de los Ejercicios, alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor. Todas las cosas las cría Dios para que le den gloria; esto es esencial y no puede ser de otro modo. Los seres irracionales le dan gloria manifestando en sus propiedades y esencias los atributos de Dios: su sabiduría, su bondad, su poder, etc., y dando a conocer estas cosas en su modo de ser. Pero el hombre le glorifica mucho mejor, conociendo estas excelencias en las criaturas irracionales y deduciendo de ellas los atributos de Dios: sabiduría, poder, bondad, etc., etc. Gloria es, según San Agustín, “conocimiento claro de una cosa, con alabanza de ella”. De ahi que propiamente solo el hombre puede dar gloria a Dios, porque solo el puede conocerle y alabarle; las demás cosas solo le pueden dar a conocer y así excitar en los racionales el amor. Además, el hombre debe en este mundo y en el otro hacer lo que Dios quiere, pues, como hemos dicho, es siervo suyo y en ningún momento se puede librar de servirle. Y como para servirle tiene los Mandamientos, bien podemos decir que el hombre ha sido criado para guardar los mandamientos, que es lo mismo que servir a Dios y hacer su voluntad.

Objeción: El hombre ha nacido para vivir.—

Algunos dirán que el hombre ha nacido para vivir, para vivir lo mejor que pueda, para adelantar en la vida, para progresar en la vida, para hacer bien aquí a sus semejantes y a la sociedad. Todo eso es verdad, pero no es toda la verdad. Al decir que el hombre ha nacido para glorificar a Dios, para servir a Dios, para hacer la voluntad de Dios, para guardar sus Mandamientos, expresamos su ultimo fin. No queremos decir que no ha nacido para tener aquí buena vida y fomentar los intereses de la tierra y procurar su propia cultura y bien temporal propio y ajeno. Sino que, al contrario, en los Mandamientos y en la voluntad de Dios y en la gloria de Dios entra que el hombre haga bien todo lo de esta vida. Se glorifica a Dios y se cumple su voluntad, cumpliendo sus deberes y ejerciendo la vida natural bien. Pero decimos que el fin último en esta vida es hacer la voluntad de Dios, porque a este fin debe subordinarse todo cuanto hagamos y vivamos; de modo que vivamos y obremos y hagamos todo conforme al servicio de Dios; por donde lo que hagamos conforme a este servicio y Mandamientos de Dios, esta bien hecho; cuanto hagamos en contra de el esta mal hecho y es contrario a nuestro fin y perfección.

Además de nuestro fin próximo en esta vida hay otro ultimo después de ella.—

Pero esta vida es preparación para otra vida, para otro fin ultimo que tenemos después. Se ve claro que no esta aquí el fin del hombre, que no todo acaba con la muerte. Si todo acabase aquí con la muerte, la mayor parte o, mejor dicho, todos los hombres serian verdaderamente desgraciados. Se ve que no hemos sido hechos sólo para las cosas de este mundo, incapaces realmente de satisfacer a nuestro espíritu. Al contrario, cuando son demasiadas y las usamos sin moderación, de ordinario causan enfermedades, desgracias, hastíos, desengaños, hacen infeliz al hombre.

Muchos, además, no pueden tener bienes del mundo, porque son pobres y serian desgraciados si su única felicidad y su único fin consistiese en esto. No puede Dios haber sido tan duro y tan poco sabio. En fin, a tocios nos dejan estos bienes con la muerte, y el alma es inmortal. Dios nos ha puesto en este mundo para que con nuestra persona y con las cosas que nos ha dado para sostenimiento de nuestra persona y ejercicio de nuestra vida, hagamos lo que El aquí nos manda. Y nos promete, si nosotros nos disponemos con nuestra vida para la otra, la felicidad; y nos amenaza, si nosotros no queremos cumplir su voluntad, con el castigo.

Nuestro ultimo fin: la otra vida eterna.—

Dice el Catecismo que el hombre ha sido creado para gozar de Dios en la vida eterna, después de servirle en esta. Y así es. Esta vida es algo buena y mucho mala, como lo sabemos. Y, sin embargo, nosotros sentimos interiormente anhelo de felicidad, de felicidad completa, segura, inmensa, superior a todo lo que se goza en esta vida. Conocernos que somos hechos para algo mas de lo que aquí hay, lo cual siempre nos deja vacíos. Y eso que echamos de menos es la otra vida; Dios nos ha hecho para el cielo. Y a todos, si queremos, si no es por nuestra culpa, nos llevara al cielo. Porque su fin al criarnos fue hacernos dichosos, gozando de El en la otra vida eternamente. Sino que por su providencia dispuso que esta la lográsemos nosotros cumpliendo su voluntad y sirviéndole; y, si no, no.

Que es gozar de Dios en la otra vida.—

Aunque esto habrá que explicarlo otra vez en otros sitios, diremos algo. Gozar de Dios en la otra vida es esencialmente ver y amar a Dios de un modo singular que causa gozo cumplido en el alma humana, sin que ya desee mas, ni sienta vacío ni necesidad de mas; fuera de esto, el Señor dará a la persona humana en aquella nueva vida y estado final otros muchos goces, de tal modo, que nada falte a la perfección y bienestar humanos. Aquí ya se ve que falta mucho. Y no pudiera Dios haber hecho un ser que, sin culpa suya, no lograse al fin todo su complemento. Sin embargo, también en la otra vida el fin del hombre será, como en esta, servir y hacer la voluntad de Dios. La diferencia esta en que aquí esta voluntad de Dios es costosa muchas veces, nos priva de muchos gustos y siempre esta sin la verdadera felicidad; al paso que alli el hacer la voluntad de Dios será muy agradable, porque esta unido con la suma y completa felicidad del hombre. Esta felicidad y goce de Dios, si el Señor no nos hubiera levantado al estado de la gracia, sin merecerlo nosotros, por sola su bondad y gracia, hubiera consistido en un conocimiento muy claro de Dios, sin comparación mejor que en esta vida; y en un amor muy grande, correspondiente a este conocimiento junto todo con una seguridad y posesión del bien sin dolor, ni enfermedad, ni mal de ningún genero. Esto ya hubiera sido muy dichoso; una vida como la de ahora, pero perfecta en todo, sin ninguno de los males que tenemos, y con todos los bienes que podamos desear aquí naturalmente. Esta bienaventuranza creen muchos y graves doctores, y a mi me parece con razón, que tienen los niños que mueren sin el bautismo. Mas elevados primero al estado de gracia en Adán por la bondad de Dios, y luego, cuando este perdió la justicia original para si y para sus hijos, levantados de nuevo por los meritos de Jesucristo, tendremos no solo la bienaventuranza natural que he descrito, sino la gloria; es decir, la visión de Dios, no por conocimiento natural, sino por el conocimiento sobrenatural y como divino, muy superior al otro de que hemos hablado; en virtud del cual veremos a Dios como es en si, directamente, y como El se ve a si mismo, que es el mayor bien, gozo y felicidad que se puede dar al hombre, ni a ninguna criatura. Y conforme a este conocimiento será también el amor: sobrenatural, sumo, divino, como no puede darse mayor ni mas dichoso genero de amor. Esto sin contar los goces accidentales que a los sentidos y potencias Dios dará en la gloria. Esta felicidad y goce será no solo para las almas, sino también para los cuerpos, como se dirá al tratar de la resurrección.

Puntos de Catecismo, Vilariño, S.J.

El Purgatorio

Qué es el purgatorio.—

Elpurgatorio es, según dice Astete, el lugar adonde van las almas de los que mueren en gracia de Dios, sin haber enteramente satisfecho por sus pecados, para ser allí purificadas non terribles tormentos.

Dos modos de considerar el purgatorio.

El purgatorio puede considerarse o como un estado del alma que es purificada, o como un lugar y sitio destinado a estas purificaciones de las almas. El purgatorio, como estado, es una verdad de fe. Es decir, que es dogma de fe que hay un estado de las almas intermedio entre esta vida y el paraíso de la gloria. Siempre lo han creído así la Iglesia y sus Santos Padres. Tanto, que el mismo Calvino, que negaba la existencia del purgatorio, confesaba que, hasta venir los protestantes, todos los Padres y Doctores de la Iglesia por espacio de mil seiscientos años lo habían así creído. Aunque decía queestaban engañados. Estupenda presunción. La Iglesia ha creído siempre que, además de almas dichosas y condenadas, hay otras ni condenadas ni bienaventuradas; que estas sufrían y necesitaban de consuelo, auxilios, sufragios…; que la causa de estar así eran los pecados cometidos en esta vida; que tales almas irían por fin a la gloria mas o menos pronto, según la deuda y según nuestros sufragios. Esto es purgatorio.

Penas del purgatorio.

Semejante al infierno, se padecen allí dos clases de penas. Una de daño y otra de sentido.

Pena de daño.

Es carecer de la vista de Dios; no entrar en la gloria. No padecen esto eternamente como en el infierno; pero si temporalmente. Y es pena muy grande por el gran deseo que tienen de ver a Dios. Se puede comparar su estado al de un prisionero, al de un desterrado, al de un huérfano o desamparado. Y por lo que estos sufren se ve lo que sufrirán los del purgatorio en mucho mayor grado.

Pena de sentido.—

Además padecen alguna pena de sentido, es decir, algunas aflicciones positivas y semejantes a los dolores sensibles que aquí padecemos. No es fácil determinar de que clase son estas penas, ni siquiera si son de una o varias. Parece que las hay de varias clases, y aunque no es de fe, es persuasión de los Doctores en general que una de estas penas es de fuego, que, según algunos, no se diferencia en calidad del fuego del infierno.

Intensidad de las penas del purgatorio.

No se puede asegurar cuanta sea. Todos los Doctores están conformes en asegurar que en el purgatorio hay penas gravísimas, penas más graves que todas las de esta vida. Conocidas son las ponderaciones de los Santos Padres. “Este fuego—dice San Agustín—supera cuantas penas el hombre padece en esta vida y cuantas puede padecer”. “Pienso —escribía San Gregorio—que aquel fuego transitorio es mas intolerable que todas las tribulaciones de este mundo”. Y San Cesáreo Arelatense decía: “Dirá alguno: no me importa detenerme algo en el purgatorio, con tal que al fin salga para la vida eterna. Hermanos carísimos, no digáis eso; porque ese fuego del purgatorio será mas duro que cuantas penas se pueden ver, sentir o pensar”.

Estas y otras no menos temerosas sentencias de los Santos Padres dan idea del gravísimo estado de las ánimas del purgatorio, por lo menos de las que están sentenciadas a la pena del fuego, que, según la generalidad de los Doctores, es la pena principal del purgatorio.

¿Padecen todos en el purgatorio el fuego?

Creen muchos Doctores, y con bastante fundamento, que no todas las almas del purgatorio están sujetas precisamente a la pena del fuego; sino a otras de las varias que la justicia de Dios, con su sabiduría, puede decretar. Y disputan sobre la intensidad de estas penas. Muchos dicen que todas cuantas penas hay en el purgatorio son tan graves, que la menor de ellas es más dolorosa que la mayor que hay en el mundo. Otros, aunque conceden que las mayores del purgatorio son más graves que las más graves de este mundo, sin embargo, creen que hay otras muchas inferiores a los grandes dolores de esta vida.

Ciertamente, no entendemos nosotros Ja importancia del pecado venial, y por eso no podemos juzgar bien de los castigos que merece; pero tampoco se puede negar que hay almas que sirven a Dios con muchísimo esmero, apenas faltan en nada y se purifican con muchas obras de penitencia; las cuales, sin embargo, es posible que tengan algo de que purificarse antes de entrar allá donde no se sufre ninguna macula. Ahora bien; de estas almas se hace difícil pensar que Dios Nuestro Señor las atormente con penas mayores que las mayores de este mundo, sabiendo como sabemos que la misericordia divina se excede siempre en remunerar y se queda corta en el castigar.

Además, de no pocas revelaciones parece deducirse con fundamento, que algunas almas tienen un purgatorio muy suave; y en particular los Doctores aducen siempre con respeto una visión de que habla San Beda el Venerable, en la que aparecen algunos en el purgatorio con vestiduras blancas y resplandecientes, y en un sitio lucido y ameno.

Puntos de catecismo, Vilariño, S.J.

La Gloria. Segunda parte.

Carencia de todo mal,—

Lo primero es de notar que no habrá allá mal alguno. Ninguna enfermedad, ni incomodidad, ni fatiga en el cuerpo; ninguna de las miserias y necesidades de la vida; ni vicisitudes y cambios de tiempos, clima, etc., etc., ni agitaciones, hambres, fríos, noches, etc. Ningún dolor, ni pesar, ni turbación en el espíritu, ni tristezas, ni deshonor, celos, recelos, desamor, temores, desengaño, intranquilidades, hastíos, inconstancias, separaciones, etcetera, Mira cuantos males padece o ha pasado tu y los tuyos. Todo eso esta ausente de allá. Allí Dios enjuga las lagrimas de, todos. “Y enjugara Dios de sus ojos las lagrimas todas, y ya no habrá mas muerte, ni llanto, ni quejido, ni dolor jamás; porque las cosas primeras pasaron (Ap,, 21, 4).

Carencia de pecado. –

Allí no habrá pecado, ni se podrá pecar jamás. Porque la bondad de Dios atraerá irresistiblemente a los beatos, ni les dejara lugar ni aun a tentaciones.

Suma de bienes.

Los beatos todos del cielo gozaran de muchos bienes. El alma tendrá mucho honor, sabiduría, amor. El cuerpo, delicioso bienestar en todo su organismo y en todos los sentidos. Sobre todo, habrá mucho conocimiento, además de Dios, de todos los bienaventurados, que se conocerán todos a todo; y sumo amor de todos a todos; y suma belleza de cada uno, que vera la suya y la de todos; y sumo gozo en uno del gozo de los otros; y suma comunicación, unión y trato seguro de todos con todos; ver y amar y tratar a Jesucristo, la Virgen, San José, los Santos…

Los bienes que hay allá, según San Agustin.

Si quieres bellezas los justos resplandecerán como el sol. Si agilidad, fuerza, libertad sin obstáculo, los beatos serán como los ángeles de Dios. Si vida larga y salud perpetua, allí hay eterna salud, porque los justos vivirán perpetuamente, y su salud les viene del Señor. Si placeres, cuando aparezca la gloria del Señor, se hartaran. Si melodía, allí los ángeles cantan la gloria de Dios. Si deleite puro y no inmundo, el Señor los saturara con un torrente de deleite. Si sabiduría, la misma sabiduría de Dios se les comunicara y será su sabiduría. Si amistad, amaran a Dios mas que a si mismos, se amaran los unos a los otros como a si mismos; y Dios los amara mas que ellos se aman… Si concordia, todos tendrán una voluntad. Si poder, todos serán poderosos por la bondad de Dios… Si honor y riquezas, Dios los pondrá sobre muchos bienes y riquezas, y serán herederos de Dios… Si seguridad, estarán ciertos de que nunca perderán la gloria” (S. Ag. Man., 34).

Aureolas.

Por especiales virtudes se darán en el cielo ciertos honores y glorias y gozos especiales, que los doctores llaman aureolas. Tales serán las glorias accidentales concedidas a las Vírgenes, a los Mártires y a los Doctores. De las Vírgenes lo asegura San Juan, añadiendo que “siguen al Cordero adondequiera que van” y que “cantan un cantar nuevo… que nadie sino ellos puede cantar” (Ap., 14, 3). También los Mártires asegura que tienen especial gloria. Y de los Doctores dice Daniel que resplandecerán como estrellas, y San Mateo asegura que “son grandes en el cielo los que obran bien y enseñan a obrar bien” (5, 19).

Lo que ven los beatos.—

Los beatos ven a Dios, y toda su esencia, y sus atributos, y las tres divinas Personas. Aunque no todos con la misma perfección intensiva. Además, en Dios ven las criaturas y cosas existentes y posibles, pasadas, presentes y futuras; aunque no todas, sino las que convenga, y tanto mas cuanto mas perfectamente vean a Dios. Pero: 1.°, todos ven los misterios de la fe; la gloria es la consumación de la fe; 2.°, cada uno ve todas aquellas cosas, aun de este mundo, que es razonable que vea; por ejemplo, los sucesos de sus familias, amigos, etcetera, y de los que se encomiendan a ellos.

Grados de gloria.

En el cielo hay diversos grados de gloria, según hayan sido aquí los meritos. Y unos verán y gozaran más intensamente de Dios, y verán en Dios mas o menos cosas, según sus meritos. Mas todos sin envidias ni pena ninguna.

                                       Puntos de catecismo, Vilariño S.J.

La Gloria. Parte primera.

Gloria.—

Gloria, dice el Catecismo, es un estado perfectísimo y eterno, en el cual se hallan todos los bienes sin mezcla ninguna de mal. Es un estado, no un paso como la vida; es la patria, no un destierro como el mundo; es un termino, no un camino como nuestro estado. Es perfectísimo, porque en el el hombre adquiere toda la perfección que compete a la naturaleza humana y se libra de todo defecto. Eterno, porque no tiene fin. Con todos los bienes naturales y sobrenaturales que puede tener el hombre. Y sin ningún mal. Es la felicidad completa y la bienaventuranza cumplida. Obtenida la gloria, ya no le falta nada al hombre. Ella es el gran premio concedido a los hombres por sus buenas obras y el cumplimiento de sus deberes. Llamase Vida eterna, Reino de los cielos, Reino de Jesucristo, Jerusalén celeste, Bienaventuranza, Cielo, Gloria. Vamos a exponer brevemente este novísimo, que constituye nuestra verdadera y eterna vida, para la cual esta es la preparación únicamente.

Felicidad de la gloria.—

En realidad, se puede decir que allí la felicidad será abundantísima: por de pronto, toda la que compete a la naturaleza humana. La satisfacción ordinaria y pura, sin inconveniente ni mezcla de mal, de todos los apetitos y deseos humanos de la naturaleza humana perfeccionada. Será abundantísima, porque si aquí en este mundo, que es de prueba, Dios ha puesto tantas delicias, que si uno pudiese gozar de todas seria muy feliz, .que habrá hecho en el cielo, donde se propone no probar, sino premiar, y donde tiene, no a malos y buenos, sino a los buenos, a sus amados únicamente? Mas, siendo Dios tan generoso, tan fecundo, tan sabio, tan poderoso. Todo cuanto hace Dios con su providencia y amor en esta vida, es para que nosotros lleguemos a aquella bienaventuranza: su encarnación y vida y muerte, la redención, la Iglesia y cuanto hay en ella es para que lleguemos a la gloria. El contrapeso y satisfacción de las desigualdades de acá entre los buenos y malos, es la gloria. “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni en el corazón humano cabe lo que Dios ha preparado para 1os que le aman” (l Cor., 2, ti). Así decía San Pablo, después de, una visión. ¿Quieres saber lo que vale la gloria? Vale la sangre de Dios hombre, de Jesucristo. 1a gloria es la felicidad, toda la felicidad.

La gloria es sobrenatural.-

Como ya hemos dicho al hablar del fin del hombre, el hombre fue elevado desde el principio al estado sobrenatural, y aunque cayó de el por el pecado de Adán, mas al punto fue reparado por la entonces futura y ahora ya realizada redención de Jesucristo. Ahora tendremos otra bienaventuranza sobrenatural, incomparablemente superior a aquella, tan soberana y alta, que: 1.°, no puede haber criatura ninguna a la cual, si no en por la gracia de Dios, corresponda; 2.°, fue menester la redención del Hijo de Dios para merecerla; 3.°, será menester que Dios nos conceda fuerza y como facultades superiores y sobrenaturales para poderla gozar.

Bienes en la gloria. –

Dos clases de bienes podemos considerar en la gloria: los esenciales y los accidentales. Los primeros son aquellos en que consiste esencialmente la felicidad, con los cuales habría bastante, aunque faltase todo lo demos. Los accidentales son como el complemento de esta felicidad esencial.

La felicidad Esencial.—

Consistirán los bienes esenciales en la visión beatifica de Dios y el amor de Dios que de esta visión resulte la vision beatifica de la gloria no será un conocimiento oscuro de Dios, mediante algunas imágenes, o por los efectos y obras de Dios, o por sus criaturas, sino que será la visión Intuitiva y clarísima, inmediata de Dios mismo cara a cara, viéndole a El mismo en si mismo como es en si, con suma unión e intimidad. Para esta visión nos dará Dios el Ion excelente de luz de la gloria, que elevara nuestra facultad hasta poder ver a Dios de este modo. De esa visión resultara un conocimiento clarísimo de la estupenda, arrebatadora y siempre nueva hermosura de Dios, y una como posesión de nosotros por Dios, y de Dios por nosotros, y un amor sumo, plenísimo, dulcísimo, de Dios, y una como identificación de nosotros con Dios, con una fruición inefable del bien infinito. Esto, que apenas comprendemos con la inteligencia, y que casi no barruntamos con la imaginación, es la felicidad esencial.

Carísimos, dice San Juan en su primera carta (3, 2), ahora somos hijos de Dios; “mas aun no ha aparecido lo que seremos. Mas sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a El, porque le varemos como es.” Y San Pablo (1 Cor, 13, 12) dice: “Ahora le vemos por espejo y en enigma; mas entonces le veremos cara a cara; ahora le conozco algo; entonces le conoceré como El me conoce a Mi”.

Puntos de Catecismo, Vilariño, S.J.

Los sacramentales. Parte cuarta

Ritual de la campana.

Aunque lo deja la Iglesia a la prudencia, según la costumbre del sitio, aconseja que a la agonía y en la muerte se de la señal con la campana, para que todos rueguen por el difunto; que el cadáver, decentemente amortajado, se ponga con luces en un sitio decente; que se le ponga en las manos sobre el pecho una cruz pequeña, y si cruz no hubiese, le pongan en forma de cruz las mismas manos; que se le rocíe con agua bendita y se ore por el difunto.

Lectura de la recomendación del alma.

Serla muy de desear que los vivos nos preparásemos con gran piedad para esta hora. Y tal vez uno de los mejores medios seria leer de cuando en cuando en nuestros retiros esta preciosa y conmovedora recomendación, y aplicárnosla en vida a nosotros mismos, para impetrar de Dios la gracia de bien morir.

Las exequias.—

Al muerto, la Iglesia, según antiquísima tradición, le hace las exequias con mucha piedad y devoción. Según ella, los cadáveres, a no haber alguna grave razón en contra, antes de recibir tierra deben ser trasladados del lugar donde murieron a la iglesia donde ha de celebrarse su funeral. Y la Misa debe celebrarse, según antiquísima costumbre, estando presente el cadáver. Por desgracia hoy hay leyes que por motivos mezquinos de higiene lo impiden. El cadáver, cuando se pone en la iglesia, ha de colocarse con los pies vueltos al altar; a no ser presbítero el difunto, en cuyo caso se le pone con la cabeza hacia el altar y los pies hacia el pueblo.

A quienes se niega sepultura eclesiástica.

Prohíbe el Ritual que se de sepultura eclesiástica a los siguientes: Ante todo a los que mueren sin ser bautizados, aunque hayan muerto así sin culpa suya.

Además, a no ser que hayan dado antes de morir alguna señal de penitencia, se niega sepultura:

1.° A los apostatas notorios de la fe cristiana, o notoriamente adscritos a alguna secta herética o cismática o secta masónica, u otras sociedades de la misma clase.

2.° A los excomulgados o entredichos después de sentencia condenatoria o declaratoria.

3.° A los que de propósito se suicidaron.

4.° A los que mueren en el duelo o por heridas en el recibidas.

5.° A los que dispusieron que se diesen sus cuerpos a la cremación.

6.° A todos otros pecadores públicos y manifiestos.

Si ocurre alguna duda, en estos casos, los párrocos tienen instrucciones de lo que debe hacerse. Y si alguno es excluido de sepultura eclesiástica, por el mismo caso, no se le pueden aplicar las misas funerales, ni aniversarios, ni ningún oficio publico fúnebre.

El culto de los muertos.

Es tan universal y tan connatural el culto de los muertos, que no puede hallarse pueblo ninguno que no o practique de algún modo. Es un hecho universal. Todas las religiones, tanto la nuestra verdadera, como las demás falsas, conservan esta idea y esta practica entre otras ideas imborrables que se hallan en el hombre, porque están unidas a nuestra propia naturaleza. La Iglesia católica, que toma todo lo bueno y fundamental de la religión natural, sin que haga muchas veces otra cosa que purificarla de las falsedades que había introducido la necedad humana, y precisarla en lo que tenia de impreciso, mantiene en la reverencia debida a los muertos sumo respeto y cuidado. Por lo demás, es tan intimo y arraigado en el hombre este sentimiento, que aun los mismos que se propusieron ser laicos por tesón, por convencionalismo, por terquedad, por llamar la atención, en sus entierros laicos dan bien claro a entender que están muy lejos de creer que el hombre ha terminado del todo. Y al muerto le tratan, no como a un animal, sino como a un hombre. Un entierro civil es una profesión de fe en la inmortalidad. Los que vais en las exequias civiles acompañando a vuestro compañero dais a entender que le hacéis algún obsequio. Ahora bien, a nadie de vosotros se le ocurre obsequiar así a un perro, a un caballo, por mas que le haya estimado.

Lo conocido y lo desconocido.

Después de la muerte un tupido velo nos oculta lo que el alma encuentra. Sabemos, sin embargo, muchas cosas. Sabemos que hay juicio, que hay premio y cielo, castigo e infierno, purificación y purgatorio. Desconocemos como resulta el juicio. Pero sabemos que a los condenados no podemos ayudar ya nada. Que a los salvados nos podemos encomendar. Que a los condenados a purificarse en el purgatorio, los podemos ayudar. Cada féretro es una interrogación, que lleva escrita aquella incógnita que ponía Job: Spirilus ubi est?… “¿El espíritu, donde esta?”. Mas la Iglesia sabe que los que aquí vivimos fieles somos hermanos y estamos muy unidos con los que están felices en el cielo y con los que están detenidos en el purgatorio. Y que Jesucristo, padre de todos, nos mira como hermanos. Y por eso la Iglesia, en cuanto uno muere, incierta de la suerte que habrá corrido su espíritu, invita a todos sus hijos de aquí a rogar por los hijos de ultratumba, ya desde que el alma de uno de ellos se ha ido.

El cadáver.

El alma se fue; pero el cuerpo se queda. La Iglesia, en cuanto muere el hombre, mira tras los velos de la muerte al alma que se va, y dice: Requiem aeternam dona ei, Domine, et lux perpetua luceat ei: “Dale, Señor, el descanso eterno, y la luz perpetua brille para él”. Considera que la persona no es lo que queda, sino el que se ha escapado, es decir, el espíritu, el alma.

Como decía el poeta del Tormes: “La parte principal vólose al cielo”. Sin embargo, ya que a sus sentidos ha desaparecido el alma, atiende al cuerpo, porque sabe que otro dia volverá esa alma que se ha ido a reunirse con el cuerpo que fue aquí su compañero, es el ultimo milagro de esta vida natural y existencia del mundo. Mientras a ella no le conste que el alma se ha condenado, presume que se ha salvado, y que, por tanto, ha de volver a resucitar gloriosa, y que aquel cuerpo, aunque muerto, vivirá, y aunque corrompido, rejuvenecerá, y será santo. Y por eso le trata con mucho respeto y atenciones. Además, todos los obsequios que presta a las almas los presta con preferencia, mientras puede, al lado del cadáver que ella animo.

Las exequias.

Exequias son aquellos ritos y aquella liturgia con que la Iglesia sigue a sus hijos hasta el sepulcro. Las ceremonias y los ritos con que esto se hace son antiquísimos, de lo mas antiguo que hay entre nosotros. Y los párrocos tienen mandato de conservarlas con todo cuidado.

El cadáver.

Dice la liturgia que el cadáver se arregle conforme a las costumbres de un modo conveniente y se coloque en un sitio decente con alguna luz; que se le ponga en las manos una cruz pequeña, o si no hay cruz, se pongan en forma de cruz las mismas manos; que se le eche de vez en cuando agua bendita, y que los sacerdotes u otras personas oren allí por el difunto hasta que sea llevado. Es costumbre muy buena vestir a los difuntos de mortajas de hábitos religiosos. Los clérigos deben llevar los ornamentos que les corresponden según su grado.

Conducción del cadáver.

Manda la liturgia que no se de sepultura a nadie, sobre todo si la muerte fue repentina, hasta que pase el tiempo suficiente para cerciorarse de la muerte. Y si no hay alguna grave razón en contra, que se lleve primeramente a la iglesia, donde estando el cuerpo presente, se celebrara todo el funeral; y advierte que se conserve lo mas que se pueda esta costumbre de celebrar la Misa estando presente el cadáver. En la conducción y en los funerales se deben llevar velas encendidas. Antiquísimo, dice, es este rito, y los sacerdotes deben procurar que en este uso no haya avaricia ni mezquindad; antes, para que ni a los pobres falte esta honra, aconseja que los sacerdotes, para que no falten en sus exequias luces, arreglen el modo de que las puedan dar gratis, y se valgan de alguna confraternidad piadosa que les preste velas.

El cadáver en la iglesia.

Los cadáveres se colocan en la iglesia delante, fuera del presbiterio. Y los presbíteros tendrán su cabeza hacia el altar mayor; los demás al contrario, tendrán la cabeza hacia el pueblo.

Orden de la procesión.

A la hora designada se reúne el clero en la iglesia o parroquia; suenan las campanas, según la costumbre del lugar; el párroco, vestido de roquete y pluvial negro, precedido de un clérigo que lleva la cruz, y acompañado de los demás, va a la casa del difunto. Enciéndense las velas; suenan las campanas; se acerca el parroco; rocía el. cadáver con agua bendita; reza, sin canto, un De profundis, con una antífona. Sale el cadáver, y al salir de la casa, entona la antífona “Exultabuni Domino…” “Saltaran ante el Señor los huesos humillados”, y en seguida entona el Miserere, ese canto de misericordia y de perdón y de esperanza, que siempre es digno del cristiano, pero mucho mas en esta hora. Si el camino es largo, cantan además otros salmos de penitencia.

Entrada en la iglesia.

Es solemne y conmovedora la entrada en la iglesia. Dice el coro la antífona: “Saltaran ante el Señor los huesos humillados”. Y alternando el coro y el clero candan este responsorio: “Descended, Santos de Dios, salid al encuentro, Ángeles del Señor: tomando su alma y ofreciendola en la presencia del Altísimo. Recíbate Cristo que te llamo y condúzcante  al seno de Abraham los Ángeles, tomando tu alma y ofreciéndola en la presencia del Altísimo. Dale, Señor, el descanso eterno, y la paz perpetua brille para el.” Ofreciéndola en la presencia del Altísimo.

En la iglesia.

Colocase el cadáver en medio de la iglesia, rodeado de todas las velas, y se recita el Oficio de difuntos. No lo desarrollaremos aquí por ser muy larga empresa. Solo advertiremos que es de lo mas antiguo del rezo, y esta muy bien hecho, lleno de profundas acomodaciones de la Escritura.

Puntos de catecismo de Vilariño, S.J.

Los sacramentales. Parte tercera

Visita de enfermos.—

Después de los ritos de la Extremaunción, pone el Ritual todo un capitulo muy hermoso acerca de la visita y del cuidado de los enfermos. Precede una introducción muy cariñosa y prudente para el párroco. Conviene que sepan los fieles que este tiene de la Iglesia orden de mirar como uno de sus principales cuidados la visita a los enfermos de su parroquia. Debe exhortar a sus parroquianos a que le llamen cuando alguno se ponga enfermo, y  en fin no esperar a que le llamen, sino ir el de suyo en cuanto sepa que esta alguno en cama. Esta idea deberían tener todos los fieles, en general, de todo sacerdote, pero principalmente de su párroco, que es el padre de todos sus parroquianos, v que tiene cierto derecho a entrar en sus casas siempre que las necesidades espirituales lo aconsejen. Claro que si no va muchas veces es por prudencia, o por temor de ser rechazado antes de preparar los ánimos. Pero nuestra puerta siempre debe estar abierta al párroco. El párroco no es un extraño; el párroco es el hermano, el amigo, el padre de la familia cristiana, y !que consejos mas prudentes le sugiere el Ritual acerca de lo que ha de hacer con los enfermos!

Bendición del enfermo.

Es muy digna de notarse, y convendría que se renovase su uso con mas frecuencia, la bendición que la Iglesia concede a los sacerdotes para todo enfermo. No es obligatoria; déjalo el Ritual a la prudencia del sacerdote. Cuando se da esta bendición se da de esta manera: Entrando el sacerdote en el cuarto del enfermo, dice: “Paz a esta casa y a todos sus moradores”. Rocía después con agua bendita al enfermo y su lecho, recitando la acostumbrada antífona Asperges…, y rezado un Padrenuestro, dice: “Salva a tu siervo, oh Dios mio, que espera en Ti. Envíale, Señor, auxilio de tu santuario, y desde Sión defiéndele. Nada pueda en él el enemigo, y el hijo de iniquidad no logre hacerle daño. Se para él, Señor, torre de fortaleza, delante del enemigo. El Señor le de su auxilio sobre el lecho de su dolor. Oremos. Oh Dios, defensa singular de la enfermedad humana: muestra sobre tu siervo enfermo la virtud de tu auxilio para que merezca, ayudado del favor de tu misericordia, volverse a presentar incólume en tu Santa Iglesia. Te rogamos, Señor Dios, que concedas a este tu siervo gozar de perpetua salud del alma y cuerpo, y por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María, librarse de la presente tristeza y gozar de la eterna alegría. Por Cristo nuestro Señor. Amen”. Y en seguida le da la bendición, y le rocía con agua bendita. Y como puede suceder que la enfermedad siga mucho tiempo, y que el sacerdote tenga ocasión de estar largos ratos con el enfermo, le pone varios salmos, lecturas y preciosas oraciones que pueda decir el sacerdote segun su prudencia.

Para la buena muerte.

Y como al acercarse la muerte debe ser mayor el cuidado, también el Ritual da al sacerdote nuevos consejos para este trance; le concede facultad de aplicar a todos la bendición apostólica y la indulgencia plenaria, lo cual conviene lo sepan todos los fieles, para pedirla, caso de que no se acuerden los sacerdotes, y para recibirla bien, caso de que ellos se acuerden, como suele suceder.

La recomendación del alma.

Y viene, en fin, la preciosa recomendación del alma. Es, sin duda, lo mejor y mas propio que, cuando se acerca este trance, se llame al párroco o a algún sacerdote, para que en nombre de la Iglesia le rece la recomendación. Pero muchas veces esto no es fácil, o no es posible. En cuyo caso uno de la familia puede rezarle conforme esta ya en varios devocionarios, entre otros en nuestro Devocionario Completo, que tiene en la primera parte El Caballero Cristiano, y luego en la segunda añade otras devociones, y entre ellas esta.

El crucifijo.

Es de notar que en este trance el Ritual aconsejaal sacerdote (y lo mismo han de hacer los amigos o parientes, si no hay sacerdote) que de a besar al enfermo la imagen del Crucifijo, animándole con palabras eficaces a tener esperanza de la vida eterna y que ponga esta imagen delante de el, para que, viéndola, tenga esperanza de su salvación. Igualmente, al rezar la recomendación, aconseja que se encienda la candela. Todas estas acciones de los Sacramentales, hechas por los ministros de la Iglesia, tienen mayor valor ante Dios, no por los meritos del sacerdote, sino porque el sacerdote, delegado por la Iglesia para obrar ministerialmente en su nombre, tiene ante Dios todo el peso que le da la autoridad y santidad de la Santa Iglesia.

Y por eso deberían los fieles valerse mas en todo de los sacerdotes puestos para estos ministerios por la autoridad de Dios. Pero cuando no estén los sacerdotes presentes, algunas cosas como la recomendación del alma la pueden hacer aun los seglares a falta del ministro. Para lo cual convendría que antes de llegar el caso las conociésemos como lo podemos hacer en algunos buenos y sólidos devocionarios. Esto supone que todo cristiano tiene de antemano su crucifijo y aun su candela para esta hora. Es costumbre en varios sitios recoger algún cabo de las que medio se consumieron en la función de Jueves Santo o en otras solemnidades, y guardarlo para el primer caso de muerte que sobrevenga.

Puntos de catecismo, Vilariño, S.J.

Los sacramentales. Parte primera

Sacramentales.

He aquí un punto de instrucción religiosa, que es merecedor de atención suma de parte de los fieles. Después de los sacramentos, ninguno la merece tanto. Mucho mas si se tiene en cuenta que están muy unidos con los mismos Sacramentos. En efecto, como el mismo nombre lo indica, Sacramentales son todas aquellas cosas que se refieren a los Sacramentos: Sacramentales son las palabras de ellos, las ceremonias con que se administran, los objetos de que para ellos se usa, todo, en fin, lo que se relaciona con los Sacramentos. Mas para hablar con toda exactitud, pongamos la definición que da el Código canónico en el canon 1.144: “Sacramentales son objetos o acciones de la Iglesia, imitando en alguna manera los Sacramentos; se suele servir para obtener por su impetración algunos efectos, principalmente espirituales”. No nos detenemos a dar mayor explicación, porque en los números 2.776 y siguientes lo explicamos. Son, pues, Sacramentales las consagraciones, bendiciones, exorcismos y los objetos consagrados, bendecidos, etc.

Disposiciones canónicas.—

Vamos, sin embargo, a indicar aquí algunas disposiciones canónicas acerca de ellos:

Canon 1.145. Solo la Sede Apostólica puede instituir nuevos Sacramentales, o interpretar auténticamente los ya instituidos, o abolir y mudar algunos de ellos.

Canon 1.146. El ministro legitimo de los Sacramentales es un clérigo a quien se le haya dado facultad para ello, y no se lo haya prohibido la autoridad eclesiástica.

Canon 1.147. Las consagraciones no las puede conferir validamente nadie que no tenga carácter episcopal, a no ser que le autorice el derecho o el indulto apostólico. Las bendiciones pueden darlas cualquier presbítero, excepto aquellas que están reservadas al Romano Pontífice o a los Obispos o a otros. Las bendiciones reservadas que den los presbíteros sin licencia necesaria serán ilícitas, pero valen, a no ser que la Sede Apostólica al reservarlas haya dicho otra cosa. Los diáconos y lectores pueden licita y validamente dar aquellas bendiciones que expresamente el derecho les concede.

Canon 1.148. Al hacer o administrar los Sacramentos, guárdense con esmero los ritos aprobados por la Iglesia. Las consagraciones y bendiciones, tanto constitutivas como invocativas, si no se guarda la formula prescrita por la Iglesia, son invalidas.

Canon 1.149. Las bendiciones se deben en primer lugar a los católicos; también pueden darse a los catecúmenos, y aun si no obsta la prohibición de la Iglesia, a los no católicos, para obtener la luz de la fe, o junto con ella la salud corporal.

Canon 1.150. Trátense con reverencia las cosas consagradas o benditas con bendición constitutiva, y no se apliquen a usos profanos e impropios, aunque estén en poder de privados. Siguen tres cánones acerca de los exorcismos, de los cuales hablaremos en su propio lugar.

Ritos.—

Conforme a lo que dice el Canon 1.148, es obligatorio observar los ritos aprobados por la Iglesia. Y estos se hallan en uno de los libros, de que ya hablamos al principio, el Ritual Romano. Este libro es una de las fuentes de la liturgia. Contiene el modo de administrar los Sacramentos y los Sacramentales. Por lo cual explicaremos lo principal que en el se halla. Y desde luego, para que todos los fieles lo entiendan de algún modo, daremos alguna breve descripción.

Primeramente trata de los Sacramentos y, con esta ocasión, de los Sacramentales mas intímamente relacionados con ellos. Así al tratar del Bautismo, trata de la bendición de la pila bautismal; al tratar de la Penitencia, trata de la absolución de excomunión y censuras; al tratar de la Extremaunción, trata de todo lo concerniente al bien morir y de las exequias y funerales; y al tratar del matrimonio, trata de la bendición de la mujer parida. Luego trata de las bendiciones, de las procesiones y de los exorcismos.

Puntos de catecismo, Vilariño S.J.

El culto a las imágenes. Segunda parte.

Utilidad de las imágenes.—

Es, en cambio, utilísima la imagen para la vida cristiana. Primero, sirve maravillosamente para enseñar; sobre todo las historias sagradas y la vida de Nuestro Señor y de los Santos y muchísimas cosas de la doctrina cristiana. Segundo, sirve muy bien para fijar la atención y evitar las distracciones. Tercero, deleita espiritualmente, como se ve por la experiencia de lo que gustan las imágenes; sobre todo haciéndolas con mucho arte y belleza. Cuarto, conmueven muchísimo y nos excitan a manifestaciones sensibles que fácilmente pasan al corazón o proceden de el y lo refuerzan. Quinto, puestas convenientemente en muchos sitios, nos recuerdan a Dios y a los Santos fácilmente.

Imaginería sacra.—

Las imágenes sagradas pueden ser de varias clases. Unas son de cosas insensibles, otras de sensibles. El espíritu no puede tener, como se ve, imagen sensible. Y, sin embargo, tenemos imágenes de Dios, de la Santísima Trinidad, de los ángeles, de las almas santas. Todos sabemos que no son imágenes verdaderas de lo que son. Pero les damos por analogía can sus cualidades aquellas formas que, o por su esencia o por su historia o por algunas otras razones, corresponden a sus atributos o modos de ser. Así al Padre Eterno, por ser el primer principio y el Antiquus diem, el Antiguo en días, el Eterno, se le da el aspecto de anciano venerable, aunque robusto; al Hijo, por haberse encarnado, se le da la figura de hombre; al Espíritu Santo, por haberse aparecido en forma de paloma, se le da esta imagen; aunque antiguamente también se le dio la figura de un joven y aun la de mujer, como parece esta representado en un retablo del altar mayor de la Cartuja de Burgos. A los ángeles se les da figuras de hombres puros, alados, dignos, siempre jóvenes; y a los que se sabe lo que hicieron se les da figuras correspondientes: a San Miguel de capitán, que lucha contra Lucifer; a San Rafael de caminante y protector; a San Gabriel de embajador con una azucena por la pureza de la Virgen, etc. A los Santos se les da, cuando se sabe, su propio rostro, si se puede; mas como no de todos, especialmente de los antiguos, hay retratos, se les da uno que convenga y se le añaden formas y atributos correspondientes a su historia, martirio, misión, etcetera. A Jesucristo se le ha dado ya una forma convencional basada en algunas tradiciones; el rostro mejor debe de ser el de la Sabana Santa de Turín, con barba hermosa, poblada y cabellera ondulante, como lo describimos en la Vida de Nuestro Señor Jesucristo. A la Santísima Virgen la pintan como una Virgen pura, graciosa, digna; pero a gusto de cada cual; el retrato que dicen es de San Lucas, no es de San Lucas, sino muy posterior, ni refleja verdad alguna; a San José igualmente se le puede pintar como se quiera; pero, de ordinario, lo pintan muy viejo, como si la Virgen se hubiese desposado con el cuando ya era anciano, lo cual es inverosímil; antes es mas creíble que tendría una edad proporcionada.

Puntos de Catecismo. Vilariño S.J.

El culto a las imagenes. Parte primera

Culto de las imagenes.

Nada mas corriente entre los católicos que el culto de las imágenes de los Santos. Estatuas, medallas, pinturas, todas las representaciones imaginativas de Dios y de los Santos, son respetadas y veneradas y amadas en la Santa Iglesia. Materiales como somos, no alcanzamos a representarnos a Dios y a los ángeles, sino con figura corporal, pero siempre con algún fundamento, como luego diremos. A los Santos los representamos con el parecido que podemos. Y a unos y a otros los colocamos en sitios distinguidos y hasta en los puestos mas santos, en las iglesias, en los altares, en retablos. Que esto sea licito y santo nos lo dice a voces la Santa Iglesia y di sentido común de los fieles. Y este uso no es moderno, sino que se pierde en los orígenes de la Iglesia. Mas el año 726 Leon II Isaurico, inducido por instigación de los judíos y de los mahometanos que no toleran imágenes, promulgo un edicto en el cual prohibía como si fuese idolatría el culto de las imágenes. San Germán, patriarca de Constantinopla, salio acérrimamente en defensa de las santas imágenes y aun por defenderlas murió, según dicen, estrangulado en 733. Muchos padecieron martirio por defender este culto contra los herejes y emperadores iconoclastas (rompedores de imágenes), como se denominaron estos herejes. Mas el ano 787 se junto el Concilio Niceno II, que restableció la verdad. Y así siempre en la Iglesia de Dios ha florecido este culto cada vez con mas devoción y agrado y aun provecho del arte y del sentimiento. Otra vez, sin embargo, algunos emperadores, como León Armenio y los Valdenses, Albigenses, Wiclefitas, Husitas y los protestantes que todo lo arruinaron, se irritaron contra las santas imágenes; sobre todo los de la secta de Calvino se dieron a destruirlas donde las encontrasen. A esto obedece el estar decapitadas y destruidas muchas joyas de escultura antiquísima. Y recordamos haber visto en Reims y en otros puntos muchísimas mutilaciones hechas por ellos.

El uso antiguo.

Acaso en la antigüedad se usaron menos imágenes al principio por temor de que por la mezcla con gentiles los cristianos incurriesen en verdadera idolatría, por no entenderse el sentido genuino de la veneración de las imágenes en la Iglesia. Sin embargo, después que se han descubierto las catacumbas se han hallado testimonios antiquísimos de la veneración y del uso que se hacia de estas imágenes entre los primeros cristianos.

Fundamento del culto de las imágenes.

No se entiende por que los enemigos han de tener tanta aversión al culto de las imágenes, siendo como es la cosa mas natural. En efecto, en el uso social vemos que todo el mundo honra, no solo al rey, sino también a sus imágenes; no solo a su madre, sino también a su retrato; no solo a su amigo, sino a su fotografía. Nada mas ordinario y nada mas natural en todos los países y en todas las costumbres. Y abrazamos los retratos y los besamos y los estrechamos contra nuestro corazón y Ies ponemos flores y luces y aun les hablamos. Pues he ahi lo que hacemos con los Santos. .Que dificultad hay en ello?

Este culto es relativo.

Mas así como al honrar, es decir, al dar culto civil a los retratos e imágenes de estas personas, nadie piensa que da culto a ellas por ser lo que son, sino por la persona que representan, asi los cristianos al dar culto a las imágenes ya saben que ellas no son dignas de culto por si mismas, sino por lo que representan y que el culto que se les da no es absoluto por ser ellas lo que son, sino relativo, es decir, referente a la persona en ellas representada. De esta manera no veneramos a un pedazo de madera, sino a la imagen de un Santo y mas propiamente al Santo en ella representado; porque ni la madera, ni el papel, ni la imagen son personas, ni capaces de ser veneradas y amadas racionalmente; ni de recibir la sumisión que es esencial al culto, ni ellas propiamente reciben el obsequio, sino las personas o Santos en ellas representados. El acto externo se dirige a las imágenes, porque ante ellas nos arrodillamos, a ellas besamos, incensamos, ponemos flores, luces, ornato…; pero el acto interno se dirige a los mismos Santos.

No hay idolatría.—

Parece mentira que haya habido tan obtusos entendimientos que no entendiesen esta doctrina tan clara, y que los Concilios de Nicea y Tridentino y los Santos Padres, tan bien explicaron. Es verdad que en la Sagrada Escritura Dios prohibió hacerse ídolos. Pero ídolos no es lo mismo que imágenes, sino que ídolos son aquellas imágenes que los hombres tomaban como dioses. Hablando San Pablo a los romanos, les decía que los gentiles, que “teniéndose por sabios, se entontecieron y transfirieron la gloria del Dios incorruptible a una semejanza de hombre corruptible y de aves y cuadrúpedos y reptiles…, y trocaron la verdad de Dios por la mentira, y veneraron y dieron culto a la criatura, dejando al que las creo” (Rom. 1, 23). Y el Señor les dijo: “No os haréis ídolos ni figura ninguna de todo lo que hay en lo alto del cielo, ni en lo bajo de la tierra”. Se entiende bien claro que de nada de esto habían de hacer imágenes, para adorarlas como dioses. Mas no tienen nada que ver estos ídolos y la manera de darles culto como si fueran dioses o, por lo menos, como si representasen a dioses, con lo que el cristiano consciente hace con las imágenes. Y por eso mismo Dios hablaba de estos ídolos como de imágenes que provocaban sus celos, pues los adoraban en vez de Dios. Cosa completamente distinta de la práctica cristiana. Por eso decía muy bien el Concilio Tridentino: “Se han de tener y retener principalmente en los templos las imágenes de Cristo y de la Madre de Dios y de otros Santos; se les ha de dar el debido honor y veneración, no porque se crea que hay en ellas alguna divinidad o virtud, por la que se deba dar culto, o que de ellas se ha de pedir nada o que en ellas haya que poner la confianza, como lo hacían en otro tiempo los gentiles, que colocaban su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que se les da a ellas se refiere a los prototipos que ellas representan, de tal modo, que por las imágenes que besamos y ante las cuales nos descubrimos y arrodillamos, adoramos a Cristo y veneramos a los Santos cuya semejanza ellas representan”.

Puntos de catecismo, Vilariño, S.J.

La Misa. Cuarta parte.

Obligación de celebrar.-

De suyo no tienen los sacerdotes obligación de celebrar sino varias veces al ano y los Obispos y Superiores deben procurar que lo hagan, al menos, los domingos y días festivos. Los pastores de almas, como Obispos, párrocos, están obligados a celebrar las Misas por sus ovejas, por sus pueblos, todos los domingos y dias de precepto, aun en las fiestas suprimidas del Código, como son: Lunes de Pascua, Invención de la Cruz, Purificación, Anunciación, Natividad de la Virgen, San Miguel, San .luna Bautista, los Santos Apóstoles, San Esteban, Santos Inocentes, San Lorenzo, San Silvestre, Santa Ana, el Patrón del Reino y el Patrón del lugar.

Estipendio. –

Estipendio es una limosna que para que tenga honesto sustento se da a un sacerdote, aunque sea rico, según el uso corriente y aprobado de la Iglesia, a condición de que celebre y aplique la Misa a intención de quien da el estipendio. Y por eso, excepto el día de Navidad, si un sacerdote conlicencia celebrase dos o mas Misas, no puede recibir estipendio sino por una. El día de las Animas puede recibir por una; la segunda hay que aplicarla por todas las Animas y la tercera por la intención del Papa. El que recibe estipendio esta obligado, en justicia, a celebrar la Misa a intención de quien lo de.

Leyes de la Iglesia sobre estipendios.—

Para que no se falte por los sacerdotes en esta cuestión de los estipendios, ha dado la Iglesia leyes muy rigurosas acerca de este punto. El estipendio mayor o menor no hace que la Misa valga mas o menos; esta vale aunque no se diese o se recibiese estipendio. La cantidad minima de cada estipendio la suelen señalar los Prelados en cada diócesis, si bien el sacerdote puede recibir estipendio mayor si se le da y también menor si el Ordinario del lugar no lo hubiere prohibido. Los fieles deben ser generosos con sus sacerdotes y considerar que en esto hacen una limosna muy bien empleada.’ Por desgracia, cada día escasean mas los fieles en este socorro a sus sacerdotes y así pierden mucho fruto de Misas y mucho de limosnas. El celebrante debe celebrar la Misa en el tiempo que le señala el que le da el estipendio y si no se lo señalan debe celebrarla pronto, dentro de ciertos  términos fijados por cánones. Cuando en un testamento se dejan muchas Misas, no es preciso celebrarlas todas en seguida; pero se deben celebrar algunas en seguida de la muerte del testador.

Modo de celebrar Misa.—-

Tiempo. Se puede decir Misa en todos los días, excepto el Viernes Santo, en que no hay ninguna, sino la que se llama Misa de Presantificados, es decir, de lo que se consagro el día antes, el Jueves Santo, en que solo hay una Misa solemne. El Jueves Santo se puede, con licencia del Prelado, decir otra antes que la solemne para los enfermos. En cambio en Navidad y en el día de las Animas se pueden decir tres.

Horas de decir Misa.—

Se puede celebrar desde una hora antes de la aurora hasta una después del mediodía y, con causa grave o permiso, mas. Duración. Debe durar de veinte minutos a media hora o poco mas. Pero no es licito decirla en menos de un cuarto de hora. Sitio. Debe celebrarse en un altar consagrado (propiamente el altar es el ara) y en una iglesia u oratorio consagrado o bendito. Para celebrarla fuera o al aire libre se necesita permiso.

Puntos de catecismo, Vilariño, S.J.