Complementos del Altar: La Dalmática

Esta holgada túnica de seda que corresponde al color litúrgico, es usada tanto por el Diácono como por el Subdiácono. Acortada en su parte inferior y  abierta un buen trozo por los lados. Se llama así, por proceder de la Dalmacia.

Antes la dalmática era propiamente privativa del diácono; y el subdiácono en lugar de la dalmática, llevaba una pieza parecida, pero distinta, llamada tunicela, que solía ser un poco más corta y menos rica en sus adornos. Hoy son prácticamente iguales y tan solo se distinguen por su ornamentación.

Se aconseja al diácono y al subdiácono que, al revestirse, recen  una oración que a nosotros puede servirnos  también para poner  piadosamente a tono nuestro espíritu al  verles revestidos de ella:

El diácono dice: “Revestidme, Señor, con el ornamento de salvación y con el vestido de  gozo; y cubridme siempre con la dalmática de la santidad”

El subdiácono dice: “Que el Señor me revista con la túnica del gozo y con el ornamento de la alegría”

Complementos del altar: El conopeo

Del mismo modo que decíamos que para mayor reverencia está mandado a cubrir el copón, incluso cuando está dentro del Sagrario con un envoltorio de seda blanca, también por la misma razón está ordenado que el Sagrario esté todo él  cubierto con un envoltorio de tela de color, que puede ser blanca -color litúrgico de la Eucaristía- o mejor aún del color litúrgico del día. Este obligado envoltorio se llama conopeo.

El conopeo ha de ser un envoltorio total, y en lo posible,  no abierto por delante como una cortina; tampoco ha de ser transparente. Y aunque esto, que está positivamente ordenado, parece que tenga el inconveniente de ocular la  suntuosidad o el arte empleado en la construcción del sagrario, tiene en cambio una excelente compensación; y es que, con el conopeo, todos los sagrarios, así los más ricos como los más sencillos, ganan en magnificencia, al parecer todos por igual una rica tienda en la cual habita el Rey de reyes.

Aún es mayor, en ciertos casos, el servicio que pueda prestar el conopeo en la práctica. Por ejemplo: en una iglesia donde no cuide de atender esta ley del conopeo, cuando del sagrario se retira la Reserva para trasladarla a otro sagrario del mismo templo, es casi seguro que los fieles que entren después al templo, de momento y por costumbre, no harán la genuflexión ante el sagrario que encierra la Reserva, sino que la harán ante el que ha quedado vacío. En cambio, este error no es posible en las iglesias  donde se recubre con el conopeo el sagrario donde está el Santísimo Sacramento, y no los demás sagrarios del templo; porque nada se ve mejor, a simple vista, si un sagrario llevo o no conopeo.

Complementos del altar: El copón

A diferencia de los primeros siglos, después de la Comunión repartida dentro de la Misa, actualmente se guardan o reservan otras Sagradas Formas, en lo que denominamos Copón,  a fin de poder dar la  Comunión fuera de la Misa y también para que puedan recibirla los enfermos. Es decir, está el Santísimo guardado para su adoración; hay presencia real y sustancial.

El copón viene a ser, en materia y forma, parecido a un cáliz, pero provisto de una cubierta que lo encierra. A pesar de lo cual, siempre que no se emplee para repartir la Sagrada Comunión debe guardarse,  para mayor respeto, con un envoltorio de seda blanca –color litúrgico de la Eucaristía-, que puede adornarse con bordados decorativos o alegóricos.

Complementos del altar: El lavabo

Hecho el primer servicio de las vinajeras, el Celebrante, habiendo ofrecido el Cáliz, se lava las manos. Para ello hay que disponer de un receptor de agua, de un jarrito que lo contenga  y de un manutergio para que el sacerdote pueda secarse los dedos.

Conviene que recordemos, respecto al servicio de las viajeras, aquello que dice el Celebrante cuando, la primera vez, a una regular cantidad de vino mezcla unas gotas de agua que en seguida  pueden transformarse en vino, o sea: pedir que, así como las gotas de agua se cambian en vino, también nuestra pobre naturaleza quede divinizada.

Y en cuanto al lavabo en la Misa, puesto que no es menester lavar las manos enteras, sino tan sólo una punta de los dedos que han de tocar la Hostia consagrada, espiritualmente te indica que,  para asistir dignamente a la Santa Misa, y sobre todo para comulgar en ella, nos conviene estar limpios no solamente de pecado mortal, sino también de habernos purificado el alma de pecados veniales, y bueno sería si lo hiciésemos asimismo de todas las imperfecciones que nos reconozcamos.