LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ

El día 3 de mayo se celebra la fiesta de la Invención de la Santa Cruz. Esta fiesta fue suprimida por Juan XXIII pero en España se sigue celebrando en muchas localidades. Se trata de la fiesta de la «Cruz de mayo». Se portan cruces en andas o se hacen monumentos con la cruz cubierta de flores. Una fiesta muy hermosa que nunca debió ser suprimida.

La fiesta de la «Inventio», es decir, del descubrimiento de la Santa Cruz, que se celebra el día de hoy con rito doble de segunda clase, podría parecer más importante que la fiesta de la «Exaltado», que se celebra en septiembre con rito doble simplemente. Sin embargo, existen muchas pruebas de que, la fiesta del mes de septiembre es más antigua y de que hubo muchas confusiones sobre los dos incidentes de la historia de la Santa Cruz, que dieron origen a las respectivas celebraciones. A decir verdad, ninguna de las dos fiestas estaba originalmente relacionada con el descubrimiento de la Cruz. La de septiembre conmemoraba la solemne dedicación, que tuvo lugar el año 335, de las iglesias que Santa Elena indujo a Constantino a construir en el sitio del Santo Sepulcro. Por lo demás, no podemos asegurar que la dedicación se haya celebrado, precisamente, el 14 de septiembre. Es cierto que el acontecimiento tuvo lugar en septiembre; pero, dado que cincuenta años después, en tiempos de la peregrina Eteria, la conmemoración anual duraba una semana, no hay razón para preferir un día determinado a otro. Eteria dice lo siguiente: «Así pues, la dedicación de esas santas iglesias se celebra muy solemnemente, sobre todo, porque la Cruz del Señor fue descubierta el mismo día. Por eso precisamente, las susodichas santas iglesias fueron consagradas el día del descubrimiento de la Santa Cruz para que la celebración de ambos acontecimientos tuviese lugar en la misma fecha.» De aquí parece deducirse que en Jerusalén se celebraba en septiembre el descubrimiento de la Cruz; de hecho, un peregrino llamado Teodosio lo afirmaba así, en el año 530.

Pero en la actualidad, la Iglesia celebra el 14 de septiembre un acontecimiento muy diferente, a saber: la hazaña del emperador Heraclio, quien, el año 629, recuperó las reliquias de la Cruz que el rey Cosroes II, de Persia, se había llevado de Jerusalén unos años antes. El Martirologio Romano y las lecciones del Breviario lo dicen claramente. Sin embargo, hay razones para pensar que el título de «Exaltación de la Cruz» aluda al acto físico de levantar la sagrada reliquia para presentarla a la veneración del pueblo y es también probable que la fiesta se haya llamado así desde una época anterior a la de Heraclio.

Por lo que se refiere a los hechos reales del descubrimiento de la Cruz, que son los que aquí interesan, debemos confesar que carecemos de noticias de la época. El «Peregrino de Burdeos» no habla de la Cruz el año 333. El historiador Eusebio, contemporáneo de los hechos, de quien podríamos esperar abundantes detalles, no menciona el descubrimiento, aunque parece no ignorar que había tres santuarios en el sitio del Santo Sepulcro. Así pues, cuando afirma que Constantino «adornó un santuario consagrado al emblema de salvación», podemos suponer que se refiere a la capilla «Gólgota», en la que, según Eteria, se conservaban las reliquias de la Cruz. San Cirilo, obispo de Jerusalén, en las instrucciones catequéticas que dio en el año 346, en el sitio en que fue crucificado el Salvador, menciona varias veces el madero de la Cruz, «que fue cortado en minúsculos fragmentos, en este sitio, que fueron distribuidos por todo el mundo.» Además, en su carta a Constancio, afirma expresamente que «el madero salvador de la Cruz fue descubierto en Jerusalén, en tiempos de Constantino». En ninguno de estos documentos se habla de Santa Elena, que murió el año 330. Tal vez el primero que relaciona a la santa con el descubrimiento de la Cruz sea San Ambrosio, en el sermón «De Obitu Theodosii«, que predicó el año 395; pero, por la misma época y un poco más tarde, encontramos ya numerosos testigos, como San Juan Crisóstomo, Rufino, Paulino de Nola, Casiodoro y los historiadores de la Iglesia, Sócrates, Sozomeno y Teodoreto. San Jerónimo, que vivía en Jerusalén, se hacía eco de la tradición, al relacionar a Santa Elena con el descubrimiento de la Cruz. Desgraciadamente, los testigos no están de acuerdo sobre los detalles. San Ambrosio y San Juan Crisóstomo nos informan que las excavaciones comenzaron por iniciativa de Santa Elena y dieron por resultado el descubrimiento de tres cruces; los mismos autores añaden que la Cruz del Señor, que estaba entre las otras dos, fue identificada gracias al letrero que había en ella. Por otra parte, Rufino, a quien sigue Sócrates, dice que Santa Elena ordenó que se hiciesen excavaciones en un sitio determinado por divina inspiración y que ahí, se encontraron tres cruces y una inscripción. Como era imposible saber a cuál de las cruces pertenecía la inscripción, Macario, el obispo de Jerusalén, ordenó que llevasen al sitio del descubrimiento a una mujer agonizante.

La mujer tocó las tres cruces y quedó curada al contacto de la tercera, con lo cual se pudo identificar la Cruz del Salvador. En otros documentos de la misma época aparecen versiones diferentes sobre la curación de la mujer, el descubrimiento de la Cruz y la disposición de los clavos, etc. En conjunto, queda la impresión de que aquellos autores, que escribieron más de sesenta años después de los hechos y se preocupaban, sobre todo, por los detalles edificantes, se dejaron influenciar por ciertos documentos apócrifos que, sin duda, estaban ya en circulación. El más notable de dichos documentos es el tratado «De inventione crucis dominicae», del que el decreto pseudogelasiano (c. 550) dice que se debe desconfiar. No cabe duda de que ese pequeño tratado alcanzó gran divulgación. El autor de la primera redacción del Liber Pontificalis (c. 532) debió manejarlo, pues lo cita al hablar del Papa Eusebio. También debieron conocerlo los revisores del Hieronymianum, en Auxerre, en el siglo VII. Aparte de los numerosos anacronismos del tratado, lo esencial es lo siguiente: El emperador Constantino se hallaba en grave peligro de ser derrotado por las hordas de bárbaros del Danubio. Entonces, presenció la aparición de una cruz muy brillante, con una inscripción que decía: «Con este signo vencerás». La victoria le favoreció, en efecto. Constantino, después de ser instruido y bautizado por el Papa Eusebio en Roma, movido por el agradecimiento, envió a su madre Santa Elena a Jerusalén para buscar las reliquias de la Cruz. Los habitantes no supieron responder a las preguntas de la santa; pero, finalmente, recurrió a las amenazas y consiguió que un sabio judío, llamado Judas, le revelase lo que sabía. Las excavaciones, muy profundas, dieron por resultado el descubrimiento de tres cruces. Se identificó la verdadera Cruz, porque resucitó a un muerto. Judas se convirtió al presenciar el milagro. El obispo de Jerusalén murió precisamente entonces, y Santa Elena eligió al recién convertido Judas, a quien en adelante se llamó Ciriaco, para suceder al obispo. El Papa Eusebio acudió a Jerusalén para consagrarle y, poco después, una luz muy brillante indicó el sitio en que se hallaban los clavos. Santa Elena, después de hacer generosos regalos a los Santos Lugares y a los pobres de Jerusalén, exhaló el último suspiro, no sin haber encargado a los fieles que celebrasen anualmente una fiesta, el 3 de mayo («quinto Nonas Maii»), día del descubrimiento de la Cruz. Parece que Sozomeno (lib. II, c. i) conocía ya, antes del año 450, la leyenda del judío que reveló el sitio en que estaba enterrada la Cruz. Dicho autor no califica a esa leyenda como pura invención, pero la desecha como poco probable.

Otra leyenda apócrifa aunque menos directamente relacionada con el descubrimiento de la Cruz, aparece como una digresión, en el documento sirio llamado «La doctrina de Addai.» Ahí se cuenta que, menos de diez años después de la Ascensión del Señor, Protónica, la esposa del emperador Claudio César, fue a Tierra Santa, obligó a los judíos a que confesaran dónde habían escondido las cruces y reconoció la del Salvador por el milagro que obró en su propia hija. Algunos autores pretenden que en esta leyenda se basa la del descubrimiento de la Cruz por Santa Elena, en tiempos de Constantino. Mons. Duchesne opinaba que «La Doctrina de Addai» era anterior al De inventione crucis dominicae, pero hay argumentos muy fuertes en favor de la opinión contraria.

Dado el carácter tan poco satisfactorio de los documentos, la teoría más probable es la de que se descubrió la Santa Cruz con la inscripción, en el curso de las excavaciones que se llevaron a cabo para construir la basílica constantiniana del Calvario. El descubrimiento, al que siguió sin duda un período de vacilaciones y de investigación, sobre la autenticidad de la cruz, dio probablemente origen a una serie de rumores y conjeturas, que tomaron forma en el tratado De inventione crucis dominicae. Es posible que la participación de Santa Elena en el suceso, se redujese simplemente a lo que dice Eteria: «Constantino, movido por su madre («sub praesentia matris suae«), embelleció la iglesia con oro, mosaicos y mármoles preciosos.» La victoria se atribuye siempre a un soberano, aunque sean los generales y los soldados quienes ganan las batallas. Lo cierto es que, a partir de mediados del siglo IV, las pretendidas reliquias de la Cruz se esparcieron por todo el mundo, como lo afirma repetidas veces San Cirilo y lo prueban algunas inscripciones fechadas en África y otras regiones. Todavía más convincente es el hecho de que, a fines del mismo siglo, los peregrinos de Jerusalén veneraban con intensa devoción el palo mayor de la Cruz. Eteria, que presenció la ceremonia, dejó escrita una descripción de ella. En la vida de San Porfirio de Gaza, escrita unos doce años más tarde, tenemos otro testimonio de la veneración que se profesaba a la santa reliquia y, casi dos siglos después el peregrino conocido con el nombre, incorrecto de Antonino de Piacenza, nos dice: «adoramos y besamos» el madero de la Cruz y tocamos la inscripción.

MARTIRES DE LA IGLESIA

7 DE ABRIL

BEATOS ALEJANDRO RAWLINS y ENRIQUE WALPOLE,

MÁRTIRES (1595 P.C.)

Alejandro Rawlins, sacerdote diocesano y Enrique Walpole, jesuita, sufrieron juntos el martirio en 1595. Ambos eran de buena familia; el primero había nacido entre Worcestershire y Gloucestershire; el segundo en Norfolk. Según parece, Rawlins entró directamente al Colegio Inglés de Reims con intención de prepararse para el sacerdocio. Walpole estudió leyes en Cambridge y vivió en Gray’s Inn. Dándose cuenta de que las autoridades sospechaban de él y sintiéndose llamado al sacerdocio, fue primero a Reims y luego a Roma, donde ingresó en la Compañía de Jesús. Después de sus últimos votos, fue como misionero a Lorena y más tarde a los Países Bajos; ahí los calvinistas le tuvieron prisionero durante un año. Cuando salió de la prisión, pidió a sus superiores que le mandasen a la misión de Inglaterra, pero éstos le nombraron profesor de inglés en los seminarios de Sevilla y de Valladolid. Después fue nuevamente a misionar en Flandes. Finalmente, recibió de sus superiores la autorización de partir a Inglaterra. Desembarcó en Flamborough Head, el 4 de diciembre de 1593; menos de veinticuatro horas más tarde, fue arrestado y trasladado a York.

En los interrogatorios el P. Walpole confesó abiertamente que era sacerdote de la Compañía de Jesús y que había ido a Inglaterra a salvar almas. De York fue enviado a la Torre de Londres, donde le torturaron catorce veces. Según denunció a nadie ni abjuró de la fe. La crueldad del verdugo Topcliffe era tan grande, que uno de los carceleros, compadecido del beato, le dio un colchón de paja y avisó a sus amigos que el P. Walpole no tenía ni cama, ni cobertores, a pesar del frío del invierno. Al cabo de un año de prisión, el P. Walpole fue nuevamente trasladado a York. El juicio tuvo lugar a mediados de la cuaresma, y el beato fue condenado a muerte por delito de traición. Los jueces condenaron al mismo tiempo al P. Rawlins, quien había ejercido el ministerio sacerdotal en Inglaterra desde marzo de 1590, inmediatamente después de su ordenación y había sido arrestado por la época en que el P. Walpole volvió de la Torre de Londres al castillo de York. Fueron conducidos al sitio de la ejecución en el mismo carro; pero, para que no tuviesen el consuelo de hablarse, los verdugos coloraron la cabeza del uno entre las piernas del otro. El Beato Alejandro Rawlins fue ejecutado primero. Aunque los verdugos le obligaron a presenciar el bárbaro martirio de su compañero, el Beato Enrique Walpole demostró el mismo valor que su hermano en el sacerdocio.

BEATOS EDUARDO OLDCORNE y RODOLFO ASHLEY,

MÁRTIRES (1606 P.C.)

Eduardo Oldcorne había nacido en York. Hizo sus estudios eclesiásticos primero en Reims y después en Roma. Seis años después de su llegada a la Ciudad Eterna, fue ordenado sacerdote para ir a la misión de Inglaterra. Como tenía gran deseo de entrar en la Compañía de Jesús, el P. Aquaviva, teniendo en cuenta lo peligroso de su misión, le admitió sin los dos años de noviciado. El P. Oldcorne desembarcó en Inglaterra con el P. Gerard. Inmediatamente después se separaron, y el P. Oldcorne se dirigió a Worcester. Ahí trabajó diecisiete años con el nombre de Hall; escapó varias veces, casi milagrosamente, de los perseguidores, reconcilió con la Iglesia a muchos católicos y convirtió a numerosos protestantes. Entre éstos se contaba a Dorotea Abington, dama de honor de la reina Isabel y hermana de un caballero católico, en cuya casa vivió el P. Oldcorne durante su estancia en Worcestershire. La «conspiración de la pólvora» levantó una ola de hostilidad contra los católicos; las autoridades publicaron un decreto contra el P. Garnet, superior de los jesuitas ingleses, a quien consideraban envuelto en la conspiración. El P. Garnet se refugió en Henlip, junto con el P. Oldcorne. Con la esperanza de salvar la vida, un prisionero católico denunció el escondite de los dos sacerdotes. El P. Oldcorne fue conducido a Worcester y después a la Torre de Londres. Aunque le torturaron cinco veces en el potro, el mártir declaró firmemente que no había participado en la «conspiración de la pólvora» ni había estado al tanto de ella. A pesar de eso, los  jueces le condenaron a ser colgado, arrastrado y descuartizado. Junto con él, fue martirizado su criado, Rodolfo Ashley, hermano lego de la Compañía de Jesús, cuya única acusación era haber estado al servicio del P. Oldcorne.

Lillleton, el hombre que había denunciado al P. Oldcorne y por cuyo testimonio se condenó al mártir, pidió públicamente perdón de su traición y murió con los dos jesuitas. El Beato Eduardo fue descuartizado vivo; sus miembros fueron expuestos al público en las puertas de la ciudad.

Fuente: La vida de los Santos de Butler

31 de marzo: San Nicolas de Flue


ANACORETA Y CONFESOR (1417 – 1487)

EL bienaventurado Nicolas, cuyo apellido aleman de Flue corresponde en castellano al de ≪la Roca≫, nacio el 21 de marzo del ano 1417 en un pueblo de Suiza, llamado Sachseln, perteneciente al canton catolico de Unterwad.

Era su familia una de las mas nobles y antiguas del pais, distinguida entre los suizos en el dilatado espacio de mas de cuatrocientos anos, no solo por una especie de bondad, que era como hereditaria en ella, sino por el desempeño de los primeros cargos de la nación, entre los cuales se hallaba el de juez y consejero superior.

Nicolas dejo de ser niño tan presto, que parecía haberse anticipado la piedad a la razón, asi como la razón a la edad. Notose desde luego en el un juicio tan maduro, un entendimiento tan claro y una prudencia tan superior a sus anos que se creyó, había logrado el uso libre de la razón antes de salir de la cuna, contra las reglas ordinarias de la naturaleza.

A vista de tan felices disposiciones para la virtud, se dedicaron sus padres con particular cuidado a educarle en los piadosos principios de la religión; pero su bella índole no había menester muchos preceptos. Nicolás solo hallaba gusto en hacer oración y leer vidas de Santos.

Frutos bellos de su inocencia fueron la sinceridad, la modestia y el candor; rendido siempre a sus padres, no tenia mas voluntad que la suya. Aunque era de complexión débil y de un genio extraordinariamente apacible para los demás, comenzó muy presto a ser duro y riguroso para consigo. Movido del ejemplo de su patrón San Nicolás, ayunaba regularmente cuatro veces a la semana y mortificaba su delicado cuerpecillo con otras muchas penitencias.

En aquellos tiempos las riquezas de Suiza consistían principalmente en ganados, granjas, pastos y dehesas; por lo que era ordinario que los jóvenes e incluso los hijos de familias acomodadas y ricas se ocuparon en el inocente oficio de pastores. El grande amor que nuestro Nicolás profesaba a la soledad y a la oración, le hacia hallar todas sus delicias en el apartamiento, y hubiera tomado este apacible oficio si la total subordinación a .la voluntad de sus padres no sirviese de estorbo a la ejecución de un intento tan conforme a su inclinación y genio. La vista de los campos le inspiraba tanto amor al desierto, que desde luego se hubiera retirado a el; pero quería el Señor que Nicolas fuese modelo de perfectos cristianos en diferentes estados.

CONTRAE MATRIMONIO

No obstante el deseo que tenia de mantenerse en el estado del celibato, Nicolás se vio precisado a sacrificar su natural repugnancia en obsequio de la obediencia y, por condescender con sus padres, consintió en contraer matrimonio con una virtuosa doncella, llamada Dorotea; y, como era Dios el autor de esta dichosa boda, ni la unión pudo ser mas estrecha ni el matrimonio mas feliz. Se pegaron  presto a Dorotea todas las virtuosas inclinaciones y todos los devotos ejercicios de su esposo; y por el arreglo de las costumbres, las obras de caridad, la concordia- de las voluntades, el buen régimen y la modestia de la familia, aquel hogar parecía una casa religiosa. Nicolás, sin aflojar en sus penitencias ordinarias, iba creciendo cada dia en devoción.

Levantabase regularmente a media noche y pasaba en oracion mas de dos horas. Encendiase mas y mas por instantes la tierna devocion que profesaba a la Santísima Virgen, devoción que parecía ser en el como otra naturaleza, pues era muy rara la conversación en que no hablara, como hombre verdaderamente arrebatado, de las excelencias, del poder y de la bondad de esta tiernisima Madre. Traía continuamente en la mano el rosario, que rezaba muchas veces cada dia, siendo esta la devoción de su cariño y la que llenaba todos los espacios que le dejaban libres las demás ocupaciones. Su confianza en la soberana Reina de los Angeles era absoluta, y aun se dice que muchas veces en el decurso de su vida recibió la visita de esta celestial Señora.

Le favoreció el Señor con diez hijos, cinco varones y cinco hembras. A todos dio con sus instrucciones y ejemplos tan bella educación, que tuvo el consuelo de dejarlos herederos, mas de un rico tesoro espiritual que de bienes materiales. Juan, su primogénito, y Gauterio, el tercero de sus hijos, fueron sucesivamente gobernadores del canton y desempeñaron con honor este empleo. Nicolás, el menor de todos, fue uno de los mas ejemplares sacerdotes de su tiempo; y toda aquella santa familia acredito la eminente virtud de su bienaventurado padre.

SOLDADO Y HOMBRE DE ESTADO

Por las leyes del país se vio obligado Nicolás a prestar servicio de armas por algún tiempo; y pareció que la divina Providencia le había conducido al ejercito para contener las licencias de los soldados y dar a todos raros ejemplos de perfección cristiana. Un día, queriendo sus conciudadanos quemar el convento de Caterinental, en el que se había refugiado la tropa enemiga, Nicolás se opuso enérgicamente; —Hermanos —les dijo—, no mancheis con la crueldad la victoria que Dios os ha hecho conseguir. Gracias a su intervención se salvo el convento.

Era naturalmente esforzado, intrépido y excelente oficial. Quisieron premiar sus virtudes y servicios y le eligieron juez y consejero superior, a pesar de su resistencia. Desempeño ambos cargos durante diecinueve anos, cumpliendo fielmente sus obligaciones.

Estas elevadas funciones no le impedían atender a la salvación de su alma. Su oración habitual, que se ha hecho celebre y popular en los cantones suizos, era la siguiente: “Señor y Dios mío, quitad de mi todo lo que me impide ir a Vos. Señor y Dios mío, concededme todo lo que me pueda llevar hacia Vos. Señor y Dios mío, haced que no haya en mi nada que no sea vuestro y que me entregue a Vos por completo.”

Esta vida, aunque tan ajustada, no le satisfacía y suspiraba continuamente por la soledad. A la edad de cincuenta anos, hallándose sumido en profunda meditación, oyó una voz que le decía: “¿Nicolás, por que te inquietas? No te preocupes mas que de hacer la voluntad de Dios y no confíes en tus propias fuerzas. No hay nada mas agradable a Dios que servirle con abandono y buena voluntad.”

Poco después oyó una voz interior que le decía: “Abandona todo lo que amas y Dios mismo cuidara de ti”.

Comprendió que Dios le pedía que abandonase a su mujer, a sus hijos, su casa y cuanto poseía, como en otro tiempo hicieron los Apóstoles, para servir a Jesús. Tuvo que sostener largo y penoso combate, pero al fin triunfo la gracia, y tomo la inquebrantable resolución de abandonarlo todo para seguir el llamamiento divino.

Desde luego solicito el consentimiento de su esposa. Esta oro, pidió consejo a amigos ilustrados y por ultimo accedió. La mayor parte de los hijos estaban ya criados, y en cuanto a los mas jóvenes la madre prometió educarlos en la doctrina cristiana.

SE DESPIDE DE SU MUJER Y DE SUS HIJOS PARA RETIRARSE A LA SOLEDAD

Una vez arreglados todos sus negocios, despidiose de su mujer y de sus hijos, les declaro cuan de corazón les agradecía el cariño que le habían profesado y se alejo descalzo, vestido con una larga tunica de tela burda y con un rosario en la mano; de esta suerte salio de su patria, sin dinero y sin provisiones.

Llegado a Liestal —canton de Basilea—, encontró a un piadoso campesino, al que dio cuenta de sus proyectos, suplicándole de paso que le indicase un lugar desierto donde pudiese vivir desconocido y ocuparse únicamente de su salvación. Admirose en gran manera el campesino; pero al mismo tiempo hízole notar que si se alejaba tanto de su tierra, podrían tomarle por fugitivo, vagabundo o delincuente. Lo entendió así Nicolás, y resolvió tornarse al cantón de Unterwald.

Llegada la noche, quedose dormido al raso. En medio de su sueno parecíale sentir un impulso irresistible que venia del cielo y le impelía hacia su país.

Volvió, pues, a su patria y, en medio de las tinieblas de la noche, paso silencioso y ligero por delante de su casa, que encontró al paso, y bajo a un valle llamado Kuster, propiedad suya. Allí estableció su morada bajo un enorme fresno en medio de malezas.

A los ocho días de estar alli, unos cazadores lo descubrieron y dieron noticias suyas a Pedro de Flue, su hermano. Este se encamino al sitio donde estaba y le rogó que, para no morir de hambre ni de frio, volviese al seno de su familia. Nicolás le respondió:

—Has de saber, querido hermano, que no moriré de hambre, pues desde hace once días no la he sentido. Tampoco tengo sed ni frio; Dios me sostiene y no tengo motivo para abandonar estos lugares.

Sin embargo, menudearon tanto las visitas que se vio precisado a buscar un sitio mas oculto. Era una boca o una oscura caverna abierta en una escarpada roca, cubierta toda de espinas, de piedras y de cascajo, que le servían de lecho. También allí afluyeron piadosos peregrinos, que le edificaron una cabaña de ramas y cortezas de árboles. En ella pasaba los días y las noches, sin tomar alimento, consagrado a la oración y meditación de las verdades celestiales.

SE HACE ERMITANO Y VIVE DIECINUEVE ANOS SIN MAS ALIMENTO QUE LA SAGRADA EUCARISTIA

Así transcurrió un ano entero, cuando de pronto surgió la sospecha de que alguien le llevaba secretamente de comer. Algunos funcionarios del Gobierno observaron largo tiempo y con minuciosidad los alrededores de su cabaña; pero pudieron convencerse de que el piadoso ermitaño no tomaba otro alimento que la Sagrada Eucaristía, único sostén de su existencia. Todos quedaron maravillados.

El obispo de Constanza, para cerciorarse del milagro, envió a su Vicario general, el cual pregunto al ermitaño cual era la mayor virtud. Nicolás respondió: “La obediencia”. Entonces el Vicario puso ante el pan y vino y le mando comer y beber. Obedeció el ermitaño, pero inmediatamente se sintió acometido de tan violentos calambres de estomago que se temió por su vida. Desde aquel momento no le volvieron a incomodar, persuadidos como estaban de que Dios le sostenía sin necesidad de alimento.

En esta cabaña no paso Nicolás mas que un ano, pues creciendo cada día el concurso y devoción de los pueblos, sus conciudadanos le edificaron una celda de piedra y una capilla a la que la piedad de los archiduques de Austria asigno las necesarias rentas, así para su conservación como para la manutención del capellán que la servia.

Diecinueve años y medio vivió solo en aquella celda, sin mas alimento que la Sagrada Eucaristía, que recibía cada mes y todos los días festivos de manos del sacerdote que estaba consagrado al servicio de su capilla.

Cerca de su celda vivía un piadoso ermitaño llamado Ulrico, noble bávaro que, atraído por la reputación de las virtudes de Nicolás, había acudido con el fin de imitar su genero de vida. Ulrico visitaba con frecuencia a Nicolás y tenia con el santos coloquios.

La devoción de los fieles pudo mas que la humildad del siervo de Dios; y así no se pudo negar a hacerles algunas platicas espirituales, que reformaron luego las costumbres, hicieron grandes conversiones y fueron seguidas de muchas maravillas.

A una hora determinada Nicolás hablaba a los peregrinos que venían; de todas partes a visitarle. Un día se presentaron su esposa y sus hijos: las palabras del esposo y del padre les edificaron y conmovieron cuanto se puede pensar.

ANUNCIA QUE EL LUJO CIERRA LA PUERTA DEL CIELO

Cierto día fue a visitarle una señora con su nuera espléndidamente ataviada. El Santo miro a la joven como quien esta preocupado y le dijo:

—Si lleváis semejantes trajes por vanidad, tened entendido que aunque estuvieseis ya en el paraíso, seríais arrojada de el, y, si acostumbráis a vuestros hijos, que serán numerosos, a gastar este lujo, no veréis nunca el rostro de Dios.

Y añadió:

—Vuestros hijos os darán mucho que hacer; y, si algún día para ponerlos en paz tenéis que echar mano de un tizón ardiendo, acordaos entonces de lo que ahora os digo.

Esta mujer fue madre de once hijos y la profecía de Nicolás relativa al tizón se cumplió exactamente.

Otro día se presento al Santo un joven vestido muy a la moda y le pregunto en tono de broma si le gustaba el traje. Nicolás respondió:

—Cuando el corazón y los sentimientos son buenos, todo es bueno; sin embargo, mas te valdría atenerte a la sencillez de nuestro traje nacional.

SALVA LA INDEPENDENCIA DE SU PATRIA

Su profunda sabiduría y prudencia le habían conquistado la confianza de las autoridades, que le pedían siempre consejo en los asuntos importantes.

En 1476 y 1477 los suizos se cubrieron de gloria derrotando al duque de Borgoña en Grandson, Morat y Nancy; pero no tardaron en surgir entre ellos disentimientos y rivalidades con motivo de la distribución del botín y de la admisión de las ciudades de Friburgo y Soleura en la Confederación.

Tras empeñados e inútiles debates, iban a retirarse los diputados con el corazón lleno de odio y con amenazas de venganza y represalias. Todo hacia presagiar una guerra civil.

Pensaron entonces en Nicolás, el cual acudió a Stans vestido de una pobre tunica de color oscuro que le llegaba a los talones; iba con los pies descalzos y la cabeza descubierta, apoyándose con una mano en un palo y llevando en la otra un rosario.

Al presentarse el santo anciano ante la asamblea, todos se levantaron e inclinaron con respeto. Tomo la palabra y, en un discurso lleno de sencillez, de fe, de emoción y de patriotismo, hizo oír a sus compatriotas el lenguaje de la justicia, del desinterés, de la caridad cristiana, de la concordia y de la paz. La gracia de Dios acompañaba al santo anacoreta y en una hora quedaron allanadas todas las dificultades. No era fácil resistir a la voz de un hombre a quien Dios favorecía tan extraordinariamente con el don de profecía y de milagros.

Se admitieron en la Confederación los cantones de Friburgo y Soleura, se confirmaron y completaron con nuevas bases los antiguos tratados de alianza, se repartió el botín de las expediciones militares proporcionalmente al numero de soldados alistados por cada cantón, y se adoptaron las disposiciones que parecieron mas prudentes para lograr la pacificación de los cantones y el mantenimiento del orden publico. El jubilo fue universal. “El motivo no podía ser mas justo: allí los confederados habían salvado a su patria de los enemigos extranjeros, mientras que aquí la salvaron de sus propias pasiones.”

El verdadero libertador que les había hecho conseguir esta victoria sobre si mismos era el pobre ermitaño Nicolás; pero ya no se hallaba en Stans, porque la misma noche de su triunfo, esquivando las felicitaciones, había regresado humildemente a su apacible retiro. Ahí vivió aun seis anos en medio de la mayor santidad.

ENFERMEDAD Y MUERTE

Por fin, Dios le envío una enfermedad tan aguda, que le hacia retorcerse en el lecho en medio de sufrimientos indecibles. Este martirio duro ocho días y ocho noches sin quebrantar en lo mas mínimo su paciencia.

Exhortaba a los que iban a verle a vivir de modo que su conciencia no temiese la muerte:

—La muerte es terrible —decía—; pero es mucho mas terrible caer en las manos del Dios vivo.

Mientras tanto, se calmaron bastante sus dolores y pidió la Extremaunción y el Cuerpo adorable del Salvador, que recibió con fervor admirable. Cerca del moribundo estaban su fiel compañero fray Ulrico y su amigo el cura de Stans; por ultimo, acudieron la piadosa esposa y los hijos del solitario para recibir sus ultimas recomendaciones y darle el postrer adiós.

Nicolás de Flue dio gracias a Dios por todos los beneficios que le había dispensado, hizo un esfuerzo para practicar el ultimo acto de adoración enla tierra y murió con la muerte de los justos el 21 de marzo de 1487 a lossetenta de su edad, después de haber pasado veinte en el desierto. Toda Suiza le lloro como a un padre y el la sigue protegiendo desdeel cielo.

Quiera el Señor que sus oraciones logren reducir de nuevo a todos los habitantes de los cantones a la santa fe de sus padres, a la fe de los valientes que fundaron la independencia de Suiza, mediante la cual se puede conquistar no solo la patria terrena, sino también la patria eterna del cielo.

El día siguiente al de su felicísimo transito, fue llevado el santo cadáver con extraordinaria pompa a la iglesia de Sachseln, donde se le dio sepultura. Los muchos milagros que sin tardar comenzó a obrar el Señor en su sepulcro, le merecieron la veneración publica de todos los cantones y pronto fue celebre en Alemania, en los Países Bajos y en Francia.

El año de 1538 fue solemnemente levantado de la tierra su sagrado cuerpo por el obispo de Lausana y colocado en un magnifico relicario. Día a día fue creciendo el concurso de los pueblos, especialmente desde que la Silla Apostólica aprobó y autorizo su culto.

En dicho relicario se ven, entre otros adornos, condecoraciones de Ordenes Militares, testimonio del valor de nuestro héroe y de sus descendientes, que han tenido a gloria juntar la suya con la de su ilustre antepasado.

El 21 de marzo de 1887 celebro la Republica suiza el cuarto centenario de la gloriosa muerte del Santo. Dos anos antes, el gobierno y el clero de Obwalden habían empezado los preparativos para tan extraordinaria solemnidad religiosa y nacional.

Fue canonizado por Su Santidad Pio XII , en mayo de 1947.

(De las Vidas de los Santos de Butler)