“Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro, aguza el oído de tu
corazón, acoge con gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en
práctica, para que por tu obediencia laboriosa retornes a Dios, del que te
habías alejado por tu indolente desobediencia. A ti, pues, se dirigen estas mis
palabras, quienquiera que seas, si es que te has decidido a renunciar a tus
propias voluntades y esgrimes las potentísimas y gloriosas armas de la
obediencia para servir al verdadero rey, Cristo el Señor.
Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele
con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a término, para que,
por haberse dignado contarnos ya en el número de sus hijos, jamás se vea
obligado a afligirse por nuestras malas acciones. Porque, efectivamente, en
todo momento hemos de estar a punto para servirle en la obediencia con los
dones que ha depositado en nosotros, de manera que no sólo no llegue a desheredarnos
algún día como padre airado, a pesar de ser sus hijos, sino que ni como señor temible, encolerizado
por nuestras maldades, nos entregue al castigo eterno por ser unos siervos
miserables empeñados en no seguirle a su gloria.”
COMENTARIO
El Canónigo Simon nos dice en su
libro “La regla de San Benito comentada
para los oblatos y los amigos de los monasterios”: “Si emprendemos el
estudio de la Santa Regla, no es por curiosidad. Queremos convertirnos y para conseguirlo, buscamos una guía segura.
Por eso recurrimos a San Benito”
“El guía es el Maestro que va a darnos
preceptos, es también un padre tierno que se dirige a sus hijos”. (…) Su paternidad espiritual, la más noble de
todas, se ofrece a “cualquiera que renunciando a sus propias voluntades quiere
militar bajo la bandera del Señor”
“¿Qué debemos ser los hijos del
Santo Patriarca? Soldados. ¿Quién es el jefe? Cristo, el verdadero Rey. ¿Las
armas? Lo mejor y lo más fuerte: la obediencia. ¿El objetivo de sus esfuerzos y
objetivo de nuestra conquista? Dios Vamos hacia Dios y llegaremos por una lucha
incesante, imitando la conducta de Cristo, nuestro Señor. Aquí tenemos todo un
programa para realizar.”
Refiriéndose a la aplicación
práctica el Canónigo Simón: “Por la Oblatura, nos hemos convertido
verdaderamente en hijos de San Benito. El es para nosotros el Padre amante que
nos abriga con su manto. ¿Y qué nos pide? Lo que pide a todos sus hijos, los
del claustro y los del mundo, hacerse soldados de Cristo, es decir, trabajar,
para transformarnos en cristianos perfectos. Si nos refugiamos bajo la Santa
Regla, nos ofrecerá los medios para llegar al fin. Estemos atentos a sus
admoniciones, y esforcémonos, por su meditación, (…) en cumplirla eficazmente”.
“Los “Estatutos de los Oblatos”
no dicen otra cosa: “meditemos frecuentemente la Santa Regla del Patriarca San
Benito”.” Para que a través de ella lleguemos a transformarnos en verdaderos
Católicos, soldados de Cristo.”
Es costumbre, para los hijos de
San Benito leer todos los días la Regla al final del Oficio de Prima, es decir,
al principio del día para poder llevarla a la práctica con más facilidad.
CONCLUSIONES PRÁCTICAS:
1.-
Empecemos el día haciendo oración.
2.-
Meditemos la Santa Regla todos los días.
3.- No
salgamos de casa sin ofrecerle a Dios todas nuestras tareas.
4.-
Pongamos en manos de la Santísima Virgen todas nuestras inquietudes.
5.- No
comencemos nuestro trabajo sin ofrecérselo al Señor.
6.-
Pensemos: Todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios.
1. «Hijo mío, -dice Dios- yo te
he amado con perpetuo y no interrumpido amor; y por eso; misericordioso, te
atraje a mí». (Jer. XXXI, 3). De estas palabras se infiere, amados
oyentes míos, que entre todos los que nos aman son nuestros padres; pero ellos
no nos aman jamás sino después que nos han conocido. Empero Dios nos amaba ya
antes de que nosotros existiéramos. Todavía no existían en el mundo nuestros padres,
cuando ya nos amaba Dios; o por decirlo mejor, todavía no estaba creado el
mundo, y ya nos amaba el Señor. ¿Y cuánto tiempo antes de crear el mundo nos
amaba Dios? ¿Acaso mil años o mil siglos? No solamente mil siglos antes de la
creación, sino que nos amaba desde la eternidad, como nos dice por Jeremías con
estas palabras: In charitate perpetua dilexi te. Desde que Dios es
Dios, siempre nos ha amado: desde que se amó a si mismo, siempre nos amó. Este
pensamiento hacía decir a la virgen santa Inés: «Estoy comprometida con
otro amador». Cuando las criaturas exigen de ella que las amase, siempre les
respondía: «Yo no puedo preferir las criaturas a mi Dios; Él es el primero
que me amó, y es justo que yo le prefiera que otro amor».
2. Por tanto, hermanos míos,
sabed que Dios os amó desde la eternidad, y solamente por el amor que os tenía,
os distinguió entre tantos hombres que podía haber creado en vuestro lugar, y
dejándolos a ellos en la nada, os dió el ser a vosotros y os hizo salir al
mundo. Por el amor que nos tiene, creó también tantas otras hermosas criaturas,
para que nos sirviesen y nos recordasen el amor que nos ha tenido y el que le
debemos por gratitud. Por esto decía san Agustín: «El Cielo y la tierra y todos
los seres están diciendo que te ame». Cuando el santo miraba el sol, las
estrellas, los montes, el mar y los ríos, creía que todas las criaturas le
decían: Agustín, ama a Dios, porque Él nos ha creado por ti para que tu le
ames. El abad Rancé, fundador de la Trapa, cuando veía las colinas, las fuentes
y las flores, decía que todas estas criaturas le recordaban el amor que Dios le
tenía. También santa Teresa solía decir, que estas criaturas le echaban en cara
su ingratitud para con Dios. Cuando santa María Magdalena de Pazis tenía en la
mano alguna hermosa flor, sentía su corazón herido como de una saeta, y
embellecida en el amor divino, decía en su interior: «¡Con qué mi Dios pensó
desde la eternidad en crear esta flor o este fruto por mi amor con el fin de
que yo le amase!»
3. Además, viendo el Padre
eterno, que nosotros estábamos condenados al Infierno por nuestras culpas,
movido del grande amor que nos tenía, envió a su Hijo al mundo a morir en una
cruz para librarnos del Infierno, y llevarnos consigo al Paraíso, como dice san
Juan por estas palabras: «Tanto amó Dios a los hombres, que no paró hasta
dar por ellos a su Hijo unigénito. (Joann. III, 16). Amor, que con
razón llama el Apóstol, excesivo, en el capítulo II, v. 4 de su Epístola a los
de Efeso: Propter nimium charitatem suam, qua dilexit nos, et cum
essemus mortui peccatis, vivificavit nos in Christo.
4. Contemplemos, además, el
especial amor que nos manifestó, haciéndonos nacer en países cristianos y en el
gremio de la verdadera Iglesia Católica. ¡Cuántos nacen todos los días entre los
gentiles, entre los judíos, entre los mahometanos, y entre los herejes, todos
los cuales se condenan! Considerad, que con respecto al gran número de éstos,
pocos son los hombres que tienen la suerte de nacer donde reina la verdadera
fe, pues no llegan a la décima parte, y entre estos pocos nos ha hecho nacer
Dios. ¡Oh, que don tan inmenso y apreciable es de la fe! ¡Cuántos millones de
almas hay entre los infieles que están privados de los sacramentos, de la
palabra divina, de los ejemplos de los buenos, y de todos los otros auxilios
que tenemos en la Iglesia para salvarnos! Pues todos estos grandes auxilios
quiso concedernos a todos nosotros el Señor, sin que nosotros lo mereciésemos,
antes preveía nuestros grandes crímenes; porque cuando Dios pensaba crearnos y
concedernos estas gracias, ya veía de antemano nuestros pecados y lo mucho que
habíamos de injuriarle.
EL AMOR QUE NOS TUVO
EL HIJO CUANDO NOS REDIMIÓ
5. Nuestro primer padre Adán,
por haber comido el fruto prohibido fue condenado miserablemente a la muerte
eterna con toda su descendencia. Viendo Dios que todo el género humano había
perecido, determinó enviar un Redentor para salvar a los hombres. ¿A quién
enviará para que los redima? ¿enviará a un ángel o a un serafín? No, porque el
mismo Hijo de Dios, sumo y verdadero como el Padre, se ofrece a bajar a la
tierra para tomar en ella carne humana, y morir por la salvación del género
humano. ¡Oh prodigio admirable del amor divino! El hombre desprecia a Dios,
como dice san Fulgencio, y se separa de Dios; y Dios viene a la tierra a buscar
al hombre rebelde, movido del grande amor que le tiene. Viendo que a nosotros
no nos era permitido acercarnos al Redentor, como dice san Agustín, no se
desdeñó el Redentor de acercarse y venir a nosotros. ¿Y porqué quiso Jesucristo
venir a nosotros? El mismo santo Doctor lo dice por estas palabras: «Vino
Cristo al mundo, para que conociese el hombre lo mucho que Dios le ama».
6. Por eso escribió el Apóstol a
Tito: «Dios nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y su amor». (Tit.
III, 4). Y en el texto griego se lee: «se ha manifestado el singular amor de
Dios para con los hombres». San Bernardo escribe sobre el mismo texto, que
antes que apareciese Dios en la tierra en la forma de siervo, hecho semejante a
los demás hombres, no podían llegar a comprender los hombres la grandeza de la
bondad divina: «por esta razón el Verbo eterno tomó carne humana, para que
presentándose como hombre, conociesen los hombres su bondad». (S. Bern.
serm. 1, in Epiph). ¿Y que mayor amor, que mayor bondad
podía manifestarnos el Hijo de Dios, que hacerse hombre como nosotros? ¡Oh suma
bondad de Dios! Se hizo gusano como nosotros para que nosotros no quedásemos
perdidos. ¿No sería una maravilla ver, que un príncipe se convertía en gusano,
para salvar a los gusanos de su reino? Pues cuanta mayor maravilla es ver, que
un Dios se hizo hombre como nosotros para salvarnos de la muerte eterna?Verbum
caro factum est: «El verbo se hizo carne». (Joann. I, 14). Pero
¿quién vió jamás hacerse carne un Dios? ¿Quién pudiera creerlo, si no nos lo
asegurase la fe? Ved aquí, dice san Pablo, «a un Dios casi reducido a la
nada». (Philp. II 7). Con estas palabras nos manifiesta el Apóstol,
que el Verbo que estaba lleno de majestad y de gloria, quiso humillarse y tomar
la condición humilde y débil de la naturaleza humana, revistiéndose de la
naturaleza de siervo, y haciéndose en forma semejante a los hombres; aunque,
como observa san Juan Crisóstomo, no era simple hombre, sino hombre y Dios
juntamente. Oyendo cantar un día a un diácono, aquellas palabras de san
Juan: Et verbum caro factum est, salió fuera de sí mismo, dando
un fuerte grito, y arrobado, voló por el aire en la iglesia hasta ponerse junto
al santísimo Sacramento.
7. No se contentó empero, el
Verbo encarnado, no le bastó a este Dios enamorado de los hombres, sino que
quiso, además, vivir entre nosotros como el último, el más vil y despreciable
de los hombres, como lo había predicho el profeta Isaías (LIII, 2 y 3) «No es
de aspecto bello, ni es esplendoroso; nosotros le hemos visto… despreciado y el
deshecho de los hombres, varón de dolores, porque fue formado de intento para
estar siempre atormentado y perseguido hasta la muerte; pues desde que nació,
hasta que murió, estuvo padeciendo por nuestro amor».
8. Y como había venido para
hacerse amar de los hombres, según escribe san Lucas con aquellas palabras: «Yo
he venido a poner fuego en la tierra, y, ¿que he de querer sino que arda?» (Luc.
XII, 49); quiso darnos al fin de su vida las señales y pruebas más evidentes
del amor que nos profesaba. Como hubiese amado a los suyos que vivían en el
mundo, los amó hasta el fin (Joann. XIII, 1). Y no solamente se
humilló hasta morir por nosotros, sino que quiso elegir una muerte la más
amarga y afrentosa de todas. Y esta es la razón de decir del Apóstol en la
Epístola a los Filipenses (II, 8): «se humilló a si mismo haciéndose obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz». El que entre los hebreos moría crucificado,
era maldecido y vituperado por todo el pueblo Leemos en la Santa Escritura: «Es
maldito el que está colgado del madero». (Deut. XXI, 23) Por esta
razón también quiso terminar así su vida nuestro divino Redentor, muriendo
afrentado en una cruz, cercado de ignominias y dolores, como había vaticinado
el profeta David por estas palabras: «Llegué a alta mar y sumergióme la
tempestad». (Psal. LXVIII, 3).
9. Escribe san Juan en su
primera Epístola (III, 16), que conocimos el amor que Dios nos tenía, en que
dió el Señor su vida por nosotros. Y en verdad; ¿cómo podía Dios manifestarnos
más claramente su amor, que dando su vida por nosotros? Y ¿cómo es posible ver
todo un Dios muerto por nosotros en una cruz, y no amarle? Por esto dice san
Pablo en su segunda Epístola a los Corintios (v. 14); que el amor de Cristo nos
urge. Por estas palabras nos advierte, que nos obliga y nos mueve a
amarle, no tanto lo que Cristo hizo y padeció por nosotros, cuanto el amor que
nos manifestó padeciendo y muriendo por el género humano. Murió por todos los
hombres, como añade el mismo Apóstol, para que los que viven, no vivan ya para
sí, sino para el que murió. (II. Cor. v, 15). Y a fin de
granjearse todo nuestro amor, no contento con haber dado su vida por
nosotros, quiso además quedarse Él mismo en el sacramento de la Eucaristía,
para servirnos de manjar cuando dijo: «Tomad y comed; este es mi cuerpo» (Matth.
XXIV, 26). Y ¿quién creyera una fineza como esta, si no nos la asegurase la fe?
EL AMOR QUE NOS
MANIFESTÓ EL ESPÍRITU SANTO CUANDO NOS SANTIFICÓ
10. No contento el eterno Padre
con habernos dado a Jesucristo su Hijo, para que nos salvase con su muerte,
quiso darnos también el Espíritu Santo, para que habitase en nuestras almas y
las tuviese continuamente inflamadas de su santo amor. Jesucristo mismo, a
pesar de los malos tratamientos de los hombres en este mundo, olvidado de su
ingratitud después de su ascensión a los Cielos, nos envió desde allí el
Espíritu Santo, para que con su amor encendiese en nosotros la caridad divina y
nos santificase. He ahí por que el Espíritu Santo, cuando descendió al
Cenáculo, quiso dejarse ver en figura de lenguas de fuego. Y he ahí también,
porque pide la Iglesia al Señor, que nos inflame el Espíritu con aquél
fuego que Jesucristo envió a la tierra, anhelando que ardiese. Este es aquél
santo fuego que ha inflamado después a los santos para obrar grandes cosas por
amor de Dios, para amar a sus más crueles enemigos, para desear los desprecios,
para renunciar las riquezas y honores mundanos, y para abrazar con alegría los
tormentos y la muerte.
11. El Espíritu Santo es aquella
unión divina que hay entre el Padre y el Hijo, y el que una nuestras almas con
Dios por medio del amor, cuyo efecto es unir los corazones y las almas justas
con Dios, como dice san Agustín: Los lazos del mundo son lazos de muerte; pero los
del Espíritu Santo sonlazos de vida eterna, puesto que nos unen con Dios, que
es nuestra vida verdadera que no ha de tener fin.
12. Debemos también estar en la
inteligencia, de todas las luces, todas las inspiraciones divinas, y todos los
actos buenos que hemos practicado en toda nuestra vida, de dolor de nuestros
pecados, de confianza en la misericordia de Dios, de amor y resignación: todos
han sido dones del Espíritu Santo. Y el Apóstol añade, que el Espíritu Santo
ayuda nuestra flaqueza, porque, no sabiendo nosotros siquiera que hemos de
pedir en nuestras oraciones, ni como conviene hacerlo, el mismo Espíritu
produce en nuestro interior nuestras peticiones a Dios con gemidos que son
inexplicables. (Rom. VIII, 26).
13. En suma, toda la Santísima
Trinidad se ha ocupado de manifestarnos el amor que Dios nos tiene, para que
nosotros le correspondamos con gratitud; porque como dice san Bernardo,
amándonos Dios, no busca otra cosa que ser amado de nosotros. Es muy justo,
pues, que nosotros amemos a Dios, ya que Dios nos amó primero, y nos obligó a
que le amemos con tantas finezas como nos dispensó. ¡Oh que tesoro tan precioso
es el amor! Es también infinito, porque nos hace adquirir la amistad de Dios,
como dice Salomón por estas palabras: «Es un tesoro infinito para los hombres,
que cuantos se han validado de él, los ha hecho partícipes de la amistad de
Dios». (Sap. VII, 14). Para adquirirlo es necesario apartar el corazón
de las cosas terrenas. Por eso decía Santa Teresa: Aparta tu corazón
de las criaturas y hallarás a Dios. En un corazón lleno de las cosas de la
tierra, no tiene cabida el amor divino. Por esto suplicamos siempre al Señor en
nuestras oraciones, y en las visitas al Santísimo Sacramento, que nos otorgue
su santo amor, para que nos haga perder el afecto de las cosas del mundo. San
Francisco de Sales dice que cuando se quema la casa todo se tira por
la ventana. Quería manifestar con estas palabras, que cuando un alma está
inflamada de amor divino, ella misma se aparta de todas las cosas de la tierra.
14. En el Cantar de los Cantares
de Salomón leemos, que «el amor es fuerte como la muerte» (Cant. VIII,
6). Quieren decir estas palabras, que así como no hay fuerza creada que resista
a la muerte, cuando ha llegado su hora, así no hay dificultad que una alma
amante de Dios no venza con el amor. Cuando se trata de complacer a la persona
amada, el amor vence todas las dificultades, dolores, pérdidas e ignominias,
porque no hay dificultad ninguna que no pueda vencer el amor. El amor hacia los
santos mártires, en medio de los tormentos, sobre los ecúleos y las parrillas
alabasen y diesen gracias a Dios, porque les concedía padecer por su amor; y
que otros santos, luego que faltaron los tiranos, se convirtieran ene verdugos
de sí mismos con los ayunos y penitencias, por dar gusto a Dios. San Agustín
dice: «No se experimenta fatiga ninguna cuando uno hace aquello que ama; y
si alguna se experimenta es amada por el mismo que la sufre»: In
eo quod amatur, aut non laboratur, aut ipse labor amatur.
Introito. Tob. 12.6.- Bendita sea la santa Trinidad y la
indivisible Unidad; alabarémosla porque usado de misericordia con nosotros. Salmo, 8,2.- Oh, Señor, Señor nuestro. ¡Cuán admirable
es vuestro nombre en toda la tierra! Gloria al Padre.
Oración.-
Oh, Dios todopoderoso y eterno que concedisteis a vuestros siervos que, por la
profesión de la verdadera fe, alcanzasen la gracia de conocer la gloria de la
Trinidad eterna y la de adorar la unidad en la omnipotencia de la Majestad: os
suplicamos que perseverando firmes en la misma fe, deseamos defendidos contra
toda adversidad, Por nuestro Señor Jesucristo.
Epístola. Rom.11,33-36.- ¡Que abismo de riqueza es la sabiduría
y ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus
caminos! ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su
consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que Él le devuelva? Él es el origen
y camino y término de todo. A Él la gloria por los siglos. Amén.
Gradual. Dan.3,55-56.- Bendito eres, Señor, que miras los
abismos, y te sientas sobre los Querubines. Bendito eres, Señor, en la bóveda
del cielo, digno de alabanza por los siglos.
Aleluya-. Aleluya. Dan 3,52.- Bendito eres, Señor, Dios de
nuestros padres, digno de alabanza por los siglos. Amén
Evangelio. Mat
28,18-20.- En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado
pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;
y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Ofertorio. Tob.
12.6.- Bendito sea Dios Padre, y el Hijo Unigénito de Dios, y también el
Espíritu Santo, porque ha usado de misericordia con nosotros.
Secreta.- Os rogamos, Señor, que acepéis
benigno los sacrificios que a vos hemos consagrado; y concedednos que nos
sirvan de perpetuo socorro. Por N.S. J.C..
Prefacio de la Santísima Trinidad.-
En verdad es digno y justo,
equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo
Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu
Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola
persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has
revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin
diferencia ni distinción. De suerte, que confesando una verdadera y eterna
Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y
la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los
Querubines y los Serafines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una
voz.
Comunión.
Tob.12,6.- Bendigamos al Dios del
cielo y glorifiquémosle delante de todos los vivientes, porque ha usado de
misericordia con nosotros.
Poscomunión.- Haced, Señor y Dios nuestro, que la recepción
de este Sacramento y la confesión de la eterna y santa Trinidad y de su indivisible
Unidad nos sirvan para salud del alma y cuerpo. Por N. S. J. C.
TEXTOS DE LA MISA EN LATIN
In Festo Sanctissimæ Trinitatis I Classis
Introitus:
Tob. xii: 6
Benedícta sit sancta Trínitas, atque indivísa únitas:
confitébimur ei, quia fecit nobíscum misericórdiam suam. Dómine Dóminus
noster, quam admirábile est nomen tuum in univérsa terra!. Glória Patri.
Benedícta sit.
Oratio:
Omnípotens sempitérne Deus, qui dedísti fámulis tuis in
confessióne veræ fídei, ætérnæ Trinitátis glóriam agnóscere, et in poténtia
majestátis adoráre unitátem: quǽsumus; ut ejúsdem fidei firmitáte, ab ómnibus
semper muniámur advérsis. Per Dóminum.
Rom.
xi: 33-36
Léctio Epístolæ beáti Pauli
Apóstoli ad Romanos.
O Altitúdo
divitiárum sapiéntiæ et sciéntiæ Dei: quam inconprehensibília sunt judicia
ejus, et investigábiles viæ ejus! Quis enim cognóvit sensum Dómini? Aut quis
consiliárius ejus fuit? Aut quis prior dedit illi, et retribuétur ei? Quóniam
ex ipso, et per ipsum, et in ipso sunt ómnia: ipsi glória in sǽcula. Amen.
Graduale:
Dan v: 55-56
Benedíctus es, Dómine, qui intuéris abýssos, et sedes
super Chérubim. V. Benedíctus es, Dómine, in firmaménto cæli, et
laudábilis in sǽcula.
Allelúja, allelúja. Benedíctus es, Dómine, Deus
patrum nostrórum, et laudábilis in sǽcula. Allelúja.
Matth:
xxviii: 18-20
+ Sequéntia
sancti Evangélii secúndum Matthǽum.
In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: «Data est
mihi omnis potéstas in cælo, et in terra. Eúntes ergo docéte omnes gentes,
baptizántes eos in nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti: docéntes eos
serváre ómnia quæcúmque mandávi vobis. Et ecce ego vobíscum sum ómnibus diébus,
usque ad consummatiónem sǽculi.»
Credo.
Offertorium:
Tob. xii: 6
Benedíctus sit Deus Pater, unigenitúsque Dei Fílius,
Sanctus quoque Spíritus: quia fecit nobíscum misericórdiam suam.
Secreta:
Sanctífica, quǽsumus, Dómine Deus noster, per tui sancti nóminis invocatiónem hujus oblatiónis hóstiam: et per eam nosmetípsos tibi pérfice munus ætérnum. Per Dóminum.
Præfátio
de Ssma Trinitate
Vere dignum et iustumest, ǽquum
et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater,
omnípotens ætérne Deus:
Qui cum unigénito Fílio tuo, et
Spíritu Sancto, unus es Deus, unus es Dóminus: non in uníus singularitáte
persónæ, sed in uníus Trinitáte substántiæ. Quod enim de tua glória, revelánte
te, crédimus, hoc de Fílio tuo, hoc de Spíritu Sancto, sine differéntia
discretiónis sentímus. Ut in confessióne veræ sempiternǽque Deitátis, et in
persónis propríetas, et in esséntia únitas, et in maiestáte adorétur æquálitas.
Quam láudant Ángeli atque Archángeli, Chérubim quoque ac Séraphim: qui non
cessant clamáre quotídie una voce dicéntes:
Communio:
Tob. xii: 6
Benedícimus Deum cæli, et coram ómnibus vivéntibus
confitébimur ei: quia fecit nobíscum misericórdiam suam.
Postcommunio:
Profíciat nobis ad salútem córporis et ánimæ, Dómine Deus
noster, hujus sacraménti suscéptio: et sempitérnæ sanctæ Trinitátis, ejusdémque
indivíduæ unitátis conféssio. Per Dóminum.