Croisset. Domingo después de la Ascensión

El domingo comprendido dentro de la octava de la Ascensión es una continuación de la solemnidad y de la celebración de este glorioso misterio; todo lo que se dice en el oficio y en la Misa tiene relación con él. Escuchad, oh Dios mío, los clamores que os dirijo en este lugar de destierro, en donde no puedo hacer otra cosa que gemir después que os habeis ausentado. Perdiéndoos de vista, he perdido todo mi consuelo; pero sabiendo que estáis en el cielo., siento que se aumenta mi confianza. Vos sabéis la ternura de mi corazón para con un esposo tal como vos; los suspiros de una esposa tal como yo no pueden dejar de moveros y de enterneceros. En medio de una tierra extranjera, expuesta á todos los tiros de mis enemigos, agitada sin cesar por mil borrascas, hecha presa de las más violentas tempestades, entre el fuego de , las n1ás furiosas persecuciones, nada temo porque vos sois todo mi auxilio, mi apoyo y mi fortaleza; vos, no abandonareis jamás a vuestra amada esposa y nunca os haréis sordo á sus ruegos y a sus votos. Mi corazón, en defecto de mi voz, os ha expuesto muchas veces mis peticiones; mis ojos, que os buscan, como naturalmente, en mis necesidades, se han fijado en vos; yo no cesaré, Señor, de implorar vuestra asistencia. Yo no puedo contemplaros, divino Esposo mío, sino en el cielo: allí también es adonde se dirigen todos mis deseos; allí es donde se dirigen todas mis miradas; no apartéis de mi vuestros ojos ni rechacéis mi oración.

Este salmo lo compuso David en medio del mayor fuego de la persecución. Perseguido aquel religioso príncipe acérrimamente por Saúl, se mantuvo siempre intrépido en medio de los mayores peligros, apoyado en su confianza en Dios y en la seguridad que tenia de que el Señor no podía faltar a sus promesas. El Señor me instruye con sus consejos, dice, él vela en mi conservación, ¿qué es lo que yo tengo que temer? ¿Qué es lo que puede dañarme? Ninguna cosa conviene mejor a la Iglesia, que, estando todavía, inmediatamente después de la ascensión del Salvador, como en la cuna, parecía tenerlo todo que temer de la nube de enemigos que la rodeaban y que como, otras tantas bestias feroces, parecía que la debían tragar en su nacimiento; pero habiéndole prometido el Señor que en todos tiempos velaría por su conservación, nada tiene que temer.

La Epístola de la Misa de esté día esta tomada de la primera de San Pedro, en la que este santo Apóstol hace un admirable compendio de las principales virtudes cristianas. Es esta una lección práctica a todos los fieles en que les da reglas de conducta, enseñándoles a vivir según el espíritu de Jesucristo y las máximas del Evangelio. Esta instrucción es muy a propósito para la circunstancia del tiempo. No teniendo ya visiblemente consigo los fieles a su buen Maestro y no habiendo descendido todavía sobre ellos el Espíritu Santo, la Iglesia suplía a los dos con los avisos espirituales que les da por medio de esta Epístola, en la cual el apóstol San Pedro exhorta a los fieles a que usen de precaución, de sabiduría y moderación en todas las cosas; a que insten en la oración; que se amen entre si; que mutuamente se correspondan con todo género de deberes de caridad y de atención; en fin, a que cuanto, le sean posible no obren ni hablen sino según el espíritu de Dios.

Conducíos prudentemente en todo, dice el Santo Apóstol, y no os contentéis con orar durante el día, pasad también en oración una parte de la noche. Acababa San Pedro de decirles que la muerte, que es el fin de todas las cosas con respecto á cada un o en particular, estaba próxima. Que siendo la vida tan corta y tan incierta como es, debia1nos considerar cada uno de nuestros días corno el último y vivir en cada uno como querríamos haber vivido en aquella última hora; observad, pues, les dice , una conducta prudente y verdaderamente cristiana; sed sobrios, templados, irreprensibles y mortificados. No os adormezcais jamás en el negocio de vuestra salvación; es demasiado importante y de muy grande consecuencia para descuidarlo, y pues que no sabéis que día ni a qué hora debe venir el Señor, velad sin cesar á fin de que estéis prontos para abrirle en el momento que llame. No ceséis de orar, y a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo pasad también una parte de la noche en oración. Este es el tiempo mas a propósito para recibir los grandes favores del Padre de las misericordias. Pero sobre todo, añade, tened entre vosotros una caridad mutua que nunca se resfríe, porque la caridad cubre innumerables pecados. Este fuego sagrado consume, por decirlo así, la herrumbre de nuestra. alma y sirve en gran manera para purificarla de sus manchas, alcanzándola del Señor el perdón de sus pecados. Vosotros sabéis que el precepto favorito del Salvador, y el que debe, por decirlo así, caracterizar a sus discípulos, es la caridad mutua. Este es mi precepto, que os améis mútua1nente como yo os he amado. Poseyendo esta virtud, puede decirse que poseéis lo que muy pronto poseeréis todas las de1nas, porque la caridad es paciente, bondadosa, dulce, indulgente; lejos de echar en cara a su prójimo sus defectos, ni de hacer de ellos un motivo de queja o de murmuración, los sufre y los excusa; en lugar de publicarlos, los encubre y querría con todo su corazón sustraerlos al conocimiento del público. La caridad no es envidiosa, no piensa n1al de  nadie y hace bien a todos. Uno de los principales efectos de la caridad, continúa San Pedro, es la hospitalidad con los hermanos y con los extraños.

Como todos los primeros cristianos estaban abrasados de una caridad muy pura y muy ardiente, se distinguían tanto por la hospitalidad con todo el mundo, que  en los primeros siglos los mismos paganos no los designaban sino diciendo de ellos que eran gentes que recibían del modo más caritativo y más gracioso a todos los extranjeros. Este mismo espíritu es el que conduce a los ordenes religiosos más .antiguos que reciben aún á los pasajeros con una cordialidad tan caritativa. Añade todavía San Pedro: Sin dar muestra alguna de disgusto; para prevenir a aquellas almas naturalmente avaras e interesadas, que cuando se ofrece la ocasión ejercitan la caridad, reciben también a los extranjeros, hacen limosna: pero con. un aire tan poco grato, con palabras tan poco obligantes, con rostro tan adusto, que se nota bien que su caridad es imperfecta y mezquina. No solo debe aparecer vuestra caridad en la parte que debéis dar a los demás en vuestros bienes temporales, sino que, como buenos ecónomos de los diversos bienes temporales, debéis comunicarlos con tanta mayor facilidad y celo, cuanto que los bienes espirituales son mucho más provechosos. En los primeros tiempos de la Iglesia se comunicaba el Espíritu Santo sus dones sobrenaturales a cada uno de los fieles según su voluntad: a los unos el espíritu de profecía, otros el don de lenguas; a este el don de curar las enfermedades, a aquel el discernimiento de los espíritus; a otros, en fin, el don de consejo. Estos dones del Espíritu Santo  se proclaman gracias gratuitas, se conceden principalmente en utilidad del prójimo, y sería obrar contra la intención del que es autor de ellas sepultarlas en algún modo dentro de día mismo y hacer inútiles los dones que debemos los hombres derramar con la misma liberalidad con que Dios se los ha comunicado; y no siendo los dueños de ellos, sino los simples dispensadores, deben emplearlos según la voluntad de aquel de quien los han recibido.

Reduce el Apóstol todos estos dones del Espíritu Santo al ministerio de la palabra y de la acción; si alguno había dice, ya para explicar los misterios divinos y las verdades del cristianismo en la predicación, ya que instruir a los neófitos y a los catecúmenos en la doctrina cristiana y las máximas del Evangelio, ya para consolar á los hermanos en sus aflicciones, ya para hablar las lenguas o interpretarlas, haga todo esto como si Dios hablase por su boca. Acuérdese que no es palabra suya la que predica, sino la de Dios. Nosotros, decía San Pablo, no somos como muchos que corrompen la palabra de Dios; nosotros hablamos de parte de Dios, delante de Dios, en Jesucristo. Esta misma instrucción da aquí San Pedro a los fieles, singularmente a los que se han encargado del ministerio de la palabra de Dios. Bella lección para los predicadores que se predican a si mismos y que no tienen otras miras que agradar y ser aplaudidos. Que deslumbrados con el falso brillo de una vana elocuencia, no estudian más que en có1no han de deslumbrar a los que -deberían mover y convertir. De aquí -tantos discursos floridos y tan pocas predicaciones cristianas; de aquí aquella elocuencia estudiada sin unción y sin fruto. Si alguno está encargado de algún ministerio, ejérzalo como por la virtud que Dios comunica; de suerte que Dios sea honrado en todas las cosas por Jesucristo nuestro Señor. Habla el Apóstol de los ministerios eclesiásticos en general, y aún de las obras de caridad y de los servicios que los legos pueden hacer a los pobres. Cada uno ha recibido de Dios su propio don; empléelo, pues, cada uno conforme a su vocación y según el orden de sus superiores. Desempeñe su ministerio con un celo puro, ardiente y desinteresado; llene todos los deberes de él con puntualidad y con un espíritu de religión; no busque más que la gloria de Dios sin ningún retorno sobre si mismo; en fin, concluye el santo Apóstol, comportaos de una manera tan prudente, tan caritativa, tan irreprensible y tan cristiana, que todos los que os vieren queden edificados y alaben al Señor. La vida de un cristiano debe hacer el elogio del cristianismo; y la santidad, sobre todo de los ministros de Jesucristo, debe ser una de las pruebas mas brillantes y mas sensibles de la verdad de nuestra religión. El Evangelio de este día no tiene menos relación que la Epístola con las circunstancias del tiempo y de la festividad. Su asunto es el fin del admirable discurso que hizo el Salvador a sus apóstoles después de la última cena.

Acababa el Hijo de Dios de hacer una descripción razonada y circunstanciada de todo lo que había hecho en favor de los judíos para probarles que era su Salvador y su Dios, su Rey y su Mesías; acababa de decir que les había demostrado invenciblemente, por la santidad de su vida, por la autenticidad de sus milagros, por la pureza de su doctrina y por los oráculos de los profetas, que él era el que les había sido prometido y que no debían esperar otro que a él que tantas maravillas tan extraordinarias que, según el testimonio de los profetas, estaban reservadas sólo al Mesías, condenaban su ceguera, que sin esto hubiera sido perdonable; ellos me han visto, añade el Salvador, Ellos me han oído en cien ocasiones, y lejos de creer en mi y de seguirme, se han coligado contra mi y contra mi Padre; pero era necesario que cumpliesen lo que dice uno de los libros de su ley: ellos me han aborrecido sin motivo, me han perseguido por pura malicia. Si ellos, piles, me han tratado así a mi, no debéis esperar que os traten de otra manera; pero nada temáis, del cielo os vendrá un auxilio poderoso. Yo os enviaré el Espíritu Santo para que os consuele en todas vuestras aflicciones, os fortifique en todos los combates a que os expusieren y os defienda de las persecuciones más violentas. Yo os enviaré este Espíritu consolador, porque él procede igualmente del Padre y de mi, y recibe de los dos, por su procesión, la divinidad, la cual no se divide en las tres personas. Cuando hubiere venido este Consolador, que yo os enviaré del seno del Padre, Espíritu de verdad que procede del Padre. No añade el Salvador que procede del Padre y de mi, no obstante que sea verdad que procede igualmente del Hijo · que del Padre, porque se acomoda a la manera de concebir tan grosera todavía de sus apóstoles; no hubiera hecho más que confundir sus ideas, si en este pasaje les hubiese dicho que el Espíritu Santo procedía de él como del Padre. Rabia probado bastante esta verdad en todo lo que había dicho para establecer su divinidad, y singularmente diciéndoles que él mismo les enviaría este Espíritu consolador; daba bastante á entender en esto que, guardada la debida  proporción, el Espíritu Santo era con respecto a él, y con respecto a su Padre, lo que un hijo en orden al que lo engendró; esto es , que emanaba del uno y del otro en su manera del modo inefable y que no es posible conocer sin que con las luces del mismo Espíritu Santo. Cuando viniere, pues, este Espíritu, dará testimonio de mi tanto por los prodigios que obrará, como por las luces, que comunicará a los fieles sobre las verdades que os he anunciado. Convencerá a los judíos de injusticia, de infidelidad y de pecado y a todos los hombres de mi divinidad y de mi soberano poder. Vosotros que seréis instruidos por este divino Maestro, y que desde que yo, he comenzado a darme a conocer a los hombres habéis estado conmigo, publicareis como fieles testigos mi doctrina y mis obras, por toda la tierra.

Os he prevenido de todas estas cosas como necesarias-para precaveros contra las persecuciones, no sea que cuando llegaren os inmutéis y sean para vosotros ocasiones de escándalo. Os he hablado del odio que os tendrá el mundo, os he predicho, todo lo que debe sucederos, a fin de que estéis preparados para soportar los malos tratamientos que tendréis que sufrir. Mis enemigos, que por lo mismo lo serán vuestros, no se contentarán con arrojaros de sus sinagogas y trataros como excomulgados, como impíos y hombre sin religión, les cegará la pasión hasta tal punto que los que empaparon sus manos sacrílegas en vuestra sangre creerán hacer un sacrificio agradable a Dios. Como por una obstinación nacida de un error voluntario y por pura malicia que los tiene furiosos, no quieren conocer a mi Padre ni a mí; por esto ultrajaran cruelmente a los que sean como vosotros. Harán profesión de ser siervos fieles del Hijo y del padre. Pero cuando los vierais más encarnizados, os bastará para no temerles el acordaos de que el Maestro a quien servís os ha predicho todas las cosas; que nada les es desconocido y que nos ha empeñado en su servicio para soportar todos los peligros que estaban anejos y que tendrás que padecer en él. Yo he previsto todo y más que os sucederá y os he dicho que cuidaré  de enviaros el Espíritu consolador; que no solo os dará el ánimo y la fortaleza necesarios para sufrir todos los tormentos, sino que os hará sentir una dulce alegría y así soportar todas las penas. Por lo demás, os he hablado de este modo a fin de que deciros todo lo que os va su suceder.

Jesucristo anuncia a los discípulos todos los males que deben sufrir por haberse unido a él y de este modo sabe hacérseles fieles.

Entre los griegos se llama este día el domingo de los trescientos dieciocho Padres del Concilio de Nicea, porque han elegido este día móvil para honrar su memoria, a más de la fiesta que hacen en día fijo de año, que es el décimo del mes de julio.

Llámase entre los latinos y principalmente en Roma, el domingo de las Rosas porque ordinariamente empiezan a florecer las rosas, que se echaban en la iglesia en la que se hacía la estación de los fieles en este día sobre todo cuando el Papa oficiaba en ella. Esta denominación puede haber tenido también un motivo y sentido espiritual y alegórico. El Evangelio promete las flores por decirlo así, de los consuelos más dulces en medio de las espinas más punzantes y más espesas. Las rosas nacen y se dilatan en medio de las espinas; así los discípulos de Jesucristo entre las adversidades y las cruces gozan de la alegría más pura y del placer más exquisito.

Croisset, el Año Litúrgico.

Padres del desierto 4

26. Contaba abba Daniel que unos hermanos que se dirigían a la Tebaida en busca de lino, dijeron: “Aprovechemos la ocasión para visitar a abba Arsenio”. Abba Alejandro dijo entonces al anciano: “Hermanos que vienen de Alejandría desean verte”. Le dijo el anciano: “Pregúntales por qué razón han venido”. Supo que iban a la Tebaida a buscar lino y se lo dijo al anciano. Dijo éste: “En verdad, no verán el rostro de Arsenio, pues no han venido por mí, sino por su trabajo. Hazlos descansar y despídelos en paz, diciéndoles que el anciano no los puede recibir”.

27. Fue un hermano a la celda de abba Arsenio en Escete, y mientras esperaba a la puerta, vio al anciano todo como de fuego -­‐era el hermano digno de ver esto-­‐. Cuando llamó, salió el anciano, y vio al hermano que estaba sorprendido. Le dijo: “¿Hace mucho que estás llamando? ¿Has visto acaso algo?”. Le respondió: “No”. Y después de hablar con él, lo despidió.

28. Mientras abba Arsenio vivía en Canopo, vino desde Roma para verlo una virgen de familia senatorial, muy rica y temerosa de Dios. Fue recibida por Teófilo, el arzobispo, al cual rogó que convenciera al anciano para que la recibiera. Acudió adonde él estaba y lo invitó, diciendo: “Una mujer, de rango senatorial, ha venido desde Roma y desea verte”. Pero el anciano no accedió a ir a su encuentro. Cuando se lo dijeron a ella, mandó ensillar los asnos, diciendo: “Confío en Dios que lo he de ver. No he venido a ver un hombre, porque hay muchos hombres en nuestra ciudad; he venido a ver a un profeta”. Al llegar cerca de la celda del anciano, se encontró con él, que estaba fuera de la celda por divina disposición. Cuando lo vio, ella se prosternó a sus pies. Pero él la levantó airado y, mirándola, le dijo: “Si quieres ver mi rostro, míralo aquí”. Ella, en cambio, no miraba su cara por vergüenza. Le dijo el anciano: “¿No habías oído acerca de mi ocupación? Debías haberlo tenido en cuenta. ¿Cómo osaste emprender semejante travesía? ¿No sabes acaso que eres mujer, y que no conviene que vayas a cualquier sitio? ¿O es que, cuando vuelvas a Roma, dirás a las demás mujeres: He visto a Arsenio, y se convertirá el mar en camino para las mujeres que vendrán hasta mí?”. Dijo ella: “Si el Señor lo quiere, no permitiré que venga nadie. Pero ruega por mí y recuérdame siempre”. Él le respondió: “Pido a Dios que borre tu recuerdo de mi corazón”. Al oír esto, ella se retiró conmovida. Llegó a la ciudad y por la tarde cayó con fiebre. Mandó decir al bienaventurado Teófilo, el arzobispo, que estaba enferma. Acudió él donde se encontraba la mujer, y le pedía que le dijese la causa de su enfermedad. Le respondió: “Ojalá no hubiese venido nunca. Porque le pedí al anciano: Acuérdate de mí, y me respondió: Pido a Dios que borre tu recuerdo de mi corazón. Entonces yo muero de tristeza”. Le dijo el arzobispo: “¿No sabes que eres mujer, y que por medio de las mujeres ataca el enemigo a los santos? Por eso el anciano habló de esa manera. Por tu alma, empero, rezará siempre”. De este modo curó su pensamiento, y ella volvió a su casa con alegría.

29. Contaba abba Daniel acerca de abba Arsenio que una vez fue donde él un magistrado, para llevarle el testamento de un senador de su familia, que le había dejado una cuantiosa herencia. Lo tomó y quiso desgarrarlo. El magistrado se echó a sus pies, diciendo: “Te ruego que no lo desgarres, porque me cortarán la cabeza”. Le dijo abba Arsenio: “Éste ha muerto ahora, yo he muerto antes que él”. Le devolvió el testamento y no quiso recibir nada.

30. Decían de él que, la tarde del sábado, al comenzar el domingo, dejaba el sol a su espalda y extendía sus manos hacia el cielo, en oración, hasta que nuevamente el sol iluminaba su rostro. Entonces, se sentaba.

31. Decían de abba Arsenio y de abba Teodoro de Ferme, que odiaban la gloria de los hombres más que los demás. Pues mientras abba Arsenio no veía fácilmente a nadie, abba Teodoro los veía, pero era como una espada.

32. Cuando abba Arsenio habitaba en las regiones inferiores, fue tentado y pensó abandonar la celda. Sin tomar nada de lo suyo, se dirigió adonde estaban sus discípulos Alejandro y Zoilo, de Farán. Dijo a Alejandro: “Levántate y sube a la nave”. Así lo hizo. Dijo a Zoilo: “Acompáñame hasta el río y busca una nave que me lleve hasta Alejandría; después embárcate tú también y ve hasta donde esté tu hermano”. Zoilo, preocupado por estas palabras, guardó silencio. Se separaron. Cuando el anciano llegó a la región de Alejandría enfermó gravemente. Sus discípulos se decían: “Acaso uno de nosotros ha entristecido al anciano, y por esto se ha alejado de nosotros” Pero no encontraban nada en ellos, ni una desobediencia. Cuando el anciano curó, dijo: “Iré a ver a mis padres”. Navegó hasta Petra, donde estaban sus discípulos. Estaba cerca del río cuando una esclava etíope tocó su melota. El anciano la reprendió, pero ella le dijo: “Si eres monje, vete a la montaña”. En esto, llegaron adonde él estaba Alejandro y Zoilo. Cuando ellos se echaron a sus pies, también se prosternó el anciano ante ellos, y lloraban todos. Les dijo el anciano: “¿No supieron que estuve enfermo?”. Respondieron: “Sí”. Les dijo el anciano: “¿Y por qué no vinieron a verme?”. Abba Alejandro le respondió: “Tu alejamiento de nosotros no fue provechoso, y no benefició a muchos, que decían: Si no hubieran desobedecido al anciano, no se habría alejado de ellos”. Les dijo: «De nuevo dirán los hombres: “No encontró la paloma reposo para sus pies, y volvió a Noé, al Arca” (Gn 8,9). De este modo se reconciliaron, y él permaneció con ellos hasta la muerte.



33. Dijo abba Daniel: «Abba Arsenio nos contó, como tratándose de otro, pero en realidad se trataba de él, que estando un anciano en su celda, le llegó una voz que le dijo: “Ven, y te mostraré los trabajos de los hombres”. Se levantó y fue con él. Lo llevó a cierto lugar donde vio un negro cortando leña para formar un haz grande. Quería llevarlo, pero no podía, y en lugar de quitar algunos leños, seguía cortando y lo agregaba al haz. Hizo esto muchas veces. Avanzando otro poco le mostró un hombre que estaba junto a un lago, del que sacaba agua y la echaba en un recipiente agujereado, y el agua volvía al lago. Después le dijo: “Ven, te mostraré otra cosa”. Y vio un templo y dos hombres montados a caballo y llevando un tirante de madera atravesado, el uno frente al otro, que intentaban pasar por la puerta, pero no podían, porque estaba atravesada la madera. Ninguno de ellos quiso ponerse atrás del otro, para llevar derecho el madero, y por eso quedaron fuera de la puerta. “Estos son, le dijo, los que llevan con soberbia el yugo de la justicia, y no se humillaron para corregirse y marchar por el camino humilde de Cristo; por eso, permanecen fuera del Reino de Dios. El que cortaba leña es un hombre lleno de pecados, que, en lugar de arrepentirse, agrega más iniquidades sobre sus pecados. Y el que sacaba agua, es un hombre que hace obras buenas, pero mezcladas con las malas, y por eso pierde también sus buenas obras. Es necesario que todo hombre vigile sobre su trabajo para no esforzarse en vano”».

34. Contaba el mismo que cierto día vinieron algunos padres desde Alejandría para ver a abba Arsenio. Uno de ellos era tío de Timoteo el anciano, arzobispo de Alejandría, llamado el pobre, y traía consigo a uno de sus sobrinos. Estaba enfermo el anciano y no quiso recibirlos, para que no vinieran también otros y lo molestasen. Se encontraba entonces en Petra de Troe. Ellos se volvieron afligidos. Mas hubo una invasión de los bárbaros y él fue a habitar en la región inferior (del Nilo). Cuando supieron, volvieron a visitarle y el anciano los recibió con alegría. Un hermano que estaba con ellos le dijo: “¿Sabes, abba, que fuimos hasta Troe para estar contigo y no nos recibiste?”. Respondió el anciano. “Ustedes han comido pan y bebido agua; pero yo, hijo, en verdad que no he probado pan ni agua, ni me he sentado, para castigarme, hasta que pensé que habían llegado de regreso a su casa, porque se habían fatigado por mí. Perdónenme, hermanos”. Y se fueron consolados.

35. Decía el mismo: «Me llamó un día abba Arsenio y me dijo: “Conforta a tu padre, para que cuando vayas al Señor, él a su vez te conforte a ti, y tú te encuentres bien”».

36. Contaban de abba Arsenio que cuando estaba enfermo en Escete, el presbítero lo llevó a la iglesia y lo hizo acostar sobre un colchón con una pequeña almohada bajo la cabeza. Uno de los ancianos que fue a visitarlo, lo vio sobre un colchón y con la almohada bajo la cabeza, y escandalizado dijo: “¿Es éste abba Arsenio? ¿De este modo se acuesta?”. Lo llevó aparte el presbítero y le dijo: “¿Cuál era tu trabajo en la aldea?”. Respondió: “Era pastor”. Le preguntó: “¿Cómo vivías?”. Respondió: “Vivía con mucho sacrificio”. Le dijo: “¿Cómo vives ahora en la celda?”. Respondió: “Con mayor descanso”. Le dijo entonces el presbítero: ¿”Ves a abba Arsenio? Cuando estaba en el mundo era como el padre de los emperadores, y lo atendían miles de servidores con cinturones de oro, y llevando todos collares de oro y vestiduras de seda. Bajo sus pies había tapices preciosos. Tú eras pastor y no tenías en el mundo el descanso que tienes ahora; pero éste tenía en el mundo el lujo, y no lo tiene aquí. Mientras tú estás en la consolación, él sufre”. Al oír esto, se arrepintió y pidió perdón, diciendo: “Perdóname, padre, porque he pecado. En verdad, éste es el verdadero camino, que ha llevado a este hombre a la humildad; a mí, empero, me ha traído al descanso”. Y se alejó el anciano, después de recibir mucho provecho.

37. Uno de los padres fue a ver a abba Arsenio. Cuando llamó a la puerta abrió el anciano, creyendo que era uno de los que lo servían. Al ver a otro, se echó con el rostro en tierra. Le dijo: “Levántate, abba, para que te salude”. Le respondió el anciano: “No me levantaré hasta que te hayas marchado”. Y aunque se lo rogó con insistencia, no se levantó hasta que se hubo ido.

38. Decían que un hermano fue a ver a abba Arsenio, en Escete, y al llegar, pedía a los clérigos para verlo. Ellos le dijeron: “Descansa un poco, hermano, y lo verás”. Él respondió: “No tomaré nada antes de verlo”. Enviaron con él un hermano para que lo acompañase, porque su celda estaba distante. Llamaron a la puerta y entraron, y después de saludar al anciano se sentaron en silencio. Dijo el hermano de la iglesia (que lo había acompañado): “Me retiro, rueguen por mí”. El hermano extranjero, que no tenía confianza con el anciano, dijo al hermano: “Me voy contigo”. Y ambos salieron. Le pidió entonces: “Llévame también adonde está abba Moisés, el que fue ladrón”. Cuando llegaron a su celda, él los recibió con alegría y los despidió después de haberlos atendido. Le dijo el hermano que lo había acompañado: “Te he llevado a ver al extranjero y al egipcio. ¿Cuál de los dos te gustó más?”. Respondió: “Me gustó el egipcio”. Uno de los padres oyó esto, y oró a Dios diciendo: “Señor, muéstrame la solución: puesto que uno huye por tu Nombre y el otro, por tu Nombre, recibe con los brazos abiertos”. Y le fueron mostradas dos grandes naves sobre el río, y vio a abba Arsenio y al Espíritu de Dios navegando en paz en una de ellas, y a abba Moisés con los ángeles de Dios navegando en la otra, alimentándolo con miel.

39. Decía abba Daniel: «Cuando estaba abba Arsenio a punto de morir, nos mandó decir: “No se preocupen en hacer ágapes por mí, porque si he hecho caridad (ágape) por mí, la volveré a encontrar”».

40. Cuando estaba por morir abba Arsenio, se turbaron sus discípulos. Él les dijo: “Todavía no ha llegado la hora. Cuando llegue la hora, se los lo diré. Seré juzgado con ustedes ante el terrible tribunal si dan mi cuerpo a alguien”. Le respondieron: “¿Qué haremos, porque no sabemos sepultar?”. Les dijo el anciano: “¿No saben atar una soga a mi pie y llevarme hasta la montaña?”. Esta era la palabra que repetía el anciano: “Arsenio, ¿por qué saliste del mundo? Mucha veces me he arrepentido de haber hablado, nunca de callar”. Cercana ya la muerte, lo vieron llorar los hermanos y le dijeron: “Es verdad que tú también tienes miedo, abba”. Él les dijo: “En verdad, el temor que tengo ahora, ha estado conmigo desde que me hice monje”. Y así murió.

41. Se decía de él que durante toda su vida, mientras estaba sentado para el trabajo manual, tenía un paño sobre el pecho (otros leen: una arruga en el pecho), por las lágrimas que caían de sus ojos. Cuando supo abba Pastor que había muerto, dijo llorando: “Bienaventurado eres, abba Arsenio, porque lloraste por ti en este mundo, porque el que no llora aquí, llorará eternamente más allá. Sea que lo hagamos aquí espontáneamente o allá por los tormentos, es imposible no llorar”.

42. Acerca del mismo relataba abba Daniel: “Nunca quiso hablar sobre cuestión alguna de la Escritura, aunque podía hacerlo si hubiera querido. Tampoco escribía cartas con facilidad. Cuando, de tanto en tanto, venía a la iglesia, se sentaba detrás de una columna, para que no viesen su rostro ni ver él a los demás. Tenía un aspecto angelical, como Jacob. Totalmente canoso, era de cuerpo elegante, delgado. Llevaba una larga barba hasta la cintura. Las pestañas se le habían caído de tanto llorar. Era alto, pero encorvado en la vejez. Alcanzó los noventa y cinco años. Estuvo en el palacio de Teodosio el grande, de divina memoria, cuarenta años, haciendo de padre a los divinos Arcadio y Honorio; en Escete estuvo otros cuarenta años, diez en Troe sobre Babilonia, hacia Menfis, y tres en Canopo de Alejandría. Los dos últimos años regresó a Troe, donde murió, acabando su carrera en la paz y el temor de Dios, porque era un varón bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe (Hch 11,24). Me dejó su túnica de piel, su camisa de cilicio blanca y sus sandalias de hoja de palmera. Aunque soy indigno, los llevo para que me bendiga”.

43. Contó también abba Daniel sobre abba Arsenio: «Llamó un día a mis padres, abba Alejandro y abba Zoilo, y postrándose ante ellos les dijo: “Los demonios me atacan, y no sé si me dominan durante el sueño, así que esforzaos esta noche conmigo y observen si me duermo durante la vigilia”. Desde el atardecer se sentaron uno a su derecha y otro a su izquierda, en silencio. Y decían mis padres: “Nosotros dormimos y nos despertamos, y no advertimos que él durmiese”. Al amanecer -­‐Dios sabe si lo simuló, para que nosotros creyésemos que había dormido, o si verdaderamente llegó el sueño-­‐, suspiró tres veces y se levantó enseguida, diciendo: “He dormido, ¿no es verdad?”. Y nosotros respondimos: “No sabemos”».

44. Fueron unos ancianos a ver a abba Arsenio, y le rogaron insistentemente que lo recibiese. Él les abrió la puerta, y ellos le pidieron que les hablase acerca de los que viven en la hesiquía y no se juntan con nadie. Le dijo el anciano: “Mientras la joven está en casa de su padre, muchos quieren casarse con ella. Pero cuando toma marido, ya no agrada a todos. Unos la desprecian, otros la alaban, y no es estimada como antes, cuando vivía oculta. Lo mismo vale para las cosas del alma; una vez que se divulgan, ya no pueden contentar a todos”.

 

             Apotegmas de los
Padres del Desierto

Quinto domingo de Pascua. Croisset.

Parece que la Iglesia ha querido aprovecharse de la reprensión que Jesucristo daba á sus apóstoles, cuando habiéndoles declarado que había llegado el tiempo en que era necesario que les dejase para volverá su Padre, en lugar de regocijarse de su triunfo y de la gloria de que iba á tomar posesión en el cielo, se habían abandonado a la tristeza más amarga. La Iglesia, entrando en el sentido del Hijo de Dios como gobernada por su espíritu, parece que redobla su alegría é inspira á sus hijos los sentimientos de un gozo cada vez más sensible, a medida que se acerca más al día de la ascensión gloriosa del Salvador.

Publicad las voces de la alegría, las cuales deben resonar por todas partes; publicadlas hasta los extremos de la tierra. El Señor ha librado á su pueblo, le ha sacado de la cautividad, le ha vuelto a su dulce patria; tribútense por siempre alabanzas, gloria, bendición y acciones. de gracias á aquel por quien hemos recobrado, por fin, la libertad y que nos ha abierto la celestial Jerusalén. Pueblos de toda la tierra, testificad vuestra alegría al Señor; celebrad su nombre con vuestros himnos; dadle la gloria que le es debida y no ceséis de alabarle. Por este desahogo de alegría y con este cántico de gozo comienza hoy la Iglesia la Misa. Este introito está tomado de Isaías. Describiendo este Profeta el misterio de nuestra redención, en la narración que hace de la libertad del pueblo judío de la cautividad de Babilonia, la cual era la figura, que convida a todas las naciones del mundo á que se derramen en regocijo, y que por todas partes se oigan sus voces de gozo y sus cánticos de alegría (Isaías, XLVIII). Anunciad esta nueva y publicadla hasta los confines del mundo. Decid en todas partes: el Señor ha rescatado á Jacob, su siervo. A esta predicción de Isaías es á la que alude la Iglesia en las palabras del introito. Más espiritual que lo eran entonces los apóstoles (inconsolables por la pérdida que iban á hacer de la presencia corporal del Salvador) en la víspera de celebrar su gloriosa ascensión al cielo, exhorta á sus hijos á que se regocijen por una separación corporal que debía serles tan ventajosa, puesto que debía perfeccionar su fe y abrirles la entrada de la patria celestial. Porque, como dice el gran pontífice San León, la ascensión, triunfante de Jesucristo es una prenda segura de la nuestra.

Tomando la cabeza posesión de su gloria, asegura él derecho y la esperanza que a ella tiene todo el cuerpo. ¿No es justo que ostentemos nuestra alegría con acciones continuas de gracias? Llámase este domingo el domingo de las rogaciones, porque los tres días que siguen están consagrados para dirigir súplicas solemnes al Señor, las cuales se llaman también letanías mayores; y también porque el Evangelio de este día es una invitación ejecutiva que nos hace el Señor á que le expongamos todas nuestras necesidades y le pidamos con confianza. Como el día de mañana está singularmente dedicado á la fiesta de las rogaciones, se traslada á él su historia.

La Epístola de la Misa de esté día está tomada de la católica de Santiago, la cual fue también el asunto de la Epístola del domingo precedente. Después de haber exhortado el santo Apóstol a los  fieles a que se instruyan con cuidado en las verdades de nuestra religión, les declara aquí que no basta escuchar y aprender todas las verdades del Evangelio si no se ponen en práctica. Poned en practica, hermanos míos, les dice., la palabra, y no la escuchéis solamente, engañándoos a vosotros mismos.

Hacían entonces mucho ruido entre los fieles las Epístolas de San Pablo. Muchos habían creído que las buenas obras no eran necesarias para la salud y que bastaba la fe sin las buenas obras. De suerte que tomando mal el pensamiento de san Pablo abusaban de su doctrina. Entre los judíos convertidos, los unos estaban escandalizados de una doctrina semejante y miraban a San Pablo como enemigo de la ley, sin hacerse cargo de que el santo Apóstol no hablaba más que de las ceremonias legales de la antigua ley y de ningún 1nodo de la observancia de la ley evangélica; otros, arrastrados del mismo error, miraban la nueva ley como inútil, y se figuraban que para salvarse bastaba tener fe. Para curar Santiago aquellos espíritus, explica á los fieles los verdaderos sentimientos del apóstol San Pablo, y demuestra aquí que la fe sin las buenas obras es inútil, conforme á lo que escribe San Pablo a los romanos: No ya aquellos que oyen la ley son justos delante de Dios; sólo serán justificados los que practiquen la ley (Rom. II); esto es, lo que practiquen la ley, sean judíos, sean gentiles, ya que hayan recibido la ley de Moisés, ya que no la hayan recibido, serán justificados, no por las obras solas, sino por sus obras hechas por la fe, y con la gracia que Dios les hubiere otorgado. (Galat., III.) La fe que obra por la caridad, porque sin esta caridad viva y activa  todo lo demás de nada sirve, como se explica el mismo Apóstol (l. Cor. XIII.)

Porque si alguno oye la palabra sin ponerla en práctica, se le comparará á uno que ve su rostro natural en un espejo, y que luego que se ha visto se retira y se olvida de su figura. El Evangelio, dice San Bernardo, es un espejo fiel, á nadie engaña, cada uno se ve en él tal como es; por más que uno quiera ocultar; sus defectos, la divina palabra nos los demuestra: secreta vanidad, amor propio sutil, pasión disimulada, exterior engañoso, todo disfraz aparece en este espejo, la menor arruga se descubre, en nada se engaña. Pero ¿de qué sirve mirar al espejo si no se hace más que como de paso, y un momento después de haberse visto se olvida uno de las manchas que tiene en el rostro? Sin embargo, ¿queremos ser dichosos? tengamos sin cesar delante de los ojos la ley del Evangelio, que nos libra de la servidumbre de las ceremonias legales y nos hace hijos de Dios. No, ella no nos ocultará ningún defecto, ella nos descubrirá lo que nuestro amor propio nos oculta. No la miremos como de paso, antes si escuchémosla con el designio de practicar lo que ella nos. dice y de quitar los defectos que ella nos descubre: este es el medio de asegurar nuestra salud. En esta comparación de que se sirve, el Apóstol, el espejo es la palabra de Dios, que nos representa lo que somos y lo que debemos ser: el rostro del hombre es el estado interior de su conciencia: los lunares del rostro son los pecados de que está manchada la pureza del alma: mirarse en el espejo es oír la palabra de Dios y notar en ella la diferencia de lo que somos y de lo que deben1os ser según el Evangelio: olvidar el estado en que uno se ha visto, y poner en olvido, las verdades que se nos han predicado: en fin, no lavarse es descuidar el- corregirse y borrar con las lagrimas de la penitencia la inmundicia de nuestros pecados.

También advierte Santiago a los fieles que si alguno piensa que tiene religión, no refrenando su lengua, sino engañándose a si mismo, su religión en este caso es una religión frívola. Los judíos convertidos a la fe, a quienes está escrita esta carta, estaban todavía tan encaprichados en la observancia de sus ceremonias legales, que no cesaban de prorrumpir en quejas, y aun algunas veces en injurias contra los que no las observaban. Desplegaban sus celos y su pasión en agrias invectivas, y todo bajo del pretexto de celo por la religión, y esto fue lo que obligó al Apóstol a decirles que su pretendido celo era una ilusión; que la verdadera piedad consiste en pensar, siempre bien de su prójimo y no juzgar nunca ni hablar mal de nadie; y que el verdadero celo es inseparable, de la circunspección, de la modestia: y de la caridad. Por fin, concluye con una lección que encierra otras muchas mas: la religión pura y: sin mancha delante de Dios, les dice, la sólida piedad, el celo verdaderamente cristiano, no consiste en disputas ni en vanas especulaciones, sino en la practica constante de una ardiente caridad, visitar los huérfanos y las pobres viudas en sus aflicciones, ejercitarse continuamente en las obras de misericordia, y preservarse de la inmundicia de este inundo corrompido en que vivimos: he aquí lo que prueba visiblemente que somos cristianos, esto es lo que honra la religión que profesamos y lo que constituye una prueba de ella.

El Evangelio de la Misa de este día es una parte de aquel admirable discurso que hizo Jesucristo a sus discípulos después de la cena la víspera de su muerte, en el que este divino Salvador, después de haberles dicho que iba á dejarles para acabar la grande obra de su salvación con el sacrificio de su vida; les predice que su ausencia no serla larga, porque dentro de tres días le volverían a ver en un estado muy diferente del en que le habían visto. Que por lo que miraba a ellos se verían en verdad en la desolación y en la tristeza; pero que la tristeza se convertiría en una alegría que nadie sería capaz de quitarles. Esto bastará, les decía, para enjugar todas vuestras lágrimas, para calmar todas vuestras inquietudes, y para indemnizaros con muchas ventajas de todo lo que hubiereis  padecido por mi amor. Entonces más que nunca comenzareis a gozar del favor de mi Padre. El Espíritu Santo os colmará de sus dones y os instruirá tan perfectan1ente. en todas las cosas, que no tendréis ya necesidad de tenerle visiblemente cerca de vosotros para consultarme en vuestras dudas. Por lo que hace a mi Padre, él os amará, porque vosotros lo amáis, y os aseguro en verdad que no os negará nada de lo que le pidiereis en mi nombre y por mis méritos. Ved aquí, os enseño un nuevo modo de orar muy fácil y muy eficaz, el cual no se hará común hasta que mi reino se hubiere establecido en el cielo, en donde yo seré vuestro mediador, siempre pronto a apoyar vuestras peticiones. Mi Padre no podrá negarme nada, ni tampoco a vosotros siempre que lo pidiereis en mi nombre. Hasta aquí nada habéis pedido en mi nombre. Pedir en nombre del Salvador, dice San Gregorio, es pedir lo que es verdaderamente útil para la salvación. Los apóstoles habían pedido al Salvador muchas cosas: San Juan y Santiago le habían pedido los dos primeros puestos en su reino; San Pedro le había pedido la curación de su suegra; pocos de sus apóstoles habían dejado de pedirle algún favor, o para si mismos, o para sus amigos; pero el Hijo de Dios cuenta por nada todo lo que no se dirige a la salvación o a la perfección. ¡Bienes temporales, vanos honores, salud corporal, vosotros no sois objetos dignos de la atención de Dios! ¿A cuántos cristianos podría hacerse el día de hoy la misma reconvención que Jesucristo hizo a sus discípulos? ¿Cuántos no han pedido aún nada en nombre del Salvador? Pedid y recibiréis; la promesa que os hago, dice el Salvador, debe inspirar á vuestra alma un gozo lleno y perfecto. En efecto, ¿qué cosa de más consuelo que el estar seguros de que todas vuestras peticiones serán eficaces? Vosotros poseéis el secreto para ser siempre oídos. Pedid en mi nombre; vuestra oración será siempre oída. ¿Qué es, pues, lo que podrá turbar jamás vuestra alegría, si estáis seguros de obtener infaliblemente todo lo que pidiereis? Hasta aquí, continúa el Salvador, os he hablado en parábolas, esto es, de una manera figurada y enigmática, porque no erais todavía capaces de comprender los grandes misterios de la religión.

Esta es la última conversación que tendré con vosotros antes de mi muerte. Os he hablado en términos figurados y oscuros, me he servido de ciertas parábolas cuyo sentido no habéis podido penetrar. De aquí adelante me explicaré con vosotros sin figuras; os hablaré claramente de mi Padre después de mi resurrección; os descubriré sin enigmas y sin parábolas el misterio inefable de la Trinidad, el de mi Encarnación, el de mi pasión, el de mi muerte, todo lo que concierne á la economía de la salvación y al establecimiento de mi Iglesia, y vosotros comprenderéis todo lo que yo os diré, en virtud de la inteligencia que os dará el Espíritu Santo. Entonces vosotros mismos tendréis un acceso inmediato a este Padre infinitamente bueno e infinitamente liberal; no tendréis que pedirle en mi nombre para ser oídos. No tengo necesidad de deciros que yo rogaré a mi Padre por vosotros y que uniré mis ruegos a los vuestros; vosotros debéis estar seguros que os amo mucho para que jamás os olvide; pero aún cuando yo no concurriese para que obtengáis lo que pidiereis, basta que me hayáis amado y que hayáis creído en mi para obligar a mi Padre a que os acuerde el efecto de vuestras peticiones. ¡Oh y cuanta verdad es que no hay verdadera, probidad, verdadera sabiduría ni verdadera justicia, sino la que está fundada en el conocimiento y en el amor de Jesucristo! El Padre no ama sino a los que conocen y aman a su Hijo; a nadie oye sino en virtud de los méritos de su Hijo. Vana sabiduría, probidad simulada, fantasma de hombre de bien cuando el conocimiento y el amor de Jesucristo no son el alma de esta pretendida sabiduría, de esta aparente probidad; ninguno es hombre de bien si no es verdaderamente cristiano.

Viendo el Salvador a sus apóstoles movidos y penetrados de las verdades que acaba de enseñarles, les hizo en dos palabras un compendio, por decirlo así, de los más grandes misterios de nuestra religión. Yo he salido de mi Padre, les dice, y he venido al mundo; así también dejo el mundo y me vuelvo a mi Padre. Estas pocas palabras encierran los principales artículos de nuestra fe en orden a la persona del Hijo de Dios. Su generación eterna: Yo he salido de mi Padre; su encarnación, he venido al mundo; su resurrección y su gloriosa ascensión, me vuelvo a mi Padre. He aquí en pocas palabras toda la economía de la redención del género humano y el compendio de nuestra creencia. No habiendo comprendido los apóstoles el sentido de las palabras de Jesucristo: Dentro de poco tiempo no me veréis ya, y poco tiempo después me volveréis a ver, porque me voy á mi Padre, querían preguntárselo; pero conociendo el Salvador su pensamiento había prevenido su deseo y se había explicado mas claramente. Esto fue lo que obligó a los apóstoles a decir: Ahora estamos convencidos de que sabes todas las cosas y no tienes necesidad de que nadie te pregunte para aclararle sus dudas, porque tú las sabes aún antes que se te propongan; tu descubres lo más secreto del corazón, y esto es lo que nos hace creer que has salido de Dios. Sólo Dios es el que puede penetrar el fondo del corazón y descubrir los mas secretos pensamientos; así es que nada nos confirma mas en la fe en que estamos de que tú eres el verdadero Mesías y verdadero Hijo de Dios.

Croisset, Año Cristiano.

Padres del desierto 3

1. Cuando abba Arsenio estaba todavía en el palacio, oró al Señor diciendo: “Señor, dirígeme por el camino de la salvación”. Y llegó hasta él una voz que le dijo: “Arsenio, huye de los hombres y serás salvo”.

2. Habiéndose retirado el mismo a la vida solitaria, oró de nuevo diciendo idénticas palabras (cf. Mt 26,44). Y oyó una voz que le decía: “Arsenio, huye, calla, recógete, porque estas son las raíces de la impecabilidad”.

3. Los demonios rodearon a abba Arsenio, que estaba en su celda, y lo hostigaban. Llegaron los que asistían al anciano y, permaneciendo fuera de la celda, lo oyeron clamar a Dios con estas palabras: “Oh, Dios, no me abandones; nada bueno he hecho en tu presencia, pero concédeme según tu bondad que lo pueda comenzar”.

4. Decían del mismo, que así como ninguno en la corte se vestía mejor que él, ninguno llevaba ropas más vulgares en la iglesia.

5. Alguien dijo al bienaventurado Arsenio: “¿Cómo, es que nosotros no tenemos nada, con toda nuestra educación y sabiduría, mientras que estos campesinos y egipcios adquieren tantas virtudes?”. Le respondió abba Arsenio: “Nosotros no sacamos nada de nuestra educación secular, pero estos campesinos y egipcios adquieren las virtudes por sus trabajos”.

6. Interrogaba una vez abba Arsenio sobre sus propios pensamientos a un anciano egipcio. Uno que lo vio, le dijo: “Abba Arsenio, ¿cómo tú, que has recibido semejante educación romana y griega, interrogas a este rústico acerca de tus pensamientos?”. Le respondió: “Aprendí las ciencias romanas y griegas, pero todavía no aprendí el alfabeto de este rústico”.

7. Fue una vez el bienaventurado arzobispo Teófilo con un notable a visitar a abba Arsenio, e interrogaba al anciano para oír de él una palabra. Después de callar por un corto tiempo, respondió: “¿Observarán lo que les diga?”. Ellos prometieron que lo guardarían. Les dijo entonces el anciano: “Adonde oigan que está Arsenio no se acerquen”.

8. Deseando otra vez encontrarse el arzobispo con él, envió a preguntarle si le abriría el anciano. Le dio esta respuesta: “Si vienes, te abriré. Pero si abro para ti, abriré a todos, y entonces no permaneceré ya aquí”. Al oír esto dijo el arzobispo: “Si voy allí para expulsarlo, no iré más a verlo”.

9. Pidió un hermano a abba Arsenio que le hiciera oír una palabra. El anciano le dijo: “En cuanto de ti dependa, esfuérzate para que tu trabajo interior sea de acuerdo a Dios, y vencerás las pasiones exteriores”.

10. Dijo también: “Si buscamos a Dios, Él se manifestará a nosotros; y si lo retenemos, permanecerá con nosotros”.

11. Alguien dijo a abba Arsenio: “Mis pensamientos me afligen, diciéndome: No puedes ayunar ni trabajar; visita al menos a los enfermos: también esto es caridad”. El anciano, conociendo que era semilla sembrada por los demonios, le dijo: “Ve, come, bebe, duerme y no trabajes; pero no salgas de la celda”. Porque sabía que la paciencia de la celda lleva al monje a observar su orden.


12. Decía abba Arsenio, que el monje peregrino en una región extranjera no debe
inmiscuirse en nada, y así tendrá el descanso.


13. Dijo abba Marcos a abba Arsenio: “¿Por qué huyes de nosotros?”. Le respondió el anciano: “Dios sabe que los amo, pero no puedo estar con Dios y con los hombres. Los millares y miríadas celestiales tienen una sola voluntad, pero los hombres muchas. No puedo entonces abandonar a Dios para estar con los hombres”.

14. Abba Daniel decía acerca de abba Arsenio, que pasaba la noche entera sin dormir, y cuando, al amanecer, la naturaleza lo obligaba a acostarse, decía al sueño: “Ven, servidor malo”. Sentado, tomaba entonces, un corto sueño, y se levantaba en seguida.

15. Decía abba Arsenio que es suficiente para el monje dormir una hora, si es luchador.


16. Contaban los ancianos que un día distribuyeron en Escete unos higos secos. Como eran de poco valor, no le mandaron a abba Arsenio, para que no se ofendiese. El anciano, al saber lo sucedido, no acudió a la sinaxis, diciendo: “Me han excomulgado al no mandarme la eulogia que Dios envió a los hermanos, y que yo no fui digno de recibir”. Lo supieron todos y aprovecharon (sus almas) por la humildad del anciano. El presbítero le llevó entonces los higos secos, y lo trajo con alegría a la sinaxis.

17. Decía abba Daniel: “Permaneció con nosotros durante muchos años, y cada año le dábamos un canasto de trigo, y cuando lo íbamos a visitar comíamos de él”.


18. Decía también acerca del mismo abba Arsenio, que no cambiaba el agua de las palmas más que una vez al año, y para el resto solamente agregaba. Trenzaba una cuerda y tejía hasta la hora sexta. Los ancianos le suplicaron: “¿Por qué no cambias el agua de las palmas, que huele mal?”. Él les dijo: “Es necesario que en lugar de los perfumes y aromas que utilizaba en el mundo, soporte este mal olor”.


19. Decía también (abba Daniel) que cuando (abba Arsenio) oía que todas las clases de frutas estaban ya maduras, decía: “Tráiganmelas”, y tomaba una sola vez y un poquito de cada una, dando gracias a Dios.


20. Cayó una vez enfermo en Escete abba Arsenio. Le faltaba hasta un pedazo de tela de lino, y como no tenía con qué comprarlo, lo recibió de otro por caridad, y dijo: “Gracias te doy, Señor, porque me hiciste digno de recibir la caridad en tu Nombre”.


21. Decían que la distancia hasta su celda era de veintidós millas. No salía prontamente de ella, pues otros lo servían. Cuando fue devastada Escete, salió llorando y dijo: “El mundo ha perdido a Roma y los monjes a Escete”.


22. Preguntó abba Marcos a abba Arsenio: “¿Es bueno no tener consolación en la celda? Porque vi un hermano que tenía unas legumbres y las estaba arrancando”. Le respondió abba Arsenio: “Es bueno, pero según las fuerzas del hombre. Porque si no tiene fuerza para semejante práctica, pronto plantará otras”.


23. Abba Daniel, discípulo de abba Arsenio, relataba lo siguiente: “Estaba junto a abba Alejandro, el cual, vencido por el dolor, se acostó mirando hacia arriba, a causa del dolor. El bienaventurado Arsenio llegó para hablar con él, y lo vio acostado. Mientras conversaban, le dijo: “¿Quién era el secular que he visto aquí?”. Le dijo abba Alejandro: “¿Dónde le viste?”. Respondió: “Cuando bajaba de la montaña, miré hacia la gruta y vi a alguien acostado y mirando hacia arriba”. Entonces, postrándose, le dijo: “Perdóname, era yo, porque el dolor se había apoderado de mí”. Le dijo el anciano: “¿Eras tú, entonces? Está bien. Yo supuse que era un secular, por eso preguntaba”.


24. Dijo otra vez abba Arsenio a abba Alejandro: “Cuando hayas terminado de cortar tus ramas de palmera, ven a comer conmigo, pero si llegaran huéspedes, come con ellos”. Abba Alejandro trabajaba lentamente y con cuidado. Cuando llegó la hora, tenía todavía palmas, y queriendo cumplir la orden del anciano, esperó hasta concluir el trabajo. Abba Arsenio, al ver que se demoraba, comió, pensando que habían llegado visitantes (a su celda). Abba Alejandro, cuando hubo terminado su trabajo, hacia el atardecer, se puso en camino. Le dijo el anciano: “¿Tuviste visitas?”. Respondió: “No”; le dijo: “¿Por qué no viniste, entonces?”. Contestó: “Porque tú me dijiste: Cuando termines de cortar tus palmas, ven. Por guardar tu palabra no he venido hasta ahora, que terminé”. Se admiró el anciano de su exactitud, y le dijo: “Rompe el ayuno, pronto, para recitar el Oficio, y bebe tu ración de agua; de lo contrario pronto estará enfermo tu cuerpo”.

25. Llegó una vez abba Arsenio a un lugar en el que había cañas, que el viento agitaba. Dijo entonces el anciano a los hermanos. “¿Qué es este movimiento?”. Le respondieron: “Son cañas”. Les dijo el anciano: “Si uno permanece en la hesiquía y oye el canto de un pajarillo, ya no tiene el corazón la misma tranquilidad. Cuanto más ustedes, que tienen el movimiento de estas cañas”.

De los Apotegmas de los Padres del desierto.

Padres del desierto 2

26. Fueron algunos hermanos a abba Antonio, y le dijeron una palabra del Levítico. Salió el anciano al desierto, y lo siguió ocultamente abba Amonas, que conocía sus costumbres. Y alejándose, el anciano, puesto de pie para la oración, exclamó con voz fuerte: “Oh, Dios, envía a Moisés para que me explique esta palabra”. Y llegó una voz que conversó con él. Dijo abba Amonas que él oyó la voz que conversaba con el anciano, pero no comprendió el alcance de esas palabras.

27. Tres padres tenían la costumbre de ir cada año a ver a abba Antonio y mientras dos lo interrogaban acerca de los pensamientos y la salvación del alma, el tercero callaba absolutamente y nada preguntaba. Después de mucho tiempo, le dijo abba Antonio: “Vienes desde hace tiempo y no me preguntas nada”. Le respondió diciendo: “Abba, me basta con verte”.

28. Decían que uno de los ancianos rogó a Dios le concediese ver a los Padres, y los vio excepto a abba Antonio. Le dijo al que se lo mostraba: “¿Dónde está abba Antonio?”. Le respondió: “En el mismo lugar en que está Dios, allí está”.

29. Un hermano en el cenobio fue acusado calumniosamente de fornicación, y levantándose fue adonde estaba abba Antonio. Los hermanos del cenobio fueron también para curarlo y llevarlo consigo, y trataron de convencerlo que había hecho aquello. Él, por el contrario, afirmaba: “No lo hice”. Estaba allí abba Pafnucio Céfalas, quien les dijo esta parábola: “Vi en el borde del río a un hombre, hundido en el fango hasta las rodillas, y fueron unos para darle la mano, y lo hundieron hasta el cuello”. Y les dijo abba Antonio acerca de abba Pafnucio: “Este es un hombre veraz, capaz de curar a las almas y salvarlas”. Movidos a arrepentimiento por las palabras de los ancianos, hicieron la metanía al hermano. Y amonestados por los Padres, recibieron al hermano en el cenobio.

30. Decíase de abba Antonio que llegó a ser pneumatóforo (portador del Espíritu Santo), pero que no quería hablar a causa de los hombres. En efecto, reveló lo que acontecía en el mundo y lo que había de venir.

31. Recibió abba Antonio una carta del emperador Constancio, invitándolo a ir a Constantinopla, y reflexionaba acerca de lo que debía hacer. Le preguntó a abba Pablo, su discípulo: “¿Debo ir?”. Y le respondió: “Si vas, te llamarás Antonio; si no vas, te llamarás abba Antonio”.

32. Dijo abba Antonio: “Ya no temo a Dios, sino que lo amo. En efecto, el amor expulsa el temor (1 J 4,18)”.

33. Dijo el mismo: “Deben tener siempre ante los ojos el temor de Dios. Acuérdense de quien da la muerte y la vida (cf. 1 S 2,6). Tengan odio al mundo y a todo lo que está en él. Renuncien a esta vida, para vivir para Dios. Recuerden lo que prometieron a Dios; eso es lo que se les pedirá en el día del juicio. Sufran el hambre, la sed, la desnudez, las vigilias; entristézcanse y lloren, giman en sus corazones; prueben si son dignos de Dios; desprecien la carne, para salvar sus almas”.

34. Visitó abba Antonio a abba Amún en la montaña de Nitria, y cuando se hubieron encontrado, le dijo abba Amún: “Ya que el número de los hermanos se ha multiplicado gracias a tus oraciones, y algunos de ellos desean construirse celdas retiradas para vivir en el recogimiento (hesiquía), ¿a qué distancia de las actuales dispones que se edifiquen esas celdas?”. Le dijo: “Comeremos a la novena hora, y saldremos a recorrer el desierto para reconocer el lugar”. Cuando hubieron marchado por el desierto hasta la puesta del sol, abba Antonio dijo: “Oremos, y plantemos una cruz, para que construyan aquí los que lo que desean. Así los hermanos que vengan de allá para ver a los que están aquí, lo harán después de tomar una ligera refección a la hora novena, y los encontrarán en este momento. Lo mismo los que vayan de aquí para allá, se conserven de este modo sin distracción en las visitas mutuas”. La distancia es de doce millas.

35. Dijo abba Antonio: “El que trabaja un bloque de hierro, observa primero en su pensamiento lo que desea hacer: una hoz, una espada o un hacha. De la misma manera, nosotros debemos pensar qué virtud buscamos, para no esforzarnos en vano”.

36. También dijo: “La obediencia y la continencia someten las fieras a los hombres”.

37. Dijo también: «Conozco monjes que cayeron después de haber soportado mucho, y que llegaron al orgullo del alma porque esperaron en sus obras y desconocieron el mandato que dice: “Interroga a tu padre y él te enseñará (Dt 32,7)”».

38. Dijo también: “El monje debería manifestar confiadamente a los ancianos, si fuera posible, cuántos pasos hace o cuántas gotas de agua bebe en su celda, para no tropezar en ello”.

Los apotegmas de los Padres del Desierto.

Croisset. Cuarto domingo de Pascua

Nada particular ofrece este domingo sino lo que es común a todo el tiempo pascual; esto es, la renovación de la alegría espiritual, que es el efecto de la resurrección del Salvador, y una continuación del fervor que debe ser el fruto en el corazón de los fieles.

Los griegos le llaman el domingo de Semi-Pentecostes; esto es, de la semana que divide los cincuenta días que hay desde Pascua hasta Pentecostés, pues que el miércoles siguiente es el vigésimo quinto desde el domingo de Resurrección. Aunque la Iglesia convida a todos sus hijos a las demostraciones de una alegría santa que la gracia produce en una conciencia tranquila y en un corazón puro, con vida principalmente a los gentiles a que celebren con cánticos de alegría su vocación a la fe y a que reconozcan con himnos de acción de gracias el beneficio singular que el Señor les ha hecho sacándolos de las espesas tinieblas del paganismo. No formando ya los judíos y los gentiles sino un solo pueblo en la Iglesia por la vocación á la fe del Salvador, deben tener los mismos sentimientos y el mismo idioma; á esta unión de los dos pueblos hace alusión la Iglesia en la oración de la misa de este día, que es una de las más bellas oraciones que pueden dirigirse á Dios y que debería estar continuamente en la boca y en el corazón de los fieles.

El introito de la Misa esta tomado del salmo XCVII, que es una acción de gracias por la libertad del pueblo judío de la cautividad de Egipto, de la cautividad de Babilonia,  tal vez de alguna otra calamidad. El real Profeta, con bastante verosimilitud, designa bajo de esta figura la redención de los hombres por Jesucristo, cuya venida predice. Cantad, dice, hijos de los hombres, un cántico nuevo de la gloria del Señor, que ha obrado tantos prodigios en nuestro favor, y no ceseís de multiplicar vuestras alabanzas en su honor, de bendecirle, de glorificarle y darle gracias. El Señor ha hecho brillar d vista de las naciones su fidelidad, su omnipotencia en sus maravillas, su misericordia en sus beneficios, librando a su pueblo de una esclavitud tan peligrosa. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho nuevos prodigios en vuestro favor, librándoos de la cautividad y de la servidumbre por caminos inesperados y por una misericordia de que no os hubierais atrevido a lisonjearos: tantas maravillas de su parte, con razón merecen vuestras acciones de gracias. Como la servidumbre de Egipto y la cautividad de Babilonia no eran otra cosa que la figura de la servidumbre fatal del pecado bajo de la cual vivíamos, la libertad y manumisión de estas esclavitudes eran la figura de la dichosa libertad que felizmente nos ha adquirido Jesucristo con su muerte y con su gloriosa resurrección. ¡Qué motivo, pues, mas justo de alegría, llena de acciones de gracias y de amorosos trasportes! Dios, dice el texto sagrado, ha manifestado al mundo d su Salvador, la Sabiduría eterna, su Hijo único, su Verbo, la fuente de todo bien y de toda justicia, nuestro Redentor, y nos le ha manifestado singularmente en el día de su resurrección d todas las naciones. Ha difundido la luz del Evangelio por todo el mundo. Los pueblos que vivían en las tinieblas han percibido, en fin, esta gran luz, y la luz se ha descubierto de los que habitaban en la región de la sombra y de la muerte. (Isaías, IX.)

El Señor ha empleado la virtud de su diestra y toda la fortaleza de su brazo para conservar su pueblo y para salvarnos. Quiere decir, que el Señor, para sacarnos de la cautividad, para salvarnos, no ha empleado una fuerza extraña, ha venido él mismo en nuestro auxilio: con su propia muerte y con su triunfante resurrección es con lo que ha vencido al infierno, destruido el imperio del demonio y del pecado, y nos ha librado de la más dura de todas las servidumbres.

La Epístola de la Misa de este día está tomada de la Epístola católica del apóstol Santiago, obispo de Jerusalén, que se apellida hermano, esto es, primo de Jesucristo, cuyo designio principal es hacer ver que la fe no puede salvarnos sin las obras, aun cuando seamos justificados por la fe. Lo que constituye el asunto de la Epístola de la Misa de este do1ningo es el pasaje en que este Apóstol declara á todos los fieles que toda gracia y todo don viene de lo alto y desciende del Padre de las luces, que es la fuente de todo bien. Este Apóstol es llamado Menor para distinguirle de Santiago, hermano de San Juan, el cual es mayor que él., por decirlo así, en el apostolado, y que por la misma razón se llama el Mayor en los fastos de la Iglesia. Llamase católica su Epístola porque no se dirige á ninguna iglesia particular, sino que es común á todas las que profesan la fe de Jesucristo, o a lo menos á las que se componían de judíos convertidos al cristianismo, y esparcidas entonces en cuasi todas las partes del inundo, á lo cual alude el nombre de católica, que significa propiamente universal. Todo favor insigne., dice el santo Apóstol, y todo d6n perfecto viene de lo alto. Era un error muy común entre los judíos el creer que muchas bellas cualidades, y aun muchas virtudes, crecían dentro de nosotros como de nuestra propia cosecha y que eran frutos de nuestro libre albedrío. Los fariseos, sobre todo, creían poder por sí mismos resistir á la concupiscencia y practicar la ley sin necesidad de la oración ni de la gracia. Santiago previene á los fieles contra esta perniciosa presunción; y como aquellos á quienes se dirige principalmente su carta se habían criado en el judaísmo, temiendo no estuviesen imbuidos en este error, les enseña desde luego que todo el bien que hay en nosotros viene de Dios, y que no hay verdadera virtud que no sea un don de su misericordia.

No nos atribuyamos el mérito de nuestras buenas obras, ni pensemos que con sólo nuestras fuerzas podemos resistir los halagos de la concupiscencia; para esto necesitamos del auxilio sobrenatural de Dios y de aquella gracia que no niega á nadie. Es menester esta gracia para querer el bien, para hacer el bien, para perseverar en el bien; sin este auxilio no hay bien alguno que sea meritorio de la vida eterna. Luego toda gracia, todo don excelente viene del Padre de las luces. Llama á Dios Padre de las luces, porque él es, dice San Agustín, el que ilumina á todo el que viene al mundo, y el que imprime en nuestras almas las verdades de salud, el que nos inspira el amor y el que nos le hace poner en práctica con el auxilio de su gracia. Después de haber indicado Santiago en los versículos precedentes el origen del mal, dice un sabio intérprete, indica el del bien, y enseña que todos los bienes de la naturaleza y de la gracia, por excelentes que sean, nos vienen de lo alto y descienden del Padre de las luces. Esta proposición asegura dos verdades importantes: la una que todo lo que viene de Dios es bueno y excelente lo cual destruye la impiedad de Manés, que hace á Dios autor del pecado, la otra que todo lo que nosotros tenen1os bueno,  piadosos deseos, buenos pensamientos, obras de justicia y de caridad, todo esto viene de Dios como de su origen, lo cual refuta el error de Pelagio, que hacia al hombre autor de todo el bien sobrenatural que hace. Todo don perfecto, continúa el Apóstol, desciende del Padre de las luces, el cual no se muda .y en quien no hay ni sombra de alteración. ¡Qué dulce es depender en todo de un Señor semejante! ¡Qué consolatorio el que nuestra fortuna y nuestra suerte dependan de él! Con ninguna criatura se puede contar seriamente; todo se doblega al menor viento, todo falla, todo cambia sobre la tierra; sólo Dios no está sujeto a la vicisitud ni a la mutación. Siempre amará la inocencia, siempre recompensará la virtud, siempre tendrá horror al vicio y siempre castigará el pecado. El horror, la aversión, el vicio son los grandes resortes que mueven a obra a los hombres importantes estos tres puntos de moral. Oír .mucho y hablar poco, es siempre señal de sabiduría; y la modestia y la reserva son inseparables de la verdadera virtud. Esos grandes habladores, esas gentes que dogmatizan tanto, no suelen ser siempre los más poderosos en obras; no los que predican o escuchan la ley, sino los que la practican, son justificados delante de Dios. En consecuencia de esta verdad recomienda Santiago la mansedumbre y la paciencia a todos los fieles. La cólera es una pasión, luego es contraria la virtud. Lisonjéase uno a las veces de que no obra sino por celo, y no es más que el movimiento de su pasión el que se sigue. Dios no ha elegido nuestros arrebatos para ejercer su venganza, para esto ha establecido jueces y potestades. El celo ardiente, el celo amargo, en los particulares que no están reputados para la reforma de los otros, no es propiamente otra cosa que una ira disfrazada: cuando se limita a reformarse a si mismos, entonces podrá pasar por celo; pero luego que el celo sale de su esfera y se derrama como torrente por la tierra del vecino, ya es estrago, ya es pasión. Por esto, concluye el mismo Apóstol, renunciando á todo lo que es impuro y á todos los excesos de la iniquidad, recibid con un espíritu de mansedumbre la palabra que se ha plantado en vosotros y que tiene la virtud de salvar vuestras almas; que es como si dijera: puesto que deseáis la sabiduría, y que queréis llegar al puerto de la salud, alejad de vosotros todo lo que puede impediros el llegar á este fin, todo lo que puede suscitar nieblas y borrascas en vuestro corazón. ¿Queréis vivir en la calma y gozar de un cielo sereno? Vivid en la inocencia; domad las pasiones tan enemigas a vuestro reposo y tan opuestas al espíritu de Jesucristo; ignorad hasta el nombre mismo de la impureza; vivid en una grande inocencia; arrojad de vuestro corazón la codicia, la avaricia, el demasiado amor de vosotros mismos. ¿Queréis que las verdades que se os han enseñado, que la divina palabra que se os ha predicado, que el espíritu de Jesucristo que ha sido como ingerido en el vuestro, produzcan mucho fruto? Tened aquella dulzura cristiana que, en alguna manera, caracteriza las almas puras. El fruto de esta divina palabra es la salud.

El Evangelio de la Misa de este día esta tomado de aquel pasaje de San Juan, en que viendo el Salvador que se acercaba su ascensión al cielo, prepara sus apóstoles para esta separación sensible – que debía privarles de su presencia corporal y, por consiguiente, debía afligirles. Les hace ver que es necesario que los deje y que  les indemnizará bien de esta satisfacción puramente natural de que gozaban viéndole corporalmente con ellos. Todo el tiempo que Jesucristo estuvo visiblemente con sus apóstoles desde su resurrección hasta su ascensión, lo empleó en instruirle en los grandes misterios de la religión, de los cuales se habían hecho ya más capaces desde que en su primera aparición les hubo dado el Espíritu Santo. Esta comunicación, esta infusión del Espíritu Santo era necesaria para espiritualizar, por decirlo así, gentes tan materiales y hacerles capaces de las verdades que hasta entonces les habían sido tan incomprensibles. El Salvador, en este admirable discurso, tan instructivo y tan lleno, que hizo á sus apóstoles después de la última cena, habiéndoles hecho un compendio de cuanto aflictivo y horroroso debía sucederles en el establecimiento maravilloso de su Iglesia, les afianzo. No les había aún franqueado antes con vosotros, porque mientras yo estaba en vuestra compañía nada teníais que temer; pero ya no es tiempo de ocultaros nada. Ha llegado la hora, y yo estoy en vísperas de dejaros, por esto os he manifestado sin embozo, y aun sin figura, todo lo que tendréis que sufrir en el mundo; pero no temáis nada, aunque vais a perder mi presencia corporal, yo estaré sie1npre invisiblemente con vosotros. Acercase el tiempo en que debo volver al cielo de donde he venido. Yo me voy a aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta ¿adónde vas?

Esta pequeña reconvención que Jesucristo hace aquí a sus apóstoles, es una lección importante que les da el Salvador, -lo mismo que a nosotros. Porque os he dicho que me voy, estais afligidos, la tristeza se ha apoderado de vuestro corazón, os habeis todos consternado; pero lo que así os afecta no es más que la pérdida de mi presencia sensible, sin que tengáis presente en ninguna manera la gloria que voy a recibir subiendo al cielo, en donde debo estar sentado a la diestra de mi Padre, ni las grandes ventajas que debéis reportar de mi gloriosa ascensión. Vosotros estáis apegados a los sentidos, y no os mueve mas que lo sensible; por esto ninguno de vosotros piensa en preguntarme sobre la excelencia, sobre la felicidad de aquella dulce 1nansion de los bienaventurados, en donde Dios hace ostentación de su majestad, en donde mi sagrada humanidad va a recibir toda la gloria que le es debida, de donde he de enviaros el Espíritu Santo, el cual debe dar la última perfección a mi grande obra y derramar sobre vosotros todos mis dones. Yo os digo que me voy a aquel que me ha enviado, que vuelvo al cielo de donde he venido; y en lugar de regocijaros conmigo, tanto á causa de la felicidad que debo recibir allí, cuanto á causa de la ventaja que os resultará de mi exaltación, os afligís, no decís palabra, os veo pensativos y en profundo silencio. El pensamiento solo de mi partida os ha llenado de tal modo el corazón de tristeza, que os ha sobrecogido á todos. ¿De este modo debéis mirar lo más ventajoso que hay para vosotros? Os digo la verdad: os interesa que yo me vaya y que os prive de esta presencia corporal que hace que el amor que me tenéis sea menos espiritual y menos perfecto. Por otra parte, si yo no me fuese, el Espíritu Santo., que es el consolador y el maestro que os he prometido, no vendría, y yéndome yo, os le enviaré. Ahora bien, vosotros no ignoráis cuánto importa que venga; porque él es el que ha de convencer al mundo sobre el pecado, sobre la justicia y sobre el juicio. El Espíritu Santo, por la predicación de los apóstoles y por los milagros que obrarán, convencerá al mundo de pecado; esto es, hará conocer cuál ha sido la corrupción de costumbres y el lamentable error en que han vivido los hombres hasta aquí, sumergidos en la ignorancia del verdadero Dios, en los desarreglos más horribles y en una corrupción de costumbres universal; hará conocer. cuán criminales son los hombres, en particular los judíos, por no haber creído en Jesucristo después de tantas maravillas. Esos espíritus orgullosos y esos corazones indóciles, que habrán resistido tanto tiempo á las luces de la fe, conociendo, al fin, la virtud del espíritu de Dios por los brillantes prodigios que obrará y por la admirable santidad que comunicará a los fieles, confesaran, para confusión suya, que se han engañado cuando no han querido creerle. El mismo Espíritu Santo les convencerá también de la justicia y de la inocencia del Hijo de Dios, haciendo ver que aquel a quien han condenado tan injustamente a muerte ha resucitado y ha subido al cielo para reinar allí eternamente con su Padre. En fin, convencerá al n1undo y a todos sus partidarios de la equidad del juicio hecho contra el demonio que se había como atribuido el imperio del mundo; en donde reinaba con tanta tiranía y se había hecho erigir tantos altares; conocerán la justicia con que ha sido destruido el reino de este tirano, abolido sus leyes perniciosas é injustas, condenado sus falsas máximas y extinguido su poder, no solo por la destrucción de la idolatría, sino también por el establecimiento de una religión tan santa, la cual será la obra y la obra maestra del Espirita Santo y el fruto de la predicación del Evangelio. Estos son los tres efectos principales de la venida del Espíritu Santo que yo os enviaré. Él convencerá al mundo del pecado de los judíos, y de todos los que han rehusado creer en mi, después de las brillantes e incontestables pruebas de mi divinidad; convencerá al inundo de la justicia, haciendo ver á los judíos y los paganos que no habrá justicia ni verdadera virtud más que en la religión cristiana; convencerá, en fin, al mundo del juicio, destruyendo el imperio que tenia el demonio en el mundo sobre el espíritu y el corazón de todos los pueblos, por las falsas y perniciosas máximas que habían tenido fuerza de ley hasta la venida de Jesucristo.

Después de una instrucción tan importante y que viene á ser el compendio, por decirlo así, de nuestra religión, añade Jesucristo que aún tenia muchas cosas que decirles; pero que no estaban todavía en disposición de comprenderlas, y que no quería cargar su entendimiento de lo que no podía aún digerir: que les reservaba el conocimiento de ellas hasta la venida del Espíritu de verdad, el cual les enseñaría todas las verdades necesarias para su perfección, para su salvación y para la de los demás. Había dicho el Salvador a sus apóstoles que les había descubierto todo lo que él había oído de su Padre, esto es, todo lo que eran capaces de comprender antes de haber recibido la plenitud del Espíritu Santo y aquella inteligencia sobrenatural, que era uno de sus principales dones; pero había aún muchas más cosas n1isteriosas, cuyo verdadero sentido no eran todavía capaces de comprender.· Estos grandes misterios. estas verdades superiores, al alcance del entendimiento humano eran: la unión sustancial de la divinidad v de la humanidad en la persona adorable de Jesucristo; la espiritualidad de su reino eterno y temporal; su estado de hun1illacion y de gloria, de poder y de flaqueza, de victima por los pecados del mundo y de hombre sin pecado. Era necesario que viniese el Espíritu Santo para que les diese el don de inteligencia; para que disipase todas sus oscuridades y para que conciliase todas estas contradicciones aparentes, y esto es lo que ha hecho el Espíritu Santo, esta es su obra. Cuando venga aquel Espíritu de verdad, continúa el Salvador, los enseñará todas estas verdades y os comunicará una inteligencia clara de todos estos misterios. No hablará de si mismo, es decir, así como el Hijo nada dice de si -mismo, esto es, así con lo que éste dice, no lo dice solo, sino que su Padre lo dice con él, del mismo modo el Espíritu Santo nada dice de su propia autoridad, esto es, absolutamente solo, porque procediendo del Hijo lo mismo que del Padre, y recibiendo de ellos la misma naturaleza y la misma ciencia, nada dice, nada puede decir, sin lo que el Hijo dice con su Padre, no siendo las tres divinas personas más que un solo Dios: así que no penséis que el Espíritu Santo deba enseñaros una doctrina diferente de mía; es la misma doctrina, de la cual os dará un conocimiento mas perfecto y os desenvolverá el verdadero sentido. El Salvador se había explicado en otra parte poco más o menos en el mismo sentido, cuando decía a los judíos: Mi doctrina no es mía, sino ele aquel que me ha enviado. Todas estas maneras de hablar nos dan una idea muy clara del misterio adorable de la Trinidad, un solo Dios en tres personas.

Por fin, el Espíritu Santo os dará a conocer claramente el porvenir, añade el Salvador, llenándoos del espíritu de profecía, necesaria en el nacimiento de la Iglesia que vosotros debéis establecer. Todo lo que hará este Espíritu Santo será para mi gloria, porque es en el Espíritu, como es Espíritu de mi Padre; porque tendrá parte en lo que a mi pertenece, y os lo dará a conocer. Cuasi todos los intérpretes, después de los Santos Padres, no dudan que Jesucristo por estas palabras, tendrá parte en lo que a mi me pertenece, haya querido indicar que el Espíritu Santo procede del Hijo como del Padre, y que los dos le comunican la naturaleza y las perfecciones divinas que el Hijo mismo recibe del Padre por su generación eterna, y que el Espíritu Santo tiene por su eterna procesión de los dos. Es como si dijese el Hijo de Dios: El Espíritu Santo vendrá como un enviado, que no habla en su nombre y sólo por si. Como procede de mi Padre y de mi, y nosotros somos los que le envían, así como todos tres tenemos la misma naturaleza divina, así también tenemos una misma voluntad; y por tanto, todo lo que os enseñará es mi doctrina, y no os dirá nada que mi Padre y yo no os dijésemos: él es el que le glorificará, haciendo conocer a los hombres mi divinidad, que es la misma que la suya y la de mi Padre , porque estas tres personas el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo no son más que un solo Dios. Hará conocer esta divinidad por medio del don de inteligencia que comunicará a los fieles y por las maravillas que les hará mostrar en mi nombre.

Croisset, Año Cristiano. Cuarto domingo de Pascua.

Los padres del desierto 1

1. El santo abba Antonio, mientras vivía en el desierto, cayó en la acedia y se oscurecieron sus pensamientos. Dijo a Dios: “Señor, quiero salvar mi alma, pero los pensamientos no me dejan. ¿Qué he de hacer en mi aflicción? ¿Cómo me salvaré?”. Poco después, cuando se levantaba para irse, vio Antonio a un hombre como él, trabajando sentado, que se levantaba de su trabajo para orar, y se sentaba de nuevo para trenzar una cuerda, y se alzaba para orar, y era un ángel del Señor, enviado para corregir y consolar a Antonio. Y oyó al ángel que le decía: “Haz esto y serás salvo”. Al oír estas palabras sintió mucha alegría y fuerza, y obrando de esa manera se salvó.

2. El mismo abba Antonio, investigando la profundidad de los juicios de Dios, rogó diciendo: “Señor, ¿por qué mueren algunos tras una vida corta y otros llegan a extrema vejez? ¿Por qué algunos son pobres y otros ricos? ¿Por qué los injustos se enriquecen los justos pasan necesidad?”. Entonces vino hasta él una voz que le respondió: “Antonio, ocúpate de ti mismo, pues eso es el juicio de Dios, y nada te aprovecha el saberlo”.

3. Uno interrogó a abba Antonio, diciendo: “¿Qué debo observar para agradar a Dios?”. El anciano le respondió diciendo: “Guarda esto que te mando: adondequiera que vayas, lleva a Dios ante tus ojos; y cualquier cosa que hagas, toma un testimonio de las Sagradas Escrituras; y cualquiera sea el lugar que habitas no lo abandones prontamente. Observa estas tres cosas y te salvarás”.

4. Dijo abba Antonio a abba Pastor: “Este es el gran esfuerzo del hombre: poner su culpa ante Dios, y estar preparado para la tentación hasta el último suspiro”.

5. Dijo el mismo: “El que no ha sido tentado no puede entrar en el Reino de los cielos. En efecto, suprime las tentaciones -­‐dijo-­‐ y nadie se salvará”.

6. Preguntó abba Pambo a abba Antonio: “¿Qué debo hacer?”. Le respondió el anciano: “No confíes en tu justicia, ni te preocupes por las cosas del pasado, y guarda tu lengua y tu vientre”.

7. Dijo abba Antonio: “Vi todas las trampas del enemigo extendidas sobre la tierra y dije gimiendo: ¿quién podrá pasar por ellas? Y oí una voz que me respondía: la humildad”.

8. Dijo también: “Algunos hay que afligieron sus cuerpos con la áscesis, y porque les faltó discernimiento, se alejaron de Dios”.

9. Dijo también: “La vida y la muerte dependen del prójimo. Porque si ganamos al hermano, ganamos a Dios, y si escandalizamos al hermano, pecamos contra Cristo”.

10. Dijo también: “Como los peces mueren si permanecen mucho tiempo fuera del agua, de la misma manera los monjes que se demoran fuera de la celda o se entretienen con seculares, se relaja la intensidad de su tranquilidad interior (hesyquía). Es necesario que, como los peces del mar, nos apresuremos nosotros a ir a nuestra celda, para evitar que, por demorarnos en el exterior, olvidemos la custodia interior”.

11. Dijo también: “El que permanece en la hesyquía en el desierto, se ve libre de tres combates: del oído, de la palabra y de la vista. Tiene sólo uno: el de la fornicación”.

12. Unos hermanos fueron adonde estaba abba Antonio, para comunicarle las visiones que tenían, y para aprender de él si eran verdaderas o procedían de los demonios. Tenían un asno, que había muerto en el camino. Cuando llegaron a la presencia del anciano, anticipándose, éste les dijo: “¿Por qué murió el pequeño asno en el camino?”. Le dijeron: “¿Cómo lo sabes abba?”. Les respondió: “Me lo mostraron los demonios”. Le dijeron: “Por eso veníamos nosotros a preguntar, porque vemos visiones y muchas de ellas son veraces, y no queremos equivocarnos”. Los convenció el anciano con el ejemplo del asno, que esas visiones procedían de los demonios.

13. Un hombre que estaba cazando animales salvajes en el desierto, vio a abba Antonio que se recreaba con los hermanos y se escandalizó. Deseando mostrarle el anciano que es necesario a veces condescender con los hermanos, le dijo: “Pon una flecha en tu arco y estíralo”. Y así lo hizo. Le dijo: “Estíralo más”. Y lo estiró. Le dijo nuevamente: “Estíralo”. Le respondió el cazador: “Si estiro más de la medida, se romperá el arco”. Le dijo el anciano: “Pues así es también en la obra de Dios: si exigimos de los hermanos más de la medida, se romperán pronto. Es preciso pues de vez en cuando condescender con las necesidades de los hermanos”. Vio estas cosas el cazador y se llenó de compunción. Se retiró muy edificado por el anciano. Los hermanos regresaron también, fortalecidos, a sus lugares.

14. Oyó hablar abba Antonio de un joven monje, que había hecho un milagro estando en camino. Porque vio a unos ancianos que viajaban y estaban fatigados, y ordenó a unos onagros que se acercaran y los llevaran hasta la celda de Antonio. Los ancianos se lo contaron a abba Antonio, el cual les dijo: “Me parece que este monje es como un navío cargado de bienes, pero no sé si llegará a puerto”. Y después de un tiempo, comenzó de repente abba Antonio a llorar, a arrancarse los cabellos y a lamentarse. Le dijeron sus discípulos: “Por qué lloras, padre?”. Les respondió el anciano: “Acaba de caer una gran columna de la Iglesia (se refería al joven monje). Pero vayan -­‐les dijo-­‐, adonde está él, y averigüen qué sucedió”. Fueron los discípulos y vieron al monje sentado sobre una estera, llorando el pecado que había cometido. Al ver a los discípulos del anciano les dijo: “Digan al anciano que le pida a Dios me conceda diez días solamente, y espero da satisfacción”. Pero en el plazo de cinco días murió.

15. Un monje fue alabado por los hermanos en presencia de abba Antonio. Cuando éste lo recibió, lo probó para saber si soportaba la injuria, y viendo que no la soportaba, le dijo: “Pareces una aldea muy adornada en su frente, pero que los ladrones saquean por detrás”.

16. Dijo un hermano a abba Antonio: “Ruega por mí”. Le dijo el anciano: “No tendré misericordia de ti, ni la tendrá Dios, si tú mismo no te esfuerzas y pides a Dios”.

17. Fueron unos ancianos adonde estaba abba Antonio, e iba con ellos abba José. Los quiso probar el anciano y les propuso un pasaje de la Escritura preguntándoles su sentido, comenzando por los menores y uno a uno respondían según su capacidad. A cada uno de ellos decía el anciano: “No lo has encontrado todavía”. Por último, le preguntó a abba José: “¿Qué dices tú acerca de esta palabra?”. Respondió: “No sé”. Dijo abba Antonio: «Abba José encontró el camino, pues dijo: “No sé”».

18. Unos hermanos fueron desde Escete para ver a abba Antonio, y al subir a una nave para dirigirse hasta él, hallaron un anciano que también quería ir. Los hermanos no lo conocían. Sentados entonces en la nave hablaban de las palabras de los Padres y de las Escrituras, y después, acerca de su trabajo manual. El anciano callaba. Cuando llegaron al puerto supieron que el anciano iba también a visitar a abba Antonio. Cuando llegaron adonde estaba él, les dijo (abba Antonio): “Tuvieron buena compañía, este anciano”. Dijo después al anciano: “Encontraste buenos hermanos, padre”. El anciano respondió: “Buenos son, en efecto, pero su casa no tiene puerta, y el que lo desee puede entrar en el establo y desatar el asno”. Decía esto porque hablaban lo que les venía a la boca.

19. Fueron unos hermanos adonde estaba abba Antonio y le dijeron: “Dinos una palabra: ¿qué debemos hacer para salvarnos?”. El anciano les dijo: “¿Oyeron la Escritura? Pues eso es bueno para ustedes”. Le dijeron ellos: “Pero queremos escucharlo de ti, padre”. Les dijo el anciano: “El Evangelio dice: Si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra (Mt 5,39)”. Le respondieron: “No podemos hacer esto”. Les dijo el anciano: “Si no pueden ofrecer la otra mejilla, al menos soporten que los golpeen en una”. Le dijeron: “Tampoco podemos esto”. Dijo el anciano: “Si no pueden esto, no devuelvan el mal que recibieron”. Respondieron: “Tampoco podemos hacer esto”. Dijo entonces el anciano a su discípulo: “Prepárales una papilla, porque están enfermos. Si no pueden hacer esto, ni quieren hacer lo otro, ¿qué puedo hacer yo por ustedes? Necesitan oraciones”.

20. Un hermano que había renunciado al mundo y dado sus bienes a los pobres, había, sin embargo, conservado algo para sí. Fue a ver a abba Antonio. Enterado de todo ello, le dijo el anciano: “Si quieres llegar a ser monje, ve a esa aldea, compra carne y ponla sobre tu cuerpo desnudo y vuelve aquí”. Así lo hizo el hermano, y los perros y las aves lo lastimaban. Fue adonde estaba el anciano, quien le preguntó si había hecho lo que le había aconsejado. Cuando le hubo mostrado su cuerpo herido, le dijo el santo abba Antonio: “Los que renunciaron al mundo y quieren poseer riquezas, son despedazados así por los ataques de los demonios”.

21. Fue tentado un hermano en el cenobio de abba Elías. Expulsado de allí fue al monte donde estaba abba Antonio. Permaneció el hermano con él durante algún tiempo, y le envió después al cenobio del que había salido. Cuando lo vieron los hermanos, lo expulsaron de nuevo. Volvió el hermano a abba Antonio, diciendo: “No quisieron recibirme, padre”. Lo envió de nuevo el anciano diciendo: “La nave naufragó en el mar, perdió la carga y apenas si pudo salvarse llegando a tierra; pero ustedes quieren hundir aquello que logró salvarse en tierra”. Ellos, al oír que lo enviaba abba Antonio, lo recibieron en seguida.

22. Dijo abba Antonio: «Pienso que el cuerpo tiene un movimiento natural, adaptado a él, pero que no actúa si no lo quiere el alma; indica solamente en el cuerpo un movimiento sin pasión. Pero hay otro movimiento, que proviene de la alimentación y del abrigo del cuerpo por la comida y la bebida; es así que el calor de la sangre excita el cuerpo para la acción. Por ello dice el Apóstol: “No se embriaguen con vino, en el que está la impureza (Ef 5,18)”. Y también el Señor en el Evangelio amonesta a los discípulos diciendo: “Miren que no se entorpezcan sus corazones con la crápula y la ebriedad (Lc 21,34)”. Hay todavía otro movimiento para los que combaten, que procede de las trampas y la envidia de los demonios. Hay que saber, por tanto, que hay tres movimientos del cuerpo: uno es natural, el segundo viene de la abundancia de alimentos, el tercero viene de los demonios».

23. Dijo también: “Dios no permite que esta generación sea atacada como la de los antiguos, pues sabe que es débil y no puede resistir”.

24. Le fue revelado a abba Antonio en el desierto: “En la ciudad hay un hombre semejante a ti, de profesión médico, que da lo superfluo a los necesitados y todos los días canta el trisagio con los ángeles”.

25. Dijo abba Antonio: «Viene el tiempo en que se enloquecerán los hombres, y cuando vean a uno que no está loco, se volverán contra él, diciendo: “Estás loco”, porque no es semejante a ellos».

                        Los apotegmas de los Padres del Desierto.

Fecha de la Pascua

La resurrección del Hombre-Dios realizada en domingo, pedía no se la solemnizase anualmente en otro día de la semana. De aquí la necesidad de separar la Pascua de los cristianos de la de los judíos que, fijada de modo irrevocable en el catorce de la luna de marzo, aniversario de la salida de Egipto, caía sucesivamente en cada uno de los días de la semana. Esta Pascua no era más que una figura; la nuestra es la realidad ante la cual la sombra desaparece. Era necesario, pues, que la Iglesia rompiese este último lazo con la sinagoga, y proclamase su emancipación celebrando la más solemne de las fiestas un día que no coincidiese nunca con aquel en que los judíos celebrasen su Pascua, en lo sucesivo estéril de esperanzas. Los Apóstoles determinaron que desde entonces la Pascua para los cristianos no sería ya el catorce de la luna de marzo, aun cuando ese día cayese en domingo, sino que se celebraría en todo el universo el domingo siguiente al día en que el calendario caducado de la sinagoga continuaba colocándola.

Con todo, en consideración al gran número de judíos que habían recibido el bautismo y que formaban entonces el núcleo de la Iglesia cristiana, para no herir su sensibilidad, se determinó que se aplicase con prudencia y paulatinamente la ley relativa al día de la nueva Pascua. Además, Jerusalén no tardaría en sucumbir debajo de las águilas romanas, según el vaticinio del Salvador; y la nueva ciudad que se levantaría sobre sus ruinas y que albergaría a la colonia cristiana, tendría también su Iglesia, pero una Iglesia completamente disgregada del elemento judaico, que la justicia divina había visiblemente reprobado en aquellos mismos lugares.

La mayor parte de los Apóstoles no tuvieron que luchar contra las costumbres judías en sus predicaciones en tierras lejanas, ni en la fundación de las Iglesias que establecieron en tantas regiones, aun fuera de los límites del imperio romano; sus principales conquistas las hacían entre lós gentiles. La Iglesia de Roma, que llegaría a ser Madre y Maestra de todas las demás, jamás conoció otra Pascua que aquella que hermana al domingo el recuerdo del primer día del mundo y la memoria de la gloriosa resurrección del Hijo de Dios y de todos nosotros, que somos sus miembros.

LA COSTUMBRE DE ASIA MENOR. —

Una sola provincia de la Iglesia, el Asia Menor, rehusó largo tiempo asociarse a este acuerdo. San Juan, que pasó muchos años en Efeso y terminó allí su vida, creyó no debía exigir, de los numerosos cristianos que de las sinagogas habían pasado a la  Iglesia en aquellas regiones, el renunciamiento a la costumbre judía en la celebración de la Pascua; y los fieles salidos de la gentilidad que fueron a acrecentar la población de aquellas florecientes cristiandades, llegaron a apasionarse con exceso en la defensa de una costumbre que se remontaba a los orígenes de la Iglesia del Asia Menor. Como consecuencia, al correr de los años, esta anomalía degeneraba en escándalo; allí se aspiraban efluvios judaizantes y la unidad del culto cristiano sufría una divergencia que impedía a los fieles vivir unidos en las alegrías de la Pascua y en las santas tristezas que la preceden.

El Papa San Víctor, que gobernó la Iglesia desde el año 185, puso toda su solicitud sobre este abuso y creyó que había llegado el momento de hacer triunfar la unidad exterior sobre un punto tan esencial y tan central en el culto cristiano. Anteriormente, con el Papa San Aniceto, hacia el año 150, la Sede Apostólica había intentado, por medio de negociaciones amistosas, atraer las Iglesias de Asia Menor a la práctica universal; no fue posible triunfar sobre un prejuicio fundado en una tradición conceptuada como inviolable en aquellas regiones. San Víctor creyó tendría más éxito que sus predecesores; y a fin de influir en las asiáticos por el testimonio unánime de todas las Iglesias, ordenó se reuniesen concilios en los diversos países en que el Evangelio había penetrado, y se examinase en ellos la cuestión de la Pascua. La unanimidad fue perfecta en todas partes; y el historiador Eusebio, que escribía siglo y medio después, atestigua que todavía en su tiempo se guardaba el recuerdo de las decisiones que habían tomado en esta encuesta, además del concilio de Roma, los de las Galias, de Acaya, del Ponto, de Palestina y de Osrhoena en Mesopotamia.

El concilio de Efeso, presidido por Polícrato, obispo de aquella ciudad, resistió solo a las insinuaciones del Pontífice y al ejemplo de la Iglesia Universal. San Víctor, juzgando que esta oposición no podía tolerarse por más tiempo, publicó una sentencia por la que separaba de la comunión de la Santa Sede las Iglesias refractarias del Asia Menor. Esta pena severa, que no se imponía por parte de Roma sino después de prolongadas instancias encaminadas a extirpar los prejuicios asiáticos, excitó la conmiseración de muchos obispos.

San Ireneo, que ocupaba entonces la silla de Lyon, intercedió ante el Papa, en favor de dichas Iglesias, que no habían pecado, según él, sino por falta de luces; y obtuvo la revocación de una medida cuyo rigor parecía desproporcionado con la falta. Esta indulgencia produjo su efecto: al siglo siguiente, San Anatolio, obispo de Laodicea, atestigua en su libro sobre la Pascua, escrito en 276, que las Iglesias del Asia Menor se habían adaptado anualmente, desde hacia algún tiempo, a la práctica romana.

LA OBRA DEL CONCILIO DE NICEA. —

Por una coincidencia extraña, hacia la misma época, las Iglesias de Siria, de Cilicia, y de Mesopotamia dieron el escándalo de una nueva desavenencia en la celebración de la Pascua. Dejaron la costumbre cristiana y apostólica, para adoptar el rito judío del catorce de la luna de marzo. Este cisma en la liturgia, afligió a la Iglesia; y uno de los primeros cuidados del concilio de Nicea fue promulgar la obligación universal de celebrar la Pascua en domingo. El decreto restableció la unanimidad; y los Padres del concilio ordenaron «que sin controversia, los hermanos de Oriente solemnizasen la Pascua en el mismo día que los romanos, los alejandrinos y todos los demás fieles». La cuestión parecía tan grave por su conexión con la esencia misma de la liturgia cristiana, que San Atanasio, resumiendo las razones que habían impulsado la convocatoria del concilio de Nicea, asigna como motivos de su reunión la condenación de la herejía arriana y el restablecimiento de la unión en la solemnidad de la Pascua.

El concilio de Nicea reglamentó también que el obispo de Alejandría fuese el encargado de mandar hacer los cálculos astronómicos que ayudasen cada año a determinar el día preciso de la Pascua, y que enviase al Papa el resultado de los descubrimientos realizados por los sabios de aquella ciudad, tenidos por los más certeros en sus cómputos. El Pontífice romano dirigiría después a todas las Iglesias cartas en que intimase la celebración uniforme de la magna fiesta del cristianismo. De este modo, la unidad de la Iglesia se trasparentaba por la unidad de la liturgia; y la Silla apostólica, fundamento de la primera, era al mismo tiempo el medio para la segunda.

Además, ya antes del concilio de Nicea, el Pontífice romano tenía como costumbre dirigir cada año a todas las Iglesias una encíclica pascual en que señalaba el día en que debía celebrarse la solemnidad de la Resurrección. Así nos lo muestra la carta sinodal de los Padres del concilio de Arlés, en 314, dirigida al papa San Silvestre. «En primer lugar, dicen los Padres, pedimos que la observación de la Pascua del Señor sea uniforme en cuanto al tiempo y en cuanto al día, en todo el mundo, y que dirijáis a todos cartas para este fin, según la costumbre».

Con todo, este uso no perseveró por mucho tiempo después del concilio de Nicea. La carencia de medios astronómicos acarreaba perturbaciones en la manera de computar el día de la Pascua. Es verdad que dicha fiesta quedó definitivamente fijada en domingo; ninguna Iglesia se permitió en adelante celebrarla en el mismo día que los judíos; mas, por desconocer la fecha precisa del equinoccio de primavera, sucedía que el día propio de la solemnidad variaba algunos años según los lugares. Paulatinamente fue descartándose la regla que había dado el concilio de Nicea de considerar el 21 de marzo como el día del equinoccio. El calendario exigía una reforma que nadie estaba preparado para realizar; se multiplicaban los calendarios en contradicción los unos con los otros, de manera que Roma y Alejandría no siempre llegaban a entenderse. Por este motivo, de tiempo en tiempo, la Pascua se celebró sin la unanimidad absoluta que el concilio de Nicea había procurado; pero se procedía de buena fe por ambas partes.

LA REFORMA DEL CALENDARIO. —

Occidente se agrupó en torno de Roma, que terminó por triunfar de algunas oposiciones en Escocia y en Irlanda, cuyas Iglesias se habían dejado extraviar por ciclos erróneos. Finalmente la ciencia hizo adelantos considerables en el siglo XVI, y permitió a Gregorio XIII emprender y terminar la reforma del calendario. Se trataba de restablecer el equinoccio en el 21 de marzo, conforme a la disposición del concilio de Nicea. Por una bula del 24 de febrero de 1581, el Pontífice tomó esta medida suprimiendo diez días del año siguiente, del 4 al 15 de octubre; de este modo restablecía la obra de Julio César, que en su tiempo también había tomado medidas acertadas sobre las computaciones astronómicas. Pero la Pascua era la idea fundamental y el fin de la reforma implantada por Gregorio XIII. Los recuerdos del concilio de Nicea y sus normas dominaban siempre sobre esta cuestión capital del año litúrgico; y así, una vez más, el Romano Pontífice señalaba la celebración de la Pascua al universo, no sólo por un año, sino por largos siglos.

Las naciones herejes experimentaron, a su pesar, la autoridad divina de la Iglesia en esta promulgación solemne que influía al mismo tiempo en la vida religiosa y en la civil; y protestaron contra el calendario como habían protestado contra la regla de la fe. Inglaterra y los Estados luteranos de Alemania prefirieron conservar aún mucho tiempo el calendario erróneo que la ciencia rechazaba, antes que aceptar de manos de un papa una reforma reconocida por el mundo como indispensable. Hoy es Rusia la única nación europea que, por odio a la Roma de San Pedro, persiste en tener su calendario retrasado diez o doce días respecto del que se usa en el mundo civilizado.

Dom Prosper Gueranger. El año litúrgico.

Croisset. Primer domingo de Pasión

Siempre se ha contado el domingo de Pasión, con respecto al oficio, en el número de los más solemnes, y no cede a ninguna otra solemnidad en la Iglesia. Como no hay misterio en nuestra religión que nos toqué más de cerca y en que el amor que Jesucristo nos tiene aparezca con más viveza que el de la redención, no hay tampoco otro que más nos interese, ni que exija de nosotros un reconocimiento más vivo y un tributo más justo de compasión, de imitación, de ternura y de amor. La Iglesia comienza hoy a llamar nuestra atención a  los preparativos de la muerte de Jesucristo, por la consideración particular del misterio de su pasión, que no pierde de vista en toda la Cuaresma, pero singularmente en estos últimos quince días; de suerte que puede decirse que las cuatro primeras semanas de Cuaresma están particularmente destinadas a conducir al pecador a que haga penitencia por sus pecados, y las dos últimas a hacerle honrar el misterio de la Pasión del Salvador, por la participación, por decirlo así, de sus tormentos. Como fue este el tiempo poco más ó menos en que los sacerdotes, los doctores de la ley, llamados escribas, y los fariseos (confundidos y desconcertados por la resurrección de Lázaro, la cual había atraído un gran número de nuevos discípulos a Jesucristo, a quien no se apellidaba ya cuasi por todas partes más que por el Mesías) comenzaron a tramar su muerte, y como se cree que en este día fue cuando quedó determinada, la Iglesia, para manifestar su tristeza, se viste en él de luto; quita de sus oficios todo cántico de alegría, cubre sus altares, y en todas sus oraciones da a entender su dolor y su aflicción. Con la propia mira emplea en los oficios nocturnos la profecía de Jeremías, quien parece haber figurado á la vez los dolores de Jesucristo en su Pasión, y las desgracias ocasionadas por los pecados de aquellos que este divino Salvador había venido á rescatar con su muerte.

En algunos lugares la Iglesia toma hasta ornamentos negros, para hacer su luto todavía más sensible á la vista de los pueblos, e inspirarles, por medio de este lúgubre aparato, los sentimientos de compunción y de tristeza que convienen a los misterios que celebra en este santo tiempo. Y si la Iglesia, dicen los Padres, está sumergida en la tristeza y cubierta de luto en estos días de llanto, ¿será razón que sus hijos animen los sentimientos de una alegría profana? ¡Qué extravagancia tan escandalosa; qué impiedadseria, si se viesen los hijos presentarse en público con un brillante equipaje, divertirse con algazara, mientras que su Madre gime en la aflicción y tiene su corazón anegado en la amargura! Seguramente se hubiera mirado antiguamente como un apóstata, un cristiano que en el tiempo de Pasión se hubiera presentado en público con trajes ostentosos ó se hubiera atrevido a tomar parte en fiestas mundanas.

Llamabanse estas dos semanas de Cuaresma las dos semanas de Xerophagias, esto es, en las que no sólo estaba prohibido el uso de los lacticinios, sino también el del pescado, y sólo se alimentaban los fieles con legumbres secas. El ayuno era también más riguroso, y todo respiraba en ellas la penitencia. Hay algunos autores que llaman a este día el domingo de la Neomenia, esto es, de la Nueva Luna Pascual, porque, en efecto, no deja nunca de acaecer después de la nueva luna de Marzo, así como el domingo de Pascua después de la luna llena. Estos dos últimos domingos de Cuaresma se han distinguido siempre de los cuatro primeros: aquéllos se llaman domingo de Pasión y de Ramos, y éstos simplemente domingos de Cuaresma.

Los Santos Padres distinguen estas dos últimas semanas de las cuatro precedentes: aquéllas se llaman las semanas de Pasión, porque la Iglesia en todo este tiempo está en mayor duelo y los fieles dedicados a ejercicios de una devoción más tierna y de una penitencia más austera; éstas se llaman simplemente semanas de  Cuaresma, durante las que la penitencia y el ayuno se observaban con un poco menos rigor.

Esta distinción se ve manifiesta en los sermones de San León, de los cuales unos se intitulan para las cuatro semanas de Cuaresma, y los otros para el tiempo de Pasión: hay doce para la Cuaresma, y diez y nueve para el tiempo de la Pasión. Aquí se ve también que se predicaba más a  menudo los catorce últimos días de Cuaresma; que eran más continuos y más ordinarios los ejercicios de piedad y las buenas obras, y que se ayunaba con más austeridad. Eran más frecuentes las instrucciones que se hacían a los competentes, esto es, a  los catecúmenos que en el último examen se había juzgado suficientemente instruidos para recibir el bautismo la víspera de Pascua, y nada se omitía para disponerlos a recibir dignamente este grande sacramento.

El introito de la Misa de este día está tomado del salmo 42, en el que David, desterrado y perseguido por Saúl, suspira por s u vuelta y por la vista del tabernáculo. El pide esta gracia al Señor, y se consuela con la esperanza de obtenerla; pero al mismo tiempo ruega al Señor que haga patente su inocencia. Compuso David este salmo al tiempo que Jonatás le declaró que Saúl estaba por último resuelto a quitarle la vida. Esto es, sin duda, lo que h a obligado a la Iglesia a elegirle para el tiempo en que la muerte del Salvador quedó decidida por los escribas, los fariseos y los sacerdotes.

La Misa de este día comienza por el primer versículo del salmo. Júzgazdme, Dios mío, y por en medio de lo que una liga criminal publica para difamarme, haced que aparezca a vista de todo el mundo mi inocencia; sustraedme al odio de un perseguidor tan injusto como artificioso, puesto que vos sois todo mi apoyo y toda mi fortaleza. Se ve bien la relación que tiene este texto con el misterio del dia. Haced que brille a mis ojos vuestra fidelidad en vuestras promesas; ella me hará caminar sin temor en medio de los más evidentes peligros, y me conducirá hasta vuestra montaña santa y a vuestros tabernáculos. Los Padres entienden por la luz y la verdad a Jesucristo. San Cirilo por la luz entiende al Hijo, y por la verdad al Espíritu Santo. Los mismos rabinos explican lo uno y lo otro del Mesías; y es claro que la montaña santa, en el sentido místico, es la Iglesia de Jesucristo.

Pocos santos hay a quienes la meditación de la Pasión de Jesucristo no haya sido familiar, y que no hayan encontrado en este gran misterio un fondo inagotable de fortaleza, de confianza y aun de alegría en las adversidades. Se consuela uno fácilmente en sus aflicciones y en sus molestias cuando mira con los ojos de la fe y con un corazón cristiano a un Dios espirando por nosotros en la cruz. Si Jesucristo ha sufrido, dice el apóstol San Pedro, ha sido para darnos ejemplo; y por el ejemplo mismo que nos ha dado, nos ha suministrado un motivo poderoso para animarnos a sufrir, y nos ha merecido la gracia para ello. El Padre Eterno dice a cada uno de los cristianos, mostrándole a su Hijo sobre el Calvario, lo que había dicho en otro tiempo a Moisés: Mira este modelo que se te propone sobre esta montaña, y aplícate a imitarlo. No podrías ser predestinado, si no fueses la copia de este divino original, y si no te hicieses semejante a  Jesucristo crucificado; porque tu predestinación la h a merecido él principalmente sobre la cruz. Falta, dice San Pablo, alguna cosa a la Pasión de Jesucristo, con respecto a nosotros; es preciso que se le agregue por nosotros lo que le falta, y es la aplicación; ella no puede sernos útil, si no puede aplicársenos; es preciso, pues, estar clavado en la cruz con Jesucristo, como el apóstol; es indispensable estar unido a Jesucristo paciente. Que un Dios, como Dios, obre como señor y como soberano, dice uno de los más celebres oradores cristianos; que haya criado con una sola palabra el cielo y la tierra; que haga prodigios en el universo y que nada resista a su poder, es una cosa tan natural para él, que no debe ser cuasi motivo de admiración para nosotros.

Pero que un Dios sufra, que un Dios espire entre tormentos, que un Dios, como habla la Escritura, guste la muerte, siendo él solo quien posee la inmortalidad, esto es lo que ni los ángeles ni los hombres comprenderán jamás. Este es el misterio de la Pasión de Jesucristo, el cual obligó al profeta a  exclamar: Llenaos, cielos, de asombro, porque he aquí lo que sobrepuja todos nuestros conocimientos y lo que exige toda la sumisión y obediencia de nuestra fe; pero también en este gran misterio ha triunfado nuestra fe del mundo: ¿y cuándo triunfará de nosotros mismos? Ella ha triunfado d e nuestro entendimiento: ¿y cuándo triunfará de nuestro corazón y de nuestras pasiones? E s muy extraño que en el tiempo mismo en que todo nos predica la Pasión del Salvador, en un tiempo singularmente consagrado a honrar sus humillaciones y sus tormentos, apetezca un cristiano el fausto, alimente un fondo de orgullo y de ambición y viva entre los placeres. La Iglesia nada omite para inspirarnos el espíritu de humildad, de compunción, de mortificación y de tristeza santa en estas dos últimas semanas de Cuaresma. Sus oficios, su gran luto, sus oraciones, todo tiende a  hacernos sensibles a los tormentos y a la muerte de Jesucristo.

La Epístola de la Misa de este día está tomada del capitulo de la admirable carta de San Pablo a  los hebreos, en la que el santo apóstol demuestra, con tanto vigor como elocuencia, la superioridad y la excelencia infinita de la nueva ley sobre la antigua; y hace ver, por los mismos términos de la ley, la infinita desproporción del sacerdocio de Aarón y de las ceremonias legales con el sacerdocio eterno y el sacrificio de precio infinito de Jesucristo. Como el santo apóstol escribía a los judíos instruidos en su ley y encaprichados con sus ritos y sus ceremonias, no se sirve más que de su misma ley para demostrar que ella no era más que la sombra de la ley nueva; que todos sus sacrificios de expiación, de acciones de gracias, de propiciación, no eran más que una débil figura del sacrificio y de la muerte de Jesucristo en la cruz, el cual ha sido la única victima capaz de borrar y de quitar el pecado del mundo. Todo su razonamiento se funda en la Escritura misma; su estilo es ajustado, alegórico y todo figurado, conforme al genio y a la costumbre de los orientales.

Después de haber demostrado San Pablo, por medio de un razonamiento sin réplica, la indigencia, la impotencia, el vacío de todo lo más respetable, más religioso y más sagrado que teñía la antigua ley; después de haber manifestado que todo en ella no era santo, más que con una santidad puramente legal, puesto que nada era capaz de santificar al alma, borrar el pecado, ni abrir le cielo, cerrado a todo el género humano desde el pecado del primer hombre, hace ver cuán inferior era el sacerdocio levítico al de Jesucristo. Toda la virtud de aquél se reducía a algunas purificaciones legales, a procurar algunos bienes temporales; el gran sacerdote no entraba más que una vez al año en el Santo de los santos, que era la parte más sagrada de un tabernáculo material hecho por mano de los hombres, y la entrada de este tabernáculo estaba cerrada a todos. He aquí el compendio de la virtud y de las prerrogativas del antiguo sacerdocio. Jesucristo, dice el Apóstol, habiéndose presentado como el pontífice de los bienes futuros, esto es, de los bienes eternos, de los bienes espirituales y celestes, de los bienes sobrenaturales, ha entrado una vez en el santuario, es decir, en el cielo, y por la triunfante ascensión de su humanidad nos ha abierto a todos la entrada. También se vio que el velo que cerraba la entrada del santuario en el templo se desgarró en la muerte del Salvador. El tabernáculo por el cual, ó con el cual, según el Apóstol, ha entrado Jesucristo en el celeste santuario, es la naturaleza humana de que se h a revestido, y con la que ha subido al cielo, para prepararnos allí un lugar y para tomar posesión de él, dice San Juan Crisóstomo, en nombre de todos. Por un tabernáculo, mucho más excelente, más perfecto y más santo, dice el Apóstol. En efecto, la carne, la humanidad del Salvador es el verdadero tabernáculo del Verbo encarnado: este hombre es en quien reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad, el que no ha nacido ni sido concebido de la manera que los demás; no hecho con la mano del hombre. El Espíritu Santo le ha formado de un modo sobrenatural en el seno de la Santísima Virgen; no de esta creación: no es el hombre el que le ha formado sino la operación del Espíritu Santo. El gran sacerdote no entraba en el Santo de los santos sino en el día de la expiación, llevando allí la sangre de las victimas, esto es, de los machos cabrios y de los novillos que había inmolado, por sus pecados y por los del pueblo. Jesucristo, único Pontífice eterno, no ha entrado en la estancia de los bienaventurados con la sangre de los animales inmolados, sino con su propia sangre derramada voluntariamente, no por él, que era la inocencia misma, sino generalmente por la remisión de los pecados de todos los hombres; y por este divino sacrificio, por esta sangre adorable derramada sobre el altar de la cruz, sangre de la nueva alianza, ha entrado, no una vez cada año como el gran sacerdote de los judíos, sino una vez para siempre. El efecto de este sacrificio no es, como los sacrificios de la antigua ley, el purificarnos de algunas manchas legales y pasajeras; la expiación que nos aplica, habiéndonos abierto el cielo para siempre, produce su efecto en la misma eternidad; nos purifica de todas nuestras manchas interiores, nos da la gracia, la justicia, la inocencia, nos libra de la muerte eterna y nos hace hijos de Dios. Se llamaba el santuario del tabernáculo el Santo de los santos, esto es, el lugar santo, la estancia santa de los santos, lo cual no conviene propiamente más que al cielo, asiento de los bienaventurados, sólo verdadero lugar santo de los santos, cuya entrada nos ha abierto a todos Jesucristo habiendo entrado en él, y del que el santuario del tabernáculo y del templo de Jerusalén era sólo la figura. Y si la sangre de los machos cabrios y de los toros, si la aspersión hecha con la ceniza de una novilla santifica a los que están manchados, purificándolos según la carne; ¿cuánto más la sangre de Jesucristo, la cual por el mismo que no tenía mancha se ha ofrecido a Dios por el Espíritu Santo, limpiará nuestra conciencia de la impureza de las obras muertas?

Leemos en el libro de los Números que una de las ceremonias legales era inmolar solemnemente una novilla roja. Después de haberla degollado en presencia del pueblo, se la quemaba; tomaba el sacerdote las cenizas, las cuales distribuía al pueblo, para que con ellas hiciese una agua de aspersión, esto es, que esta ceniza puesta en el agua servia para purificar de las manchas contraídas  en los funerales y por el contacto de un cuerpo muerto. Todo esto era misterioso. Los israelitas, nacidos y criados en medio de las supersticiones paganas de los egipcios, tenían necesidad de esta especie de ceremonias materiales y sensibles, capaces de borrar en ellos las ideas de las supersticiones a que estaban acostumbrados

Una de las más religiosas entre los egipcios era el no matar jamás vacas; este animal era sagrado entre ellos, en consideración de Isis, a quien adoraban en este vil animal. Para inspirar, sin duda, a los israelitas horror a las ceremonias y supersticiones egipcias, les ordenó el Señor que ofreciesen en sacrificio esta novilla, diosa de los egipcios, cuyas cenizas, mezcladas con el agua, debían servir para la expiación de las manchas legales. Ahora bien, dice San Pablo: si la aspersión de los toros y de los machos cabrios; si la aspersión hecha con la ceniza de una novilla santifica a  los que están manchados, purificándoles según la carne, esto es, los hace capaces de acercarse a  las cosas santas y

participar del culto del Señor, ¿cuánto más la sangre de Jesucristo, Dios y hombre, derramada por un efecto de su elección, de su amor, de su voluntad de redimirnos, nos limpiará de nuestras manchas interiores y de nuestros pecados, que el Apóstol llama aquí obras muertas? L a razón de esta consecuencia es que los animales no se ofrecían a  si mismos: el Espíritu Santo no era el motor interior de esta oblación, y no servían más que para un culto figurado, al paso que Jesucristo se ofrece a  si mismo, por el movimiento del Espíritu Santo, como una victima sin mancha, y nos hace dar al Dios vivo un verdadero culto. E s decir, que la oblación de Jesucristo era voluntaria, santa, espiritual y de un precio infinito: cualidades que faltaban a los sacrificios de los animales y a  todas las ceremonias legales; y por esto él es el mediador del nuevo Testamento. Moisés ha sido como el mediador y el ministro de la antigua alianza entre el Señor v los israelitas, la cual fue confirmada con la sangre de las victimas inmoladas al pié del monte Sinai: Jesucristo es el mediador de la nueva, sellada con su propia sangre, que él ha derramado para expiar nuestros pecados, para reconciliarnos con su Padre y merecernos la cualidad de hijos suyos. Después de la lectura de todos los preceptos de la ley y de las promesas hechas a  los que los observasen, empapó Moisés en ]a sangre de las víctimas inmoladas una rama de hisopo, y roció con ella el libro, el pueblo, el tabernáculo y todos los vasos que servían para el culto de Dios, pronunciando estas palabras: He aquí la sangre del Testamento y de la alianza que Dios ha hecho hoy con vosotros. La verdad debe responder á la figura; era necesario, pues, que el pueblo cristiano figurado por el pueblo judío fuese rociado interiormente con la sangre de Jesucristo, de la cual era figura la de los animales, y por consiguiente, que Jesucristo derramase su sangre. Ningún heredero entra en posesión de la herencia sino después de la muerte del testador: era preciso, pues, que Jesucristo muriese, a fin de que pudiésemos entrar en la herencia que nos había prometido.

El Evangelio de la Misa de este día no tiene menos relación que la Epístola con el gran misterio de la Pasión, cuya solemnidad, que continúa hasta la Pascua, comienza este domingo. Hallándose el Salvador en el templo, cinco ó seis meses antes de su muerte, hizo un largo y admirable discurso a  una multitud de gentes que le escuchaban, en el cual les explicó su unión con el Padre; el carácter y la potestad que había recibido de él; la autoridad y autenticidad de su divina misión; la deplorable ceguedad de los que rehusaban reconocerle y recibirle; la excelencia, en fin, y la verdad de su doctrina. Había estrechado mucho a los judíos con vivas amonestaciones, y les había hecho conocer el agravio que le hacían en no creer en él, y un razonamiento tan justo y tan concluyente les hacia inexcusables. Porque, al fin, les decía, no puede haber más que dos pretextos para justificar vuestra obstinada incredulidad; ó los defectos que advertís en mi conducta, ó los errores que descubrís en mi doctrina. Ahora bien, yo os desafío si podéis reprenderme en alguna cosa, sea en mi doctrina, sea en mi vida, no obstante que hace ya tanto tiempo que me observáis con tanta malignidad: porque, ¿quién de vosotros podrá convencerme de la menor culpa? Si, pues, no podéis acusarme de nada; si mis obras y  mis leyes son igualmente irreprensibles; si no os predico más que la pura verdad; si autorizo aun todo lo que digo por la pureza de mis costumbres y con el esplendor de los mayores milagros; ¿por qué no creéis lo que os digo? Considerad aquí, hermanos míos, exclama San Gregorio, la extrema dulzura de un Dios que se abate hasta mostrar que no es un pecador, aquel que por su poder divino puede justificar a todos los pecadores. No os diré yo aquí, continúa el Salvador, cuál es la causa de vuestra incredulidad: sólo os diré que todo aquel que está animado del espíritu de Dios oye de buena gana su palabra: la razón por que vosotros no oís de buena gana la palabra de Dios es porque no sois hijos de Dios. Esta reprensión tan bien fundada y tan caritativa ofendió a los judíos, y no le respondieron más que con injurias y blasfemias, tratando al Salvador de blasfemo y endemoniado. Tal es aún todos los días el reconocimiento de los libertinos: advertirles sus extravíos, ellos no responden más que con injurias. Miraban los judíos con un odio y un desprecio extremo a los samaritanos, a los que consideraban como enemigos de su religión y de la ley de Moisés. Dan, pues, el nombre de samaritano al Salvador, porque no se extrañaba como los judíos de aquel pueblo. Había permanecido algunos días en Sichem, les había predicado la palabra de Dios, no les excluía de la salvación, teniendo tanto interés por su conversión como por la de los demás. Tampoco responde el Salvador a la primera injuria, y se contenta con decirles con su ordinaria dulzura que no estaba poseído del demonio; que si les decía verdades con más fuerza que lo que ellos quisieran, no debían tomar por furor lo que no era otra cosa que un celo caritativo; que nada le movía más que la gloria de su Padre, y su salvación; que bien podían cargarle de injurias, pero que no por eso despertarían en él el resentimiento; que en cuanto a hombre no buscaba su propia gloria; que dejaba todo el cuidado de esto a  aquel sobre quien recaían los ultrajes que a él se le hacían, y que siendo el soberano Juez no dejaría de vengarle de sus calumniadores. Queriendo templar, por decirlo así, el Salvador esta terrible amenaza por una promesa agradable: Yo os aseguro, les añade, que cualquiera que observare mis preceptos, no morirá jamás.

Los judíos, que despreciaban igualmente sus promesas que sus amenazas, le respondieron con indignación: Nunca mejor que ahora conocemos que es el demonio el que te hace hablar. Abraham ha muerto, los profetas han muerto también, y ¡te atreves á decir que los que guardaren tus preceptos no morirán! ¿Eres tú mayor que nuestro padre Abraham? ¿Eres mejor que todos los profetas a quienes no ha perdonado la muerte? ¿Quién piensas tú que eres? Todo este razonamiento rueda sobre un falso principio; ellos suponen que Jesucristo habla de una vida temporal, y de lo que habla el Salvador es de la vida del alma, de la vida eterna. Vosotros pensáis, continúa, que lo que yo digo es una vanagloria qué me atribuyo. No tengo yo que glorificarme, bastante me glorifica mi Padre delante de vosotros por tan repetidos prodigios; él es el que hace brillar en mi su poder por las maravillas que obro a vuestra vista, y por la verdad que os anuncio. Y no digáis que este Padre os es desconocido, y que yo os hablo enigmáticamente: este Padre es el Dios que vosotros adoráis y cuyo testimonio os negáis a  recibir; puede aún decirse que para vosotros es un Dios desconocido, puesto que no reconocéis las obras que ejecuta por mi. Si le conociéseis, descubriríais en mi persona todos los caracteres del Mesías, y me reconoceríais por hijo suyo: para mi, yo le conozco perfectamente, y haría traición a la verdad si fuese capaz de decir lo contrario. Pueblo ingrato, vosotros no conocéis a vuestro Dios, ni a aquel que él os h a enviado para dárosle a conocer: yo si, yo conozco a  Dios mi Padre, y si dijese que no le conocía, seria tan mentiroso como vosotros diciendo que le conocéis. Si le conociéseis, guardaríais fielmente sus preceptos: yodos guardo con extrema fidelidad porque le conozco claramente. Se ve que Jesucristo habla aquí como hombre. ¡De qué honor no blasonáis, añade, porque tenéis a Abraham por padre! Sabed, pues, que este gran patriarca, ilustrado con luz divina, conoció el día feliz en que yo debía venir al mundo; le vio como lo había deseado ardientemente, y dio saltos de alegría. Los judíos, que no habían comprendido el pensamiento del Salvador, le dijeron con un tono despreciativo: No tienes todavía cincuenta años, y quieres hacernos creer que eres del tiempo de Abraham. Tomando entonces el Hijo de Dios un tono de maestro, y queriendo darles a entender sin alegoría y sin figura que él era en toda la eternidad como Dios. En  verdad os digo, les respondió, si, yo os lo digo, y es verdad, yo soy antes que Abraham estuviese en el mundo. Los judíos comprendieron muy bien que el Salvador decía que era tan eterno como su Padre; juzgaron esto como una blasfemia, y tomaron piedras para apedrearle como blasfemo; pero Jesús, que quería morir en la cruz y no apedreado, desapareció de sus ojos haciéndose invisible, y salió del templo, reservando el sacrificio de su vida para el tiempo que su Padre le había señalado.

Año Cristiano, Dominicas, Juan Croisset.

Ordenes mayores

Estos cuatro ministros inferiores del culto: el portero, el lector, el exorcista y el acólito, si bien son ya verdaderos ordenados y miembros oficiales de la Jerarquía Eclesiástica, todavía no han contraído con la Iglesia ningún compromiso definitivo. Ellos y ella pueden romper legítimamente los lazos sagrados que los unen, aunque con el consiguiente dolor por ambas partes. Lo definitivo y lo indisoluble comienza en el Subdiaconado, que es, como hemos dicho, la primera de las Órdenes mayores. Por lo mismo la reciben los jóvenes clérigos ya en su mayoría de edad, para que más deliberadamente piensen a lo que de por vida se obligan. Ni las órdenes menores ni el Subdiaconado son verdaderas Órdenes, en el sentido estricto de la palabra.

El Subdiaconado.

Antes de proceder a la ordenación, el obispo les avisa a los candidatos que todavía son libres de retirarse y de optar por la vida secular, pero que no lo serán ya después de haber recibido esta Orden, la que les obliga al voto perpetuo de castidad y a estar siempre al servicio de la Iglesia. Un compromiso tan grave no se cumple sin especiales gracias del Cielo, las cuales piden para ellos el prelado y el pueblo con las Letanías de los Santos. A continuación les dice que consideren el alto ministerio que se les confía, “pues de la incumbencia del subdiácono es preparar el agua para el servicio del altar, ayudar al diácono, lavar los manteles del altar y los corporales, y presentar al mismo el cáliz y la patena para el Sacrificio”. Como instrumentos de su oficio reciben el cáliz vacío con la patena, unas vinajeras provistas de vino y agua, y el platillo con el manutergio. Luego el obispo les impone el amito, el manípulo y la tunicela (o dalmática), y les entrega el Epistolario con el poder de leer las epístolas en la Iglesia.

8. El Diaconado.

El Diaconado es la última etapa antes del sacerdocio. Es una verdadera Orden sagrada. Para que no entre en él ningún sujeto dudoso, pregunta el obispo al clero y al pueblo allí presentes, si tienen algún cargo contra el candidato. Luego, dirigiéndose a él, le dice que piense en su gran dignidad, “pues le toca al diácono servir directamente al altar, bautizar y predicar”. Después le impone las manos, comunicándole el  Espíritu Santo, para que “lo fortalezca y le dé resistencia contra el diablo y sus tentaciones”. Por fin, le re-viste la estola y la dalmática y le entrega el Evangeliario, con el poder de leer el Evangelio en la Iglesia.

Antiguamente los diáconos intervenían mucho más que ahora en la liturgia, como auxiliares ordinarios de los sacerdotes y de los obispos, y muchos se quedaban diáconos para siempre. Ahora, aunque en casos especiales pueden los diáconos bautizar y predicar, su ministerio, está casi concretado al altar, donde es el servidor inmediato del celebrante. Por otra parte, el diaconado ya no es, más que por excepción, una orden terminal, sino el último paso para el sacerdocio.

Para la ordenación del diaconado la materia es la imposición de las manos del obispo, única prevista en este rito, y la forma está contenida en el Prefacio, siendo estas palabras las esenciales: “Emitte in eum, qusesumus, Domine, Spiritum Sanctum, quo in opus ministerii tui fideliter exequendi septiformis gratiae tuae munere roboretur”.

Hasta aquí no hemos hecho más que seguir al joven clérigo en su gradual ascensión hacia el altar. De lo puramente material: abrir y cerrar las puertas del templo, tocar las campanas, suministrar agua, etcétera, ha ido pasando a lo espiritual: arrojar los demonios, bendecir los frutos, leer, cantar, predicar, bautizar, etcétera. Ordenado de diácono, es ya un verdadero ministro del culto, con poderes bien determinados sobre el Cuerpo real de Jesucristo y sobre el Cuerpo místico; pero todo eso se endereza a una meta sublime, que es el sacerdocio, el cual alcanza su plenitud en la Consagración Episcopal.

La Ordenación Sacerdotal.

Conducidos los candidatos por el arcediano ante su obispo y a la presencia del pueblo, para que testifiquen uno y otro si aquéllos son o no dignos del sacerdocio, amonéstales el prelado sobre su alta dignidad y sobre los poderes que se les van a conferir, como a sucesores de los setenta y dos discípulos de Cristo y de los Ancianos.

La flor de la liturgia, Azcarate.