
Carta Testem Benevolentiae publicada por León XIII que trata la cuestión del americanismo. Fue publicada el día 22 de enero de 1899. Para descargar pinche aquí:

Carta Testem Benevolentiae publicada por León XIII que trata la cuestión del americanismo. Fue publicada el día 22 de enero de 1899. Para descargar pinche aquí:

JESUS VIDA Y RESURRECCIÓN
Una vez liberados los endemoniados de Gerasa la barca que conducía a Jesús regresó a la ribera occidental del lago de Tiberiades, donde, después del temporal del mar, una multitud ansiosa le estaba aguardando, con gran impaciencia. Puesto el pie en tierra y calmado el entusiasmo de la gente comenzó su instrucción. Más he aquí que, en cuanto acabó de hablar, se le acercó un noble de la región, el presidente de una Sinagoga, el cual se postró a los pies y exclamó: Señor, mi hija se muere; está ya en la agonía y en el mismo trance de la muerte. Venid, poned sobre ella vuestra mano y salvadla.
Esta plegaria tan fervorosa, tan confiada, conmovió a Jesús, el cual calmó aquel corazón atribulado y se puso en camino, seguido de sus discípulos y de una parte del pueblo. Confundida con la multitud iba una mujer, que, desde hacía doce años, padecía flujo de sangre. Inútilmente había gastado todos sus bienes en médicos y medicinas; su mal empeoraba y su dolor no disminuía. Hubiera deseado suplicar a Jesús, pero sentía rubor de manifestar su enfermedad. Ésta era vergonzosa y constituía una impureza legal, que la obligaba a vivir alejada de sus semejantes. Padecer este mal era, puara ella, una gran humillación, pues el pueblo lo consideraba como el efecto de una vida depravada y mostraba menosprecio por lo que lo sufrían. Por esto, a fin de que nadie se enterase, ni aun el mismo Jesús, decidió intentar la consecución de esta gracia de una manera furtiva. Si llego tan sólo a tocar, decía para sus adentros, la franja de su vestido, quedaré curada. Y metiéndose entre la multitud, pudo acercarse a Jesús, tocó la franja de su manto y sintió que quedaba retenida la hemorragia y que estaba completamente curada. Retrocedió en seguida e intentó deslizarse por medio de la gente, pero en aquel instante, Jesús se volvió, en voz pronunció estas palabras: ¿Quién me ha tocado? Todos hicieron, con la cabeza, un signo negativo o de duda. Entonces Simón Pedro, sencillo y candoroso, le dijo: Estas viendo que todos se empujan alrededor de ti ¿Y preguntas quién te ha tocado? Entre tanto Jesús recorría con los ojos los circunstantes y fijaba sobre la pobre enferma una de aquellas miradas que penetran los corazones. Ella, trémula, al verse descubierta, se arrodilló a los pies de Jesús, y temerosa de una seria represión manifestó por qué había tocado con su mano la punta de su vestido, y cómo, con solo tocarla, había sido curada al instante. Entonces, venciendo todo respeto humano, dio efusivamente las gracias a Jesús por un favor tan grande. El Salvador, para mostrar que la fe profunda, que en Él había tenido, había sido la causa única de aquel milagro, le dijo: Ten confianza, hija; Tu fe te ha salvado. ¡Qué dulzura tan inefable la del corazón amantísimo de Jesús!
Mientras el pueblo comentaba este prodigio, llegó un criado del presidente de la Sinagoga, para decirle que su hija acababa de morir y que no importunase más a Jesús, por ya no llegaría a tiempo. Ante esta noticia, el padre quedó desolado y transido de dolor. Jesús le consoló diciéndole: No temas, ten confianza y tu hija vivirá. Al llegar a la casa de Jairo, vieron a los que lloraban, a los que tocaban la flauta y a una multitud en tumulto. El entierro se hacía siempre con acompañamiento de flautas y se ejecutaban las más fúnebres melodías. También había plañideras, mujeres contratadas para acompañar, con llantos, el féretro del difuntos. ¿Por qué lloráis? Dijo Jesús. La niña no ha muerto; está dormida. Al oir esto, todos miraban a Jesús despectivamente. Más Él entró en la cámara mortuoria, tomó la mano de la difunta y dijo en alta voz: Niña, levántate. Y, al instante, se levantó, como si realmente despertase de un ligero sueño.
DOLENCIAS ESPIRITUALES.
La enfermedad que padecía aquella mujer, lo mismo por su naturaleza que por sus efectos, nos recuerda aquella enfermedad espiritual de los pecadores reincidentes, que se han habituado a un pecado, ordinariamente al de impureza. Imiten estos pecadores a la mujer del Evangelio y busquen, como ella, la salud y la salvación. Tengan fe viva, hagan una resolución firme y acudan al único médico que puede curarles, que es un confesor prudente, póngase bajo su dirección.
Y por inveterados que sean los vicios de un pecador, procure cobrar valor, considerando el procedimiento que siguió Jesús, con su palabra omnipotente, resucitó aquella hija única esperanza de sus padres. Nuestra alma es toda nuestra esperanza, ya que, salvada ella, todo está salvado. Si alguna vez llega a morir, a causa del pecado, y nos confesamos debidamente, oiremos de labios del sacerdote las palabras que pronuncio Jesús: Levántate, alma caída. Jesús resucitó a la hija de Jairo con poco esfuerzo, delante de pocos testigos y en su misma casa. De la misma manera, el pecador culpable de haber consentido en un mal pensamiento oculto, queda resucitado en su conciencia, con un acto de perfecta contrición o con una confesión sincera, sin ostentación ni numerosos testigos.
Padre Ginebra, El Evangelio de los domingos y fiestas, Ed. Balmes, página 262 y ss.

TEXTOS DE LA SANTA MISA EN ESPAÑOL
Introito. Jer. 29, 11, 12 y 14. –
Dice el Señor: Yo tengo designios de paz sobre vosotros, y no de aflicción; me invocaréis y Yo os escucharé; os haré volver del cautiverio y os reuniré de todos los lugares adonde os había desterrado. Salmo. 84, 2.- Habéis bendecido, Señor, vuestra tierra; habéis acabado con el cautiverio de Jacob. Gloria al Padre…
Oración. –
Perdonad, Señor, los pecados de vuestro pueblo, para que, por vuestra bondad, seamos libres de los pecados, que habíamos contraído por nuestra fragilidad. Por nuestro Señor Jesucristo…
Epístola. Fil. 3, 17-21. –
Hermanos: Seguid mi ejemplo y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en mí. Porque, como os decía muchas veces y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la Cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran acosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos. Ruego a Evodia y ruego a Síntique que se pongan de acuerdo en el Señor. Y a ti, leal compañero, te pido que ayudes a estas mujeres, que compartieron conmigo la lucha por el evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el Libro de la Vida.
Gradual. Sal. 43, 8-9. –
Nos salvaste, Señor, de nuestros enemigos, humillaste a los que nos aborrecen. Todos los días nos gloriamos en el Señor, siempre damos gracias a tu nombre.
Aleluya. Sal. 129,1.-
Aleluya, aleluya. Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz. Aleluya.
Evangelio. Mat. 9, 18-26. –
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, se acercó un personaje que se postró ante y le dijo; Mi hija acaba de morir. Pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá. Jesús se levantó y lo acompañaba con sus discípulos. Entonces una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto. Porque se decía: Con sólo tocar su manto, me curaré. Jesús se volvió, y al verla le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. Y desde aquel momento quedó curada la mujer. Jesús llegó a casa del personaje y cuando vio a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo; ¡Fuera! La niña no está muerta, sino dormida. Y se reían de Él. Cuando echaron a la gente, entró Él, tomó la niña de la mano, y ella se levantó. Y se divulgó la noticia por toda aquella región.
Ofertorio. Ps. 129, 1-2. –
Desde lo más íntimo de mi corazón clamé a Vos, oh señor; oíd benignamente mis oraciones, Dios mío; porque a Vos llamé desde lo más íntimo, Señor.
Secreta. –
Os ofrecemos, Señor, este sacrificio de alabanza, para que aumentéis nuestros deseos de obsequiaros Y acabéis de perfeccionar lo que habéis empezado sin mérito alguno nuestro. Por nuestro S. J. C…
Prefacio de la Santísima Trinidad.-
En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. Santo…
Comunión. Marc. 11, 24. –
En verdad os aseguro que cuantas Cosas pidiereis en la oración, tened viva fe de conseguirlas y se os concederán.
Poscomunión. –
Os suplicamos, oh Dios omnipotente, que a los que alegráis con vuestros misterios, no permitáis sean víctimas de humanos peligros. Por N. S. C.
TEXTOS DE LA MISA EN LATÍN
Dominica Vigesima Tertia Post Pentecosten
II Classis
Introitus: Jerem. xxix: 11, 12, et 14
Dicit Dóminus: Ego cogito cogitatiónes pacis et non adflictiónis. Invocabitis me et Ego exaudiam vos et reducam captivitatem vestram de cunctis locis. [Ps. lxxxiv: 2] Benedixisti, Dómine, terram tuam: avertisti captivitátem Jacob. Gloria Patri. Dicit Dóminus.
Collect:
Absólve, quǽsumus, Dómine, tuórum delicta populórum: ut a peccatórum néxibus, quæ pro nostra fragilitáte contráximus, tua benignitáte liberémur. Per Dóminum.
ad Philippénses: iii: 17-21; iv: 1-3
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Philippénses.
Fratres: Imitatóres mei estóte et observáte
eos qui ita ámbulant, sicut habétis formam nostram. Multi enim ámbulant, quos
sæpe dicébam vobis (nunc autem et flens dico) inimícos crucis Christi: quorum
Deus venter est: et glória in confusióne ipsórum, qui terréna sápiunt. Nostra
autem conversátio in cælis est: unde étiam Salvatórem expectámus Dóminum
nostrum Jesum Christum, qui reformábit corpus humilitátis nostræ configurátum
córpori claritátis suæ, secúndum operatiónem qua étiam possit subjícere sibi
ómnia. Itaque, fratres mei caríssimi, et desiderantíssimi, gaudium meum, et
corona mea: sic state in Dómino, carissimi. Euvódiam rogo, et Sýntychen
déprecor idípsum sápere in Dómino. Etiam rogo et te, germáne compar, ádjuva
illas, quae mecum laboravérunt in Evangélio cum Cleménte, et céteris
adjutóribus meis, quorum nómina sunt in libro vitæ.
Graduale: Ps. xliii: 8-9
Liberásti nos,
Dómine, ex adfligéntibus nos: et eos qui nos odérunt confudisti. In Deo
laudábimur tota die et in nomine tuo confitébimur in sæcula.
Allelúia, allelúia. [Ps.cxxix:
1-2] De profúndis clamávi ad te, Dómine; Dómine, exaudi oratiónem meam.
Allelúia
Matt. ix: 18-26
+ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum.
In illo témpore: Loquénte Jesu ad turbas,
ecce princeps unus accéssit et adorábat eum, dicens: «Filia mea modo
defúncta est: sed veni, inpone manum tuam super eam, et vivet.» Et surgens
Jesus sequebátur eum, et discipuli eius. Et ecce múlier, quæ sánguinis fluxum
patiebátur duódecim annis, accéssit retro, et tétigit fímbriam vestiménti ejus.
Dicébat enim intra se: «Si tetígero tantum vestiméntum ejus, salva
ero.» At Jesus convérsus, et videns eam, dixit: «Confíde, fília,
fides tua te salvam fecit.» Et salva facta est múlier ex illa hora. Et cum
venísset Jesus in domum príncipis, et vidisset tibícines, et turbam
tumultuántem, dicebat: «Recédite: non est enim mórtua puélla, sed dormit.
Et deridébant eum. Et cum ejécta esset turba, intrávit et ténuit manum ejus. Et
surréxit puélla. Et éxiit fama hæc in univérsam terram illam.
Offertorium: Ps.cxxix: 1-2
De profúndis clamávi ad te, Dómine; Dómine, exaudi orationem meam. De profúndis clamávi ad te, Dómine.
Secreta:
Pro nostræ servitútis augménto sacrifícium tibi, Dómine, laudis offérimus: ut, quod imméritis contulísti, propítius exsequáris. Per Dóminum.
Communio: Marc xi: 24
Amen dico vobis, quidquid orántes pétitis, crédite quia accipiétes, et fiet vobis.
Postcommunio:
Quǽsumus, omnípotens Deus: ut quos divína tríbuis participatióne gaudére, humánis non sinas subjacére perículis. Per Dominum.