Sermón XXII domingo después de Pentecostés

Santa Misa

DE LA SUMISIÓN Y RESPETO A LA AUTORIDAD

Por la tarde del Martes Santo, la muerte de Jesús estaba ya decretada; convenía, empero, encontrar un pretexto para que el decreto fuese puesto en ejecución. Los fariseos celebraron consejo y decidieron tentar a Jesús, mediante una pregunta muy espinosa y llena de dificultades. Así cualquiera que fuese la respuesta, maliciosamente entendida  o inicuamente interpretada, había de ser fatal. Creyeron haber encontrado está oportunidad al hacerle esta pregunta: Si era o no ilícito pagar el tributo al César.

En tiempo de Jesucristo, la nación judía era tributaria de los romanos. Los tributos consistían en impuestos sobre los bienes de la tierra o en cotizaciones personales. Todos los judíos, amos y criados, estaban obligados a pagar al César el tributo de un denario, cantidad inferior a una peseta. El denario era una moneda romana de uso corriente en Palestina, como también lo era el as, el cuadrante, el óbolo, pues los judíos había aceptado, en la práctica, el sistema monetario de los romanos.

Más el César, a quien pagaba el tributo, era un monarca infiel y tirano, el cual ejercía un dominio más o menos arbitrario sobre todos los pueblos de la tierra y, entre ellos, la nación judaica.

Por este motivo, intentaron seducir a Jesús con hipócritas alabanzas; Maestro, le dijeron sabemos que eres veraz, que con santa libertad y noble franqueza dices lo que piensas, sin acepción de personas, es decir sin preocuparte de lo que puedan decir de ti ni los judíos ni los romanos; dinos, pues nosotros no lo sabemos: ¿Es lícito pagar el tributo al César?

Jesús, dirigiendo una mirada escrutadora a sus interlocutores y penetrando, su falsedad, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda con qué pagáis el tributo. Y le mostraron un denario. Esta moneda, en tiempo de la República, tenía, en el anverso, la cabeza de la diosa de Roma, juntamente con el signo del valor de la moneda (x ases), y, en el reverso, los dos Dióscoros. Pero, desde la época de Augusto, llevaba la cabeza del emperador reinante, con la inscripción de su nombre. Una vez la hubo mirado, les dijo Jesús: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le respondieron: Del César. Entonces le replicó: Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Es decir, mientras aceptéis esta moneda como legal en vuestros contratos de compra y venta, mientras ella forme parte de vuestro sistema monetario, señal es de que  reconocéis a Cesar como vuestro soberano, sino de derecho, a lo menos de hecho. Y, si lo aceptáis de hecho, porque él es quien mantiene el orden y la seguridad pública de la nación, habéis de darle lo que necesita para cumplir con este deber; pagadle el tributo. Obedecedle, y acatadle, con tal que ese respeto y sumisión no os obliguen a ninguna cosa que sea contraria a la Ley divina, pues entonces estáis obligados todavía más estrictamente a dar a Dios lo que es de Dios. Tanto es así que la sumisión más íntegra y más perfecta es la que debéis a Dios.

Los discípulos de los fariseos y los herodianos, maravillados de una respuesta tan sabia y  tan sencilla, no supieron qué responder. No supieron a qué tribunal habían de llevar a Jesús pues “el César quedaba satisfecho y Dios glorificado y la respuesta del Salvador tampoco tenía nada de odiosa para sus interlocutores”. Por esto, admirados ante una sabiduría que tan fácilmente deshacía sus artificios y les ponía en descubierto en presencia del pueblo, no se atrevieron a cuestionar más con Él y, dejándole, se fueron.

DIOS Y EL CESAR

El César es toda autoridad legítimamente constituida  en las sociedades humanas. Esto mismo le otorga unos derechos que nosotros, cristianos, debemos, en conciencia, respetar y acatar. No importa que no sea un monarca piadoso, con tal que no mande nada contra la Ley santa de Dios. Un frase de Jesús, en su pasión, lo dice muy claramente. Al encontrarse delante de Pilato, que hacía ostentación de su poder para librarle o crucificarle, le contesta: No tendrás sobre mí poder alguno, si no se te hubiese dado de arriba. La palabra y la vida del gran Apóstol de las gentes, San Pablo, son un eco fiel de las enseñanzas del Salvador, cuando nos dice: Toda alma está sujeta a las autoridades superiores, pues no hay autoridad que no venga de Dios, y las que existen han sido instituidas por Él. Téngase en cuenta, que, cuando Jesús hablaba, el César era Tiberio y el procurador, Poncio Pilato. Cuando hablaba San Pablo, el príncipe era Nerón y los magistrados sus satélites. Y, no obstante, nos hablan de sumisión y obediencia. ¡Qué lección tan fecunda para nuestros tiempos! Es menester, empero, dar a Dios lo que es de Dios. Por encima de toda potestad humana, está Dios, que tiene derechos inalienables sobre toda criatura. Y así, como no hay potestad que no venga de Dios, tampoco la hay que pueda obrar contra Dios. Por esta causa, los apóstoles, ante las amenazas de las autoridades judaicas, respondían con firmeza que era necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Demos, pues al César lo que es del César, la moneda del tributo, ya que suya es la imagen y la inscripción; pero demos a Dios lo que es de Dios, el tributo de nuestra alma, ya que ella lleva impresa la imagen de Dios.

Del libro del Padre Ginebra, Pbro, El Evangelio de los domingos y de las fiestas, Ed. Balmes, 1960, págs. 257 y ss.

XXII Domingo después de Pentecostés

TEXTOS DE LA MISA EN ESPAÑOL

Introito. Salmo 129, 3-4. 1-2 –

Si miras, Señor, nuestros pecados, Señor, ¿quién resistirá? Mas en ti reside la misericordia, ¡oh Dios de Israel!  Salmo.- Del fondo del abismo clamo a ti, Señor ; Señor, oye mi voz. V/. Gloria al Padre.

Colecta.-

¡Oh Dios!, refugio y for­taleza nuestra, oye las piadosas plegarias de tu Iglesia, tú, el autor mismo de toda piedad, y haz que con­sigamos eficazmente lo que con fe pedimos. Por nuestro.

 Epístola. Fil.1.6-11.- 

Hermanos: Tengo la seguridad en Nuestro Señor Jesucristo de que quien comenzó en vosotros esta hermosa obra, continuará su perfeccionamiento hasta el día de Jesucristo. Y es justo que yo sienta esto de todos vosotros, porque os llevo en el corazón, ya que compartís la gracia que se me ha dado en mis  prisiones y en la defensa y confirmación del Evangelio. Dios me es testigo de que os amo a todos vosotros con la ternura misma de Jesucristo. Y esto pido: que vuestra caridad abunde más y más en luz y en inteligencia, para que sepáis discernir lo que es mejor y seáis sinceros e intachables hasta el día de Cristo, llenos de frutos de justicia por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

Gradual. Salm. 132.1-2.-

Oh, qué bueno y delicioso vivir los hermanos en unión! V/ Es como un perfume valioso sobre la cabeza, que se desliza por la barba, la barba de Aarón.

Aleluya, aleluya. Salm. 113.11.- V/. Los que teméis al Señor, confiad en él; es vuestro amparo vuestra defensa.

Evangelio. Marc. 22.15-21.-

En aquel tiempo: Fueron los fariseos y se confabularon para sorprender a Jesús en lo que hablase. Para lo cual le enviaron sus discípulos juntamente con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz y que ense­ñas el camino de Dios según, la verdad, y sin consideración a quienquiera que sea, porque no miras a la calidad de las personas. Dinos, pues, ¿qué te parece, es lícito pagar tributo al César, o no? Mas Jesús, conociendo su perversidad, repuso: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos te ofrecieron un denario. Les dijo entonces Jesús: ¿De quién es esta figura e inscripción? Y al responderle ellos: Del César, dijo entonces Jesús: Dad pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Ofertorio. Est 14, 12-13.- 

Acuérdate de mí, Señor, tú que dominas sobre toda potestad; y pon en mi boca palabras rectas, para que puedan con ellas agradar al rey.

Secreta.- 

Haz, ¡oh Dios misericordioso!, que esta oblación saludable nos libre sin cesar; de nuestros propios pecados, y nos defienda de todo lo adverso. Por nuestro Señor Jesucristo.

Prefacio de la Santísima Trinidad.- 

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en ]a individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancias Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confe­sando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines y los Serafines que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. Santo…

Comunión. Salm. 16.6.- 

A ti invoco, Dios míos tú me escucharás. Inclina a mí tu oído y escucha mis palabras.

Poscomunión.-

Habiendo recibido, Señor, los dones del sagrado misterio, te rogamos humildemente que sirva de auxilio a nuestra flaqueza lo que nos mandaste hacer en memoria tuya. Tú Que vives

TEXTOS DE LA MISA EN LATÍN

Dominica Vigesima Secunda Post Pentecosten

II Classis

Introitus: Ps.cxxix: 3-4

Si iniquitátes observáveris, Dómine, quis sustinébit? Quia apud te propitiátio est, Deus Israël. [Ps. ibid., 1-2]. De profúndis clamavi ad te, Dómine: Dómine exaudi vocem meam. Glória Patri. Si iniquitátes.

Collect:

Deus, refúgium nostrum, et virtus: adésto piis Ecclésiæ tuæ précibus, auctor ipse pietátis, et presta: ut quod fidéliter pétimus, efficáciter consequámur. Per Dóminum.

Ad Philíppenses i: 6-11

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Philíppenses.


Fratres: Confídimus in Dómino Jesu, quia qui cœpit in vobis opus bonum perfíciet usque in diem Christi Jesu. Sicut est mihi justum hoc sentíre pro ómnibus vobis: eo quod hábeam vos in corde, et in vínculis meis, et in defensióne, et confirmatióne Evangélii, sócios gáudii mei omnes vos esse. Testis enim mihi est Deus, quómodo cúpiam omnes vos in viscéribus Jesu Christi. Et hoc oro ut cáritas vestra magis ac magis abúndet in sciéntia, et in omni sensu: ut probétis potióra, ut sitis sincéri, et sine offénsa in diem Christi, repléti fructu justítiæ per Jesum Christum, in glóriam et laudem Dei.

Graduale Ps. cxxxii: 1-2

Ecce quam bonum, et quam jucúndum, habitáre fratres in unum! V. .Sicut unguéntum in cápite, quod descéndit in barbam, barbam Aaron.
Allelúja, allelúja. [Ps. cxiii: 11] Qui timent Dóminum sperent in eo: adjútor et protéctor eórum est. Allelúja.

Matt. xxii: 15-21

+    Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum.

 
In illo témpore:. Abeúntes Pharisǽi consílium iniérunt ut cáperent Jesum in sermóne. Et mittunt ei discípulos suos cum Herodiánis, dicéntes: «Magister, scimus quia verax es, et viam Dei in veritáte doces, et non est tibi cura de áliquo: non enim réspicis persónam hóminum: dic ergo nobis quid tibi vidétur, licet censum dare Cǽsari, an non?» Cógnita autem Jesus nequítia eórum, ait: «Quid me tentátis, hypócritæ? Osténdite mihi numísma census.» At illi obtulérunt ei denárium. Et ait illis Jesus: «Cujus est imágo hæc et suprascríptio?» Dicunt ei: «Cǽsaris.» Tunc ait illis: «Réddite ergo quæ sunt Cǽsaris, Cǽsari; et quae sunt Dei, Deo.

Offertorium: Esth. xiv: 12-13.

Recordáre mei, Dømine, omni potentáti dóminans: et da sermónem rectum in os meum, ut pláceant verba mea in conspectu príncipis.

Secreta:

Da, miséricors Deus: ut hæc salutáris oblátio et a própriis nos reátibus indesinéntur expédiat, et ab ómnibus tueátur advérsis. Per Dóminum.

Præfátio de Sanctíssima Trinitáte

Vere dignum et iustum est, æquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus: Qui cum unigénito Fílio tuo, et Spíritu Sancto, unus es Deus, unus es Dóminus: non in uníus singularitáte persónæ, sed in uníus Trinitáte substántiæ. Quod enim de tua gloria, revelánte te, crédimus, hoc de Fílio tuo, hoc de Spíritu Sancto, sine differéntia discretiónis sentimus. Ut in confessióne veræ sempiternáeque Deitátis, et in persónis propríetas, et in esséntia únitas, et in majestáte adorétur æquálitas. Quam laudant Angeli atque Archángeli, Chérubim quoque ac Séraphim: qui non cessant clamáre quotídie, una voce dicéntes:  Sanctus, …..

Communio: Ps. xvi: 6

Ego clamávi, quóniam exaudísti me, Deus: inclina aurem tuam, et exáudi verba mea.

Postcommunio:

Sumpsimus, Dómine, sacri dona mystérii, humíliter deprecántes: ut quæ in tui commemoratiónem nos fácere præcepísti, in nostræ profíciant infirmitátis auxílium: Qui vivis.

Sermón XXI domingo después de Pentecostés

Santa Eucaristía

DEL PERDÓN DE LAS INJURIAS

Días antes de la fiesta de los Tabernáculos, el divino Maestro enseñaba a sus discípulos la sublime doctrina de la humildad, de la tolerancia, de la corrección fraterna, e insistía mucho en el perdón de las injurias. Esta enseñanza tan útil causó a los apóstoles gran maravilla. Ellos, como buenos orientales, creían que no podía subsistir un principio más satisfactorio y justiciero que el contenido en el proverbio: “Ojo por ojo y diente por diente”. Era breve y sencillo y no se requería saber más.

A quien más sorprendieron las enseñanzas de Jesús fue Simón Pedro, el cual se acercó al Salvador y dijo, como en hipérbole: ¿Cuántas veces tendré que perdonar a mis prójimos? ¿hasta siete? Jesús le responde: No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete. Lo cual, dada la capacidad discursiva de Simón Pedro, significaba: Tantas cuantas veces seas injuriado. Esta afirmación de Jesús debió parecer a los circunstantes poco razonable y aún poco posible. He aquí por qué les fue puesto el ejemplo gráfico del administrador sin compasión, para que aparezca la malignidad y felonía humanas, cuando el hombre obra a su arbitrio.

Era un hombre rey y soberano de extensos dominios, que quiso pedir cuentas a sus servidores, a los perfectos de su imperio, para conocer el estado de su hacienda. Mas, he aquí que, después de haber comenzado, le fue presentado uno, que, por su prodigalidad y malversación de caudales, era deudor de diez mil talentos. Cantidad enorme, apenas verosímil, pues el talento que no era una moneda corriente sino imaginaria, podía calcularse en 6.000 pesetas, por lo tanto, diez mil talentos sumaban 60 millones. No hay para que decir que está cantidad era inmensamente superior a lo que él, como particular, poseía. Por este motivo, el rey, airado y empleando todo el rigor que la ley o las costumbres de su tiempo le permitían, ordenó que este administrador fuese vendido, juntamente con su esposa y sus hijos y que le fuese confiscado todo cuanto poseía. La costumbre de muchos pueblos de la antigüedad permitía al acreedor encarcelar a su deudor, mutilarlo, venderlo como esclavo.

Al oír aquel funcionario la terrible sentencia de su rey, más dura aún que la misma muerte, su espanto fue grande; cayó en seguida de rodillas y suplicó piedad y clemencia. Con los ojos anegados en lagrimas, pidió una prórroga y prometió lo que le era imposible: pagar la deuda. El soberano, que tenía un corazón bondadosísimo, sintiose movido a la piedad y misericordia y, en un exceso de bondad, le concedió más de lo que pedía: no solo la dilación del pago, sino la condonación total de la deuda.

La conducta generosísima del monarca había de ser una norma y un estímulo para su sirviente, es decir un modelo de proceder que él como jefe, había de observar, a su vez, con sus subordinados. No obstante, no fue así, pues es muy grande e incalificable la bajeza de los hombres movidos por el egoísmo. Acababa, apenas, de salir por las puertas del palacio, cuando encontró un subordinado, que le debía la exigua cantidad de 100 denarios, o sea unas 83 pesetas,, cantidad 639.655 veces inferior a la que le había sido perdonada. Al verle, se acordó de la deuda y le exigió inmediatamente aquella cantidad. Al suplicarle el otro que le concediese un plazo para pagarla, lo cogió del cuello y sacudiéndolo con furia, le dijo: Si me debes algo, págamelo. Y, así, lo estrangulaba. Y, como si esto no bastase, lo condujo, maltrecho, ante el juez que le hizo encarcelar.

A saberlo el rey, lleno de enojo, lo puso en manos de los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Como que esto era imposible, había de ser torturado toda su vida.

Así, dice Jesús, de esta manera se portará mi Padre celestial con vosotros, si cada uno no perdonase de corazón a su hermano.

EL PERDÓN DE DIOS Y EL PERDON NUESTRO

Dios nuestro Señor, rey del universo y juez soberano de todos los hombres, nos pedirá un día cuenta estrechísima de nuestra administración. La deuda, contraída con Él por uno solo de nuestro pecados, es enorme. Con nada del mundo podemos pagarla. Dada nuestra miseria, tal vez son numerosos y gravísimos nuestros pecados. Por esta causa, la divina justicia ha de dictar sentencia contra nosotros, si antes, con el corazón contrito y humillado, no le pedimos perdón por nuestras culpas. La misericordia de Dios es tan grande, que una sola palabra de arrepentimiento, una confesión sincera, puede detener la ejecución de tan terrible sentencia. Pero el amor de Dios a nosotros ha de ser la norma directiva del amor que hemos de tener al prójimo, particularmente en el perdón de las injurias. Si Dios, infinito como es y señor de todo lo tuyo, te perdona con tan inefable clemencia. ¿Cómo puedes tú, gusano de la tierra, ser tan altivo, inexorable, con tu prójimo, por una deuda insignificante?

Padre Ginebra, Pbro. El Evangelio de los Domingos y Fiestas, 1960, pág. 252 y ss.

Misa XXI domingo después de Pentecostés

Santa Misa

TEXTOS DE LA SANTA MISA EN ESPAÑOL

Introito. Ester 13,9 y 10-11. –

Todo está en vuestras manos, Señor, y no hay quien pueda resistir a vuestro poder; Vos lo ha­béis creado todo, el cielo y la tierra y cuan­toen ellos se contiene. Vos sois Señor de todo. – Salmo. 118,1.- Dichosos los limpios de corazón; los que andan por el camino de la ley de Dios. Gloria al Padre.

Oración.

Os suplicamos, Señor, que guardéis con perpetua clemencia a vuestro pueblo, a fin de que, con vuestra protección, se vea libre de todo mal, y os sirva santamente. Por N. S. J. C…

Epístola. Ef. 6,10-17.

Hermanos: Buscad vuestra fuerza en el Señor y en el vigor de su poder. Poneos la armadura de Dios, para poder resistir a las estratagemas del diablo. Porque no peleamos contra gente de carne y hueso, sino contra los principados, las potestades, los poderes cósmicos de este mundo tenebroso: los espíritus malignos de los espacios. Por eso, tomad las armas de Dios, para poder resistir en el día fatal, y, después de actuar a fondo, mantener las posiciones. ¡Estad firmes! Usad como cinturón la verdad; como coraza, la justicia; como calzado, la prontitud para el evangelio de la paz; en toda ocasión tomad como escudo la fe: para que se apaguen en ella las flechas incendiarias del Maligno. Finalmente, poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu: la Palabra de Dios.

Gradual. Sal. 89, 1-2.

Señor, tú has sido nuestro baluarte, de generación en generación. Antes de engendrarse los montes, antes de nacer el orbe de la tierra, de eternidad a eternidad tú existes, oh Dios.

Aleluya, aleluya. Sal. 113,1. Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo extranjero. Aleluya.

Evangelio. Mat. 18, 23-35.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Ofertorio. Job. 1.-

Había en el País de Hus, en Idumea, un hombre llamado Job, hombre sencillo, recto y temeroso de Dios, al cual pidió Satanás para tentarle, y Dios le dio poder de dañarlo en sus bienes y en su carne. Perdió Job todos sus bienes y sus hijos, viendo sus carnes llagadas de graves úlceras.

Secreta.-

Recibid, Señor, propicio nuestras ofrendas, con las cuales quisisteis ser aplacado, y concedednos la salvación por vuestra poderosa misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.

Prefacio de la Santísima Trinidad.-

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confe­sando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. Santo…

Comunión. Ps. 118, 81, 84 y 86.-

Mi alma ha esperado en Vos, Salvador mío, y en vuestra palabra. ¿Cuándo haréis justicia contra mis perseguidores? Los malvados me persiguen; ayudadme, Señor y Dios mío.

Poscomunión.-

Después de recibir, Señor, el sustento que da la inmortalidad, os rogamos que lo que hemos tomado lo sigamos de corazón. Por N. S. J. C.

TEXTOS DE LA MISA EN LATÍN

Dominica Vigesima Prima post Pentecosten

II Classis

Introitus: Esther 13: 9, 10-11

In voluntáte tua, Dómine, univérsa sunt pósita, et non est qui possit resístere voluntáti tuæ: tu enim fecísti ómnia, cælum et terram, et univérsa quæ in cæli ámbitu continéntur: Dóminus universórum tu es. [Ps. cxviii, 1]. Beáti immaculáti in via: qui ámbulant in lege Dómini. Glória Patri. In voluntáte.

Collect:

Famíliam tuam, quǽsumus, Dómine, contínua pietáte custódi: ut a cunctis adversitátibus, te protegénte, sit líbera: et in bonis áctibus tuo nómini sit devóta. Per Dóminum.

Ephesios vi: 10-17

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Ephésios.


Fratres: Confortámini in Dómino, et in poténtia virtútis ejus. Indúite vos armatúram Dei, ut possítis stare advérsus insidias Diáboli. Quóniam non est nobis colluctátio advérsus carnem et sánguinem; sed advérsus príncipes et potestátes, advérsus mundi rectóres tenebrárum harum, contra spirituália nequítiae in cæléstibus. Proptérea accépite armatúram Dei, ut possítis resístere in die malo, et in ómnibus perfécti stare. State ergo succíncti lumbos vestros in veritáte et indúti lorícam justítiæ, et calceáti pedes in præparatióne Evangélii pacis: in ómnibus suméntes scutum fídei, in quo possítis ómnia tela nequíssimi ígnea extínguere: et gáleam salútis assúmite: et gládium spíritus, quod est verbum Dei.

Graduale Ps. lxxxix: 1-2

Dómine, refúgium factus es nobis, a generatióne et progénie. V. Priúsquam montes fíerent, aut formarétur terra et orbis: a sǽculo, et usque in sǽculum tu es Deus.
Allelúja, allelúja. [Ps. cxiii: 1] In éxitu Israël de Ægýpto, domus Jacob de pópulo bárbaro. Allelúja.

Matt. xviii: 23-35

 †    Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum.


In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis parábolum hanc: Assimilátum est regnum cælórum hómini regi qui vóluit ratiónem pónere cum servis suis. Et cum cœpísset ratiónem pónere, oblátus est ei unus, qui debébat decem míllia talénta. Cum autem non habéret unde rédderet, jussit eum dóminus venúmdari, et uxórem ejus, et fílios, et ómnia quæ habébat, et reddi. Prócidens autem servus ille, orábat eum, dicens: «Patiéntiam habe in me, et ómnia reddam tibi.» Misértus autem dóminus servi illíus, dimísit eum, et débitum dimísit ei. Egréssus autem servus ille, invénit unum de consérvis suis, qui debébat ei centum denários: et tenens suffocábat eum, dicens: «Redde quod debes.» Et prócidens consérvus ejus rogábat eum, dicens: «Patiéntiam habe in me, et ómnia reddam tibi.» Ille autem nolúit, sed ábiit, et misit eum in cárcerem donec rédderet débitum. Vidéntes autem consérvi ejus quae fiébant, contristáti sunt valde: et venérunt et narravérunt dómino suo ómnia quæ facta fúerant. Tunc vocávit illum dóminus suus, et ait illi: «Serve nequam, omne débitum dimísi tibi, quóniam rogásti me: nonne ergo opórtuit et te miseréri consérvi tui, sicut et ego tui misértus sum?» Et irátus dóminus ejus, trádidit eum tortóribus, quoadúsque rédderet univérsum débitum. Sic et Pater meus cæléstis fáciet vobis, si non remiséritis unusquisque fratri suo de córdibus vestris.

Offertorium: Job 1.

Vir erat in terra Hus, nómine Job: simplex et rectus, ac timens Deum: quem Satan pétiit, ut tentet: et data est ei potéstas a Dómino in facultátes, et in carnem ejus: perdítque omnem substántiam ipsíus, et fílios: carnem quoque ejus gravi úlcere vulnerávit.

Secreta:

Súscipe, Dómine, propítius hóstias: quibus et te placári voluísti, et nobis salútem poténti pietáte réstitui. Per Dóminum.

Præfátio de Sanctíssima Trinitáte

Vere dignum et iustum est, æquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus: Qui cum unigénito Fílio tuo, et Spíritu Sancto, unus es Deus, unus es Dóminus: non in uníus singularitáte persónæ, sed in uníus Trinitáte substántiæ. Quod enim de tua gloria, revelánte te, crédimus, hoc de Fílio tuo, hoc de Spíritu Sancto, sine differéntia discretiónis sentimus. Ut in confessióne veræ sempiternáeque Deitátis, et in persónis propríetas, et in esséntia únitas, et in majestáte adorétur æquálitas. Quam laudant Angeli atque Archángeli, Chérubim quoque ac Séraphim: qui non cessant clamáre quotídie, una voce dicéntes:  Sanctus,…..

Communio: Ps. cx: 81, 84 et 86

In salutári tuo ánima mea, et in verbum tuum sperávi: quando fácies de persequéntibus me judícium? iníqui persecúti sunt me, ádjuva me, Dómine, Deus meus.

Postcommunio:

Immortalitátis alimóniam consecúti, quǽsumus, Dómine Deus, ut quod ore percépimus, pura mente sectémur. Per Dominum.