Santos de la semana del 26 de septiembre al 2 de octubre

27 DE SEPTIEMBRE: SANTOS COSME Y DAMIAN

Los hermanos Cosme y Damián, originarios de Egea, Arabia, eran médicos distinguidos durante los reinados de Diocleciano y Maximiano. Tanto como por su ciencia médica, curaban con la virtud de Cristo aun aquellas enfermedades incurables. Enterado el prefecto Lisias de su religión, mandó traerlos a su presencia, y les interrogó sobre su género de vida y su profesión de fe; y al declarar ellos que eran cristianos, y que la fe cristiana es necesaria para salvarse, mandó que sacrificaran a los dioses, amenazándolos con tormento y a una cruel muerte si se negaban a hacerlo.

Cuando se convenció de lo inútil de sus esfuerzos, dijo: Atadles de pies y manos, y aplicadles los más terribles suplicios. Cumplidas estas órdenes, Cosme y Damián persistieron en sus negativas. Entonces los arrojaron con los pies atados al mar, que los devolvió sanos y y libres de sus ataduras, prodigio que el prefecto atribuyó a sus artes mágicas, por lo cual mandó encarcelarlos. Al día siguiente los sacó de la prisión y los echó a una pira ardiente, cuyas llamas se desviaron de ellos. Tras de haberles hecho atormentar cruelmente con otros suplicios, mandó que murieran a hachazos. Así, confesando a Jesucristo, obtuvieron ambos la palma del martirio.

28 DE SEPTIEMBRE: SAN WENCESLAO

Gobernó éste su reino mostrando en el desempeño de la autoridad más bondad que rigor. Era tal su caridad para con los huérfanos, viudas e indigentes, que en ocasiones llevaba, sobre sus hombros, la leña a los menesterosos; asistía a sus entierros, libraba a los cautivos, visitaba a los presos, aun en noches tempestuosas, y les socorría con sus limosnas y consejos; sentía amargura cuando se veía obligado a firmar una sentencia de muerte, aun para un culpable. Veneraba a los sacerdotes, y él mismo sembraba el trigo y exprimía las uvas para la materia de la Misa. Visitaba de noche las iglesias, descalzo sobre la nieve, y dejando después marcadas las huellas sangrientas de sus plantas.

Los ángeles custodiaban su cuerpo; pues, un día en que iba a luchar contra Radislao, duque de Gurima, por exigirlo así la salvación de los suyos, se vieron a unos ángeles que le daban armas y decían al adversario: “No le hieras”. Aterrorizado su enemigo, se echó a sus pies demandando gracia. En otra ocasión, de viaje en Alemania, vio el emperador, al acercarse Wenceslao, a dos ángeles que le imponían una cruz de oro. Levantándose, pues, del trono, le abrazó, le revistió con las insignias reales y le donó el brazo de San Vito. Pero el impío Boleslao, instigado por su madre, luego de haberle convidado a su mesa, fue con sus cómplices al templo donde oraba el santo, conocedor de la muerte que le preparaban. Su sangre salpicó las paredes; aún se distinguen vestigios de ella. Pero Dios vengó la muerte del santo, ya que la tierra tragó a la desnaturalizada madre y los asesinos perecieron miserablemente de diversas maneras.

DIA 30 DE SEPTIEMBRE: SAN JERONIMO.

Jerónimo, hijo de Eusebio, nació en Stridón (Dalmacia) en tiempo del emperador Constancio, y fue bautizado de adolescente en Roma, e instruido en las ciencias liberales en la escuela de Donato y de otros sabios. Por el deseo de conocimientos recorrió las Galias, teniendo relación con algunos varones versados en las Sagradas Escrituras, y transcribió varios de sus libros. Luego fue a Grecia donde, estando ya instruido en filosofía y retórica, se perfeccionó más con la amistad de ilustres teólogos. Fue discípulo predilecto de Gregorio Nazianceno, en Constantinopla, al cual debe, según propia confesión, su ciencia escriturística. Visitó luego, por devoción, los lugares de la infancia de nuestro Señor Jesucristo, y toda la Palestina. Este viaje le puso en relación con hebreos eruditos, sirviéndole de mucho, según él declara, para penetrar en el sentido de la sagrada Escritura.

Se retiró después a un desierto de Siria, dedicándose cuatro años al estudio de los libros sagrados y a meditar sobre la felicidad del cielo, mortificándose con abstinencias y maceraciones corporales y derramando lágrimas. Ordenado sacerdote por Paulino, Obispo de Antioquía, pasó a Roma, para tratar con el Papa Dámaso de las diferencias habidas entre algunos obispos de Paulino y Epifanio, y fue secretario del Papa en su correspondencia. Deseoso de volver a la soledad, regresó a Palestina, donde en el monasterio fundado en Belén, donde nació nuestro Señor Jesucristo, por Paula, noble matrona romana, adoptó un género de vida celestial. A pesar de las varias enfermedades y dolencias que le afligían, se sobreponía, entregándose a devotas ocupaciones y a la lectura y a la composición de sus escritos.

Acudían a él de todos los lugares, para la explicación de las cuestiones relativas a las sagradas Escrituras. Le consultaban con frecuencia sobre los pasajes más difíciles de los Libros sagrados el Papa Dámaso y San Agustín, fiados en su erudición, y en su dominio del latín, del griego, del hebreo y del caldeo, y en el conocimiento que tenía por sus lecturas, según atestigua San Agustín, de las obras de casi todos los escritores. Combatió a los herejes con escritos enérgicos, y se atrajo siempre el favor de los fervientes ortodoxos. Tradujo el Antiguo Testamento del hebreo al latín; corrigió, por orden de Dámaso, el Nuevo Testamento conforme a los manuscritos griegos, y comentó parte del mismo. Vertió al latín los escritos de multitud de sabios, e ilustró las ciencias cristianas con otras obras suyas. Llegado a una edad muy avanzada, siendo ilustre por su santidad y sabiduría, voló al cielo, en tiempo de Honorio. Sepultado primero en Belén, fue después trasladado a Roma, a la basílica de Santa María la Mayor.

                                                                           Del Breviario Romano

Algunos Santos de la semana del 19 al 25 de septiembre

21 DE SEPTIEMBRE: SAN MATEO

Mateo, llamado también Leví, Apóstol y Evangelista, fue llamado por el Señor mientras estaba sentado en su oficina de Cafarnaúm, y le siguió al instante. Le obsequió con un convite, yendo también los demás discípulos. Después de la resurrección de Cristo, y antes de salir de Judea para ir a predicar en la región asignada, escribió en Judea el Evangelio de Jesucristo, en hebreo, para los judíos convertidos, siendo el primero entre los evangelistas. Luego fue a Etiopía, y anunció el Evangelio.

Hay que mencionar en primer lugar la resurrección de la hija del rey, por lo cual se convirtieron a la fe cristiana el rey, su esposa y toda la provincia. A la muerte del rey, su sucesor Hirtaco quería desposarse con la princesa Ifigenia, de sangre real; pero como ésta había hecho voto de virginidad, por consejo de Mateo, y perseveró en su propósito, mandó matar al Apóstol al pie del altar donde estaba celebrando los santos misterios. La gloria del martirio coronó su carrera apostólica el día undécimo de las calendas de octubre. Su cuerpo se trasladó a Salerno, y siendo Papa Gregorio VII, a la iglesia dedicada a su nombre, donde es objeto de la devota veneración.

22  DE SEPTIEMBRE: SANTO TOMAS DE VILLANUEVA

Nació Tomás en el pueblo de Fuentellana, diócesis de Toledo, en España, en 1448, de una familia distinguida. Desde la infancia se destacó por la compasión y misericordia hacia los pobres; ya en su niñez dio repetidas pruebas, entre las que cabe mencionarse el hecho de despojarse más de una vez de sus vestidos para cubrir a los desnudos. De joven fue enviado al colegio mayor de San Ildefonso, en Alcalá, para el estudio de las letras. Con motivo de la muerte de su padre, volvió a casa, y dedicó toda su herencia al sostenimiento de las doncellas indigentes. Volvió luego a Alcalá, donde, terminados sus estudios de teología, en los que sobresalió, obligado ocupó una cátedra de la Universidad, en la que explicó con gran éxito cuestiones filosóficas y teológicas. Pedía a Dios, a la vez, que le instruyera en la ciencia de los santos y le inspirara una regla para dirigir su vida y costumbres. Por vocación divina, abrazó el Instituto de los Ermitaños de S. Agustín.

Hecha su profesión religiosa, se señaló por las virtudes y cualidades propias, por su humildad, paciencia, continencia y por su ardiente caridad. Entre las múltiples ocupaciones, mantuvo siempre su espíritu dedicado a la oración y a la contemplación de las cosas divinas. Obligado a aceptar la carga de la predicación, impuesta en vista de su santidad y sabiduría, logró apartar, con la gracia de Dios, a muchos pecadores del vicio conduciéndolos al camino de la salvación. Siendo superior de sus hermanos, supo juntar la prudencia, la justicia y la mansedumbre, con la solicitud y la severidad, restableciendo la antigua disciplina en multitud de casos.

Designado para el arzobispado de Granada, cargo que rechazó con porfía y mucha humildad, se vio obligado por orden de sus superiores a aceptar, un poco después, el de Valencia, rigiéndolo cerca de 11 años, cumpliendo los deberes de vigilante pastor, sin cambiar nada de su género de vida, y prodigando a los pobres las cuantiosas rentas de la Iglesia, no guardando para sí ni siquiera el lecho; ya que, en efecto, el que ocupaba en el momento de llamarle Jesucristo al cielo, se lo había prestado un indigente, a quien lo había dado poco antes de limosna. Durmiose en el Señor el día sexto de los idus de septiembre, a los 78 años. Quiso Dios poner de manifiesto la santidad de su siervo con milagros durante su vida y después de su muerte. Así, un granero cuyo trigo había sido distribuido entre los pobres, se llenó de súbito y un niño muerto recobró la vida junto al sepulcro del santo. En vista de estos milagros y otros muchos con que fue glorificado, el sumo Pontífice Alejandro VII lo inscribió en el número de los Santos.

23 DE SEPTIEMBRE: SAN LINO.

El Papa Lino, natural de Volterra, Toscana, fue el primero que después de San Pedro gobernó la Iglesia. Eran tan grandes su fe y santidad, que arrojaba los demonios e incluso resucitaba a los muertos. Relató por escrito los hechos de S. Pedro y lo que hizo contra Simón Mago. Decretó que ninguna mujer entrara en la iglesia sino con la cabeza velada. Por su constancia en la fe cristiana, fue decapitado por orden del cónsul Saturnino, monstruo de impiedad e ingratitud, a cuya hija había el santo librado de la obsesión diabólica. Fue sepultado en el Vaticano, cerca de la tumba de S. Pedro, el día nono de las calendas de octubre. Gobernó 11 años, 2 meses y 23 días, y en dos veces en el mes de diciembre había consagrado quince obispos y ordenado 18 presbíteros.

                                      Del Breviario Romano

1 de agosto: San Pedro ad Vincula

Bajo el reinado de Teodosio, el Joven, su mujer Eudoxia vino para cumplir un voto a Jerusalén donde recibió muchos presentes, entre ellos, una cadena de hierro ornamentada con oro y pedrerías, la cual, según se decía, era la que sirvió para encadenar a Pedro, por orden de Herodes. La emperatriz, después de venerar piadosamente la reliquia, la mandó a Roma para su hija Eudoxia, que la entregó al Pontífice. Este, a su vez, mostró a Eudoxia otra cadena con la que había sido atado el mismo apóstol en tiempo del emperador Nerón.

Al comparar el Pontífice la cadena romana con la que había sido traída de Jerusalén, se juntaron ambas tan perfectamente, que no parecieron sino una sola cadena fabricada por el mismo operario. Y tal veneración granjeó este milagro a aquellos hierros sagrados que, con el nombre de San Pedro en las cadenas, fue dedicada la iglesia que Eudoxia había levantado en el Esquilino. En memoria de esta dedicación, fue instituida una fiesta en las calendas de agosto.

La fiesta que en este día celebraban los gentiles en honor de sus celebridades profanas, se celebró en adelante en honor de las cadenas de Pedro, a cuyo contacto los enfermos sanaban y los demonios eran expulsados; es lo que sucedió en el año de gracia 969 de Jesucristo a un conde familiar del emperador Otón, que estaba poseído por el espíritu inmundo, y desgarraba sus carnes con los dientes. El Emperador mandó conducir al poseso ante el Papa Juan, y cuando la cadena tocó el cuello del conde, salió el mal espíritu y le dejó libre. Por este prodigio la devoción a las sagradas cadenas se propagó mucho en Roma.

Del Breviario Romano

Santos semana del 19 al 24 de julio

20 DE JULIO: SAN JERONIMO EMILIANO

Jerónimo, natural de Venecia, de la familia patricia de los Emiliano, inició desde su juventud la carrera de las armas y se encargó, en tiempos críticos para la república, de la defensa de Castelnuovo, cerca de Quero, en los montes de Treviso. Sus enemigos tomaron la ciudadela y le arrojaron, con los pies y manos encadenados, a una horrible prisión. Viéndose privado de todo auxilio, acudió a la Santísima Virgen, la cual oyó sus oraciones, se le apareció, rompió sus cadenas y le condujo salvo hasta la vista de Treviso, pasando entre los enemigos. Una vez en la población, colgó del altar de la Madre de Dios, a la cual se había consagrado, las esposas y las cadenas que había traído. De vuelta a Venecia, se dedicó al servicio de Dios, y trabajó con celo admirable para los pobres, principalmente con los niños huérfanos que andaban errantes, y faltos de todo lo necesario. Alquilando locales para recogerlos, los alimentaba con sus propios recursos y los formaba en las costumbres cristianas.

Desembarcaron a la sazón en Venecia el bienaventurado Cayetano y Pedro Carafa, -más tarde el Papa Paulo IV-. Aprobaron el espíritu que animaba a San Jerónimo, y su obra encaminada a recoger a los huérfanos; y le condujeron al hospital de incurables de la ciudad, donde su caridad se ejercitaría educando y sirviendo a los huérfanos. No tardó, aconsejado por ellos, en dirigirse al continente donde erigió orfelinatos; primero en Brescia, y después en Bérgamo, y Como; Bérgamo fue donde más desplegó su celo, pues, además de dos orfelinatos, uno para niños y otro para niñas, abrió (cosa nueva en aquellos lares) una casa para albergar a las mujeres de vida airada que se convirtieran. En Somasca, aldea de Bérgamo, en los confines de los dominios de Venecia, fundó una residencia para sí y para lo suyos, y en ella organizó una congregación que ha tomado del lugar el nombre de Somasca. A medida que fue extendiéndose, para mayor provecho de la sociedad cristiana, se dedicó también a iniciar a los jóvenes en el estudio de las letras y a formarles en las buenos costumbres, en colegios, academias y seminarios. El Pontífice San Pío V admitió esta congregación entre las Órdenes religiosas, y otros Pontífices la enriquecieron además con privilegios.

Sólo pensando en los huérfanos que se proponía recoger, se dirigió a Milán y a Pavía; en estas ciudades, merced a favores, procuró a una multitud de niños, albergue, provisiones, vestidos y maestros. De vuelta a Somasca, consagrándose a todos, no retrocedía ante trabajos que pudieran ser de provecho para el prójimo. Se mezclaba con los campesinos durante la cosecha, y mientras les ayudaba en sus trabajos, les explicaba los misterios de la fe. Cuidaba a los niños con una paciencia que llegaba hasta limpiarles la cabeza cubierta de tiña; curaba las más repugnantes llagas de los campesinos, y parecía estar dotado de la gracia de curaciones. Se retiró a una cueva del monte Somasca, y castigando su cuerpo con disciplinas, permaneciendo en ayunas durante días enteros, pasando en oración la mayor parte de la noche y permitiéndose sólo un breve sueño sobre la dura piedra, lloraba sus pecados y los ajenos. Al fondo de aquella cueva, brotó una fuente de la peña viva. Una constante tradición atribuye su aparición a las oraciones del Santo; hasta nuestros días ha manado sin interrupción, y el agua que allí nace, llevada a diversos países, cura a muchos enfermos. Habiéndose, por último, propagado una epidemia en aquel valle, Jerónimo la contrajo mientras se entregaba al cuidado de los apestados y cargaba los cadáveres sobre sus espaldas para conducirlos al lugar de la sepultura. Su preciosa muerte, que él había anunciado con alguna anticipación, ocurrió en el año 1537; así en la vida como en la muerte, fue célebre por sus muchos milagros. Benito XIV le beatificó, y Clemente XIII le inscribió entre los Santos.

Apolinar se trasladó a Roma desde Antioquía, junto con San Pedro, el cual le ordenó Obispo y le envió a Ravena para predicar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Como convirtiera en esta ciudad a muchas almas a la fe cristiana, fue detenido por los sacerdotes de los ídolos y golpeado cruelmente. Merced a sus oraciones, un noble personaje, Bonifacio, mudo desde largo tiempo, recobró el habla, y una hija suya fue librada de un espíritu inmundo: estos milagros promovieron una nueva sedición contra el Santo. Le azotaron con varas y le obligaron a andar descalzo sobre carbones encendidos; mas viendo que el fuego de estos carbones no le quemaba, le expulsaron de la ciudad.

Permaneció oculto algún tiempo entre algunos cristianos, y luego se marchó a Emilia, donde resucitó a la hija del patricio Rufino; este milagro movió a toda la familia del mismo a creer en Jesucristo. Muy enojado el prefecto al saberlo, llamó a Apolinar y le intimó a que dejara de propagar la fe de Jesucristo en la ciudad. Mas no habiendo Apolinar hecho caso de tales órdenes, fue atormentado en el potro, le echaron agua hirviendo en las heridas y le golpearon la boca con una piedra; luego, le arrojaron encadenado a la cárcel. Cuatro días después, le embarcaron con destino al destierro; mas, tras un naufragio, llegó a Misia; de allí pasó a orillas del Danubio, y luego a Tracia.

Durante la permanencia en aquel país, el demonio se negó a dar respuestas en el templo de Serapis. Buscaron entonces a Apolinar, y habiéndolo encontrado, obligáronle de nuevo a embarcarse. Regresó a Ravena, en donde los mismos sacerdotes de los ídolos le volvieron a acusar, y le pusieron bajo la custodia de un centurión. Mas éste, que adoraba en secreto a Jesucristo, facilitó de noche su evasión. Al enterarse los satélites, salieron en busca suya, le hirieron y lo dejaron por muerto en el camino. Recogido por los cristianos, les exhortó a perseverar en la fe, muriendo siete días después, coronado con la gloria del martirio. Su cuerpo fue sepultado cerca de las murallas de la ciudad.

Del Breviario Romano

Santos Cirilo y Metodio

De la Carta Encíclica del papa León XIII.


Cirilo y Metodio eran hermanos. Nacidos en Tesalónica, de padres muy nobles, trasladáronse muy pronto a Constantinopla para estudiar las artes liberales en la capital del Oriente. Ambos hicieron grandes progresos en poco tiempo, distinguiéndose sobre todo Cirilo, el cual adquirió tal reputación, que por una especial distinción le daban el nombre de filósofo. Metodio abrazó la vida monástica; Cirilo llegó a hacerse digno de que la emperatriz Teodora, por consejo del Patriarca Ignacio, le confiara la misión de instruir en la fe cristiana a los Cázaros, que habitaban más allá del Quersoneso. Instruidos estos pueblos por sus predicaciones y movidos por la gracia de Dios, después de renunciar a muchas supersticiones, abrazaron la fe de Jesucristo. Una vez constituida la nueva comunidad de cristianos, Cirilo se apresuró a volver a Constantinopla para retirarse al monasterio de Polícrono, en donde residía Metodio. Pero entre tanto llegó a Ratislao, príncipe de Moravia, la fama de los éxitos alcanzados más allá del Quersoneso, y pidió algunos operarios evangélicos a Miguel III, emperador de Constantinopla. Cirilo y Metodio fueron destinados a esta misión y acogidos con gran alegría a su llegada a Moravia. Emprendieron con tanta energía y actividad la obra de impulsar las enseñanzas cristianas en los espíritus, que pronto la nación entera se convirtió de corazón a Jesucristo. Sirvió mucho a Cirilo, para conseguir este resultado, el conocimiento de la lengua eslava, que antes había aprendido, y la traducción que había hecho a la lengua propia de aquel pueblo, de los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento. Cirilo y Metodio fueron los inventores del alfabeto de la lengua eslava, por lo que son considerados los padres de esta lengua.

Hechos tan notables llegaron a los oídos de Roma, y el Papa Nicolás I llamó a los ilustres hermanos. Encamináronse a Roma, llevando con ellos las reliquias del Papa San Clemente I, descubiertas por Cirilo en Quersoneso. Al saberlo Adriano II, que había sucedido a Nicolás, quien acababa de morir, salió a recibirles con solemnidad, acompañado del clero y del pueblo. Cirilo y Metodio informaron al Papa del desempeño de la misión apostólica que habían llevado a cabo tan santamente y con muchos trabajos. Acusados por algunos envidiosos de haber empleado la lengua eslava en los santos Misterios, adujeron en su defensa tantos y tan luminosos argumentos, que merecieron la aprobación del Papa y de los allí presentes. Habiendo ambos jurado perseverar en la fe de San Pedro y de los romanos Pontífices, fueron consagrados Obispos por Adriano. Mas estaba decretado por la Providencia que Cirilo, más avanzado en la virtud que en los años, terminaría sus días en Roma. La conducción de su cadáver se efectuó en medio de una manifestación popular de duelo; fue depositado en la tumba que había construido para sí Adriano II; trasladado después a la basilica de S. Clemente, fue sepultado junto a las reliquias de este santo Papa. Durante su paso por las calles, al canto solemne de los Salmos, con una pompa más semejante a una apoteosis triunfal que a un acto fúnebre, pareció que el pueblo romano le otorgaba los honores celestiales. Metodio volvió a Moravia con el propósito de constituirse en modelo de su rebaño, y se puso, cada día con más celo, al servicio de los intereses católicos. Confirmó en la fe cristiana a los Pannonios, los Búlgaros y los Dálmatas, y trabajó para convertir al culto del único Dios verdadero a los Carintios.

Acusado ante Juan VIII, sucesor de Adriano, como suspecto en la fe y de haber cambiado las costumbres, fue llamado a Roma para defenderse ante el Papa, los Obispos y algunos miembros del clero romano. No le costó poner de manifiesto su fidelidad en conservar la fe católica y su celo en enseñar a los demás; y en cuanto al empleo de la lengua eslava en los sagrados ritos, les convenció de que había obrado legítimamente, obedeciendo a sólidos motivos y con anuencia del Papa Adriano, y de que, por otra parte, nada hay en las Sagradas Escrituras que se oponga a esta práctica. Ante tales razones, el romano Pontífice se puso de parte de Metodio, y mandó reconocer su potestad arzobispal y la legitimidad de su misión en los países eslavos, a cuyo efecto publicó él mismo una carta. De vuelta a Moravia, continuó Metodio cumpliendo el cargo que se le confiara, sufriendo de buen grado, hasta el destierro. Condujo a la fe al príncipe de los Bohemios y a su esposa, y extendió por todo el país el nombre de cristiano. Habiendo llevado la luz del Evangelio a Polonia, instituyó una sede episcopal; penetró, según algunos historiadores, en la Moscovia y fundó el obispado de Kiev; volvió por último a Moravia entre los suyos, sintiendo cerca el fin de su carrera, designó él mismo su sucesor, y tras dirigir al clero y al pueblo sus postreras recomendaciones, terminó esta vida, que había sido para él el camino del cielo. Sus funerales tuvieron lugar en Moravia, con los mismos honores tributados a Cirilo en Roma. El Papa León XIII dispuso que la fiesta de ambos, celebrada ya de antiguo entre los eslavos, lo fuera también por toda Iglesia con Oficio y Misa propios.

                                                                                              Del Breviario Romano

Vida de Guido de Fontgalland Parte 3ª

Un secreto,…. un secreto

En el verano de 1.924 la familia Fontgalland fue en peregrinaje a Lourdes, permanecieron muchos días y Guido comenzó a hacer “locuras de amor”. Recorre muchas veces el Vía Crucis y veía que cada momento era bueno para escaparse del hotel para ir a la Gruta de la Virgen, quien en 1.858 se apareció a Bernardita.

La Virgen se hace sentir: “Mi querido Guido, vendré rápido a llevarte. Será en día sábado. Te tomaré de los brazos de tu mamá y te llevaré al Cielo”. Guido no percibía nada de lo que le estaba sucediendo a su alrededor.

Llega al hotel absorto, como fuera de sí. La madre le preguntaba qué le pasaba: “La Virgen me ha rebelado un secreto”!. Ese mismo día, la familia regresa a Paris.

En su cuarto, Guido coloca un cuadro de la Virgen de Lourdes para recordar su promesa.  El 30 de noviembre de 1.924 se hace una gran fiesta por sus 11 añitos. Guido sabía que el momento se aproximaba, que estaba por iniciar la verdadera vida.

El domingo 7 de diciembre de ese mismo año, cuando fue a dormir estaba bien; pero a media noche su madre lo encuentra en una crisis de sofocamiento.. Guido, (…!qué niño tan admirable y valiente!…) recobraba las fuerzas y dice a su madre: “Mamá debo decirte un secreto que te hará llorar” “ Yo debo morir. La Virgen vendrá a buscarme. Cuando tenía 7 años, el día de mi Primera Comunión, Jesús me dijo: “Tú no serás sacerdote. Quiero hacer de ti un Ángel y yo le respondí te acuerdas mamá en  Lourdes, la Virgen me confió un secreto….ahora te lo debo decir: “…Vendré  en sábado….te llevaré al Cielo”. Eso es lo que me dijo.

El médico había llegado rápido y comentan que debe ser vacunado contra la difteria…pero tal vez, sea demasiado tarde… Comenzaron las curaciones y Guido ofrecía sus sufrimientos. Para Navidad parecía estar mejor, no había señal de difteria, pero Guido, insiste: “La Virgen no ha cambiado de idea” ¡!

Ya por la tarde, la situación de precipitaba: “Quiero mi confesor”. El padre llama al médico y, curiosamente, llegan sacerdote y médico, al mismo tiempo, pero Guido insiste que primero quiere ver al confesor y luego, se deja hacer las curaciones.

Una sola añoranza tenia Guido: “Había tanto deseado de hacer conocer a Jesús a todo el mundo. Quería hacerlo amar. De grande hubiera construido un avión para ir a predicar a Jesús a todo el mundo“. Pero también tenia una gran alegría: “Iré directo al Paraíso”

Jesús y el Cielo

En los últimos días, se intercambian entre padre, madre e hijo,  diálogos maravillosos. El 1º de enero de 1.925 pregunta: “porqué suenan las campanas”.?, “Es el comienzo del año nuevo, buen año,  hijito mío” “Yo no puedo augurarte un año de alegría”  -agrega Guido- Pero es el año Santo, un buen año para ir al Cielo”

Al día siguiente, pide la Comunión como Viático para la eternidad: “mamá, ponme el vestido más bello. Hoy viene Jesús, Yo lo amo, sabes!, díselo también tú”. Recibida la Comunión agrega: “No moriré hoy, será en sábado” “no tengo miedo, ni siquiera de la muerte, porque ella es la puerta del Paraíso. Jesús y yo nos queremos mucho”

La madre le dijo que esperaba que Jesús lo curara. “No lo hará. Es mejor así, tengo solo 11 años y soy puro como un ángel. La Virgen vendrá ella misma a llevarme al Cielo”.

Sábado 24 de enero, 1.925, “Hoy es el día” Vendrá la Virgen, No lloren!.”  Guido recibe el óleo de los enfermos, besa muchas veces el Crucifijo, se sienta sobre su cama y dice. “Jesús te Amo” Ahora sí Jesús se hacía su verdadero Cielo. Jesús Eucarístico sobre la tierra, Jesús glorioso en la eternidad.

Guido De Fontgalland,  el niño que SIEMPRE había DICHO : “SI” a Jesús, comenzaba su misión: Ser un ángel de Jesús..  Es decir, el mensajero de Cristo para animar a otros niños, otros hermanos, grandes y pequeños,  a hacerlo amar.

Querido Guido, Ruega por nosotros……

Vida de Guido de Fontgalland Parte 2ª

Fiesta Grande

Guido – le decía su mamá-  Jesús ha sufrido mucho en la cruz, para expiar nuestros pecados, también los tuyos”.  Continuaba con el rostro serio: “Para los buenos serán el Paraíso, para los malos, que hacen pecados y no quieren el perdón de Dios, les será el infierno”.

Guido escuchaba y respondía: “mamá, háblame  de Jesús  y de la Virgen dime porque han sufrido por nosotros “

Llega el día de su primera Comunión: fue a arrodillarse delante al Crucifijo, se queda allí, a pensar, a examinarse,  a decir su amor por Él. Luego, se acercó al sacerdote y confesó sus pecados.: salió del confesionario con una gran paz y alegría en su corazón y le dijo a su madre: “ Quisiera que todo el mundo fuese feliz como yo! Puedo dar un poco de mi dinero, a los pobres?” “Claro!, – le responde su mamama.-

Y aquella tarde, para la fiesta, Guido dio su dulce a su hermanito, Marcos.

Participó a los ejercicios espirituales: seguía atento las meditaciones de Don Andre Callonn, y por la tarde, apuntaba todo en un cuaderno, agregando sus reflexiones, sus deseos: ”Ser bueno, cansarme y sacrificarme por Jesús, quiero trabajar y hacer pequeñas renuncias por Él, que me ama tanto. Jesús es el amigo más querido que está siempre en el Tabernáculo para no dejarme más”

“Jesús te ofrezco tres propósitos: rezar todos los días las oraciones; no dejar pasar un día, sin sacrificarme por Ti; estudiar con empeño, para hacerme, mañana sacerdote”

La tardeprecedente a la Primera comunión, fue a dormir; pero no  lograba hacerlo debido a su alegría.

A las cinco de la mañana, se precipitó al cuarto de sus pares: “mamá, mamá, hoy es mi gran día”  “Levántate mamá” “Pero…es todavía temprano!” “Oh mamá – continuó Guido–  hoy Jesús viene a mi! “ ni miró ni el vestido ni los regalos, esperó solo su hora.

En la Iglesia de Saint-Honorè d´Eylau, participó  a la Misa y, al momento, tanto esperado,  Guido recibía la Hostia Santa..Vuelto  a su lugar, se recogió en oración…En aquel momento sintió, en su interior, una Voz que le decía: “Mi pequeño Guido. Yo vendré pronto a llevarte. Tú morirás, no te harás sacerdote. Yo haré de ti, mi Ángel”

Inmediatamente,  permanece consternado:….pensó, que debería dejar a sus seres queridos; no seria sacerdote como el lo deseaba….Pero comprendió que Jesús esperaba una respuesta y él se la da: “Si, Jesús”.

Desde aquél momento, la pequeña palabra:“Si” sería su respuesta a cada deber, a cada llamada de Dios. Será el jovencito del ”Si”, pleno, total,  así como en Jesús no fue nunca el “si” o “el no”, sino solamente, a la voluntad de Dios.

Aquella noche, antes de su descanso, la madre le pregunta: “Eres feliz hoy”? “si lo soy” responde Guido. “Y qué cosa le has pedido a Jesús” “Nada, Jesús me ha hablado y yo le he dicho: “si”.

Niño más bueno, no hay.

El 4 de octubre de 1.921, a los 8 años, Guido entró en la Escuela L. Luis de Rue Franklin en Paris. Se encontró con ciento de niños, en un ambiente nuevo para el, distinto de la intimidad de su casa, en la cual había crecido hasta ese momento.

Antes era feliz de jugar con los otros; ahora en cambio, no tenia más que un pensamiento fijo: “Yo vendré pronto a llevarte” – le había dicho Jesús. No vivía más que para aquel momento.

Regalaba sus juguetes a Marcos y a sus compañeros y para él se quedaba con alguno. No aceptaba las invitaciones de sus compañeritos a jugar y aquellos pensaban que actuaba así, porque era un noble.

Alguno que otro, le hacia algún desprecio o le escondía el lápiz.  En otra circunstancia, habría respondido con dureza; pero ahora no reaccionaba. Comenzó a atender a los más pobres, de aquellos menos cuidados, de los enfermos. Entretanto, buscaba de estudiar con empeño. Inteligentísimo, sobretodo, contento en las horas de religión.

Pero se preguntaba -respecto a las otras materias- “para qué estudiar tanto”, “luego en el Cielo, a qué sirven estas cosas?”. (Bravo Guido!!!)

Lo hacia para hacerles estar contentos a sus padres, para dar buen ejemplo, para contentar a sus maestros, que le decían, “aprende, te servirá para la vida! Te hará camino por el mundo “, el pensaba solo a Jesús, del cual, se habría hecho su ángel.

Por la calle, recitaba el rosario,  teniéndolo en su mano y siempre en su bolsillo. Evitaba los compañeros más groseros.

Sufría el frío en el invierno y su madre le colocaba una botella de agua caliente en el fondo de su cama. El la sacaba diciendo “Jesús no tenia la botella sobre el lecho en Nazaret”.

Los viernes, día de la Pasión de Nuestro Señor, algunas veces, llego a meterse piedritas dentro de los zapatos: “quiero sufrir un poco con Jesús”. Una tarde, su madre, lo sintió hablar solo en su recamara: “con quién hablas?” le pregunto. “con Jesús: tengo tantas cosas que decirle, rezo, como ves”.

Sufría el no poder confiar su secreto a su mamá; no le quedaba sino Jesús como amigo.

Cada mañana, antes de la escuela,  se dirigía a Misa y a la Comunión. Parecía que era la única realidad para hacerlo feliz:  participar con atención, con amor, al Sacrificio de Jesús, unirse a Él en el mismo ofrecimiento al Padre, para todos los hombres. Sus padres, le preguntaron que hacía durante la Misa: Explicó que a la elevación de la Hostia y del Cáliz, el hablaba con Jesús. A la comunión, Era Él  quien  hababa con Guido.

El director espiritual de la escuela, el padre Rosseau, llega a decir: “Guido es el muchacho más bueno y mas virtuoso de todos sus compañeros

Le gustaban los dulces, pero se los regalaba a aquellos niños que no lo tenían. Le sucedió de enfermarse  y el médico le prescribió una medicina amarga. La madre le explicó que se la bebiera de un solo sorbo, que así no se notaria tanto. Guido la bebe despacito, despacito, para poder sentir todo ese gusto feo. “lo hago por Jesús”, le costada obedecer en la escuela, él que en su casa, era muy libre, pero se imponía de obedecer siempre

Al haberse acercado todos los días a la comunión, con su fe y su pureza excepcional, se hizo intimo amigo de Cristo y a veces, tenia de Él, revelaciones, profecias, que cuando se  cumplían, sorprendían a todos. Ya habían pasado 3 años de aquella vez que Jesús le había dicho que de él, haría Su Ángel. No se lo había nunca olvidado y no dudaba de aquella promesa. Al contrario, se preparaba a morir.  En el desván, encontró una vieja calavera y se la colocó sobre su escritorio “eres loco” le dijo la doméstica: “nos haremos todos así”  le contesta….

Continuará en la tercera parte

Vida de Guido de Fontgalland Parte 1ª

En la historia que aquí contamos, nos une en forma muy estrecha, a aquel “Fiat”   de la Santísima Virgen Maria; aquel “Si”, expresado en ese lugar tan lejano de Nazareth.  Y Guido de Fontgalland ha hecho suyas las palabras de la Madre del Cielo: ese “Si”, que pronuncia a Jesús…..veamos el porqué de esta bella historia….

Guido de Fontgalland

Era un conde, un pequeño conde, con gran ganas de vivir y de hacerse camino en la vida….pero Jesús, el día de su Primera Comunión, le dijo: “ yo haré de ti, mi Ángel”

Apenas fuera de su cuna, estaba por todas partes. Su mamá no sabía más que hacer para tenerlo quieto: tocaba todo, gritaba, movía los floreros y las flores de su lugar, creaba un gran alboroto.

Entonces su madre, lo sostenía, lo colocaba sobre sus rodillas y le hablaba largo rato de Jesús.

Ha venido del cielo sobre la tierra, ha dado la vida por ti, te quiere mucho, un amor así de grande” y  abría los brazos de par en par y para hacerle ver al pequeño Guido, cuánto lo quería Jesús, y luego se lo estrechaba en su pecho, para terminar su explicación gráfica. (le hablaba como niño, con demostraciones para un niño; típica actitud de las madres…)

Guido, nació en París, en la calle Rue Vital número 37, el día 30 de noviembre de 1.913, de la noble familia de los Condes De Fontgalland.

Al bautismo lo llamaron Guy (Guido), será Guido de Fontgalland…. el nombre ilustre con el cual será conocido en el mundo entero.

Cuando Guido tenía tres años, nació su hermanito: Marcos. Corre hacia la cuna, todo alegre; pero apenas lo vio, comentó desilusionado. “muy pequeño! mamá, cómo podré jugar con el en el jardín”? “Papa, ve a cambiarlo por otro más grande”; pero le quiere inmediatamente, al asegurarle que crecería pronto.

Pero todos los días, iba a espiar a su hermanito, para verificar si de verdad crecía: “Ah…., está siempre chiquito”, “no se hará nunca más grande, este niño”!, …moviendo la cabeza…

Finalmente, el tiempo pasa y Marco, vistiendo los pantaloncitos cortos,  podía ir al jardín a jugar con Guido.

Jesús, en la casita pequeña”

Un día –Guido tenía solo 3 años- hacia un gran  ruido en el cuarto de la abuela con su pequeña trompeta. La abuela le dice: “Si continuas molestándome así,  Jesús se irá de tu corazón”!  El niño permanece con mucha pena y por la tarde le preguntó a su mamá: “Es verdad eso que dice la abuela?”, la madre no le responde.  Guido persiste en su pregunta: “Es verdad que Jesús vive en la casita pequeña del altar? Y desde allí viene al corazón de las personas buenas que lo reciben?” Había ya descubierto el misterio divino de la Eucaristía. La madre le responde son firmeza: “Sí, Guido”

“¿Y también en los corazones de los niños buenos, verdad?”

 “Si, esto es verdad”, responde su madre.

“¿Y  entonces vive también en mi?”

 “Si, si eres bueno y no lo ofendes con el pecado!”

“¿Desde cuando mamá, Jesús vive en mi?”
“Desde el día de tu bautismo”

“entonce también vive en Marcos?”

“Si, por supuesto, también en él”

Entonces, Guido no se contiene en su alegría  comienza a cantar por toda la casa. “Qué bello, Qué bello” Jesús está en mi, Jesús y yo, nos queremos mucho. Quiero ser como el pequeño Jesús”.

Dios le había ya rebelado todo y él ya sabía las tres “direcciones” de Jesús dónde encontrarlo vivo y verdadero: en el Cielo, en el Tabernáculo, en su almita.

Desde aquel momento, tiene un grandísimo deseo: Andar a menudo, cada día a visitara su gran Amigo, en la Iglesia, delante del Tabernáculo, para decirle muchas cositas: de él, de sus padres, de Marcos, de los amigos que tenía,….para escucharlo…Solo en decir el nombre de Jesús, era ya un dulce llamado a hacerse bueno, paciente, generoso, fuerte y con deseos de corregirse de los defectos.

Se hace impaciente por recibir a Jesús, en su primea comunión. Cuando sus padres, los domingos lo llevan a Mesa y él veía a muchos acercarse a la Eucaristía,  pataleaba: “Porqué todavía a mi no?”.

Le explicaban que debía estudiar el catecismo, conocer a fondo a Jesús, empeñarse a vivir como El, que ninguno recibía la primera comunión hasta tener los 9 años.

Era un conde y por ello, muy pronto tuvo una maestra en su casa, toda par él. Aprendió pronto a leer a escribir y a hacer operaciones de aritmética.

Su mamá y su maestra, le enseñaban catecismo. Era encantado cuando le hablaban de Jesús, cuando le leían la historia sacra, el Evangelio. Le explicaron los mandamientos de Dios, uno por uno.

Entendía con una extraordinaria precocidad, se deba cuenta de que  para observar las leyes de Dios, era necesario tener mucha fuerza.

Comenzó a rezar a la Virgen, con el rosario, a llevar en su cuelo la medalla milagrosa y confiase a Ella.

Y así, “el gran día” de acercaba..!!

Continuará en la segunda parte…

Algunos santos del mes de junio

SAN ONOFRE (c. 400 p.c.)

Entre los muchos ermitaños que vivieron en los desiertos de Egipto durante los siglos cuarto y quinto, había un santo varón llamado Onofre. Lo poco que sabemos sobre él procede de un relato, atribuido a cierto abad Pafnucio, sobre las visitas que hizo a los ermitaños de la Tebaida. Al parecer, varios de los ascetas que conocieron a Pafnucio le pidieron que escribiera esa relación de la que circularon varias versiones, sin que por ello se desvirtuara la esencia de la historia.

Pafnucio emprendió la peregrinación con el fin de estudiar la vida ermítica y descubrir si él mismo sentía verdadera inclinación a ella. Con este propósito dejó su monasterio y, durante dieciséis días, recorrió el desierto y tuvo algunos encuentros edificantes y algunas aventuras extrañas; pero en el día décimo séptimo quedó asombrado a la vista de un ser al que se habría tomado por animal, pero era un hombre: ¡Era un hombre anciano, con la cabellera y las barbas tan largas, que le llegaban al suelo! ¡Tenía el cuerpo cubierto por un vello espeso como la piel de una fiera y de sus hombros colgaba un manto de hojas! . . . La aparición de semejante criatura fue tan espantable, que Pafnucio emprendió la huida. Sin embargo, el extraño ser le llamó para detenerle y le aseguró que también él era un hombre y un siervo de Dios. Con cierto recelo al principio, Pafnucio se acercó al desconocido, pero muy pronto ambos entablaron conversación y se enteró de que aquel extraño ser se llamaba Onofre, que había sido monje en un monasterio donde vivían con él muchos otros hermanos y que, al seguir su inclinación hacia la vida de soledad, se retiró al desierto, donde había pasado setenta años. En respuesta a las preguntas de Pafnucio, el ermitaño admitió que en innumerables ocasiones había sufrido de hambre y de sed, de los rigores del clima y de la violencia de las tentaciones; sin embargo, Dios le había dado también consuelos innumerables y le había alimentado con los dátiles de una palmera que crecía cerca de su celda.

Más adelante, Onofre condujo al peregrino hasta la cueva donde moraba y ahí pasaron el resto del día en amable plática sobre cosas santas. De repente, al caer la tarde, aparecieron ante ellos una torta de pan y un cántaro de agua y, tras de compartir la comida, ambos se sintieron extraordinariamente reconfortados. Durante toda aquella noche Onofre y Pafnucio oraron juntos. Al despuntar el sol del día siguiente, Pafnucio advirtió alarmado que se había operado un cambio en el ermitaño, quien evidentemente se hallaba a punto de morir. En cuanto se acercó a él para ayudarle, Onofre comenzó a hablar: «Nada temas, hermano Pafnucio, dijo; el Señor, en su infinita misericordia, te envió aquí para que me sepultaras». El viajero sugirió al agonizante ermitaño que él mismo ocuparía la celda del desierto cuando la abandonase, pero Onofre repuso que no era esa la voluntad de Dios. Instantes después suplicó que le encomendasen el alma a las oraciones de los fieles, por quienes prometía interceder y, tras de haber dado la bendición a Pafnucio, se dejó caer en el suelo y entregó el espíritu. El visitante le hizo una mortaja con la mitad de su túnica, depositó el cadáver en el hueco de una roca y lo sepultó con piedras. Tan pronto como terminó su faena, vio cómo se derrumbaba la cueva donde había vivido el santo y cómo desaparecía la palmera que le había alimentado. Con esto comprendió Pafnucio que no debía permanecer por más tiempo en aquel lugar y se alejó al punto.

Nota: Este Santo pertenece a la Iglesia Católica por la fecha en que murió.

SAN PEDRO DEL MONTE ATHOS (¿Siglo VIII?)

Muchos años antes de que se comenzara a construir el primero de los varios famosos monasterios del Monte Athos, en Macedonia, ya vivía en sus faldas un santo anacoreta llamado Pedro. Se dice que él fue el primer ermitaño cristiano que se instaló en aquella región, pero nada se sabe sobre su verdadera historia.

Después de su muerte, sus reliquias fueron llevadas al monasterio de San Clemente y, en el siglo décimo, se trasladaron a Tracia, donde se propagó mucho su culto. La leyenda de San Pedro, tal como la cuenta Gregorio de Palamás, arzobispo de Tesalónica, se asemeja a muchas otras de las historias relatadas en las Menaia griegas, y se la puede considerar como una fábula edificante. En su juventud, Pedro tomó las armas contra los sarracenos y, tras no pocas batallas, fue capturado y encarcelado. Pero San Nicolás y San Simeón, a quienes apeló en su infortunio, acudieron en persona a ayudarle: Simeón le abrió las rejas de la prisión y Nicolás le condujo fuera de ella hasta dejarle a salvo. Una vez libre, Pedro se fue a Roma, donde volvió a encontrarse con San Nicolás, quien le presentó al Papa. El Pontífice, impresionado sin duda por tan alta recomendación, le impuso a Pedro el hábito de monje. Este se embarcó inmediatamente en una nave que tenía como destino la costa de Asia Menor. Apenas había comenzado la navegación, cuando Nuestra Señora se apareció a Pedro para manifestarle su deseo de que pasase el resto de su vida como ermitaño en el Monte Athos.

Por consiguiente, cuando dejaron atrás las costas de Creta, el capitán desembarcó al fraile lo más cerca posible de su objetivo, y desde entonces se entregó a la vida de penitencia en las faldas del monte. Además de soportar innumerables penurias, tuvo que hacer frente a los ataques del diablo. Primero fue atacado por legiones de demonios que se burlaban de él, le disparaban flechas y le arrojaban piedras. El ermitaño consiguió vencer a la horda maligna con el poder de la oración. Más adelante, los espíritus infernales tomaron la forma de serpientes que perseguían a Pedro y le llenaban de horror; pero él insistió en sus oraciones, todavía más fervorosas y los reptiles desaparecieron. Después, Satanás se apareció en la figura de uno de los antiguos criados de Pedro que sólo había acudido para rogarle, con una insistencia irritante, que volviese al mundo donde todos sus amigos lo extrañaban y donde podía hacer más bien por el prójimo que en la soledad de su retiro. Acosado por aquellas súplicas y profundamente perturbado, Pedro imploró el auxilio de la Virgen María, quien se hizo presente y obligó al tentador a mostrarse con su verdadera forma ante el ermitaño y luego lo hizo desaparecer. Pero no para siempre, porque el «maligno» volvió transformado en un ángel de luz. En aquella ocasión, a Pedro le bastó su humildad para vencer al espíritu del mal. El supuesto ángel le aconsejaba que retornase al mundo, pero el ermitaño insistía en que él no era digno de acercarse a los demás hombres y mucho menos podía esperar que le visitase un espíritu celestial. En consecuencia, se negó rotundamente a escuchar los consejos de su sobrenatural visitante.

Ya había vivido durante cincuenta años en el Monte Athos, sin ver criatura humana alguna, cuando un cazador le descubrió por casualidad. El ermitaño relató su historia con lujo de detalles y, a pesar de que el cazador, edificado, rogaba que le dejase permanecer ahí, Pedro insistió en que volviese a su país y que, un año más tarde, le visitara de nuevo. Doce meses después, el cazador, acompañado por un amigo, acudió a la cita, pero sólo encontró el cadáver de Pedro.

BEATO ESTEBAN BANDELLI (1450 p.c.)

Uno de los predicadores más distinguidos de la orden dominicana durante la primera mitad del siglo quince, fue Fray Esteban Bandelli. Nació en 1369, en la región norte de Italia, y recibió el hábito de Santo Domingo en Piacenza. Desde el principio, su piedad y su obediencia fueron un ejemplo y una inspiración para los monjes; sus ciencias le proporcionaron el grado de doctor en leyes canónicas y una cátedra en la Universidad de Pavía. Pero sus mayores triunfos los obtuvo desde el pulpito y en el confesionario. Ya fuera que predicase en Liguria o en otra región cualquiera de Italia, verdaderas multitudes acudían a escucharle y eran innumerables los pecadores que, arrepentidos, emprendían con firmeza el camino del bien. A la edad de ochenta y un años murió en Saluzzo, en la diócesis de Turín, e inmediatamente fue honrado como santo y realizador de milagros. Treinta y siete años después de su muerte, cuando Saluzzo quedó cercada por fuerzas enemigas, se vieron aparecer figuras extrañas sobre el cielo, y la población afirmó que eran las sombras de la Santísima Virgen y del Beato Esteban que habían acudido a protegerles. El enemigo se retiró sin haber puesto el sitio, y todos los agradecidos habitantes de Saluzzo instituyeron desde entonces una procesión anual en honor del beato. El Papa, Pío IX confirmó su antiguo culto en 1856.

Santos primera semana de mayo

SAN CIRÍACO o JUDAS CIRÍACO, OBISPO (¿133? p.c.)

San Judas Ciriaco, el principal patrono de Ancona, era, probablemente, un obispo de dicha ciudad, que fue asesinado durante una peregrinación a Jerusalén. Por otra parte, algunos autores han lanzado la hipótesis de que se identifica con el obispo de Jerusalén, llamado Judas, que murió en un levantamiento popular, el año 133. Pero la tradición local de Ancona relaciona a su patrono con la figura legendaria del judío Judas Ciriaco que reveló a la emperatriz Elena el sitio en que se hallaba enterrada la Cruz y, después de haber recibido el bautismo y la consagración episcopal, sufrió el martirio en la persecución de Juliano el Apóstata. Las actas de su martirio relatan su conversación imaginaria con el emperador Juliano y los tormentos a que sometido, junto con su madre, Ana. Se dice que la emperatriz Gala Placidia regaló a la ciudad de Ancona las reliquias del santo, excepto la cabeza; ésta fue trasladada, desde Jerusalén, por el conde Enrique de Champagne, quien construyó una iglesia para esa reliquia en Provins.

SANTA PELAGIA DE TARSO, VIRGEN Y MÁRTIR (¿304? p.c.)

La leyenda de Santa Pelagia de Tarso es una de esas novelas griegas destinadas a edificar a los fieles de la época. Según dicha leyenda, Santa Pelagia era muy hermosa. Sus padres, que eran paganos, intentaron casarla con el hijo del emperador Diocleciano; pero la joven no quería casarse y, para dar largas al asunto, pidió permiso para ir a visitar a su antigua nodriza. Aprovechó la ocasión para recibir instrucción cristiana de un obispo llamado Clino, quien la bautizó y le dio la primera comunión. Cuando se supo en su casa que era cristiana, su pretendiente se suicidó y su madre la denunció al emperador. Pero Pelagia era tan hermosa, que Diocleciano, en vez de castigarla, le propuso matrimonio. Pelagia se negó a ello y a abjurar de la fe. Entonces, el emperador ordenó que muriese atada a un becerro de bronce calentado al rojo vivo. Las reliquias de la santa fueron arrojadas a los cuatro vientos, pero los leones se encargaron de guardarlas hasta que las recogió el obispo, quien les dio honrosa sepultura en una montaña de los alrededores de la ciudad.

Existen muchas santas del mismo nombre, San Juan Crisóstomo nos dejó un panegírico sobre Pelagia de Antioquía. Todas las otras son legendarias y sus leyendas se han mezclado unas con otras. En el caso de Pelagia de Tarso, no hay ningún fundamento para sospechar que haya existido realmente; pero de ahí no se sigue que deban considerarse estas fábulas hagiográficas como un reflorecimiento del culto de Afrodita, como lo hacen algunos.

SAN FLORIAN, MÁRTIR (304 p.c.)

San Florian, a quien el Martirologio Romano conmemora en este día, era un oficial del ejército romano. Tras de desempeñar un alto puesto administrativo, en Nórico de Austria, fue martirizado por la fe, en tiempos de Diocleciano. Sus «actas», que son legendarias, cuentan que él mismo se entregó en Lorch a los soldados del gobernador Aquilino que perseguían a los cristianos. Por su valiente confesión de la fe, se le azotó dos veces, fue despellejado en vida y, finalmente, se le arrojó al río Enns con una piedra al cuello. Una piadosa mujer recuperó su cuerpo, que fue más tarde depositado en la abadía agustiniana de San Florián, cerca de Linz. Las reliquias del santo fueron después trasladadas a Roma; el Papa Lucio III, en 1138, regaló una parte de ellas al rey Casimiro de Polonia y al obispo de Cracovia. Desde entonces, se considera a San Florián como patrono de Linz, de Polonia y de Austria superior. Es muy probable que en tantas traslaciones se hayan confundido las reliquias de San Floriano con las de otros santos del mismo nombre. Lo cierto es que en muchas regiones de Europa central, el pueblo le profesa gran devoción. La tradición que afirma que su martirio tuvo lugar en la confluencia de Enns con el Danubio es antigua y digna de crédito. A la intercesión del santo se atribuyen numerosas curaciones. El pueblo cristiano le invoca como protector contra el fuego y el agua.

SAN VENERO, OBISPO DE MILÁN (409 p.c.)

El tercer obispo de Milán, después de San Ambrosio, fue San Venero. Había sido diácono de San Ambrosio y sucedió en la sede a San Simpliciano el año 400. Sabemos muy poco sobre él. Su culto se popularizó mucho en 1579, cuando San Carlos Borromeo desenterró sus restos y los trasladó a la catedral. El santo era muy amigo de San Paulino de Nola, San Delfino de Burdeos y San Cromacio de Aquileya. También tuvo ocasión de manifestar a San Juan Crisóstomo la pena con que veía sus sufrimientos. Cuando los obispos de África, reunidos en Cartago el año 401, apelaron al Papa Anastasio, pidieron también socorro a San Venero. El poeta cristiano Ennodio cantó loas al santo y a su singular elocuencia.

SAN GOTARDO, OBISPO DE HILDESHEIM (1038 p.c.)

San Gotardo nació en el pueblecito bávaro de Reichesdorf. Su padre estaba al servicio de los canónigos que vivían en la antigua abadía benedictina de Nieder-Altaich. Los canónigos se encargaron de la educación del niño. Gotardo dio muestras de un ingenio tan precoz, que llamó la atención de los obispos de Passau y Regensburg y se ganó el favor del arzobispo Federico de Salzburgo. Este último le llevó consigo a Roma y le nombró superior de los canónigos, a los diecinueve años. Gracias a los esfuerzos de los tres prelados, se restableció la regla benedictina en Nieder-Altaich, en 990. Gotardo, que ya entonces era sacerdote, tomó el hábito monacal junto con otros canónigos. Cuando fue elegido abad, San Enrique, que era entonces duque de Baviera y tenía en gran estima a Gotardo, acudió a su consagración. La emperatriz Cunegunda tejió para el santo un cíngulo que se conservó mucho tiempo como reliquia. El éxito con que Gotardo gobernó su abadía, hizo que San Enrique le mandase a reformar los monasterios de Tegernsee, en el Freising, Herfeld, en Turingia y Kremsmünster, en Passau. El santo desempeñó con gran acierto el cargo, sin abandonar la dirección de Nieder-Altaich, en donde dejaba a un vicesuperior cuando estaba ausente. En veinticinco años, San Gotardo formó nueve abades de diversos monasterios.

Dios le llamó entonces a una vida muy diferente. San Bernwaldo, obispo de Hildesheim, murió el año 1022. Al punto decidió San Enrique nombrar a Gotardo para sucederle. En vano alegó el abad su avanzada edad y su falta de cualidades; al fin tuvo que plegarse a los deseos del monarca, a quien apoyaba todo el clero de la región. Aunque tenía ya sesenta años, emprendió las labores episcopales con el empuje y la energía de un joven. Construyó y restauró varias iglesias; fomentó mucho la educación, particularmente en la escuela catedralicia; estableció tal disciplina en su capítulo, que parecía un monasterio; finalmente, en un terreno pantanoso que obtuvo de las autoridades, en las afueras de Hildesheim, construyó un hospital para los pobres y enfermos. San Gotardo tenía particular predilección por los pobres; en cambio veía con muy malos ojos a los vagabundos profesionales, a los que llamaba «los peripatéticos» y no les permitía hospedarse por más de dos o tres días, en el hospital. El santo obispo murió en 1038 y fue canonizado en 1131. Los autores están generalmente de acuerdo en que el célebre Paso de San Gotardo tomó su nombre de una capilla que los duques de Baviera construyeron en la cumbre, en honor del gran prelado de Hildesheim.

BEATA CATALINA DE PARC-AUX-DAMES, VIRGEN (Principios del siglo XIII)

La Beata Catalina de Parc-Aux-Dames era hija de padres judíos, que residían en Lovaina. Maese Rainero, el capellán del duque de Brabante, visitaba frecuentemente a la familia de Catalina y mantenía con ella largas conversaciones sobre problemas religiosos. Desde que tenía cinco años, la pequeña Raquel —como se llamaba entonces Catalina— escuchaba atentamente a Maese Rainero. Viendo éste, un día, la atención con que le escuchaba, le dijo: «Raquel ¿te gustaría ser cristiana?» «Sí, respondió al punto la chiquilla, pero quisiera saber cómo.» Desde entonces, el buen sacerdote aprovechó todas las ocasiones para instruirla en la fe. Pero los padres no veían con buenos ojos el cambio que se estaba obrando en su hija y, al cumplir los siete años de edad, decidieron enviarla al otro lado del Rin para alejarla de toda influencia católica. Raquel se afligió mucho al saberlo; pero la Virgen se le apareció una noche, le dio un bordón de peregrino y le mandó que huyese. La niña se levantó al punto y fue a buscar a Maese Rainero, quien la condujo a la abadía de las religiosas cistercienses de Parc-aux-Dames, a tres kilómetros de Lovaina. Ahí recibió Raquel el bautismo, el hábito y el nombre de Catalina. Sus padres apelaron al obispo de Lovaina, al duque de Brabante y aun al Papa Honorio, para conseguir que Catalina volviera a su casa, por lo menos hasta que cumpliese doce años. El obispo y el duque favorecían a los padres de Catalina; pero Engelberto, arzobispo de Colonia y Guillermo, abad de Claraval, decidieron en favor de Catalina. La beata permaneció en Parc-aux-Dames hasta su muerte y fue muy famosa por sus visiones y milagros.